1313

Alfred Hitchcock fue un precursor de muchas cosas, entre ellas de aquel cine aventurero francés de los sesenta y setenta que adornaría tantas pantallas cinematográficas a lo largo y ancho de la oscura Cuba castrista. ¿O acaso el Fantomas del Jean Marais no parece salido directamente de la historia de To Catch a Thief (1955)? No digo que esto sea una verdad absoluta, pero al menos así lo veo yo. Quizás sea la nostalgia, claro.

Lo cierto es que To Catch a Thief es una cinta menor en el universo de la obra hitchcokniana. Despojada de cualquier pretensión argumentativa, el filme es una lujosa justificación para hacer lo que se supone que debe el cine hacer: entretener. Ligera, de escasísimo suspenso, con coloridos exteriores de la Riviera francesa y la belleza apoteósica de Grace Kelly como aperitivos principales, la cinta fue un batacazo en su época y aún sigue teniendo seguidores.

Por cierto, acá encontramos a Cary Grant como una versión prehistórica del ya prehistórico Julio Iglesias, con un bronceado exagerado por las aguas salinas de las playas de Mónaco y una sonrisa blanquísima, nacarada, que en vez de a Isabel Preysler, le coquetea a la (casi) princesa de Mónaco en persona. No en Balde el mercado hispano jamás se ha equiparado al sajón.

1312

DAZED AND CONFUSED, Rory Cochrane, Matthew McConaughey, 1993

Las obras de Richard Linklater poseen una característica primordial: no tratan absolutamente de nada. Las historias no persiguen consecución alguna. Son retazos de la vida que transcurre a diario. Son, en definitiva, piezas descriptivas.

Dazed and Confused (1993), cinta sobreestimada como el resto de la obra, en mayor o menor medida, de Linklater, es una película de nostalgia setentera, adolescente, colegial. La música es formidable, algunos parlamentos del guión también; la mirada apesadumbrada sobre el paso inevitable del tiempo, un signo prevalente y definitorio.

Daze and Confused es una especie, en definitivas, de versión hippie y algo light del Outsiders de Coppola, que quizás trasciende los estereotipos de los personajes clásicos del cine colegial, aquellos propiciados por John Hughes en los ochenta. Y poco más…

1310

LMOA no es una mala persona, seguramente. Por el contrario, es muy probable que sea un tipo simpático, agradable, empático; un buen socio del barrio, incluso. Tampoco es un cristo redentor. Ni un estadista ni un héroe. Es un muchacho normal, común y corriente, me parece. Un hijo “rebelde” del sistema. Alguien a quien han metido en un atascadero de difícil salida. Algunos lo eligieron para que representara un show que quizás ni él mismo dimensiona. LMOA es el cordero a sacrificar. Ni más ni menos..

1309

¿Ya vieron al presidente ilegítimo, al vejete pedófilo, en ese video en que sobajea a un niño sin remilgo alguno frente a todo el mundo? Hay enfermedades que no pueden domarse. La imagen del anciano achacoso y degenerado haciendo de las suyas ante la indiferencia de quienes le rodean es la viñeta podrida del occidente actual; el Nerón que contempla, mientras toca la lira, a la ciudad arder.

1307

Después de dar mi opinión (atravesada pero honesta) sobre el tema de Cuba, vuelvo a mis preocupaciones esenciales. No, quienes creen en San Isidro no son mis enemigos. No, la tiranía no es honesta. No, no pienso que este tipo de oposición me represente, de ahí mi anémico entusiasmo (la histeria colectiva jamás me ha seducido, lo siento mucho). Y no, quienes se desmarcan del discurso de moda no pertenecen al G2.

Ahora, sigo en lo mío…

1306

La pesadísima sombra del ghandismo planea sobre Cuba desde hace varias décadas. Que daño le ha causado a la causa de la libertad en la isla! Por alguna razón idiosincrática y/o psicológica, el cubano desde siempre, amén de matarse a sí mismo por las más triviales causas, ha hecho del martirologio un excepcionalismo moral.

La imagen estética del apóstol moribundo y el legado intelectual de Martí fueron santificados tras su caída en Dos Ríos (un suicidio a todas luces, según creía el propio Fermín Valdés Domínguez) en aras de crear una referencia de cubanidad. Al parecer, las naciones necesitan de símbolos en torno a los cuales construir sus identidades. De allí los héroes y los mitos. De allí los apóstoles y próceres. (Pero Cuba más)

1305

Señores, dejen las turcas y las guayabas de una vez por todas, que eso no les va a otorgar validez moral alguna. Todo lo contrario. Decepcionarán a sus crédulos seguidores y fortalecerán aún más a la añeja tiranía. Hay muchísima gente de buena fe que sucumbe con facilidad a los cantos de sirenas. No sean crueles.

(*No obstante a todo, de una forma u otra el neocastrismo se impondrá. La Bruguera será ministra de cultura. Y el Cangrejo presidente del congreso).

1304

Si alguna vez el concepto etimológico de “progresismo” significó avanzar hacia un futuro de libertades, como quizás lo establecieron el kantianismo y otras corrientes de la ilustración en su momento, lo cierto es que la tesis filológica, hoy en día, nada tiene que ver con aquellas vetustas definiciones.

“Progresismo” en los tiempos que corren, no es más que una definición central que forma parte del marco teórico que otorga un espaldarazo moral a la apoteosis del estado. A más futuro, menos libertades individuales, o lo que es lo mismo, el mañana pertenece a las masas colectivas y al tan dañino “bien común”. Al menos, así lo veo yo.

Y esta lógica aplica tanto para el occidente “desarrollado” como para la Cuba medieval. La antorcha de la nueva y horrenda ilustración, amigos míos, nos alumbra a todos sin complejos.

1303

Cada día somos menos los libre-pensadores. La horda, que se reproduce exponencialmente ante cualquier nuevo acontecer, amenaza con tragarnos, incluso. No está muy lejano el tiempo en que tendremos que enfrentar consecuencias desvastadoras por el simple hecho de no acompañar a la manada. El colectivismo, amigos míos, parece ser en realidad el estado natural del hombre.

1301

Ver a Sam Elliot sin bigote es una rareza milagrosa, pero la valía de la muy subestimada “We were Soldiers” (2002) radica en otro lugar; descansa allí, en esa revelación magnificente que reza, o al menos esboza, que al final los soldados no batallan las guerras por una nación ni una bandera, sino por sus propias almas.

Esta pieza es una sólida historia que narra la primera confrontación a gran escala entre las tropas norvietnamitas y las norteamericanas, en noviembre de 1965, en el valle de Ia Drang. La recreación de la batalla es prácticamente exacta a cómo ocurrieron los hechos, y la prolijidad con que se muestran y desarrollan los personajes reales de la historia, desde los más trascendentes a los menos importantes, es de una exactitud cuasi aterradora, según los testimonios de los involucrados.

We Were Soldiers, por su naturaleza, pertenece a la casta de ese subgénero tremendo que ha parido muy disímiles (¡y a la vez tan iguales!) obras como Apocalypse Now, Full Metal Jacket, The Deer Hunter, Platoon y Good Morning Viet Nam, entra tantas otras. Y hay que señalar que Randall Wallace, un escritor especialista en epopeyas históricas (Braveheart, Pearl Harbor) y devenido en director, es capaz de incluir dentro de su historia temas polémicos como el racismo o las inequidades vivenciales de una América adusta, sin recalar en la monserga ideológica con que hoy los teóricos de la justicia social crítica relamen sus heridas. Eran otros tiempos, claro. Las torres gemelas habían sido derrumbadas un año antes y el sentimiento patriótico norteamericano renacía con fuerza inusitada. Se vivía la apoteosis del excepcionalismo post reaganista, aunque al timón estuviera el mentecato Bush.

Hal Moore, personaje principal (el filme está basado en el libro escrito a dos manos por el general de marras, entonces coronel, y el periodista Joshep L. Galloway) es el típico oficial norteamericano tradicional: hombre conservador, religioso, familiar, justo con sus subordinados; una especie de bofetada para el discurso satanizador en contra de la derecha. Nadie mejor, por cierto, que Mel Gibson para encarnarlo en cuerpo y alma.

Wallace termina pariendo una obra correcta, simple, entrañable, visceral, preñada de buenas intenciones, compleja en el tratamiento de los personajes, donde los límites mazdeístas son empujados hasta los recovecos más alejados. Por supuesto que puede cuestionarse toda la retórica intervencionista; el propio Wallace lo hace desde una perspectiva sensata e inteligente: la crítica a los políticos de turno. De hecho, su filme puede considerarse como una pieza revisionista a la usanza de todas aquellas obras post Viet Nam, pero a diferencia del Apocalypse Now de Coppola y, sobre todo, del Platoon de Oliver Stone, acá no hay vergüenza de ser y sentirse norteamericanos.

Tampoco hay cabida para el patrioterismo exacerbado de los tiempos del pre-globalismo, cuando Hollywood retrataba alegremente las contiendas de la segunda guerra mundial como si aquello de los muertos fuera un acto barato de vodevil. La nación, con todo el background teórico de los padres fundadores, se manifiesta en esta obra en casi toda su extensión. Y eso es un logro.

1299

Ya estamos en el preludio de una nueva época. La cuarta revolución industrial, alentada por todos los grandes poderes políticos y económicos del mundo occidental, es percibida como el futuro justo que merecemos todos, como la consecuencia inevitable del progreso y el desarrollo.

Somos testigos de la muerte de las ideologías tradicionales, hecho que se irá materializando en el curso de los próximos años y que va de la mano con el arribo de la “nueva era”. El futuro, amigos míos, pertenece al post capitalismo (que, precisamente, no es más que una postura anticapitalista).

Al final, la apoteosis del poder del Estado, sueño dorado de las corrientes comunitaristas, no ha llegado de la mano de la teoría marxista y el poder airado del proletariado, sino de los grandes conglomerados monopolistas que surgieron a raíz de la tecnologización de las prósperas sociedades occidentales. El capitalismo ha sido la antesala del absolutismo estatal, y no el socialismo. ¡Que paradoja! Sí, Fukuyama erró solo a medias. El fin de la historia, a pesar de todo, no se encontraba demasiado lejos.

Lo cierto es que las reglas del juego ya han cambiado. El mañana se basará, según los que saben y no callan, en una economía de intangibles, de elementos no físicos, inmateriales. El estado estará (¡ya está!) subvencionado por los grandes capitales, a costa de las libertades individuales del hombre común.

Yo aún no estoy muy seguro de qué papel juega o pretende jugar el imperio chino en este advenimiento de un nuevo “futuro luminoso”. Se puede especular en torno a ello todo lo que queramos con mayor o menor base, pero lo que sí sé es que la elite burguesa occidental lo que pretende replicar (ya lo ha hecho exitosamente en el tema de la pandemia del Covid) es la implementación del totalitarismo tecnológico que Pekín ejerce de manera activa: Un control absoluto del Estado (junto a grandes compañías aliadas de gobiernos e instituciones) sobre la vida de cada uno de los sujetos vivientes.

Toda la política de la justicia social crítica y del cambio climático, tan entusiastamente aplaudida por quienes se denominan a a sí mismos como justos, humanos y progresistas, atenta contra las libertades individuales. Todo el programa político esbozado en el foro de Davos, o por los grandes magnates “benefactores” al estilo de Bill Gates, poseen un fin común: el predominio absoluto del Estado. Y en ello estamos.

1298

AFFLICTION (1997) es una obra poderosa con actuaciones magistrales de Nick Nolte y James Coburn. Cada gesto, cada minúscula expresión rozan la perfección histriónica. Allí radica, sobre todo, el valor de este filme. Y en el guión y la dirección del gran Paul Schrader, por supuesto.

Schrader, que suele dotar a sus personajes de un carácter antiheroico notable (Taxi Driver, Raging Bull, Cat People…) hace descender a su Wade Whitehouse, simple sheriff de pueblo, hombre fallido pero honesto, a los infiernos más horrendos. Su acto postrero de redención es el crimen bíblico del parricidio.

Como cualquier otra cinta de la época, Affliction sería, bajo los estándares de hoy en día, una pieza “fascistoide, misógina y racista”. ¿Por qué? Porque Schrader cuenta una historia descarnada y vital sobre tipos de carne y hueso, irredentos y endebles, trágicos y pecadores. Por cierto, a Nick Nolte le robaron el premio al mejor actor del año para dárselo a un simpático pero muy inferior Roberto Benigni por La Vita e Bella. Al menos, al glorioso James Coburn terminaron haciéndole justicia.

1297

Esta nación se perdió entre la madrugada del 4 de noviembre del año pasado y el día 20 de enero de este año (todos parecen haberlo ya olvidado). Los políticos lo saben, los mecenas también. Los ideólogos, los millonarios, los operadores del apparatchik… Trump y sus aliados, por supuesto. A mí que ninguno venga a hablarme de donaciones y de planes, de elecciones o de partidos nuevos. La pantomima de la normalidad es sólo eso: un discurso vacuo para atrapar incautos y seguir profitando de la ilusión etérea de la democracia. Por mí, que se vayan todos a la mierda.

1296

Ju-On fue la heredera natural, aunque menor, de Ringu. Lo mismo sus versiones hollywoodenses: The Grudge sigue modestamente los pasos, y con cabeza baja, de The Ring. ¿Nakata y Shimizu? La apoteosis del horror nipón.

El neo gore se nutre de la maldad pura como generador de historias. Quizás The Ring (2002) es, en ese sentido, el arquetipo modélico del subgénero que, a diferencia de sus múltiples imitadoras, trae consigo una complejidad existencial notable. No por gusto la versión de Gore Verbinski y la original del maestro Nakata sentaron las bases del nuevo cine de horror en lo que va de siglo.

The Ring es una pieza que, luego de veinte años de haberse filmado, aún continúa siendo lozana, aterradora, letal. Aquella máxima de que sólo el miedo (entiéndase como sentido de supervivencia) te mantiene alerta es, en el imaginario de Nakata y Verbinski, la prueba palpable de que soportar el pensamiento de la muerte es imposible, como diría alguna vez Pascal.

1295

“A Clockwork Orange” sigue siendo una rarísima pieza, reflejo quizás del espíritu psicodélico y punk de inicios de los setenta. Es, probablemente, una cinta estandarte de la subcultura hippie, aderezada con la ferocidad del anarquismo y el descaro de la iconoclastia. Su puesta puramente teatral y metafórica, su sustancia desbordada por el absurdo y la provocación, su fraseología poética y desquiciada, conforman el discurso de la distopía permanente, a pesar de que su violencia se nos antoje hoy como florecilla tierna en un romántico jardín. Cierto es que las inquietudes intelectuales de Kubrick siguen vigentes, y eso es cosa estimable. Hay una indagación manifiesta en los mesianismos y en las inhibiciones. El empleo de un “neo lenguaje” a la usanza de Orwell es indicio de la preocupación por dilucidar los artilugios de la violencia. El mensaje final, escéptico y amargo, contiene la simpleza de la naturaleza humana: se cosecha al final lo que se siembra.

1294

Lo terrible es que no acabamos de entender que la llamada justicia social crítica y todas sus teorías extremistas y anticientíficas sobre género y raza han llegado para quedarse, pues forman parte del discurso oficial del poder en todo el Occidente.

(Recuerdan los chistesitos sobre el castrismo en Cubalandia y la chota generalizada a la tiranía de marras? Pues bien, más de sesenta años y contando. Entienden cuál es mi punto?)

Nada más perjudicial que relativizar el horror…


Tampoco hemos comprendido que vivimos el preámbulo de la muerte de las ideologías clásicas. Ni comunismo, ni liberalismo, ni capitalismo explicarán el devenir futuro. El debate sobre el papel superlativo del estado ya ha sido definido. La muerte y la desprotección de las libertades individuales son un hecho. La apoteosis del autoritarismo tecnológico nos sopla sobre la nuca. Ya veremos…