349. Unos apuntes sobre el holocausto germano

Checoslovaquia y Polonia fueron especie de remedo del holocausto mayor, el de los judíos y las demás víctimas del nazismo. ¿Cómo podemos ser socráticos y creer en la capacidad infinita de la pureza del alma de los hombres? En cualquier conflagración humana no existen los maniqueísmos. No podremos encontrar jamás un bien puro e inmaculado o un mal siniestro y rotundo. La historia, por regla general, ha estado teñida de claro-oscuros, tal y como debe ser, porque la perfección de Dios no es más que un mito. No podría contarse, tampoco, la historia de la segunda guerra mundial sin hablar de la salvaje y horrenda paz que le sobrevino, cuando las fuerzas aliadas se impusieron al horror y la locura del fascismo y el nazismo y el imperialismo nipón, generando así su propio horror, su propio infierno.

Ese remedo del holocausto mayor que se sucedió en Checoslovaquia y en Polonia y en los campos soviéticos de concentración y en las repúblicas bálticas de la Rusia de Stalin, trajo consigo aparejado la victimización de dos millones de alemanes, la mayoría civiles, niños, ancianos y mujeres que fueron violados, asesinados, ejecutados en amplísimas plazoletas pueblerinas… Las minorías alemanas civiles fueron apresadas y torturadas; obligadas a llevar el signo de la swastika en sus ropajes, como pasó antes con los judíos y la estrella.

En el cine Borislava de la calle Kladensko, cuarenta y dos civiles inocentes fueron masacrados por los partisanos. Les dispararon a los niños y luego atropellaron sus cuerpecitos inertes con pesados camiones militares. En el castillo Mirosov los prisioneros de la Wehrmacht eran obligados a cavar sus propias fosas mortuorias antes de ser ajusticiados. Doscientos de ellos perdieron sus vidas en escasos días sin juicios ni tribunales. En el colegio Kounic de Praga niños prisioneros entre 6 y once años fueron maltratados y torturados físicamente de manera sistemática, regular. Otros trescientos alemanes fueron ejecutados allí mismo. En la infausta prisión de Pankrac se suscitaron miles de ejecuciones públicas, frente a una masa que se regocijaba ante cada último suspiro.

Miles y miles de familias alemanas fueron apresadas en antiguos campos de la SS sin medicinas, alimentos ni comidas. Morían como moscas. Primero los más débiles, recién nacidos, toddlers, mujeres viejas, luego los adultos sanos. En el stadium del poblado checo de Chomutov, en el mes de junio de 1945, ocho mil alemanes mujeres y hombres fueron encarcelados. Recibían golpizas hasta morir enfrente de todo el mundo. Los sobrevivientes eran obligados a realizar marchas forzadas, y quienes se retrasaban eran golpeados hasta morir o recibían un disparo en la cabeza.

En el campo de concentración polaco de Postoloprty, cinco niños alemanes fueron ajusticiados por robar frutas. Les dispararon en el cuello. Otras dos mil personas encontraron la muerte en aquellos cinco días negros de junio de 1945. En Zgoda, que primero fue un campo satélite de Auschwitz, se internaron prisioneros alemanes y polacos. El coronel Solomon Morel era el comandante del campo. Disfrutaba de las orgías sádicas, las torturas y los asesinatos. Causó tres mil muertes por inanición y ausencia de cuidados médicos. Los prisioneros se comían a los despojos de los fallecidos, para saciar el hambre. Tras cada nueva muerte los soldados polacos danzaban sobre los cuerpos muertos y los escupían y orinaban.

Los alemanes civiles que no fueron arrestados fueron obligados a llevar una banda blanca en sus brazos y a seguir ordenanzas anti alemanas. Los obligaron a irse. Medio millón de personas fueron despojadas de sus ciudadanías y decomisadas y robadas sus pertenencias, sin derecho a compensación alguna. Esas expulsiones de alemanes en toda Europa del Este fue un plan planificado en la conferencia de Yalta por Stalin, Roosevelt y Churchill para rediseñar el componente étnico del área y para castigar a los perdedores de la guerra. Los trenes que antes se utilizaron para trasladar judíos, ahora se usaban para desterrar germanos.
La mayor limpieza étnica forzada de la historia ocurrió en la Europa del Este de la post guerra. Y sin embargo nadie habla de ello, porque en definitivas cuentas ¿quién quiere ocuparse de las víctimas civiles de los perdedores? Doce millones de alemanes fueron expulsados de territorios que, en algunos casos, ocupaban desde hacía varios siglos. Doscientos cincuenta mil murieron por desnutrición y enfermedades. George Orwell lo calificó como “un enorme crimen”. 60 mil prisioneros alemanes murieron en campos de concentración polacos. Otras decenas de miles de militares y civiles no regresaron jamás de los campos de exterminio rusos. Y la historia que llora…

Publicado por

Rafael Piñeiro-López

Rafael Piñeiro-López, escritor, ensayista y Doctor en Medicina (1994). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Ha publicado los poemarios "Los Hombres Sabios" (Editorial NeoClub 2015) y "La Bala de Sansón" (Editorial Signum Nous, 2016). Fue fundador y editor general de la revista sobre Arte, Cultura y Pensamiento "Signum Nous". Reside en la ciudad de Miami.

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