5. Silence: La mudez del dolor

El hombre, luego de caminar entre rocas resbaladizas sosteniendo a duras penas su cíngulo pardo, musitando probablemente el Ad maiorem Dei gloriam, se arrodilló a los pies de la corriente del riacho. Su rostro, trémulo y ajado, fue reflejo en el agua iluminada por la claridad del sol de Nagasaki. Y luego, de repente, el ceño se convirtió en Jesús torturado, mortuorio pero vivo, vigilante e impenitente. Borges nos decía que los místicos, en análogo trance, prodigan los emblemas para significar la divinidad. Rodrigues solo pudo reír a carcajadas.

Una de las obsesiones creativas del realizador Martin Scorsese fue la de llevar a la pantalla grande la novela Silence, de Shûsaku Endô, uno de los escritores japoneses más relevantes de la generación de la post guerra. Para ello, el mítico realizador escribió un guión a dos manos con Jay Cocks, colaborador habitual que, siempre engrandecido por raptos de lucidez, le ayudó en el paritorio de un par de obras esenciales: “The Age of Innocence” y “Gangs of New York”.

“Silence” narra los esfuerzos de la orden católica franciscana por cristianizar al Japón, cosa que lograron con éxito en ciertas regiones de Nagasaki, justo antes de que el shogunato Tokugawa prohibiera la labor de los seguidores de Juan Ignacio de Loyola. Luego de la proscripción, los kakure kirishitan fueron martirizados y perseguidos.

Endô coloca a los dos ‘héroes’ de su historia, los padres portugueses Rodrigues y Garupe, en fecha posterior a 1620, cuando la apoteosis del hostigamiento a los cristianos conversos se llevaba a cabo. Y es aquí donde a la visión compasiva y voluntarista del catolicismo de Scorsese, se opone el pragmatismo nipón, donde nada trasciende lo humano, ni siquiera el alma de los dioses. Mientras Garupe se convierte en un héroe de la fe, el padre Rodrigues revive el sufrimiento del Cristo.

Scorsese, el más cinéfilo de los cineastas norteamericanos, intenta emular (a la vez que rinde pleitesía), las imágenes límpidas y espléndidas de Kurosawa; sus formaciones militares, la entrada en burro del padre Rodrigues a la aldea donde moran muchos de los kakure kirishitan, las filas de futuros mártires, empobrecidos y miserables, adornando el centro de las plazas… Pero Scorsese, en su afán por abordar de lleno una historia que, sin dudas, le apasiona, comete el error de precipitar todo el primer cuarto del relato, creando una entelequia deficitaria, donde hasta muchas de las actuaciones se resienten por la premura. Ya luego retoma el pulso con la parsimonia tan común a los grandes creadores.

En la narrativa, Rodrigues es un Cristo fallido que, sin embargo, sigue siendo un hombre bueno y compasivo, pues la divinidad, parece decirnos Scorsese, no es en realidad un atributo de los hombres. Kichijiro, por ejemplo, es Judas, que vende a Rodriguez en más de una ocasión, pero siempre vuelve para pedir el perdón de Dios allá en los cielos. El inquisidor Inoue, en su iluminada crueldad, en su sapiencia oriental, es una especie de exquisito Poncio Pilatos que, a diferencia del gobernador de Judea, alcanza el cometido de doblegar a su enemigo.

El imperio del sol naciente es un manglar, un pantano donde no hay planta nueva que germine o que florezca. Es un concepto presente a lo largo del filme que justifica y valida el fracaso del padre Ferreira, de Rodriguez y Garupe, de los franciscanos todos. La evangelización se hace imposible allí donde impera lo humano. El budismo es un ejemplo vivo, pues suprime el sacrificio teatral por el pragmatismo de la espiritualidad antropológica. El catolicismo, en cambio, se alimenta del dolor de sus creyentes. (“El precio para tu gloria es su sufrimiento”, le dice el traductor a un altivo Rodrigues que se empeña en no claudicar públicamente al ejercicio de su fe).

En todo caso, la epistemología sobre la cual se regodea “Silence”, parece responder a un cuestionamiento muy simple (y al mismo tiempo muy complejo): ¿Cuánto pesa el amor por la vida? ¿El sacrificio por un Dios? ¿Renunciar a la fe por salvar la vida de otros no es, acaso, una reafirmación de esa propia fe? Responder a estas preguntas desde una perspectiva humana y no sacra, podría quizás aliviar el sufrimiento de Rodrigues, quien tuvo que cargar sobre sus hombros el peso terrible de la traición, mientras amparaba la vida de aquellos que ya habían ofendido la existencia al hijo de un Dios tan lejano como extraño.

 

Publicado por

Rafael Piñeiro-López

Rafael Piñeiro-López, escritor, ensayista y Doctor en Medicina (1994). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Ha publicado los poemarios "Los Hombres Sabios" (Editorial NeoClub 2015) y "La Bala de Sansón" (Editorial Signum Nous, 2016). Fue fundador y editor general de la revista sobre Arte, Cultura y Pensamiento "Signum Nous". Reside en la ciudad de Miami.