20. Nuestro déspota ilustrado

Durante la década de los sesenta, muchísimos intelectuales provenientes de todas partes se dedicaron a agraciar a la figura siniestra del dictador Castro, atribuyéndole una cualidad inexistente, quizá como respuesta a esa necesidad contumaz que tenemos los hombres de escudriñar héroes magníficos y majestuosos. Quisieron convertir a un sátrapa común en erudito modélico, en sabio pensador y hombre probo y docto.

Escritores y bardos, pensadores, filósofos, teólogos y lingüistas, científicos e investigadores, todos aunados por una meta común, la de proponer a la figura de Fidel Castro como líder intelectual del mundo nuevo, no hicieron otra cosa que validar la dura brega de intelectuales orgánicos a la usanza de Regis Debray, aquel  alabardero de la lucha guerrillera, o del no muy versado Oscar Collazos, uno de los más radicales defensores del castrismo, o de Hans Magnus Enzensberger, a quien le apetecía que los representantes del viejo sistema agonizaran.

Fue así, entonces, como el siniestro Castro de perfil griego y ropas de color olivo, terminó transmutándose en el caudillo estoico y sabio que las revoluciones necesitan, que sus forofos idolatran y que sus adversarios consideran.

Este fenómeno, entre cubanos, adquirió sus dimensiones más exageradas. Los muchos que lo apoyaban (y que lo apoyan) blandearon la bandera del héroe extraterrenal, especie de semi Dios beneficiario de los favores celestiales (a la hora de alabar al dictador de turno el materialismo no es más que una molesta pose), capaz de redimir a toda una nación y al mundo. Pero es entre sus antagonistas que el hecho adquiere ribetes de un surrealismo atroz.

Escuchaba hace unos días al ya fallecido Octavio Paz, en una de sus muy frecuentes charlas con Héctor Tajonar durante aquellas grabaciones de Televisa en 1984, emplear el término “déspota ilustrado” y entonces me percate de que era la definición perfecta con que los enemigos cubanos de Castro visualizaban a su terrible némesis. Una especie de validación, quizás a regañadientes, de que aún en los más viles hay alguna virtud. Pero el falso reconocimiento implícito por parte de los enemigos del castrismo no responde, me parece, a un ejercicio práctico de admisión, sino a ese mal que ha lastrado a la nación cubana desde tiempos inmemoriales y que puede catalogarse como una especie de excepcionalismo criollo.

“Nuestro tirano es el más malo, esplendoroso e inteligente de todos”, es una máxima probablemente justificatoria, pero también ejercida desde la más absoluta certidumbre. “El tipo es un diablo”, “Fidel vino de los infiernos”, “Castro era brillante, pero usó su genialidad en hacer el mal”, son enunciados usuales que no hacen otra cosa que agigantar la figura del sátrapa común, encumbrándolo a un sitial que ni de lejos podría pertenecerle.

¿Cómo podría, por supuesto, cotejarse al Fidel mediocre y fracasado, con Alejandro Magno, a quien el oráculo de Amón le habló y le mostró al Dios abrazando a su madre? ¿Cómo con el franco Carlomagno, quien decapitó en una noche a cuatro mil quinientos sajones, pero fue mecenas de las artes, intelectual y teólogo? ¿Cómo con el magnífico Ciro, el liberador de los judíos, o con Darío el grande que construyó el canal de Suez y levantó cada piedra de Persépolis?

Nuestro déspota ilustrado no es más que una ilusión perpetua.

© Rafael Piñeiro-López

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Rafael Piñeiro-López

Rafael Piñeiro-López, escritor, ensayista y Doctor en Medicina (1994). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Ha publicado los poemarios "Los Hombres Sabios" (Editorial NeoClub 2015) y "La Bala de Sansón" (Editorial Signum Nous, 2016). Fue fundador y editor general de la revista sobre Arte, Cultura y Pensamiento "Signum Nous". Reside en la ciudad de Miami.