15. «Golpea al judío y salva a Rusia»

Borges solía definirse a sí mismo, en las contadas ocasiones en que desbordaba el ámbito de la literatura, como “conservador, no antisemita y anticomunista”. Eso quiere decir que Borges entendía que cualquier aproximación a la vida común o política, al universo extra literario, debía acotarse en términos ideológicos. Y es curioso que utilizara el término antisemita para referirse a los enemigos de Israel y del pueblo judío, cuando en realidad podía haber echado mano a la definición de Leon Pinsker, “judeofobia”, más certera que el dictamen de Wilhelm Marr.

La referencia a Borges me parece necesaria, porque la selección de términos que hacía el maestro puntualizaba lo que, para él, más allá de los contornos de la creación, tenía validez y era relevante. Más de treinta años luego de su muerte, pocas cosas han cambiado. Y no importa demasiado, en realidad, que la definición primaria utilizada por Borges haya sido “antisemita”, a pesar de la vaguedad y de la imprecisión del vocablo, porque terminamos comprendiendo que el maestro se refería a ese sentimiento milenario que se centra en el odio al judío y a la nación de Israel.

Vivimos tiempos en que aquel slogan eslavo de “Golpea al judío y salva a Rusia” sigue atesorando una actualidad realmente pasmosa. La judeofobia, cosa antigua, cuasi bíblica según Charles Journet (Recordemos aquel pasaje del Génesis 22 en que Abimelev, rey de Guerar en el Neguev, le dice a Isaac: “Aléjate de entre nosotros, porque has prosperado a costa nuestra”), continúa perpetuándose en todas las instancias, no solo en las naciones árabes y del medio oriente, sino también en asociaciones y academias globales como la ONU y sus diversas ramificaciones.

El escandalillo que ha suscitado la decisión de los Estados Unidos de reconocer oficialmente a la ciudad de Jerusalén como capital de Israel, y la votación posterior de las naciones rechazando tamaña herejía, simulando el horror del Bojadí ante el fantasma de Zaid, no es otra cosa que un émulo sórdido y entusiasta de las quemas de libros y de las conversiones forzadas del pasado. El mundo se apresta a guillotinar, una vez más, la cabeza de los nietos de Isaac.

Poco ha avanzado hacia cauces mejores el sentimiento anti judío que, hace ya 23 siglos, echaban a rodar los virtuosos del helenismo alejandrino. Aún sobreviven los espíritus terribles de aquellos intelectuales romanos que impulsaron la judeofobia en el imperio: Séneca, Quintiliano y otros. Los fantasmas tenaces de Juan Crisóstomo y San Agustín siguen medrando entre nosotros, señalando con severidad teológica al judío “miserable y asesino”.

La votación cobarde y desdichada en los amplísimos recintos de la ONU, amparada en un presunto sentimiento de seguridad que jamás ha existido desde la neo creación de Israel en la post guerra, es el recordatorio del odio punitivo hacia el hebreo y también, no podemos negarlo, del antiamericanismo alborozado y colorido que ya nos describía el fallecido Revel, exacerbado ahora tras la llegada al poder de la administración Trump. No importa cuánto se pretenda justificar el motivo, las razones las sabemos.

© Rafael Piñeiro-López

 

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Rafael Piñeiro-López

Rafael Piñeiro-López, escritor, ensayista y Doctor en Medicina (1994). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Ha publicado los poemarios "Los Hombres Sabios" (Editorial NeoClub 2015) y "La Bala de Sansón" (Editorial Signum Nous, 2016). Fue fundador y editor general de la revista sobre Arte, Cultura y Pensamiento "Signum Nous". Reside en la ciudad de Miami.