510.

Lynyrd Skynyrd es la mejor banda de rock norteamericana. La más emblemática, la más icónica, la más consistentemente prolífica. Toda su obra es un muestrario del inmenso talento de la agrupación floridana, emblema capital del southern rock y de un modo de vida que se aboca a la extinción ante el peligro de la nueva modernidad. No existe un solo material de Lynyrd Skynyrd que pueda ser calificado de mediocre o flojo o insustancial. Desde su “Pronounced ‘Lĕh-‘nérd ‘Skin-‘nérd” (1973) con aquel maravilloso himno generacional “Simple Man” que aún nos sigue conmoviendo, pasando por “Second Helping” (1974), una obra maestra (Sweet Home Alabama, I Need You, Don´t Ask Me No Questions, Workin’ for MCA, The Needle and the Spoon…), el “Nuthin’ Fancy” (1975) del Whisket Rock A Roller, y completando una década maravillosa con el “Gimme Back My Bullets” (1976) y el “Street Survivors (1977), dos obras supremas que nos legaron grandísimos temas como Every Mother’s Son, Double Troble, Searching, Cry for the Bad Man, All I Can Do is Write About It, What´s Your Name, That Smell, One More Time, I Know a Little y el Sweet Little Missy. (Les menciono mis temas favoritos con la esperanza de que quienes no conozcan a tan trascendental banda puedan al menos tener una pequeña guía introductoria).

Cuando Lynyrd Skynyrd se silenció en la década de los ochenta pocos imaginaron que regresarían con el “1991” y que a partir de aquel entonces se mantuvieran produciendo el mejor material de cualquier banda de rock setentera en las postrimerías de la centuria y luego en el nuevo siglo. Así lo atestiguan el maravilloso The Last Rebel (1993), el “Endangered Species” (1994), el “Twenty” (1997) y para terminar el siglo el “Edge of Forever” (1999). Los cuatro discos del siglo XXI son majestuosos, imprescindibles, recordatorios de que la mejor música sobrevive a pesar de los malos tiempos. En el “Then and Now (2000) los temas Workin’ y la hermosísima Tomorrows Goodbye así lo atestiguan. El “Vicious Cycle” (2003), el “God & Guns” (2009) y el tremendo “Last of a Dyin’ Breed” (2012) ( One Day at a Time, Ready to Fly, Life’s Twisted, Man’s Dream) completan la obra más importante de cualquier banda norteamericana. Un orgullo que estos muchachos sean de Jacksonville ¿no es cierto?

509.

Fue al historiador cubano Angel Velazquez Callejas a quien primero escuché utilizar el término “castrismo cultural”, tan en boga hoy en día. Me pareció en aquel entonces una muy útil y acertada derivación del “marxismo cultural” con que se denominó a las ideas de la escuela de Frankfurt. Si bien el castrismo cultural se ha exportado básicamente hacia el sur de la Florida entre la comunidad exiliada, sus intenciones (a un nivel limitado) son las mismas que las que atesoraban Adorno, Wolfgang Abendroth y su discípulo Habermas, solo que en el caso criollo en vez de ilustres pensadores tenemos a oportunistas oficiales de la seguridad del estado y a un ejército de reguetoneros, escritores y promotores culturales haciendo la tarea sucia. Para el adoctrinamiento de la Europa occidental, las cátedras de filosofía de las grandes y vetustas universidades fueron el cuartel general. En el Miami que todos conocemos el oprobio radica en las tarimas del carnaval de la calle ocho. Resumiendo, de la frase de Adorno “El antisemitismo burgués tiene un específico fundamento económico” al “Hasta que se seque el malecón” del conferencista Jacob Forever, va solo un paso…

504.

¡Todos usamos Wikipedia! Vamos, acéptalo, no seas reticente. El sitio es bueno. Qué digo bueno… ¡Muy bueno! Excelente si sabemos separar la paja del grano, claro está. Por cierto, hay unos numeritos azules encima de algunas palabras que nos remiten a la fuente original de información. ¿Alguna vez te había resultado tan fácil acceder a material extra para sostener o rechazar un punto? ¿A que no? Entonces, no despotriques más dándotelas de sabihondo y acéptalo con humildad ¡Todos usamos Wikipedia!

503.

Para opinar sobre un libro o una obra cualquiera, al menos hay que leer, indagar y luego cuestionar, refrendar o cualquiera de esas cosas necesarias para articular un pensamiento o idea propia, por polémico, errado o inconsistente que pueda resultar en un final de cuentas. El problema es cuando te lanzas a diseccionar determinada obra sin tener idea, sólo guiándote por un título, un extracto o alguna opinión emitida por otro, pues entonces y de inmediato, se nota la falta de seriedad. Eso es, a todas luces, un ejercicio de estafa intelectual. Lo mismo aplica para comentarios sobre música, literatura, cine, filosofía, anatomía, fisiología, propedeútica…

Mi humilde consejo: no inventes por el afán de parecer sabio o de ser un tipo popular o por mantener una pinchita que te costee los frijoles en un canal de televisión o en cualquier medio generador de noticias. Nada es más respetable que atesorar una opinión propia, auténtica y honesta. Créeme, quienes te lean lo notarán a la legua.

502.

Es casi inconcebible que el ELO de los primeros años haya sido borrado de la memoria de los hombres y que haya perdurado en nuestra historia aquella banda elegante, sofisticada, hacedora de un pop rock aristocrático y superior que, sin embargo, en poco igualaba a ese art-rock de los cinco discos iniciales, todos a la altura (incluso) del mejor Queen de la primera mitad de los setenta (un mérito extraordinario si tomamos en cuenta que ambas bandas fueron contemporáneas) y del Pink Floyd experimental que moriría años después con el “Animals” imperecedero, eterno.

Jazz, ópera, folklor de las islas sajonas, guitarra flamenca, violines y celos, el fantasma de The Beatles, acordes conceptuales, modelaron buena parte de la mejor música (fabricada por ELO) que legaría el rock and roll en los años posteriores. ¿O es que acaso el “Queen of the Hours” no fue la máxima influencia para la catarsis de temas aristocráticos y de batallas que enriquecerían los primeros álbumes del grupo de Mercury y de May? De 1971 a 1975 pocas bandas pudieron equiparársele a esta ELO formidable, en riqueza musical, en creatividad y, sobre todo, en talento. Y ya cuando el asalto comercial a las listas de éxitos se hizo impostergable, entonces fabricarían el aún maravilloso “A New World Record”, una obra maestra de la fusión de art-pop rock, que luego daría paso a otras grabaciones formidables como “Discovery”, “Times” y el irrepetible “Secret Messages”, disco del cual les cuelgo el video del tema principal. Enjoy!

Nota: Para aquellos que quieran disfrutar de la maravillosa etapa experimental de ELO, es recomendable escuchar sus primeros discos, es decir, el Electric Light Orchestra I y II, el “On the Third Day”, el posterior “Eldorado” y el “Face the Music”.

501.

Texto de presentación de dos libros escritos por el maestro Juan Felipe Benemelis (“Marx el equivocado” y “Los Bolcheviques”), leído en el Pen Club de escritores de Miami, hace ya cuatro años. Creo que ahora atesora, incluso, más vigencia que nunca. Ojalá lo disfruten.

Buenas tardes.

Hoy tengo el placer de presentarles “Marx el equivocado” y “Los Bolcheviques”, los dos últimos libros publicados por el historiador cubano Juan Felipe Benemelis, el más prolífico, sin dudas, de nuestros eruditos contemporáneos.

Quizás a algunos de ustedes les podría parecer atemporal el paritorio de estas obras. Quizás algunos de ustedes podrían pensar que volver a tocar el tema del marxismo, e incluso de las ideologías, es algo distópico y poco pertinente. En un final de cuentas ya Francis Fukuyama había decretado, tras la muerte del socialismo europeo oriental, el deceso de la historia. Sin embargo, la realidad es otra y al ascenso al pedestal de los “impíos” del fundamentalismo musulmán, es consecuente agregar el resurgir de los comunitarismos despóticos y de la complicidad que estos generan.

Es por ello que este trabajo epistemológico de Juan Felipe Benemelis posee una vigencia indiscutible y una utilidad pragmática notable. Ambos libros atesoran el nexo de la continuidad, y si en uno se desmonta eficazmente la entelequia marxista, en el otro se narra la terrible historia de la implementación práctica del horror.

Es así que Benemelis recorre un larguísimo trayecto que va desde los tiempos de la utopía de Thomas Moore hasta la realidad de nuestros días. Su andar, a la usanza de los antiquísimos profetas, es paciente y cadencioso, objetivo y vital. Su crítica mirada a la ideología pura y a los filosofastros que la sobrevivieron, es despiadada y ambiciosa. Y en ella está contenida todo el orgullo de esta obra.

Benemelis relata, expone, sugiere ideas y establece sentencias. Su labor investigativa, su conocimiento de la filosofía, son notorios. Y gracias a ello es que su apreciación se extiende, pienso yo, más allá del tronco teórico central hasta llegar a la izquierda toda, a la cual identifica como un subproducto remanente del marxismo, idéntica en sus afanes colectivistas aunque difiera en la implementación política.

En este sentido quiero apuntar el interesantísimo hecho de que un pensador brillante pero notoriamente anti doctrinario como Friedrich Nietzsche, acotara en “Más allá del bien y el mal” una sentencia reveladora acerca de la izquierda que aún hoy sigue atesorando una monumental vigencia: “No quieren ser responsables de nada. Y aspiran, desde un desprecio íntimo, a poder echar su carga sobre cualquier cosa. Cuando escriben libros, suelen asumir hoy la defensa de los criminales, una especie de compasión socialista en su disfraz más agradable. Y de hecho, el fatalismo de los débiles de voluntad se embellece de modo sorprendente cuando suelen presentarse a sí mismos como la religión del sufrimiento humano”.

Es en esta cuerda que avanza la crítica de Benemelis, quien a la manera tradicional identifica al Carlos Marx ideólogo con el idealismo hegeliano, fuente de donde bebe con abundancia y sed. De allí parte la mayéutica colectivista que no concibe al hombre sin el Estado. De allí parte el concepto de hombre histórico al que Hegel ensalzaba y acunaba, tan distinto a aquel otro que esbozaría Victor Frankl en la época de la postguerra.

Nuestro erudito hace notar con suspicacia esa notoria contradicción que subyace en el entramado más profundo del marxismo, donde no es posible conceptualizar una visión netamente materialista de la historia y al mismo tiempo pretender, como apuntaba el propio Nietzsche, ser la ideología encargada de agitar la bandera del humanismo. Es esta una afirmación que seguramente encontrará un sinnúmero de detractores, pero que al contrastarla con la realidad de los hechos, no admite discusión alguna.

Por ejemplo, en un capítulo titulado “Las distorsiones de Marx”, Benemelis deslegitima el discurso del filósofo alemán aseverando que “Marx ni siquiera llega a examinar las relaciones de clases bajo el capitalismo”. “Esta anomalía – dice Benemelis – se palpa en la parte de su obra que ubica al obrero en la fábrica, conveniencia que transforma las relaciones sociales en relaciones de producción y que responsabiliza al capitalismo de todos los males. En esta trampa metodológica Marx no observa las causas del modo de producción que están representadas por “El Capital”.
También nos habla Benemelis de los antecedentes obstétricos del marxismo y asegura que la criatura de Marx es hija de la tradición filosófica europea y que por eso manifiesta una estructura teística y autoritaria, apelando a la creencia en la libertad humana, resultando en un sistema de opresión sin igual en la historia contemporánea.

Leyendo estas historias sobre la filosofía marxista y sus herederos, sobre la Rusia soviética de Lenin y Stalin, de Jrushov y Gorbachov, no pude menos que asociar la presencia terrible del comunismo al mito medieval del Ángel caído y se me hizo irresistible el apelar a la exhaustiva valoración que hace Carol Karlsen en su libro “The Devil in the Shape of the Woman” sobre aquello de que el mal obedece a un principio de circulación de bienes escasos con fuertes bases políticas. O a la acotación de Dennis Muchembled de que la génesis de la hegemonía conceptual del Diablo tuvo una razón política, la de permitir a la iglesia católica tener jurisdicción sobre feudos y ducados. Pudiera parecer escandaloso, pero una extrapolación del comunismo filosófico al “mefistosfelismo” medieval pareciera, por semejanza y resultados, un ejercicio obligatorio.

Y es que Benemelis no hace otra cosa que desenterrar al mal y exponerlo a todos con la sabiduría de quien sabe palpar los horrores y los miedos. Juan Felipe nos cuenta sobre el materialismo histórico y la economía planificada, sobre la dictadura del proletariado y los intelectuales orgánicos de Gramsci. Juan Felipe nos alerta sobre los neo marxistas, descubriendo las inexactitudes de la escuela de Frankfurt y las pobres justificaciones de los filósofos franceses.

Benemelis deja muy claramente establecido que el estalinismo, por ejemplo, no fue una excepcionalidad del comunismo, sino que es carne y sangre de su esencia, que los totalitarismos son afines al colectivismo, que no se puede rasar la pobreza sin el establecimiento del terror.

Por ello es necesario, imprescindible, revisar estos textos, tan oportunos, tan certeros, en tiempos en que el fundamentalismo marxista se reagrupa y organiza. Así que los animo a leer encarecidamente “Marx el equivocado” y “Los Bolcheviques”, libros contenedores de sapiencia y sentido común.

500.

El “Eagles” de 1972 fue tan bueno que hizo palidecer a excelentes obras posteriores como “Desperado” (1973), “On the Border” (1974), e incluso al magnífico “One of these Nights” (1975). Por lo tanto la gran pregunta es: ¿Pudo el consecutivo “Hotel California” (1976) superar a la ópera prima de la banda de Glenn Frey y Don Henley…?

499.

El trumpismo exacerbado puede caracterizarse por la obcecación y la esperanza ilimitada, pero el antitrumpismo irracional es una enfermedad mental, una patología psiquiátrica, qué duda cabe. (Léase que uso los términos “exacerbado” e “irracional” como sinónimos de desmesura).

498.

Una vez que Deep Purple se despojó de la inconsistencia y de la indeterminación de sus primeras obras, terminó convirtiéndose en una de las grandes bandas de todos los tiempos. El “Shades of Deep Purple” (1968), aún con ciertas resonancias de la primera mitad de los sesenta es, sin embargo, una obra soberbia en su ejecución instrumental, dando muestras ya de lo que sería el sello posterior de la sonoridad del grupo, con el órgano de John Lord y la guitarra de Ritchie Blackmore siempre contrapunteando y asistiéndose a la misma vez, con una fuerza poética que sólo otro par de agrupaciones alcanzarían a lo largo de la historia del rock. El “The Book of Taliesyn”, demasiado contaminado por la sonoridad hippie de fines de la década, es uno de los trabajos que menos me complacen de los Deep, a pesar de contener grandes temas como el soberbio y majestuoso “River Deep, Mountain High”. El “Deep Purple” (1969) fue poco más de lo mismo y no es hasta la llegada de “Deep Purple in Rock” (1970) que el grupo comienza a delinear sus sonoridad setentera, inimitable y propia, ya con un establecido e icónico Ian Gillan en sustitución de Rod Evans.

Los consecutivos “Fireball” y Machine Head” fueron par de obras maestras que parieron a su vez las versiones en vivo de “Made in Japan” y “Live in Denmark” a la que curiosa (y erradamente) algunos se refieren como discos originales. “Strange kind of woman”, “Fools”, “Highway Star”, “Somoke on the Water” y algunas otras, piezas modélicas del rock and roll de los setenta, salieron de ambos discos y perviven aún como suelen sobrevivir las grandes obras. Ya luego arribarían las eras de David Coverdale y Joe Lynn Turner, que marcarían la sobrevivencia y la longevidad de la banda de Hertford, una de las cinco más importantes del género, en mi opinión. ¿Cuál es tu tema preferido, tu álbum o tu etapa favorita? Yo, que soy demasiado fan a los Deep no puedo casi decantarme por una época en particular, sin embargo, la gran apoteósis creativa del grupo fue, creo, entre 1970 y 1973…

497.

Hay gente que ha hecho “carrera literaria” adulando a otros, sirviendo de hala-levas consuetudinarios (as), guataqueando en cada momento previsible. Abrimos un blog y entrevistamos a fulanito mientras lo agasajamos, colgamos un link en nuestro muro de Facebook o cualquier otra red social comparando al versificador de marras con el espíritu de Rimbaud, equiparándolo a la sombra terrible de Vallejo… (Entrecomillo “carrera literaria” porque cosa así apenas si es posible en estos tiempos). La deshonestidad y el “perreo” moral van de la mano. Por eso yo siempre manejo tres únicas opciones cuando de escribir sobre otros se trata: o soy honesto en la crítica porque la obra lo merece, o le hago un favor a un buen amigo (que para eso somos los socios, claro está), o dejo que mi pereza inamovible se imponga y entonces no escribo nada. Eso sí, hay buenos textos sobre los que no opino simplemente por falta de tiempo o porque las musas no me visitan. En ese caso me disculpo.

496.

Es muy fácil olvidarse de la carrera de Sammy Hagar como solista por lo que vino después con Van Halen. Pero he estado revisando lo que grabó desde el setenta y siete hacia arriba y la verdad es que lo que legó el rubio de Salinas fue coquito con mortadela. Estoy seguro de que el “Three Log Box” fue el que lo catapultó a la posición de solista de los hermanos holandeses. Pero el “Voa” y el “I Never Said Goodbye” posteriores fueron también monstruosos. Claro, y el “Street Machine” y el “Danger Zone” y el “Standing Hampton”… y así hasta el infinito… ¿Y entonces la etapa de Montrose? Coño, pues también.
Nota: Échense el videíto cold war style, jejeje

495.

La promesa de Biden de curar el cáncer si llega a la presidencia (yo me pregunto ¿por qué no curarlo igual estando fuera de la Casa Blanca?) es una politiquería tan anticientífica y reaccionaria como la que profesan los llamados progresistas. Nada más anti biológico y anti natural, por ejemplo, que afirmar que todos somos genéticamente iguales. Ante la ley, sin dudas (en las naciones occidentales, claro está), pero no en términos naturales. Tenemos la misma estructura genética pero no todos profesamos la misma inteligencia ni compartimos idénticas habilidades. Es decir, la manera en que nuestro contenido genético se expresa es disímil, único, singular. Entonces, cuando un político cualquiera te diga que de ser presidente encontrará la cura para el cáncer, pues eso, huye pan que te coge el diente…

494.

Quizás desafortunadamente soy, en materia musical, un animal de los ochenta. Mi relación con el trío canadiense Triumph es uno de tantos ejemplos. La banda del muy talentoso Rick Emmett arrancó a mediados de los setenta con aquel “In the Beginning” (tan parecido al Rush de Gedy Lee), y luego continuaría con el “Rock and Roll Machine”, un disco que me gusta mucho más y donde uno de sus temas, New York City part 2, creo que fue de lo mejor que se grabó en 1977. El “Just a Game” y el “Progression of Power” cerrarían una etapa “rushiana”, venerada por la mayoría de los seguidores de Triumph, pero que yo no suelo preferir a los trabajos posteriores, cuando ya la banda entraba en una especie de período progressive, si es que tal término cabe.

Si me preguntan, a medida que Emmett, Levine y Moore se fueron adentrando en los ochenta, primero con “Allied Force” (el Ordinary Man está fuera de liga) y después con el excelente “Never Surrender” (ahí encontramos la exquisita triada de A World of Fantasy, All the Way y Writing on the Wall), fueron alcanzando paulatinamente el Dorado, la excelencia, la maestría total. Es por eso que, luego de “Thunder Seven” sus dos trabajos posteriores: “The Sport of Kings” y “Surveillance” los considero par de obras maestras. ¿Ah, que no me entienden? Escuchen cuando puedan esos discos y después me cuentan. Al menos quince de los temas de ambas placas son un verdadero vacilón.

493.

El recuento de los últimos días del Tercer Reich narrado por el oficial y ex ayudante de campo del general Guderian, Bernd Freytag von Loringhoven, es un excelente y documentado testimonio de la caída de Hitler y, por ende, profética narración del derrumbe posterior y paulatino de la Europa cristiana. (El nazismo precipitó la vergüenza europea, causando el pre-apocalipsis del cual hoy somos testigos). Si ya viste Der Untergang, la soberbia obra de Oliver Hirschbiegel basada en las memorias de la secretaria del furher, Traudl Junge, trata de leerte el libro de von Loringhoven y entonces entenderás muchas cosas…

492.

Mi opinión literaria, que no política, sobre la obra del “best seller” cubano Leonardo Padura es extremadamente simple: su trabajo es mediocre. El grueso de su obra narrativa se enmarca dentro del género de la literatura noir, y su calidad se encuentra por debajo de la media escrita en español, incluso.

¿Su detective Mario Conde? Un personaje grisáceo de cartón, una mala caricatura. ¿Sus historias? Situaciones forzadas, prosa mediocrísima aderezada con alguna que otra pincelada crítica-folclórica a la realidad (un sine qua non, por cierto, del género).

Sí, ahora mismo Raymond Chandler debe de estar revolcándose en su tumba.

491.

El congreso cubano en el mes de octubre de 1950, durante la presidencia de Carlos Prío Socarrás, en pleno re-auge del autenticismo partidista, ya con los republicanos fuera del pastel, estaba compuesto por 29 abogados, 20 médicos (siempre los galenos con un papel principalísimo en la política partidaria de la república), 15 dueños de propiedades, 12 hombres de negocios, 7 empleados, 5 periodistas, 4 agricultores, 4 dueños de plantaciones azucareras, 3 dueños de industrias, 2 farmacólogos, 2 amas de casa, 2 operadores de telégrafos, obreros, veterinarios, estudiantes, cigarreros, un químico y un dentista, ferrocarrileros y un chofer de tractor, entre algunas otras dispersas profesiones. Así hasta completar una variopinta parrilla de 136 representantes populares. Nada, que eso de la escasa representatividad de los numerosos estamentos de la sociedad cubiche en tiempos anteriores al horror, tampoco ha pasado de ser una fantochada del castrismo.

490.

El gobierno de Prío Socarrás, a pesar de ser el heredero político más genuino de la revolución del 33, desarrolló una agresiva ofensiva anticomunista que, entre otras cosas, provocó la clausura del diario partidista “Hoy” un 24 de agosto de 1950. Es cierto, no podemos obviar el populismo de la administración auténtica de Prío. Tampoco sus afanes estatistas, ni el discurso nacionalista extremo. Pero al menos fue ideológicamente consecuente. El priísmo, que funcionó como una organización política de izquierda, casi tan populachera como la administración de Grau, entendía que las ideas comunistas estaban reñidas con el imaginario de una Cuba próspera y provechosa.

Y sin embargo, todavía en fecha tan lejana a la asonada de los sargentos y soldados, el general y senador Batista seguía haciendo más que guiños a los seguidores del marxismo. ¿De qué manera ese mismo Fulgencio, cacique, caudillo, militar, pudo variar su posición política y tan solo tres años después convertirse en acérrimo anticomunista?

El 12 de diciembre de 1950 vería la luz en la Ciudad de la Habana un nuevo diario de filiación marxista, “La Última Hora”, el cual se imprimiría en los talleres de “Universal Gráfica S.A” bajo la dirección de Julio Velis López. Asociados al nuevo parto, al nuevo renacer, se encontraban Juan Marinello, presidente del PSP; Carlos Rafael Rodríguez, ex editor político de Hoy; Pérez Benitoa, presidente de la casa impresora y por supuesto Fulgencio Batista, dueño de “Universal Gráfica S.A”.

Por cierto, a Richard C Salvatierra, oficial de información de la embajada norteamericana en Cuba, le llamó más la atención en su informe confidencial al Foreign Services of the USA la presencia de Velis en el staff de la nueva publicación que la acogida otorgada por Batista a los errantes comunistas. Hasta ese entonces no era el general, sin dudas, el hombre de confianza de los “americanos”.

489.

Un propósito persistente en el trabajo creativo de Clint Eastwood ha sido el de retratar la historia más común del norteamericano promedio a través de esa dualidad existencial, inseparable por demás, que es la redención como requisito previo o postrero de la muerte. La literatura de Dennis Lehane, a quien personalmente considero uno de los escritores más talentosos de su generación, recorre los mismos trillos. Sus historias, repletas de perdedores y matices, siempre anclados en los barrios obreros de la ciudad de Boston, son comunión de sangre y vísceras a la usanza de las disquisiciones filosóficas de Eastwood. Ambos, al igual que el concepto muerte-redención, se complementan cuasi a la perfección. De allí que Mystic River, filmada con esa frialdad espantosa a la que ya nos tiene acostumbrados el viejo Clint, haya arribado como asesino sigiloso que te coloca una filosa navaja en el gaznate, para sorprender al mundo del post septiembre 11.

Una segunda mirada entibia en algo el entusiasmo inicial. Hay pequeños ripios que traslucen en la cinta y las actuaciones de Sean Penn, Tim Robbins y Marcia Gay Harden, ante la implacable distancia que da el tiempo y su paso indetenible, ya no lucen tan perfectas ni contenidas; en ocasiones, incluso, rondan los terrenos de la exageración, que solo puede provenir de la deshonestidad interpretativa. Pero en una obra tan irregular y al mismo tiempo sorprendente como la de Eastwood, de quien alguna vez dije que me parece (a pesar de todo) el realizador norteamericano más importante de las últimas tres décadas, Mystic River sigue posicionándose como un trabajo relevante y notorio. Es que prima, al final de la jornada, el amargo sabor de que las cosas son imperfectas y de que la vida, muchas veces, no pasa de ser una sucesión de dolores y de horrores.

488.

Saul Dibb, un cineasta muy menor, es cierto, perdió la oportunidad de poder sopesar esa visión distinta que siempre se requiere del “enemigo”, con su cinta Suite Francaise. Allí donde buceó para intentar encontrar “humanidad”, solo sembró un atajo de lugares comunes y de frases mil veces dichas. Pretencioso y cobarde, no avanza demasiado en el afán de hacer algo diferente y cae, como cordero degollado, bajo la filosa e implacable cimitarra de la mediocridad altanera y bulliciosa. Ni la tremenda Michelle Williams puede hacer algo, siquiera, por salvar esta especie de bodrio en clave de Anthony MInghella.

487.

Alguna vez fui un gran lector, lo reconozco. Ahora no soy nada, ni chicha ni limoná. Tenía la rara cualidad de privilegiar volumen y calidad al mismo tiempo. Era aún, en aquel entonces, un gran lector de ficciones, cosa que hoy en día ha dejado de interesarme. Quizás, incluso, supe de muchas cosas a través de la lectura y no sólo por la vida en la calle de la Cuba setentera, siempre dura y sin embargo entrañable, pues siempre la he visto a través de los ojos de un niño ajeno a la política y a los intríngulis de las ideologías. Es explicable, un niño siempre será un ignorante en potencia, un minúsculo aprendiz de cosas no tan importantes. En eso reside la maravilla de la infancia.

Pues bien, les decía que alguna vez fui un gran lector. Pero a medida que descubrí que la ficción es fantasía, dejé de ser un gran lector. Me preocupaban, y preocupan, otras cosas. Ahora leo menos; historia, algo de ensayos, escasa poesía (la poesía, en realidad, no deja de ser ficción. La poesía refleja no lo que somos sino lo que queremos ser ante los ojos de los demás. Hay mucho de pretensión en la poesía, he de decirles). Ahora soy solo un mediocre lector. De eso se trata.