145. Alien, the Covenant: un réquiem por Scott

Toda la obra de Ridley Scott, con sus altos y bajos, ha sido un continuo soliloquio acerca de los alcances de la vida y las fronteras inextinguibles de la muerte. Desde aquella magnífica “The Duellists”, pasando por las siempre perdurables “Alien” y “Blade Runner” y arribando a esta etapa reciente en que la mitología del monstruo creado estéticamente por H R Giger se desprende de las visiones, dispares y geniales de Cameron, Fincher y Jeunet para volver a recaer en la mirada inquieta e inquisitiva de Scott, ha sido un diálogo, un cuestionamiento cuasi perenne sobre los temas más importantes a los que pueda enfrentarse creador alguno: la vida y la muerte.

Si en la primera Alien el discurso de Scott parecía dirigirse a una crítica manifiesta del capitalismo, tal inquietud parece haberse tamizado, dando lugar en “Alien: Covenant” a una actitud de zozobra y temor ante el avance de la tecnología. Si el Ash de la cinta inicial ya era un dechado de desconfianzas y de dudas, y muy a pesar de la presencia redentora de Bishop en la secuela dirigida por Cameron, lo cierto es que la dualidad de David y de Walter (un formidable Fassbinder) en esta última pieza alcanza la cumbre del cinismo existencial y del debate perenne sobre, como ya les decía más arriba, los alcances de la vida y la comprensión del fin.

Es en ese sentido “Alien: Covenant” una continuación, quizás algo forzada, del Prometheus previo (ejercicio fallido, vale decirlo) y también, claro está, de la Alien original, a la cual aspira a mejorar por medio del poder de la tecnología y el progreso. ¡Vaya paradoja!

Pero Scott, envejecido y cansado y a pesar de su talento, ha perdido la forma y ya no es el mismo de los tiempos pasados. Es así que su Covenant no pasa de ser una copia decente de aquella fábula original. Y es cosa sabida que ya nada es peor que cuando comenzamos a copiarnos a nosotros mismos. Quizás ya vaya siendo hora de lanzar un réquiem por el maestro Scott y decretar su muerte.

144. The Keepers

He visto The Keepers, una serie documental del excelente cineasta Ryan White, que narra el asesinato de la monja y profesora de literatura inglesa Catherine Cesnik en el ya lejano mes de noviembre de 1969. Ocurrió en la muy católica ciudad de Baltimore, donde los edificios grises andan a tono con la pesada sombra que discurre de las iglesias y los claustros, donde el frío inmisericorde hiela y nieva calles y bosquecillos, edificios y parques. Una profunda tristeza y melancolía tiñe a esta pieza desde principio a fin, y quizás la culpa recaiga en esa maravillosa banda sonora del maestro Blake Neely que tanto recuerda a The Leftovers y que nos desgarra el alma en cuanto tiene ocasión.

Eran tiempos más simples y más básicos aquellos años. Pero la maldad siempre ha existido, la oscuridad que se cierne desde la parte más horrenda del animal que somos. ¿La iglesia católica? Un nido de depredadores. ¿El horrendo padre Maskell? Un abusador y pedófilo en serie. El crimen de la hermana Cesnik jamás pudo aclararse. Una serie de desaguisados de la policía local, amén de la protección a intereses muy poderosos, colaboraron con tan infausta realidad. Y una vez más ¡voilá!, la vergonzosa ineficacia del FBI… (sobre todo en el caso, probablemente asociado, del asesinato impune de una hermosa muchacha de veinte años y de la consecuente terrible orfandad de la familia Melecki).

“The Keepers” es también, amén de un impactante y aterrador relato sobre la muerte, el recordatorio testimonial de la importancia de contar con pruebas objetivas para que la verdadera justicia pueda prevalecer, de la importancia de no callar la verdad y de no ahogar los recuerdos en la lógica ignominia del temor.

La arquidiócesis de Baltimore, un antro de complicidad ante la asqueante perversidad de quienes la conforman y la habitan, posee el poder y la influencia para acallar conciencias mientras se muestra como dócil cordero que intenta preocuparse por los débiles y por las víctimas. Si acaso podría hablarse de un episodio tan oscuro como la infausta inquisición de la era media, es este contubernio universal en pos de defender a sus lacras, a sus asesinos, violadores y pedófilos, todos entes malignos y despreciables que pululan bajo la égida de aquel Dios que se inventaron Agustín de Hipona, Gregorio Magno, Ambrosio de Milán y Jerónimo de Estridón.

En Maryland la impunidad parece estar garantizada. Que los presidentes de la cámara del senado, Mike Miller y Joe Vallario, ambos militantes del partido demócrata, hayan sido los férreos defensores de la iglesia católica en el estado, decapitando numerosos proyectos encaminados a ponerle coto a los abusos infantiles por parte de curas y sacerdotes, es el ejemplo fehaciente de que muchas veces los malos se salen con la suya sin tener que afrontar consecuencias ni castigos. Y así vamos…

143. La Enmienda

Si la fisura que remeció la placa tectónica de la cubanidad tras las renuncias de Tomás Estrada Palma y Domingo Méndez Capote no hubiera sido subsanada por el secretario de guerra William H. Taft y el gobierno de los Estados Unidos., la república soñada jamás podría haberse concretado. Probablemente tampoco el venidero castrismo por supuesto.
La Enmienda Platt como realización anexionista no ha sido más que obra del imaginario nacional. Un mito, una falacia. No responde en lo absoluto a una verdad histórica.

Satanizada y denostada por el hipertrofiado nacionalismo criollo, la cláusula ideada por el senador Orville H. Platt, salvó el sueño de la república al menos en una ocasión.
La Enmienda fue conformada para garantizar la soberanía de la isla, no para socavarla. En su contra, si acaso, aquello de haberse convertido en el chivo expiatorio de las ansias hipernacionalistas nacidas a la sombra del independentismo del siglo XIX.

141. Osho… Wild, wild country

Cuando el maestro espiritual Osho y su lugarteniente Ma Anand Sheela llegaron al conservador poblado de Antelope y construyeron una ciudad allí, y luego comenzaron a metastizar todo el lugar a base de jugosos cheques, se generó una de las confrontaciones ideológicas más áridas y amargas de la historia norteamericana de los últimos cincuenta años. Si le interesa el tema, apasionante por demás, eche un vistazo a la serie documental “Wild, Wild Country” que Netflix tiene en cartelera…

pd: Osho fue también uno de los modeladores del movimiento hippie, aquella ilusión de un colectivismo espiritualista que nunca pasó de ser una estafa. Tampoco Osho.

140. Winter’s Bone

“Winter’s Bone” es una obra maestra, se los he dicho siempre. Y vuelvo sobre lo mismo aprovechando que Amazon Prime la ha liberado y está al alcance de sus suscriptores. Debra Granik, una realizadora tan brillante como poco prolífica, tomó la impresionante obra de Daniel Woodrell y la convirtió en una cinta memorable, en una pieza que solo necesita de unos años más para eternizarse como un clásico, como una creación imprescindible. Fiel reflejo de la América más profunda, la narración de Woodrell nos produce el goce, una vez llevada a la pantalla grande, de ser testigos de dos actuaciones majestuosas y desgarradoras: una Jennifer Lawrence como nunca más se ha vuelto a ver y un John Hawkes que debía haber ganado el Oscar sin discusión alguna. Para aquellos que quieran entender el espíritu de esta nación y de los hombres, no pierdan la oportunidad que la Granik les presenta. El filme, desgarrador, tremendo, no es más que un retrato de la naturaleza humana y del espíritu de supervivencia que subyace, por encima de cualquier otra cosa, entre nosotros los mortales.

139. Henson y su “Business, Business”

Jim Henson, el maestro creador de los legendarios Muppets, presentó hace muchos años en el programa de Ed Sullivan, una serie de pequeños sketches de marionetas a los que tituló, sarcásticamente, Business Business.

Revisé muchos de ellos en la Internet y también tuve acceso a la crítica hecha por la lúcida María Popova en Brain Pickings, quien se basa sobre todo en el libro de Elizabeth Hyde Stevens, “Make Art Make Money: Lessons from Jim Henson on fuelling your creative career” para dar ciertas luces sobre la vida artística de Henson y su relación con el mundo empresarial.

Henson, por mediación de entretenidísimos diálogos y energéticos personajes, nos dice claramente que idealismo y mercado, inspiración y negocios, son incompatibles. Y establece que el dinero es el principal enemigo del arte. Para Henson, como para una mayoría de artistas e intelectuales, la creación de ideas es cualitativamente superior a la creación de bienes, lo cual revela la naturaleza auto elitista, discriminadora, de muchísimos “hacedores de palabras”, como definiera Robert Nozik a quienes intentan usar el intelecto como medio de subsistencia.

Y la Popova hace aquí un estupendo señalamiento. Ella dice que la posición de Henson es reduccionista por sí misma, pues el afamado titiritero no fue en vida tan sólo un admirable creador artístico, sino también un gran empresario y negociante, un “bisnero” del medio que triunfo y logró hacer de sus personajes, íconos del siglo XX como bien sabemos. Henson contradecía, por experiencia propia, sus sospechas y prejuicios con respecto al capital, y por ende, a las sociedades de mercado.

La realidad es que el arte y los negocios son, de por sí, complementarios y no contradictorios. Si no echemos atrás el tiempo y veamos los clarísimos ejemplos de auto gestión de un Leonardo Da Vinci o de un Migue Angel Buonarroti durante el Renacimiento… o al mismo Henson, por supuesto, ya en pleno siglo XX.

“Business Business” no es más, por lo tanto, que un reflejo de esa percepción errada que manifiestan muchísimos intelectuales. Percepción que establece que las motivaciones de la actividad intelectual contrastan con las motivaciones del mercado.

Robert Nozik decía que esta anómala disposición acerca de las motivaciones no era más que un “contraste exagerado”, porque terminaba obviando, excluyendo, a las recompensas extrínsecas tan propias al intelectual y tan perseguidas y buscadas por el intelectual, el artista, el creador. Hablaba de la vanidad, el dinero, la fama…

Tras esta evidente exclusión, se puede sacar por conclusión que el mundo intelectual, por regla general, odia al capitalismo. Los ejemplos son elocuentes y numerosos. Las causas que se han enarbolado para intentar explicar el motivo (o los motivos) de tal aversión son numerosísimas, pero todas apuntan a la inadaptación que siente el hacedor de palabras al mundo pragmático y real del mercado, del capital.

Los neoconservadores, por ejemplo, dicen que los intelectuales perciben que sus influencias estarán, en una sociedad capitalista, supeditadas al mercado, al pragmatismo de los trueques y las ventas. Y de igual manera creen que en sistemas colectivistas contarían con más poder y que alimentarían las canteras de burócratas, dirigentes y cuadros partidistas. Refrendarían, según Nozik, aquella afirmación de Platón de que la republica ideal sería la gobernada por filósofos.

F. A. Hayek, por su parte, argumenta que los socialismos priorizan a la ideología por encima de cualquier otra cosa, lo que resulta cómodo para los intelectuales porque los convierte en imprescindibles, asignándoles una posición de privilegio en los estamentos del poder, cosa que evidentemente no ocurre en las sociedades donde rige el capital porque el mercado, por su propia naturaleza, es neutral respecto al mérito intelectual. Y esto, evidentemente, genera resentimiento entre los hacedores de palabras, tal y como en lo dijera Ludwig Von Mises.

Nozik así también lo piensa. El cree, de hecho, que la causa cardinal del odio es el resentimiento. Dice que parte de ello se debe a que el capitalismo hace caer al intelectual en motivaciones y emociones de escaso gusto como ganar dinero, competir, triunfar y crear fama. Si otro al que consideran inferior en intelecto triunfa, esto se debe a una imperfección del sistema. Al mismo tiempo Nozik se pregunta el por qué tienen los intelectuales que estar resentidos por tener que satisfacer las demandas del mercado si lo que quieren son los frutos del éxito del mercado.

138. Borges y su conferencia sobre la ceguera

De las conferencias dictadas por Borges y que yo he tenido el placer de escuchar o de leer, no recuerdo ninguna más brillante ni perfecta que aquella en la que habla de su ceguera. Una ceguera amarilla-verdosa-azulada y luminosa. Una ceguera que contradecía a Shakespeare y que cargaba a cuestas con estoicismo admirable.

Libros en blanco, libros sin letras… Emociona escuchar al viejo Borges rememorar sus años como sostenedor de un legado, el de la biblioteca nacional, de la cual se convirtió en el tercer director ciego, cosa asombrosa y peculiar, sin dudas. Emociona escuchar a Borges decir que, tras haber perdido el mundo visual de los libros, podía disponerse a recuperar el mundo de sus antepasados. Un hombre bueno, Borges. ¡Y un hombre superior, he de decirles!

Y cita a quien según él son hombres incomparables a cuya sombra no puede arrimarse, aunque nosotros sepamos que no es cierto, porque Borges pertenece a la cofradía de los imprescindibles. “He enumerado suficientes ejemplos; algunos tan ilustres que me da vergüenza haber hablado de mi caso personal”. Recuerda a Homero y su mención por Wilde, y nos habla de Milton y su ceguera voluntaria en defensa de la libertad. Rememora a Tamiris y su lucha agreste con las musas, a Prescott, a Groussac, a Joyce, todos amigos de la oscuridad. Y asegura, en otro orden de cosas, que Fray Luis de León es el poeta español más grande.

Termina Borges afirmando que la ceguera es un don y cita a Goethe, justo antes de finalizar la charla, en aquel verso tremendo “Todo lo cercano se aleja”, como para que nunca olvidemos que el fin nos corresponde a todos y que el reino de las sombras nos espera.

137. Alias Grace

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Mary Harron es una narradora sagaz, cosa que ya demostró fehacientemente en aquella formidable “American Psycho” con la que conmovió al mundo a inicios del nuevo siglo. Su unión a la muy talentosa Sarah Polley para sacar adelante el proyecto de “Alias Grace”, serie basada en la novela del mismo nombre de Margaret Atwood, ha terminado con el paritorio de una pieza notoria, entretenida y valiosa que puede recomendarse a ojos cerrados.

De ejecución impecable, donde sobresalen un esmerado y formidable trabajo de época y sólidas actuaciones, destaca esta obra sobre todo por su altísimo vuelo poético y una agudeza filosófica desconcertante. Los grandes y profundos diálogos terminan por otorgarle una enorme fuerza narrativa a tan inaudita y singular historia.

La recopilación de Atwood, tan bien adaptada por la Polley, es un paseo por los sinuosos y oscuros callejones de la memoria y de los hechos, donde el odio y el resentimiento social pueden traer consigo, como los putrefactos animales muertos a los buitres, la desgracia y el horror del fin. Un bosquejo de la naturaleza humana, tan animal y tan salvaje, podríamos decir…

136. Stranger Things y los signos políticos

Espero tener tiempo en los próximos días para comentarles algo sobre la segunda temporada de Stranger Things, ese pastiche ochentero de los hermanos Duffer. Ahora sólo quería hacerles notar el curioso manejo que se hace en la serie de los signos políticos, donde a las dos familias principales de la historia les colocan en el jardín de sus casas sendos carteles de propaganda política, mostrando así la inclinación ideológica de los personajes y sus intenciones de voto. Los hechos, datados en 1984, hacen notar que la familia Byers, donde Wynona Ryder hace de la atormentada madre soltera del poco popular Jonathan (que en como toda historia a la usanza del fallecido John Hughes es quien termina llevándose a la jevita al redil) y del atormentado Will, son republicanos y sienten lógicas simpatías por la dupla presidencial de Ronald Reagan y George Bush. Por el otro lado, el simpático y nerd Dustin Henderson y la muy simple de su madre apuestan por Walter Mondale y Geraldine Ferraro. Si, ya sé… las lecturas son infinitas…

135. Viva Cuba, sensiblera y nacionalista

Viva Cuba es más de lo mismo que hemos visto en la cinematografía cubana del pasado cuarto de siglo. Esa supuesta crítica social de alcances políticos que floreció desde los años noventa de la mano de Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío tras la exitosa Fresa y Chocolate, y que a estas alturas aburre por repetitiva, tibia, hipócrita y sesgada, es lo que encontraremos en esta especie de road movie naif.

Sensiblera y nacionalista, como casi toda cinta criolla que se atreve a echar una mirada, de soslayo, a la predominancia del castrismo. Repleta de lugares comunes y situaciones forzadas. Una especie de “homage” de la Guantanamera de Alea y Tabío.

Los personajes y las situaciones están conformados a la usanza del maniqueísmo tradicional del discurso oficialista, donde los malos quieren escaparse de la isla y tienen familiares en el extranjero, y los buenos soportan estoicamente las inclemencias del presente.

Es en los escasos momentos en que Cremata y Malberti deciden salirse de los estrictos moldes del criollismo fílmico, que esta pieza alcanza el lugar de los elogios, como en aquella escena en que una lluvia de estrellas se dibuja en los cielos de Varadero, o en aquella otra donde un Guije se aparece en medio de la manigua.

Aburrida, ligerilla, predecible y pujona, paquetera y hasta pretenciosa, al final la obra de Cremata y Malberti no pasa de ser una apología del folklorismo criollo, del “excepcionalismo” cubiche, de la “singularidad” isleña que tanto complace a los relativistas de la realidad cubana. Por cierto, intentar vendernos el discurso de que la infancia se sustrae a los grandes dilemas de los adultos en un lugar como la ínsula de la infamia, solo puede mover a risa o divertimento.

133. Cidade de Deus

El implacable paso del tiempo ha dado cuenta de Cidade De Deus, la cinta de Fernando Meirelles que tanto dio que hablar hace ya casi veinte años. La poderosa historia sobra la vida en las favelas de Rio de Janeiro se ha ido degradando hasta no ser más que un ejercicio chapucero y descuidado que, asemejándose a la estética del Danny Boyle de mediados de los noventa, nos lega una especie del Señor de las Moscas en versión colorida y carioca.

No obstante, es tan buena la historia que Meirelles tiene en sus manos, que a pesar de su probada ineficacia como cronista y narrador, termina atesorando un par de notables logros. El primero de ellos: la pieza se convierte en testimonio efectivo acerca de la naturaleza cruel que suele animar al hombre. Y el segundo (y probablemente más notorio) es que Meirelles logra que allí donde otro hubiera puesto el acento en lo racial, la cinta lo hace en la pobreza generalizada como explicación de la génesis de la violencia más descarnada. A Meirelles parece interesarle más el propio desarrollo de la historia que la arenga política y el oportunismo discursivo.

132. Sanshiro Sugata

Kurosawa fue un visionario. Es así que su primer trabajo, Sanshiro Sugata, rodado en tiempos de la segunda guerra mundial, puede ser considerado como una obra seminal en el subgénero de las artes marciales. Gracias a la labor conservadora de Criterion y al quehacer renovador de la compañía Toho Company, que salvó gran parte del metraje original en fecha tan temprana como 1952, es que puede disfrutarse de este ya legendario filme, que daría luego lugar a numerosísimas versiones.
Que Kurosawa haya decidido trabajar en la novela de Tsuneo Tomita para dar forma a su ópera prima, habla a las claras, según creo, de una intención superior por revelar la naturaleza de la ascesis nipona. Este esfuerzo cuasi antropológico se sigue repitiendo a lo largo de toda su cinematografía. Ya se atisba en Sanchiro Sugata el inmenso talento de Kurosawa, su inteligencia estética y su determinación conceptual. Admirar esta cinta es ser testigos del paritorio de un genio.
Hacia la segunda mitad del filme. Kurosawa establece lo que con posterioridad se convertiría en una norma: la confrontación moral y física entre culturas disímiles y diferentes percepciones de la vida. En este caso los soberbios y mercantilizados occidentales (hay que entender que en los tiempos que la cinta fue filmada, en el Japón había que adoptar un posicionamiento militante e ideológico sobre el tema de la guerra) y los rectos y esforzados nativos. Es aquí donde se debilita el pulso del maestro y donde también se revela el espíritu doctrinario (y nacionalista) de la historia. ¡Hasta los genios han de doblegarse a los intereses más vulgares!

131. Evil Genius

Evil Genius: The True Story of America’s Most Diabolical Bank Heist, una serie documental dividida en cuatro partes y que recién ha sido estrenada en Netflix, es un testimonio vívido de cómo la inútil e irresponsable policía de Erie y los ineptos investigadores del FBI (uno de los agentes especiales aceptó que uno de los culpables se burlara de su inteligencia y aquí no ha pasado nada) alargaron hasta lo indecible la definición de responsabilidades en la muerte de Brian Wells, aquel repartidor de pizzas que asaltó un banco con una bomba de fabricación casera enganchada a su pescuezo. Acá, al menos, tenemos el privilegio de atisbar al periodismo independiente serio y tenaz, capaz de husmear allí donde los medios oficiales y los estamentos gubernamentales flaquean, ya sea por temor, por desinterés o por simple ineficiencia, como parece ser el caso…

130. Rashomon

Rashomon es un testimonio de la pérdida de la fe en la naturaleza humana. Ostenta a la mentira como una exposición de lo que somos, como una muestra irrebatible de que nada de lo dicho por los hombres puede traspasar los límites de lo realmente acaecido. Es la apoteosis de las sombras y de la falacia de la historia, esa que nos cuentan y jamás pasó, o que no supimos que pasó (que suele ser lo mismo en todo caso).

En pos de tal encomienda, Kurosawa hace gala de un lenguaje poético impresionante, que probablemente alcanza su clímax durante la aparición de la médium que, en medio del árido paisaje del oriente, danza entre kimonos blancos y taikos golpeados por bachís. No obstante, la estructura argumental de esta pieza ha sido superada por el paso del implacable tiempo. Toda su ética moral se nos descubre ahora como un dinosaurio anquilosado en los hielos perpetuos de la anti modernidad. Es una pieza “temba”, que ha envejecido, filosoficamente, con menos acierto que otras de sus contemporáneas.

129. Dear White People, un bodrio

Dear White People es un show autofágico y depredador. Por un lado, satiriza la sensibilidad racial de los activistas negros y, sin embargo, por otro trata de otorgarle una validez moral a las víctimas del ridículo. Heredero de la muy confusa época obamiana, no pasa de ser una pieza auto inculpatoria y falsamente transgresora. Un bodrio que, por momentos, se ve superada por la politiquería más ramplona. No recomendable en lo absoluto. Nada salva a esta pieza, (ni siquiera el pretendido carácter irónico que sus creadores creen que contiene) de ese espíritu profundamente racista que la anima.

128. Molly’s Game

Aaron Sorkin es, básicamente, un escritor de historias reales que carga a sus espaldas con trabajos ampliamente conocidos como “Steve Jobs”, “Money Ball” y “The Social Network” para mostrar en su currículum. No es raro, entonces, que haya elegido una narración que tensa la misma cuerda para implementar su ópera prima como realizador, “Molly’s Game”, un repaso de la existencia de Molly Bloom, mujer que alcanzó fama y fortuna ejerciendo como hoster de apuestas en el póker.

Sorkin es un biógrafo asertivo, incómodo y sumamente diestro en la construcción de diálogos y situaciones. Su estilo como director parece acercarse más a la narrativa de Fincher que a la de Spielberg, aquel que lo acogió para que limara de asperezas el guión de “The Schindler’s List”. Una revisión no tan minuciosa de esta pieza es reveladora en cuanto a influencias se refiere. Algunos de los planos de “Molly´s Game” parecen sacados directamente de “Fight Club” o de “Gone Girl”.

La redención basada en el sacrificio personal, en la auto imposición de un sentido ético, quizás demodé, pero al final salvatorio, es el hilo conductual que acarrea con denodado estoicismo el personaje principal, interpretado por una soberbia (como siempre) Jessica Chastain. La verdad de Molly y su percepción de la justicia son la cruz romana sobre la que depositaron al cristo de las escrituras. Molly, en este caso, es el cordero que viene a expiar, en pleno corazón de la manzana (New York), las culpas y los pecados de los hombres. Y aunque quizás debamos desconfiar del exagerado auto excepcionalismo de la Bloom (la cinta está inspirada en el libro escrito por la señora de marras) no debemos olvidar que al final todo se trata de ese espíritu cristiano y protestante conque el cine norteamericano, en su afán por parecer trascendente, trata de imbuir a casi toda obra que sale de sus factorías.

127. Nada llenará el vacío

Oscurísima. Tan negra como la hiel más negra. La última temporada de la joya de Gilligan, “Breaking Bad”, es tan amarga y, sin embargo, brillante como la existencia misma. Volver a recorrer todo el fantástico trayecto hasta su culminación tremenda, es como atestiguar el genio de los hombres y sus obras. Regresaremos a vivir el luto de tan terrible pérdida, el sinsabor de que nada es igual tras la angustiosa ausencia de Walter White y Jesse Pinkman, de Gus Fring, Hank Schrader y Saul Goodman. Es la maldita provisión que nos legan las creaciones perfectas: la trivialización de cualquier otra cosa, la perversa sospecha de que nada llenará el vacío…

126. De la barbarie a la barbarie

Veo un footage del Berlín de julio de 1945, destruido por las bombas aliadas y la psicótica persistencia de Hitler. En la zona controlada por los soviéticos una inmensa imagen de un Stalin victorioso preside la avenida. Pronto el totalitarismo comunista sustituiría con perfección malsana al totalitarismo nazi. Todo un pueblo, guerrero y orgulloso en el pasado, viviendo una rápida transición de la barbarie a la barbarie, sin pausas y sin dudas. De amos y señores de la Europa ancestral a prisioneros de la pesadilla rusa. Una vuelta a los orígenes teóricos del horror, visualizados precisamente por un judío alemán.
No hay dudas acerca de que los gnósticos del Báltico acertaban al afirmar que la historia se repite y se repite una y otra vez. Viaja a través de un círculo solitario y perenne.