4. Borges, el tango y Shafarevich

Decía el maestro Borges que el tango había comenzado a perder su noción, su espíritu, su alma, con la llegada del bandoneón y Gardel. Ya luego de cosas tan terribles, la tonada bonaerense había perdido su compostura y su encanto. La música, es decir, el alma de la humanidad se ha ido simplificando con el pasar del tiempo. También la literatura y probablemente el pensamiento. ¿Hasta qué punto ha jugado la tecnología un rol en la muerte de la humanidad, como diría el matemático ruso Shafarevich? Quizás sería bueno traer a Borges a los tiempos que corren para que nos respondiera esa pregunta.

2. Reseña sobre «The Leftovers»

 

En el año 2011, HBO compró los derechos de una novela que aún Tom Perrotta no había terminado. Querían adaptar The Leftovers al formato de serie, quizás para redimir aquel final inacabado de Carnival, la rarísima historia de Daniel Knauf y una troupe de raros que deambulaba por las tierras medias de los Estados Unidos en tiempos miserables de la gran depresión.

Para tal encomienda pusieron al frente del proyecto a Damon Lindelof (un escritor y productor que ya había triunfado con la serie Lost) y al propio Perrotta, además de un equipo de directores de los más talentosos en el negocio; gente con un curriculum que abarcaba desde Breaking Bad hasta The Walking Dead, pasando por obras capitales del entretenimiento como Game of Thrones: Mimi Leder, Lesli Linka Glatter, Peter Berg y Carl Franklin entre otros.

Un 14 de octubre de un año indeterminado ocurre la desaparición terrible de 140 millones de personas, un 2 por ciento de la población mundial. Tres veranos después comienza la narración de esta historia que, al decir de James Poniewozik, no es para todos.

Como si una ira divina se hubiera desatado entre las gentes, de la misma manera en que el filósofo Averroes se evaporó de aquella biblioteca en la que intentaba discernir los panegíricos, sátiras y anatemas a los que aludía Aristóteles en sus estudios de la lengua, The Leftovers construye una cosmología propia y deja ver, al mismo tiempo, algo de lo que Perrotta había esbozado en una novela previa, The Little Children: ese destello luminoso del alma humana.

Perrotta, que acepta su agnosticismo cuasi irredimible, escribió la novela obsesionado por la muerte de su padre y el consiguiente peso de las religiones en el oscuro tema de la ausencia. La novela abarcaría toda la primera temporada, confeccionándose luego material adicional para las dos restantes.

Y es que ha sido la religión, quien se ha ocupado únicamente de la muerte y sus alcances. Es The Leftovers, en ese sentido, una pieza profundamente religiosa, una nueva narrativa sobre un Cristo, redimido y auto destructivo, que rehúye de cualquier atisbo de felicidad posible; una de las obras más extrañas, inquietantes y provocadoras que alguna vez se hayan filmado. Allí lo que acontece es mucho menos importante que el sentir de sus personajes, esos caracteres paridos por un dolor perpetuo, que cargan sobre sus hombros toda la aflicción posible, todos los temores y miserias. La obra, de más está decirlo, es estremecedora.

El texto de Perrota y la imaginativa posterior, la segunda y tercera temporadas, podrían asumirse como ejercicios ortodoxos donde más allá del mero acto humano de narrar, yace una verdad irrebatible: el misterio de la vida y de la muerte es eterno e invariable.

Precisamente es el misterio el elemento central de este relato pre apocalíptico, como una de esas miradas de carácter voyeur con que Bentham dotó a su panóptico en tiempos de la revolución francesa, donde sentimos que algo está pasando, pero no podemos atisbarlo en la superficie. Es la oreja podrida de Blue Velvet, que se descompone en el subsuelo mientras la gente camina despreocupada y feliz por los jardines y los parques, sin saber de los gusanos que se zampan la carne putrefacta. Las cosas ocurren y nada se puede hacer para evitarlo, nos dicen Perrotta y Lindelof.

¿Será acaso cierto aquello que nos dice Schopenhauer, en el primer volumen del Parerga und Paralipomena de que la vida y que la muerte, han sido prefijados por el hombre?

La serie, en fin, plantea numerosas interrogantes: ¿cómo lidiar con el dolor del vacío de la ausencia? ¿cómo, con la incertidumbre de no saber qué pasa tras la partida? El amor, la muerte, el sentido de pertenencia, la inevitabilidad de los hechos, son semillas que se desgajan de cada una de las interminables metáforas de la obra y se diseminan por nuestro imaginario, desandando los áridos pasajes de la intemporalidad, tal y como Borges narra el ocaso de su Pedro Damián en La Otra Muerte.

Hay aquí cuestionamientos filosóficos y religiosos muy profundos. Se habla en gran medida, por ejemplo, de la necesidad que tiene el hombre de venerar ídolos y cosas. Cuando ocurren nuevas tragedias, ven la luz nuevas creencias. Entre las tantas ramificaciones de este cuento de horror, de esta parábola casi incomprensible, en este testimonio de la locura de Dios, en este delicioso infundio sobre el apocalipsis y el miedo de los hombres, destaca singularmente esa especie de recreación de la historia del Cristo en estos tiempos que corren; un Cristo nada santo, un Cristo que se resiste a la idea de que el no morir sea real.

Las continuas muertes del sheriff Kevin Garbey, lejos de destruir su piedad, la acrecientan. Cada resurrección lo acerca a la imperfecta santidad. De allí su postrero sacrificio, accediendo a ser ahogado para responder las preguntas de los vivos. Cada nueva fuga a su Gnitaheidr lo aboca a una vigilia sin fin, donde el reposo no acaece ni se apaciguan las dudas.

Pero no existen las respuestas concluyentes, debíamos saber a estas alturas. Atender con disciplina religiosa a cada una de las narraciones de esta serie, es como soñar más de dos veces y jamás despertar a la vigilia, sino recalar en un nuevo sueño que se aviene como si fuera la realidad. Perrotta nos traslada, en fin, a un universo de sueños interminables como el Inception de Nolan.

Transitamos entre la posibilidad de una aventura ya contada y el surrealismo que se adueña de muchas de sus partes, más notable que nunca hacia la mitad de la segunda temporada. Si la primera se caracterizó por una sólida prestancia, ya a partir de la siguiente ocurre una ruptura que nos descoloca y nos hace dudar si aquello que se nos cuenta forma parte de una historia real o es, en cambio, la suma de incontables metáforas.

El epílogo no podía pasar inadvertido, si comprendemos al final cuantas lecturas nos regala una pieza de tal envergadura. The Book of Nora, el último capítulo de la serie, ha dejado desperdigado a su paso incontables opiniones que indagan en el sentido metafórico del cierre, inesperado para muchos, lineal y sensato en mi opinión, pues no da respuestas definitivas y, sin embargo, se acerca a la perfección, que no es otra cosa que dejar en paz el alma, que no es otra cosa que atenuar el dolor que nos provoca la partida de una pieza formidable.

1. Akayed Ullah

Nueva York es la meca dorada del capitalismo, la Roma imperial de las últimas centurias. Nueva York es la Uruk de Gilgamesh, construida por el rey Nimrod y a cuya majestuosidad la biblia le cantó nombrándola Erech. Es por esa razón que atesora tantos enemigos, algunos formidables y temibles, otros chafallones y risibles. Lo ocurrido esta mañana en la estación de buses con el Akayed Ullah es un prístino ejemplo de bochornosa obscenidad.