61. Cide Hamete Benengeli

En la segunda parte del Quijote, Cervantes utiliza una genial argucia literaria que, a pesar de haber sido promovida por algunos críticos y lectores como un intento del autor por legitimar en términos históricos su obra, parece ser más un divertimento estilístico que otra cosa. Tanto es así que me arriesgaría a decir que la invención del Pierre Menard de Borges muy probablemente parta de aquí, aunque quizás ande yo errado.

Pues bien, la presentación del bachiller Sansón Carrasco, hijo de Bartolomé y que estudió en Salamanca, por parte de Miguel de Cervantes, para decirle a Sancho que andaba dando vueltas por ahí un libro titulado “El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”, donde se citaba al escudero por su propio nombre y donde se narraban las desventuras de un hombre loco en busca de aventuras al que apodaban “el caballero de la triste figura”, no solo es uno de los pasajes más hilarantes de toda la obra, sino que sirve para construir una bibliografía ficticia y un autor imaginario, lo que proporciona cierta distancia (amén del divertimento) con los hechos que se cuentan.

Sancho, espantado por no saber cómo “el historiador que las escribió” pudo enterarse de tales cosas, se hizo de cruces y recabó la ayuda de su amo. Para el bueno de Quijano, el escritor–historiador debía de haber sido un sabio encantador. Pero… “¿Y cómo si era sabio y encantador, el hombre se llamaba Cide Hamete Benengeli? El cuestionamiento de Sancho hizo exclamar a un compungido Quijote una de las frases más sabrosas y desternillantes de toda la segunda parte: “Ese es nombre de moro”.

60. El «memo» y un destino inexorable

No creo que quepa duda alguna a estas alturas (y luego de la liberación del ya famoso memo), de que la gran prensa de los Estados Unidos (desde el New York Times hasta el Washington Post, pasando por Politico y The Hill y todo el resto del espectro) solo está interesada en la consecución de una agenda política, más allá de la verdad y de los hechos.

Somos testigos de un inquietante privilegio: la batalla crucial por el alma y el hipotético futuro de una nación que rige y ha regido sobre las otras. Esta es la Gaugamela de los tiempos que corren, el Issos moderno e impredecible. Un destino inexorable aguarda en algún rincón inaccesible. Ya se hablará de estas gestas en los libros y clases. ¿Y quién será quien prime y quien escriba la historia?

59. Escape from Alcatraz

(Escrito un 3 de febrero del 2017, hace ya un año)

Don Siegel, un realizador absolutamente subestimado durante su época creativa, de estar vivo y dirigiendo hoy en día, sería sin lugar a dudas considerado un maestro. Escape from Alcatraz, su obra más perfecta, es superior a la gran mayoría de los filmes que se fabrican en Hollywood por estos tiempos.

Más allá de ese lógico espíritu naif que solía respirarse y palparse en las cintas de la década de los 70, Siegel brinda una cátedra de buen hacer con una simpleza extraordinaria, con una economía de recursos tan manifiesta como los taciturnos silencios de Fran Morris (Clint Eastwood).

Además, está aquello, por supuesto, del alma irredimible del hombre, como animal primario. Y es que Siegel representaba y representa ese conservadurismo recio que hizo del cine policiaco de aquella década, una declaración de principios desgarradora y vital. Así que amigos, les pido en esta noche de viernes, que lancemos un “hurra” por el desaparecido Siegel y su genio. Y les aconsejo que corran a ver de nuevo, cómo no habría de hacerlo, esta pieza maravillosa, Escape from Alcatraz, que es ya parte de lo mejor del cine.

58. Wind River

(Una pequeña nota sobre Wind River, cinta de Taylor Sheridan, uno de los grandes guionistas de estos tiempos, en mi opinión)

Taylor Sheridan, en su corto recorrido como guionista, como imaginador de historias, ha legado tres piezas soberbias que de una u otra forma se regodean en el llamado country noir, esa denominación creada a propósito de las obras de Daniel Woodrell. Narraciones formidables rebosantes de personajes singulares donde el sacrificio postrero delimita sus acciones, enclavadas en sitios agrestes y salvajes como la acritud del desierto de Arizona hacia el ocaso o las callejuelas aterradoras de Juárez a pleno mediodía o los puebluchos desolados, duros, míseros; carreteras que serpentean entre la rígida llanura donde el verde y el ocre se funden y donde moran los hombres nacidos y crecidos en la dureza de la vida inmisericorde y, sin embargo, eterna e inolvidable y soberbia.

“Sicario” fue un gran ejercicio estético, llevado de la mano por el genio de Villeneuve. Hell or High Water “, una pieza filmada por un tal David Mackenzie, escocés que habla de Texas y de la América profunda, como solo los grandes poetas pueden hacerlo. Y la “Wind River” de marras, dirigida por el propio Sheridan, un decentísimo relato sobre los inviernos albos de la remota Utah y los dolores profundos de las gentes y las ansias de redimirse a como de lugar.

A Sheridan no le tiembla el pulso a la hora de contar, no sin cierta condescendencia, los males que aquejan a los indios nativos, enclavados en sus remotísimas reservaciones, seducidos por el alcohol y la droga y la violencia en extraña comunión con ese tan llevado y traído espíritu ancestral que les otorga un cierto carácter contemplativo sobre los acontecimientos vulgares que acaecen. Y también insiste en el discurso del choque cultural y sus consecuencias, mundanas en este caso que se narra. El resultado final es una cinta policiaca, muy a tono con el mundo imaginado por Woodrell en sus novelas, y por ende cercana al Winter’s Bone de Debra Granik, lo cual no es poca cosa. Esperemos que Sheridan siga creando grandes historias con presteza y con la honestidad que hasta ahora ha mostrado. El cine lo agradece. También nosotros.