82. El carácter pesaroso del segundo libro

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El carácter pesaroso y bucólico que se le suele otorgar al segundo libro del Quijote es más responsabilidad del caballero de la luna blanca que del propio Cervantes, cosa palpable desde el capítulo sesenta y cinco. Aquella derrota terrible en desigual porfía ante el Carrasco de siempre, el retorno obligado a los contornos de la Mancha, la imposibilidad de proclamar a los cuatro vientos la belleza sin par de su Dulcinea del Toboso, son dolores tremendos para un alma sensible.

81. Malcolm X

Que una figura execrable y malsana como la de Malcolm X esté siendo revisitada en términos históricos, haciéndose notar su varonil registro de barítono y su templanza en la lucha por los derechos de los negros norteamericanos, habla a las claras de los nefastos tiempos que vivimos. Que una publicación aparentemente seria como la Smithsonian Magazine se preste a tamaña desventura, intentando el acto deleznable de sacralizar a un psicópata malvado, es un horror que tristemente comienza a convertirse en la regla.

80. Quijote

El caballero Antonio al Quijote, en el capítulo sesenta y tres del segundo libro:

“Así como el fuego no puede estar escondido ni encerrado, la virtud no puede dejar de ser conocida. Y la que se alcanza por la profesión de las armas resplandece y campea sobre todas las otras”

78. Black Mirror

(Una reseña que publiqué hace un par de años y que aprovecho, ahora que he terminado la cuarta temporada de la serie, para recordar)

Black Mirror no es la octava maravilla del mundo. Sus guiones son bastos y hasta forzados. El ya por sí difícil humor inglés acá se vuelve en ocasiones escasamente digerible. Algunas de sus historias llegan a ser predecibles, incluso. Sin embargo, el producto de Charlie Brooker capitaliza una de las inquietudes más relevantes del mundo en que vivimos: el temor y la fascinación por la tecnología, que amenaza con barrerlo todo. No recuerdo ninguna otra pieza creativa que se haya aproximado tanto a esa representación figurativa del pre apocalipsis del futuro como esta Black Mirror contestataria y brutal. El absurdo, como la vida misma, rige en cada una de sus líneas, y lo peor (o mejor) es que deja la subsecuente sensación de que miramos lo probable por venir. Por cierto, en uno de los capítulos de su segunda temporada, el oso azul Waldo de pene rosado que se postula para miembro del congreso es una perfecta aleación entre el Bernie Sanders del jubileo liberal y el Donald Trump que todos conocemos.

77. Los filósofos de Hitler

(Texto escrito en febrero del 2015, hace ya tres años. Se nota, pues hago referencia a Emilio Ichikawa)

“Los filósofos de Hitler” de Yvonne Cherratt, es un libro acabado de salir al mercado español y que ha sido reseñado en Babelia esta semana. Aún no lo he leído, pero me parece muy interesante su probable contenido. Los totalitarismos necesitan de una justificación filosófica que los avale.

En el caso cubano es curioso constatar que a duras penas puede sostenerse la tesis de la existencia de intelectuales orgánicos consecuentes con la defensa filosófica del castrismo, a plenitud, sin trampas ni dobleces. Ninguno de ellos ha aceptado la naturaleza totalitaria del régimen.

Si el nazismo era reconocido como una entidad dictatorial por sus ideólogos o si el estalinismo se escudaba en el enemigo externo y los traidores de intramuros para validar los horrores cometidos por el apparatchik soviético, en la isla ninguno de los pensadores gramscianos se animó a calificar a Castro como un autócrata cabal. Los justificativos intentaban vender el concepto de revolución humanitaria y compasiva, al mismo tiempo que los paredones de fusilamientos, la represión cultural y la segregación política se implementaban a diario.

No en balde el profesor Emilio Ichikawa señaló alguna vez que Norberto Fuentes le parecía el más consecuente y por ende, genuino intelectual gramsciano del régimen cubano, al proclamar sin complejos y hasta con orgullo el carácter totalitario del régimen y la naturaleza dictatorial de su comandante en jefe.

 

76. Mi salida de Cuba

(Una pequeña crónica que escribí en el 2016, sobre mi salida de Cuba. Repleta de imperfecciones literarias y un poco picuda, creo al menos que atesora la paciencia de narrar lo vivido)

Me fui de Cuba una calurosísima tarde del mes de agosto de aquel año impuro (¿acaso todos no lo son?) de 1996. Un viernes 30, día previo al cumpleaños de mi madre. Viajaba, como si el fin de los tiempos ya hubiera acaecido, en un viejo avión ruso (parido en el infierno soviético de metales y de fábricas) de la línea Aeroflot, que por aquel entonces poseía los mejores precios hacia Suramérica. Era la primera vez. Se quebraba así mi virginidad aérea, pequeña chaqueta de mezclilla en mano, algún burdo bolso que fungía de mochila y un ajado billete de cinco dólares en el bolsillo derecho, presto a ser utilizado en alguna ínfima emergencia que no precisara de sumas decentes de dinero: una llamada telefónica y con suerte algún paquete de galletas.

Ya ni recuerdo la subida a la vetusta nave, ni el acomodo en el asiento que daba al pasillo. Si acaso conservo la memoria de una cabina apretujada y de codos y zapatos y del humo de cigarros al fondo del avión, muy cerca del área de los lavatorios. Para llegar allí tuvo que acontecer la despedida de mis padres, terrible e infausta, martirizada por esa vacua sensación de no saber si volvería a verlos alguna vez en el futuro. ¡Han sido los abrazos más largos que alguna vez he dado!

El aparato se suspendió toda una noche hasta llegar a Lima. Había abandonado los bordes de una isla en la que había permanecido cautivo (con la complacencia del que ya no discierne) durante un cuarto de siglo, y de la que me escabullía tras una apoteósica y opresiva orgía de papeles, burócratas y comisarios estatales. En una era en la que todos querían escapar y solo unos pocos lo lograban, sabía que era una especie de elegido, un predilecto de la suerte que hasta ese entonces me había sido esquiva.

En Lima se deshabitó el avión y solo sobrevivimos unos pocos. Una triada de chilenos y yo, el imberbe pasajero que desconocía al mundo y sus progresos. Y así, luego de un impreciso pero largo tiempo de espera en una de las pistas del aeropuerto, despegamos hacia Santiago, esa ciudad recóndita y desconocida, apocada y retraída, que se empeñaba en desentenderme y extrañarme con la soberbia de quienes se saben más sabios y mundanos. Era sencillo trascender a un pobre tipo casi acabado de graduar de medicina, como yo, que apenas atesoraba las más rudimentarias enseñanzas de un mundo paralizado en medio de la nada.

Los vientos se empeñaron en malear la travesía. La nave se sacudía y a saltos avanzaba entre los cielos oscuros de la madrugada. Y la gente alarmada a mi alrededor y las aeromozas corriendo de un lado para otro y el traslado de los escasos pasajeros, entre ellos yo, hacia la sección de primera clase… Alguien nos anunció por un micrófono que tendríamos que tomar tierra de emergencia en una ciudad argentina más allá de los Andes. Y así fue. El descenso fue gentil y la estadía extensa. Pasamos toda la mañana allí, en medio de una vía de aterrizaje, amplísima y luminosa, con el sol castigando la mole de concreto echado por los hombres sobre la greda. Hasta se me permitió asomarme a la compuerta y salir a la escalerilla externa, que por alguna razón se había dispuesto in situ. Pero no puedo rememorar la visión de algún edifico cercano que recordara la arquitectura de un aeropuerto cualquiera.

Cuando reanudamos el vuelo, llegamos al poco rato a la capital de Chile, una corpulencia de edificios inmensos y barriadas eternas sembradas entre medio de montañas tremebundas y de truenos oscuros, castigada por el más crudo invierno que un cubiche desnutrido y escaso de abrigos podía tolerar. Cada zancada descubría alguna cosa nueva en los rincones del aeropuerto Arturo Merino Benítez, un trasto inimaginable, una cosilla atemporal, que reafirmaba lo que de cierta forma ya intuía. Proveníamos del medioevo y la prehistoria, de la miseria de las almas y los entes. A partir de aquel comienzo, cualquier cosa inaudita era probable. Y así ha sido desde entonces.

75. La progresía apócrifa

(Escribí este texto en febrero del 2017, hace ya un año, a propósito de tanto antitrumpismo histérico y desaforado)

La izquierda norteamericana ha reaccionado a la derrota electoral de noviembre pasado, no solo propugnando y justificando la violencia como medio legítimo de protesta, sino ejerciendo patrones de conducta que históricamente ella misma ha achacado al conservadurismo y a la derecha.

Esta izquierda falsamente liberal, esta progresía apócrifa, ha utilizado el sexismo y la misoginia, la xenofobia, la discriminación intelectual, para atacar al nuevo presidente y a sus seguidores. Muchos dirán que han terminado por apropiarse de aquellos horrores que suelen caracterizar a la derecha. Pero esa aseveración, he de decirles, no es más que un mito, una falacia. En realidad, lo que la izquierda norteamericana ha estado haciendo durante los tres últimos meses no es otra cosa que volver a sus orígenes. ¿O es que acaso se nos olvida el carácter reaccionario de los autoritarismos que se incubaron en la Cuba de Castro, en Corea y en la China, en la Europa oriental de la post guerra?

Pues eso, ahora atesoramos una izquierda reaccionaria, sin velos que cubran su verdadero rostro. A quienes andan obnubilados y letárgicos buscando una posible explicación del triunfo electoral de Donald J Trump, ahí tienen una excelente razón: la izquierda norteamericana se ha convertido en una reverenda mierda.

74. “Hombres no, fascistas”

Cuando Eleanor Rooselvelt le preguntó a Lyudmila Pavlichenko, la célebre francotiradora ucraniana, a cuántos hombres había matado en combate, la joven contestó: “Hombres no, Fascistas”. La guerra se reduce a ello. No hay matices ni fronteras difusas. La desnaturalización del enemigo es primordial. “Bitva za Sevastopol”, una cinta premiada durante el 2015 en los principales festivales cinematográficos rusos, refleja a cabalidad esta máxima brutal. Los tiempos que vivimos en los Estados Unidos, también.

73. Chinelas

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¡Ah, “chinelas”, esa maravillosa definición que no escuchaba desde hacía mucho y que en casa usábamos en vez de la consabida “chancletas”, ya sea por el poderoso ascendente peninsular de mis padres o por alguna otra cosa!

Dicen que la frase es filipina ¿La habrán birlado los soldados del ejército español que por esas tierras estuvieron? Lo cierto es que me la vuelvo a tropezar en mi relectura de Don Quijote. Y ha sido una alegría inmensa, como la que se siente cuando recuperas aquellas cosas lejanas y pasadas…

72. La carta de Teresa Panza

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Probablemente la mejor crónica de cómo era la vida en los pueblos de la España campesina en la época de los renacimientos, la encontremos en el capítulo 53 del segundo libro del venerable Quijote, en la carta que envía Teresa Panza a su marido Sancho, flamante gobernador de la ínsula Barataria por aquel entonces. De más está decir que Teresa tuvo que dictar la misiva, donde cuenta con la gracia de las gentes llanas el cómo van las cosas por el caserío…

71… infinidad de margaritas floreciendo en los predios que habitamos

Sí, hay mucha gente disgregable en el medio literario del exilio cubano: aquellos que lanzan loas a un totalitarismo cruel y demodé; aquellos que por tal de ser publicados (lo que significa el reconocimiento de las instituciones oficiales del castrismo) capaces son de vender su alma a Hades aunque sus huesos terminen en las lóbregas grutas de Perséfone; esos otros que a la usanza de Tisífone, Megera y Alecto, cargan encima el espíritu vengativo de Erinias, ya sea por envidia o por oportunismo. Poco hay a donde mirar sin sentir el pavoroso escrutinio de los tolerantes y los intolerantes, de los de doble moral que colocan en un altar a aquel famoso que endiosó a las figuras de un Castro o de un Allende mientras le clavan la daga infausta al mediocre criollo que se arrastra como serpiente vapuleada por la ira del Rikki Tikki Tavi de Kipling a los pies del tirano de turno. Hay mucha desazón y mucho odio, infinidad de margaritas floreciendo en los predios que habitamos. ¡Que Dios, si existe, nos coja confesados!

69. Papa Hemingway in Cuba

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He visto “Papa Hemingway in Cuba” como un ejercicio, sobre todo, de actualización histórica, por aquello de haber sido el primer filme norteamericano rodado en la isla durante prácticamente medio siglo. Como símbolo del acercamiento con el castrismo propiciado por la administración de Barack Obama, esta obra de Bob Yari, al igual que la política del gobierno anterior hacia la dictadura isleña, no es otra cosa que una excursión fallida.

Aparte de ello, podría sumar al menos otras tres razones por las que decidí echarle un vistazo a la adaptación de la obra de teatro escrita por Denne Bart Petitclerc: la figura de Hemingway y su relación con el ascenso del castrismo, la presencia de Giovanni Ribisi, actor correcto que ha reverdecido laureles con Sneaky Pete, la serie de Amazon Prime, y por supuesto, el atisbar a Adrian Sparks llevando al celuloide su tan alabada caracterización del escritor sobre las tablas.

Más allá de que “Papa Hemingway en Cuba” sea un ‘depositario’ de lugares comunes, cinematográficamente hablando, les diré que la manera en que se refleja esa dinámica existencial tantas veces abordada, Hemingway – revolución cubana, no difiere de otras obras anteriores que giran sobre el mismo tema: se sataniza al batistato al mismo tiempo que se sacraliza al castrismo. Ribisi, en cambio, no supera el nivel de mediocridad en que su personaje es trazado en el guión. Lo mismo acontece con Sparks, que más allá del tremendo parecido físico con el escritor de marras poco o nada puede hacer para dotar a su personaje de una credibilidad real.

Al menos al final de la jornada, me digo a mi mismo, hay algo que se puede disfrutar, el ver a actores extras cubanos interpretando a cubanos, y no mexicanos, panameños o dominicanos. Consuelo de tontos, ya lo sé.

 

68. The Stranger y la naturaleza naif

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“The Stranger” no ha envejecido bien, como la mayoría de las cintas noir de la post guerra. Ello a pesar de Orson Welles y de un guión de Anthony Veiller, nominado al Oscar en su momento. Lo más interesante de esta pieza, me parece, tiene que ver con el escueto debate político que propone, al margen de la historia central: ¿sería capaz la Alemania occidental de adaptarse, tras el dominio previo del tercer Reich, a la dinámica democrática del mundo occidental, entiéndase los Estados Unidos de Norteamérica?

La respuesta, de forma general, es afirmativa. Al menos hasta que la Germania vuelva a desaparecer entre las fauces, esta vez, del fundamentalismo musulmán que, con toda la carga de odio que este caso resume, toca a la puerta y amenaza con derribarla, incluso.

Y ello me lleva a cuestionarme, no sin cierta impertinencia, si la libertad lleva implícita en sí misma esa naturaleza naif tan propia del mundo occidental moderno. ¿El arte en libertad es naif? Me hago la pregunta tras la inevitable comparación entre el cine hollywoodense de la post guerra y el soviético, por citar un subvalorado ejemplo. La ingenuidad de las obras producidas en California, para entonces, contrasta enormemente con el realismo voluntarista de los rusos. De allí la diferencia inmensa entre una Scarlet Street o una The Stranger, y la soberbia Balada de un Soldado.

67. True Detective, segunda temporada

Frank Semyon deambula moribundo por las arenas del desierto de Mojave, conversando con sus vivos y sus muertos. El padre tiránico y distante, los pandilleros negros del colegio, aquel a quien mandó a ultimar tras una traición aborrecible, su esposa amada al final del camino… no es tiempo de proseguir Frank, ya has muerto, tu cuerpo yace tirado unos pasos atrás a pesar del alma inquebrantable. Ya se yergue tu talle como si los espectros de los monjes guerreros cabalgaran aún entre las brumas de Tortosa.

“True Detective” en su segunda temporada se puebla de personajes rotos, de seres impulsados y atenazados por el dolor, para contarnos una historia oscurísima de corrupción y muerte, de pequeños, minúsculos ejercicios redentores que, al igual que la muerte por hambre de Ricardo II, no llevan a sitio alguno. Quizás sea la historia de los hombres un compendio impreciso de salvaciones fallidas, repetitivas y continuas.

Pizzolatto recrea el policiaco urbano de la década de los setenta, despojándolo de su naturaleza heroica y de su cariz naif. Es una temporada azul, con algunos visos de amarillo y verde. Los contornos imprecisos de Los Ángeles y de la ficticia Vinci (inspirada en la corrupta Vernon) son el escenario atroz de esta historia tan triste y tan dolorosamente amarga. Es cierto que toda la medianía de la temporada, excluyendo los extremos, divaga bajo la égida de un guion demasiado básico y forzado, que da pie a innumerables casualidades, en ese afán de regodearse para luego agruparse y dirigirse hacia un final esplendoroso e inolvidable. En todo caso es perdonable.

La historia de Pizzolatto gira, no podría ser de otra forma, sobre el tema inacabable de la muerte. Todos tememos a la muerte. Todos nos rehusamos al sacrificio de lo invariable, de lo inconmensurable, de la irrealidad del fin. Y aun así vivimos y creamos. Pues sí, he de confesarles, quizás seamos adalides y gloriosos e insignes. Quizás merezca Pizzolatto, más allá de las reminiscencias, el epíteto de salvador de las ideas. Quizás sea Pizzolatto una especie de Bauman. Después de todo, no somos más que condenados que marchamos hacia el desfiladero oscuro de lo desconocido. ¡Hay que tener valor para saberlo y proseguir!

En el carnaval de seres descocidos que es la True Detective de Pizzolatto, la muerte, la redención y todas esas cosas tan comunes, son la apoteosis de la existencia y son el personaje principal. Una vez que seamos capaces de entenderlo, podremos estar en paz con las debilidades narrativas y dejaremos, entonces, de comparar al trágico Velcoro con el escéptico Cohle.

66. The Lobster

(Escrito en febrero del 2017)

“The Lobster” es una historia de las más raras que he visto, lo cual no es poco decir. Carga consigo una especie de espíritu dadá, que termina convirtiendo a una historieta disparatada e imprudente en una distopía amarga y terrible. Lo antagónico de su propuesta, donde la obligatoriedad de amar se estrella contra la inmensa frialdad (casi robótica) de las personas, no puede ser otra cosa que una insania frenética y desconcertante, donde las almas de Kubrik y Tzara se entrelazan, a la manera en que Yorgos Lanthimos y Efthymis Filippou imaginan su historia.

Y sin embargo falta algo, les digo. En cada narrativa que se toma en serio a sí misma, como sucede en esta pieza, la posibilidad de que lo que se cuenta sea cierto o posible, en el mejor de los casos, es un plus creativo. Acá, en “The Lobster” no es ni siquiera una contingencia presumible. Así que saber, al final de la jornada, que lo que miras es hueco y vago y hasta insulso, lapida el resultado final.

65. Sheer Heart Attack

(Un texto del 2014)

En una etapa de gran efervescencia creativa, Queen lanzó su tercer trabajo discográfico en 1974, meses después de Queen II. Con Sheer Heart Attack, la banda londinense rompió con la etapa de experimentación anterior y terminó de delinear ese sonido elegante, operático y a veces suntuoso que se convertiría en su marca de fábrica. Si acaso un tema menor como “In the lap of the Gods”, mejor alineado con el proyecto previo, persiste aún con esa tendencia Progressive que tanto caracterizó a Queen II.

Estuve escuchando el disco innumerables veces a propósito de este trabajo y me percaté de que siempre termino hallando cosas nuevas, detalles, trazos inéditos que se descubren a cada paso y que dotan a esta obra de un sabor único e irrepetible.

El álbum arranca con “Brighton Rock”, un tema ambicioso, trepidante y rítmico, sostenido por el rapidísimo drum de Taylor y los riffs coloridos y vibrantes de la inconfundible guitarra de Brian May, quien lanza también innumerables solos, considerados por muchísimos críticos como de los mejores de la época. May, en esta canción, muestra su inmenso talento sin complejos.

“Killer Queen”, especie de vodevil rockero, sobrevivió compilaciones posteriores, convirtiéndose así en tema cardinal de la primera etapa del grupo. Se hace énfasis aquí en el trabajo de voces, asentadas nuevamente por el trabajo magistral de May. Es, sin dudas, “Killer Queen”, el primero de los temas reconocidos por los neófitos de Queen, junto a “Now I’m here”, rock puro y duro presente en esta misma placa.

La obra más floja es, a no dudarlo, “Tenement Fuster”, trabajo olvidable y prescindible, plano y atemporal, que no encaja en este disco. Pero tras el tropezón, la poderosa y vital “Flick of the wrist”, donde los coros y la batería de Taylor (¡una vez más!) se unen en armonía perfecta.

La joya de la placa es, para mi, la cortísima, exquisitamente melódica y hermosa “Lily of the valley”, donde la voz de Mercury se desdobla en mil y un tonos, alcanzando alturas impensables. ¡Un verdadero alarde de armonía! ¡Un grito poderoso de la banda!

La cara B, repleta de homenajes, es de lo más curioso producido por el grupo. Ahí tenemos a “Stone cold crazy”, un homenaje al rock and roll americano de los inicios, muy a lo Queen. Tema que trae reminiscencias del trabajo de otras bandas inglesas de la época (¡Sí, nuevamente Led Zeppelin!), lo que sirve para corroborar, por cierto, que en este estilo Robert Plant es mucho más efectivo que Freddy Mercury.

La triada de homenajes se completa con “Misfire” una especie de funky setentero, y con “Bring back that Leroy Brown”, be bop de exquisita factura.

En resumen, Sheer Heart Attack es una placa trascendente, sin dudas, en la trayectoria musical de Queen.

64. El nacionalismo y Sochi

(Escrito en febrero del 2016)

Los nacionalismos pueden ser, potencialmente, aún más dañinos que las ideologías, porque arrastran con mayor facilidad a las masas hacia su estado natural de ignaro. Ejemplo claro de cuán profundo pueden calar estos nacionalismos, aconteció durante la inauguración de los pasados juegos Olímpicos de Invierno en la ciudad rusa de Sochi, donde “putinianos” y yeltsinistas” se emocionaron por igual y hasta lagrimearon con nostalgia, ante la ceremonia de remembranzas comunistas que los organizadores, apelando a aquellos tiempos de la Unión Soviética imperial, presentaron a los eslavos de Moscú y contornos adyacentes.

Igual pasa entre cubanos del exilio, que invocan constantemente a la “cubanía” como si se tratase de un bien superior, aunque ésta en un final implique validar los horrores del castrismo en cualquiera de sus formas.

No conozco despropósito mayor que el intento continuo y permanente de anteponer el nacionalismo a ultranza ante cualquier ideología o posición política, por pragmáticas que estas sean. En mi opinión, el papel que juega el estado en su relación con los hombres debe de ser el eje principal sobre el cual la nación cubana debiera refundarse. De allí parten derechas e izquierdas, democracias y totalitarismos.

63. Mad Max: Fury Road

(Escrito en febrero del 2016)

Mad Max: Fury Road, a pesar de ser un brillante poema psicodélico y psicótico, con una soberbia puesta en escena y un guión preñado de simbolismos, no debió haber sido nominada al Oscar.

La obsesión apocalíptica de George Miller es sobre cualquier otra cosa un ejercicio estético y sabemos, desde hace muchísimo tiempo, que a la academia no la convencen las pictografías vacuas. Bueno, en realidad no estoy convencido de que “vacua” sea la frase que mejor defina a esta hipérbole desmesurada. Probablemente “historia lineal” sea un calificativo más oportuno.

Y es que tras ver esta Mad Max solo puedo pensar en un bellísimo arbusto que sale de la tierra, sin apenas ramificaciones y raíces.