448. Wo 11

Asomarse a la cinematografía china de las últimas décadas permite atisbar mucho más allá de la inescrutabilidad asiática, y de las murallas de un régimen totalitario tan incognoscible como la propia esencia cultural que lo anima. También nos proporciona la posibilidad de satisfacer ese morbo inevitable y tan humano, esa necesidad cuasi imperiosa, de comparar realidades construidas en universos absolutamente diferentes, pero bajo égidas similares. Wo 11, del correcto realizador Xiaoshuai Wang, es el ejercicio ascético que nos asoma a un mundo conocido, pero también dispar: En esta pieza está presente toda la simbología del comunismo chino más apologético, por ejemplo, el de mediados de los años 70, con Mao Zedong y la revolución cultural en las postrimerías de sus existencias.

El principal epifenómeno de esta cinta de Wang, es la comprobación del rigorismo común a cualquier proceso totalitario, y sus consecuencias comprobables, objetivas, en la vida del hombre común. El colectivismo como generador de escaseces y miserias es el reflejo del propio logo dictatorial del comunismo: poca ropa y comida, racionamientos y controles, esperanzas perdidas; la creación de un ser temeroso y “pueril” que aprende a ocultarse de sí mismo y de los otros, ante la obligación inexorable de la sobrevivencia diaria.

El trasfondo cultural moldea la vida y el actuar de los hombres, sobreponiéndose a las divergencias antropológicas. Es por ello que el Wang Han de la historia podría ser perfectamente un niño de Colón en los años más oscuros del voluntarismo castrista. O un chiquillo soviético de la Rusia rural. El mérito de Xiaoshuai Wang es precisamente ése, el de hacernos creer que cuenta nuestra propia historia, o al menos un pedazo de ella. Wo 11 termina siendo, quizás, el relato sobre nuestra infancia que nos adeuda cualquier realizador cubano y la comprobación más fehaciente de que el cine criollo del neocastrismo no ha alcanzado jamás el nivel contemplativo de una cinta como esta.

Desde el análisis técnico, se constata una cierta influencia de Stand by Me, la emblemática cinta ochentera de Carl Reiner, heredera a la vez del magnífico Tom Sawyer de Mark Twain. La mirada inocente de los niños ha sido siempre un recurso ilustrativo de las etapas oscuras de la historia. Lo atestigua Ven y Mira, la obra maestra de Elem Klimov y lo refrenda Xiaoshuai Wang. Lástima que cuando nos remitimos a un intento generado desde Cuba sobre la misma base, terminamos tropezando con un bodrio a la usanza de Viva Cuba. Otro golpe para el excepcionalismo criollo.

Publicado por

Rafael Piñeiro-López

Rafael Piñeiro-López, escritor, ensayista y Doctor en Medicina (1994). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Ha publicado los poemarios "Los Hombres Sabios" (Editorial NeoClub 2015) y "La Bala de Sansón" (Editorial Signum Nous, 2016). Fue fundador y editor general de la revista sobre Arte, Cultura y Pensamiento "Signum Nous". Reside en la ciudad de Miami.

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