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Fue durante aquel caluroso verano de 1984, estando de vacaciones en el poblado costero de Punta Alegre, un día cualquiera del mes de julio, en el comedor de la casa de mi tío Varitas (que en paz descanse) cuando escuché por primera vez el “Animals” de Pink Floyd. Quedé con la boca abierta, como nunca antes ni después. No podía comprender tanta genialidad, tanto talento. Aquel bajo acompasado y brutal del ahora despreciable Roger Waters, el modélico drum de Nick Mason, los acordes magistrales del gran Gilmour y sobre todo las teclas (¡Ah, las teclas!) del órgano, del piano, del sintetizador de Richard Wright. Era demasiado para un simple muchacho catorceañero. Desde entonces “Animals” me persigue como un perro fiel a su amo, o viceversa. Los perros, los puercos y las ovejas, esos animalillos del Dios Orwell, me han acompañado también en esta calurosísima tarde de Miami, junto a un café colado por la vieja y alguna que otra cosa, treinta y cinco años después. La música, a diferencia de los hombres, puede ser inmortal…

Publicado por

Rafael Piñeiro-López

Rafael Piñeiro-López, escritor, ensayista y Doctor en Medicina (1994). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Ha publicado los poemarios "Los Hombres Sabios" (Editorial NeoClub 2015) y "La Bala de Sansón" (Editorial Signum Nous, 2016). Fue fundador y editor general de la revista sobre Arte, Cultura y Pensamiento "Signum Nous". Reside en la ciudad de Miami.

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