396. The Autopsy of Jane Doe

Aquella calurosa mañana de 1989, posiblemente a mediados de septiembre, fuimos mis compañeros de la facultad y yo hasta el hospital provincial de Matanzas para asistir a clases de Anatomía Patológica. Nos dirigieron a un cuartucho en las postrimerías del edificio y nos hicieron esperar afuera. Al poco rato un cuarteto de tipos fornidos, acostumbrados a trasladar cadáveres, se aparecieron acarreando a un saco voluminoso, enorme, de color verde, que resultaría ser un hombre gordo, de gran tamaño, con el que nos tropezamos rato después en la mesa de disección. El sujeto se había colgado en horas de la madrugada y en su rostro se podía atibar el rictus del abandono y la locura transitoria. Un suicida más en una nación donde los muertos vivientes deambulan contando chistes, burlándose de los otros y bailando para disimular sus decepciones y miserias.

Presenciamos mis compañeros y yo, en ese momento y por primera vez, el descuartizamiento en aras de la ciencia que se le practicaba a un cuerpo que apenas unas horas antes aún se mantenía respirando por sí mismo. La doctora y profesora, luego de presentarse con premura, procedió a examinar los hallazgos externos del obeso suicida: ojos abiertos y desviados, lengua cianótica a medio salir, cuello fracturado, extremidades distales lívidas y purpúreas. Luego la minúscula mujer abrió el pecho del occiso, fracturando a la mitad el esternón con un punzón parecido a los que se usan en Transilvania para asesinar vampiros. Un líquido viscoso se desparramó por los bordes de la mesa mientras el voluminoso corazón era extraído de la cavidad toráxica. Los pulmones, como bolsas exiguas de basura, apenas si se atisbaban hacia el fondo de aquel monigote grasoso. Luego fue el turno de rasgar la inmensa barriga pendular, traspasando la doctora con su filoso cuchillo interminables capas donde el sebo atesoraba distintos tonos de amarillo, en dependencia de la profundidad y el grosor: un color cuasi pálido, blancuzo, en las regiones más ignotas e invisibles; un amarillo “pollito” en las lascas externas… Una navaja curva dividió el estómago en dos mitades a una velocidad pasmosa. El olor fétido e insoportable que emanó de aquella cavidad podrida, aún la recuerdo con el asco apropiado de tales casos. Jamás he vuelto a husmear algo tan asqueroso y vomitivo. El gordo había cenado copiosamente un rato antes de colgarse; era su despedida de los placeres de esta vida.

Al final, la doctora forense trepanó el cráneo esgrimiendo una sierra que despedía hacia todas partes minúsculas fracciones de hueso y sangre a medida que se adentraba en la cabeza del gordo. El sonido agudo de la maquinaria imitaba una de aquellas carpinterías en la que cortaban, torneaban y pulían la madera para hacer trompos en casi cualquier esquina de Colón. La delgada y pequeña profesora con sus bracitos que parecían ramas enjutas empujó con inusitada energía el casquete óseo hacia afuera, dejando ver un cerebro con forma de nuez (es curioso que nuestro centro vital de energía y vida imite a un fruto seco ¿no les parece?) que, una vez fuera de su hábitat, parecía marchito, triste y opaco, como si nunca hubiera atesorado temores, alegrías, tristezas y dolores.

Pues bien, he recordado al obeso suicida gracias a “The Autopsy of Jane Doe”, una cinta del realizador noruego Andre Ovredal, donde con exquisita precisión profesional y científica se aborda un tema inaudito y horrendo para provocar lo que toda buena obra del género debe: aterrorizar a sus espectadores. Y vaya si lo logra ¡Con creces! Sobre todo en esa primera hora de metraje, donde a la par de la autopsia de una joven desconocida, de cuerpo intacto, hallada en el sótano de una casa donde ha ocurrido una matanza atroz, se nos recuerda que la fragilidad de la existencia casi siempre se reduce a un asunto biológico y anatómico… con excepciones como esta, por supuesto…

Publicado por

Rafael Piñeiro-López

Rafael Piñeiro-López, escritor, ensayista y Doctor en Medicina (1994). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Ha publicado los poemarios "Los Hombres Sabios" (Editorial NeoClub 2015) y "La Bala de Sansón" (Editorial Signum Nous, 2016). Fue fundador y editor general de la revista sobre Arte, Cultura y Pensamiento "Signum Nous". Reside en la ciudad de Miami.

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