67. True Detective, segunda temporada

Frank Semyon deambula moribundo por las arenas del desierto de Mojave, conversando con sus vivos y sus muertos. El padre tiránico y distante, los pandilleros negros del colegio, aquel a quien mandó a ultimar tras una traición aborrecible, su esposa amada al final del camino… no es tiempo de proseguir Frank, ya has muerto, tu cuerpo yace tirado unos pasos atrás a pesar del alma inquebrantable. Ya se yergue tu talle como si los espectros de los monjes guerreros cabalgaran aún entre las brumas de Tortosa.

“True Detective” en su segunda temporada se puebla de personajes rotos, de seres impulsados y atenazados por el dolor, para contarnos una historia oscurísima de corrupción y muerte, de pequeños, minúsculos ejercicios redentores que, al igual que la muerte por hambre de Ricardo II, no llevan a sitio alguno. Quizás sea la historia de los hombres un compendio impreciso de salvaciones fallidas, repetitivas y continuas.

Pizzolatto recrea el policiaco urbano de la década de los setenta, despojándolo de su naturaleza heroica y de su cariz naif. Es una temporada azul, con algunos visos de amarillo y verde. Los contornos imprecisos de Los Ángeles y de la ficticia Vinci (inspirada en la corrupta Vernon) son el escenario atroz de esta historia tan triste y tan dolorosamente amarga. Es cierto que toda la medianía de la temporada, excluyendo los extremos, divaga bajo la égida de un guion demasiado básico y forzado, que da pie a innumerables casualidades, en ese afán de regodearse para luego agruparse y dirigirse hacia un final esplendoroso e inolvidable. En todo caso es perdonable.

La historia de Pizzolatto gira, no podría ser de otra forma, sobre el tema inacabable de la muerte. Todos tememos a la muerte. Todos nos rehusamos al sacrificio de lo invariable, de lo inconmensurable, de la irrealidad del fin. Y aun así vivimos y creamos. Pues sí, he de confesarles, quizás seamos adalides y gloriosos e insignes. Quizás merezca Pizzolatto, más allá de las reminiscencias, el epíteto de salvador de las ideas. Quizás sea Pizzolatto una especie de Bauman. Después de todo, no somos más que condenados que marchamos hacia el desfiladero oscuro de lo desconocido. ¡Hay que tener valor para saberlo y proseguir!

En el carnaval de seres descocidos que es la True Detective de Pizzolatto, la muerte, la redención y todas esas cosas tan comunes, son la apoteosis de la existencia y son el personaje principal. Una vez que seamos capaces de entenderlo, podremos estar en paz con las debilidades narrativas y dejaremos, entonces, de comparar al trágico Velcoro con el escéptico Cohle.

Publicado por

Rafael Piñeiro-López

Rafael Piñeiro-López, escritor, ensayista y Doctor en Medicina (1994). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Ha publicado los poemarios "Los Hombres Sabios" (Editorial NeoClub 2015) y "La Bala de Sansón" (Editorial Signum Nous, 2016). Fue fundador y editor general de la revista sobre Arte, Cultura y Pensamiento "Signum Nous". Reside en la ciudad de Miami.

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