23. Cortázar y el sermus generalis

Oscar Collazos, el fallecido escritor colombiano, se dio a conocer sobre todo por un virulento texto crítico, “La encrucijada del lenguaje “, que escribió y publicó en 1969 desde su puesto de director del Centro de Investigaciones Literarias en La Habana (reemplazando a Mario Benedetti, que se iba al Uruguay a fundar el Frente Amplio, movimiento político de los Tupamaros), donde atacaba a intelectuales aliados del castrismo como Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar, por no practicar una literatura comprometida.

Para Collazos, una especie de comisario cultural para las Américas, la revolución se hallaba por encima del arte y de la creación. Vargas Llosa y Cortázar respondieron al ensayo de Collazos, claro. Mientras Cortázar adoptaba en el debate una posición de neutra pasividad, casi auto inculpatoria, Vargas Llosa no aceptaba el condicionamiento de privilegiar al castrismo sobre la palabra.

Es decir, Cortázar abría la puerta y Vargas Llosa la cerraba. (El propio Collazos utilizaría este término durante una conversación, mucho tiempo después, con Darío Henao Restrepo, decano de Humanidades de la Universidad del Valle y que escuché hace tan solo unos días)

El debate con Collazos dejó rumiando a Cortázar en la amargura y la culpabilidad de lo no hecho. Lo he visto en innumerables conversaciones posteriores a ese año de 1969, tratando de justificar aquello de no haber sido un segundo Debrais, es decir, un intelectual de acción. Hasta en entrevistas tan tardías como la que sostuvo en 1983, escasos meses antes de su muerte, en la librería El Juglar del Distrito Federal, se revelaría un hombre que, como si esperase el terrible Sermus Generalis, estuviese dispuesto a acabar con los herejes, a la usanza de Bernardo Guidoni. Lo atosigaba la nostalgia de la revolución inaccesible para un simple escritor hacedor de literatura como él, la ausencia del culto práctico al coraje… y lo aterrorizaba el ego.

El esfuerzo de Cortázar por no ser obviado me recuerda aquella infausta pero simpática anécdota narrada por Andrés Oppenheimer en la que un aterrorizado Armando Hart lo perseguía escaleras abajo gritándole: “Pero yo soy un duro. Dígaselos a ellos, yo soy un duro”, luego de haber hecho algunas confesiones atónicas y escasamente compatibles con la reciedumbre ideológica de una revolución de los humildes y para los humildes.

© Rafael Piñeiro-López

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Rafael Piñeiro-López

Rafael Piñeiro-López, escritor, ensayista y Doctor en Medicina (1994). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Ha publicado los poemarios "Los Hombres Sabios" (Editorial NeoClub 2015) y "La Bala de Sansón" (Editorial Signum Nous, 2016). Fue fundador y editor general de la revista sobre Arte, Cultura y Pensamiento "Signum Nous". Reside en la ciudad de Miami.

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