21. El sentido de la vida

¿Quién de nosotros, sobre todo en estas fechas a punto de expirar el año en curso, no se ha preguntado alguna vez cuál es el sentido de nuestra existencia, cuál es el motivo por el que estamos aquí?

Decía Charles Bukowski, que para aquellos que creen en Dios la mayoría de las grandes preguntas ya han sido respondidas, pero para “los que no podemos aceptar fácilmente la fórmula de Dios, las grandes respuestas aún no han sido escritas en piedra”. Un teólogo cualquiera diría que allí precisamente reside la respuesta; en la fe.

Pero no es tan simple. La visión atea y evolucionista, en mi opinión desesperanzadora, minimiza la gran duda y la rebaja al campo de la biología más elemental. Maestro en ello fue Stephen Jay Gould, quien alguna vez apuntó que “nuestra aparición (la del hombre) ha sido más un accidente tardío y espontaneo que la culminación de un plan prefigurado”. Y agregó “Estamos aquí porque un extraño grupo de peces tenía una peculiar aleta anatómica que pudo transformarse en piernas para que aparecieran las criaturas terrestres”.

¿Creer o no en la evolución de Darwin? Hace unos años ni siquiera me hubiera hecho la pregunta. Aunque más relevante, si damos por hecho que la teoría darwinista es cierta, es cuestionarnos si la presencia de Dios está detrás de ella o si la espontaneidad, tal y como señala Gould, fue la responsable del mundo que conocemos.

Annie Dillar, premio Pulitzer, cuando alguien le preguntó sobre el sentido de la vida, ofreció una visión cristiana y metafísica, quizás a la usanza del principio de la adoración a Jesús, cuando la nueva religión era una secta más mariana que apostólica y se albergaba en los terrenos de Eritrea. “Estamos aquí para ser testigos de la creación y de instigar a ella. Estamos aquí para alabar a quienes nos rodean”.

De modo que, las variantes indagatorias son casi infinitas, incluyendo, claro está, el pragmatismo occidental. Ya lo decía Arthur C. Clarke, “Si perdemos el tiempo en busca del sentido de la vida, es posible que no nos sobre tiempo para vivir”.

Esto último no aplica, sin embargo, para un barbero neoyorkino de nombre Frank De Onofrio, que motivado por esa curiosidad intelectual de la que John Updike hablaba, se ha estado preguntando el “por qué estoy aquí” casi toda su vida. Pero como bien dice “Nunca nadie me dijo nada”. Yo, al igual que De Onofrio, tampoco he logrado que alguien me responda.

© Rafael Piñeiro-López

Publicado por

Rafael Piñeiro-López

Rafael Piñeiro-López, escritor, ensayista y Doctor en Medicina (1994). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Ha publicado los poemarios "Los Hombres Sabios" (Editorial NeoClub 2015) y "La Bala de Sansón" (Editorial Signum Nous, 2016). Fue fundador y editor general de la revista sobre Arte, Cultura y Pensamiento "Signum Nous". Reside en la ciudad de Miami.

Comentarios

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.