554.

En Chile se vive la ilusión de la anarquía. La tendencia al suicidio político que ha subyacido en la sociedad austral durante las últimas décadas, tras el advenimiento de la democracia, ha terminado por explosionar como un campo de minas. El chileno común, la gran mayoría de los que conocí durante mis nueve años en Santiago, están eufóricos ante la probable llegada del apocalipsis. Se sienten testigos excepcionales, sobrevivientes singulares del colapso de la sociedad moderna. Irrespetan lo mismo al endeble presidente Piñera que a la bonitilla y reaccionaria comunista Camila Vallejo, a los carabineros de la calle Ahumada y a los concejales de Huechuraba. Pero no intuyen que, como marionetas en un tablado medieval, el destino no les pertenece porque las cartas ya han sido echadas por todos sabemos quién.

Chile es una sociedad esquizofrénica, acomplejada, inconformista, que siente que apelando a la violencia desquiciada alcanzará el sueño antinatural de la igualdad a ultranza. Hay mucho de envidia en el fenómeno chileno; envidia, he de decir, alimentada por una clase gobernante indolente y por la consabida falta de oportunidades que corroe a todo el subcontinente latinoamericano, donde las garras de la social democracia han dejado lesiones crónicas que sólo pueden ser erradicadas con la más improbable de las curas: el afianzamiento de las libertades individuales. Chile, como el resto de los conglomerados humanos, tiene apetencia por los colectivismos y ahora mismo se juega la vida en una peligrosa ruleta rusa. Ojalá y no se percaten demasiado tarde de que la tranca roja los horadará por los siglos de los siglos, pero lo dudo mucho. El victimismo empedernido suele cobrar rehenes.

553.

Armando Sosa Fortuny era un hombre noble y bueno que cometió el pecado de morirse en las mazmorras de la tiranía castrista después de pasar allí la friolera de 44 años preso por sus ideales políticos. Sosa Fortuny no asesinó a nadie ni puso bombas en la Habana a la usanza de los guerrilleros fidelistas y de los esbirros de Frank País y José Antonio Echevarría en la Cuba de los cincuenta. Aún así tuvo que pagar con su libertad y con su vida el infortunio de soñar con una isla sin el horror del comunismo. El mundo siquiera supo (o quiso saber) de Sosa Fortuny. A los burócratas de la ONU les importa más que Trump escriba sin filtros por su cuenta de Twitter a que un hombre sea asesinado lentamente y de la forma más cruel imaginable. Para ellos es perdonable que el paraíso rojo cobre víctimas a diestras y siniestras siempre que se siga vendiendo como baluarte del antinorteamericanismo. Tampoco les importa a los petimetres “revolucionarios” del Chile desquiciado ni a los energúmenos del chavismo ni de la oposición venezolana ni a los ambientalistas europeos ni a los veganos de Filadelfia. La muerte de Sosa Fortuny corrobora lo que todos intuimos, que el mundo es una mierda secuestrada por la peor de las ideologías.

545.

Lo más cercano a la primigenia naturaleza humana, al tronco común del cual descendemos, a ese territorio inicial despojado de las capas civilizatorias que nos hemos construido a nosotros mismos, es el reflejo de los hombres arrastrándose por la prisión, cualquiera que esta sea. Y aún dentro de las fronteras de tan miserable espectáculo, el del encierro y la violencia, podemos intuir hasta qué punto hemos logrado escalar y separarnos del animal que somos. Una cárcel en la región de Danli, Honduras, caótica, anárquica, con asesinos que cortan patatas con navajas afiladas, dista mucho de la sobria y rígida prisión de Piotrkow, donde los guardias eslavos controlan con puño de hierro cualquier vestigio de conato. Diferencias culturales. En una los prisioneros mandan, y en la otra es el carcelero quien impone la ley. Pero nada comparado al horrendo y brutal sistema carcelario del condado Dade, donde el predominio racial ha terminado por imponer sus propias reglas, lastrando la más mínima posibilidad de sentido común. En las celdas colectivas de los correccionales de Miami, si no batallas te roban los zapatos y te violan el trasero.
En un tema tan vital y apasionante como este, les recomiendo los trabajos investigativos del irlandés Paul Connolly (Inside the world’s toughest prison) y del inglés Louis Theroux (Miami mega jail). Los ayudarán a entender qué es lo que realmente somos.

544.

Absolutamente recomendable: Big Eyes nos cuenta la entelequia fundacional de una mentira. No solo narra una historia real de ribetes excepcionales, sino que también indaga en el debate eterno sobre los alcances de las artes y la percepción que de esta se tiene desde las elites y desde las masas. Burton construye la épica del paritorio de un embuste, de una “guayaba”. De eso se trata.

553.

Scooby Doo se enfrenta a una doble contradicción posiblemente “lethale”. En las series de cartón se impone el más atroz materialismo, con el permanente y sucesivo triunfo de la explicación racional por encima de la trama. En los filmes, interpretados por humanos, prevalece el misterio, y la metafísica se impone siempre a la presunta razón. Pero hay aquí, como les comentaba, una segunda contradicción aún más perturbadora e inquietante. ¿No debería de ser al revés? ¿Acaso no le corresponde al mundo irreal de los cartones animados el derecho a guardar para sí el predominio de lo oscuro y viceversa? ¿A los humanos el éxtasis de la razón? En todo caso, a Casper no le inquietan estas consideraciones. Él siempre ha sido de una sola línea.

552.

Los límites imprecisos entre el bien y el mal, la relativa percepción que atesoramos acerca de nosotros y los otros, esconde el peso de la culpa y nos convierte siempre en buenos y honrados ante los ojos de la inmortalidad. Llegar a la comprensión absoluta de que no somos probos (en el caso que así fuere) traspasa el simple acto de honestidad y se convierte en una especie de milagro.

Cuando el hermano Justin confronta a sus demonios frente al amado preceptor Norman en “Carnival”, lo hace ya consciente de que Belial, Satanás, Lucifer, Belcebú, puede habitar en el alma de los hombres. El dilema entonces se reduce en quién será capaz de aplastar tu cabeza con un pesado candelabro eucarístico. La vida no es tan simple y Daniel Knauf siempre lo supo. El discurso apocalíptico de Justin Crowe ya al final de la primera temporada, en todo caso, atesora la mayor de las verdades. El temor a la jungla y a la muerte siempre estará en nosotros.

Permítanme traducirles la terrible, oscura y poética alocución del hermano Justin, colofón de una pequeña obra maestra, magnificada por el inmenso talento de Clancy Brown y las imagenes soberbias de la muerte y del drama. Aquí va:

“El tiempo corre, hermanos y hermanas, en conteo regresivo hasta el Armagedón. El gusano se revela de muchas maneras en esta tierra que una vez fue grande. Desde la élite intelectual que adoctrina cruelmente a nuestros hijos con la salvaje blasfemia de Darwin hasta los malvados paganos de Hollywood que los corrompen en la oscuridad del Bijou local. Desde los falsos profetas que se esconden detrás de los púlpitos de nuestra nación hasta los viles parásitos en nuestros bancos y salas de juntas, y los políticos impíos que engordan con la miseria de sus electores. Los signos de los últimos tiempos están a nuestro alrededor, grabados en sangre y fuego por la mano izquierda de Dios. No tienen más que abrir los ojos, hermanos y hermanas. La verdad es que el diablo está aquí. El anticristo, el hijo de las mentiras, el hijo de las tinieblas camina entre nosotros, vestido con la carne de un hombre. ¿No llora el señor ante esta degradación? ¿No tiembla con furia justa? ¿Y no buscará retribución? Abro los ojos y veo el cielo teñido de sangre. Se desgarra y grita con una voz que es un trueno. ¡Levántate!. ¡Levántense, hermanos y hermanas, y tomen su lugar a mi lado! Porque estarás a mi lado y tu destino brillará como mil soles. Y las calles serán santificadas con la sangre negra y humeante de los herejes. Y juntos, hermanos y hermanas, juntos construiremos un templo resplandeciente, un reino que durará miles y miles de años”.

Candela al jarro hasta que suelte el fondo…

551.

¡Que maravillosa fue (y es) Carnival, la serie inventada por Daniel Knauf! Te cala los huesos y te importuna el alma, porque es tan frágil y profunda en su aparente simpleza… Carnival es sepia por el lodo de los agrestes campos y por esos recuerdos de nuestra propia infancia en otro tiempo y lugar. Quizás sea que todos los pasados son iguales. Es esa especie de memoria colectiva que nos alimenta a nosotros los hombres y que traspasamos subrepticiamente, sabedores de que existe un misterio que nos supera y que jamás podremos comprender. Somos insignificantes en nuestra grandeza, nos dice Carnival, y es cierto. Jamás podremos erguirnos sobre la sombra de la creación incomprensible.

550. Sobre Carnivale

Carnivale es, milagrosamente, una serie sepia. Una historia donde el rojo de la sangre del alma se confunde con los parajes grises de la América brutal. Donde no se sabe de Dios ni de milagros aunque estos abunden a cada paso, aunque se escondan en la mirada de los hombres. Carnivale es como una pesadilla celestial contada en tiempos de la Gran Depresión, con el espíritu oscuro de la edad media y de la inquisición palmeando tus espaldas. La caravana de los raros no es más que una metáfora soberbia sobre la vida del animal que somos, sobre lo poco que sabemos, sobre lo insignificantes que solemos ser.


Si las ferias al estilo del Carnivale de Daniel Knauf han sido el corazón y el alma de la nación americana a través de las últimas centurias, entonces los parques de Orlando representan la verbena mundial. Miles, millones de visitantes de casi cualquier imaginado rincón del planeta desandan las callejuelas y se aglomeran en las colas larguísimas de cada show, demostrándose aquello de la regencia del modo de vida occidental.


Nos acercamos al horror del luto inmisericorde, al rictus doloroso de la pérdida forzosa, al irremediable entronque final y sin salida al que nos guía el destino inexorable. Se acaba (¡como todo!) “Carnivale”, esa majestuosa serie sobre las miserias y los misterios de la vida y de la muerte. Suplantarla no será cosa fácil. Ya me asiste, desde ahora, la más cruel de las desesperanzas.

549.

Un (nuevo) fantasma recorre el mundo: los cubanos avecindados en Chile que juran y perjuran que los desmanes de los últimos días no están causados por razones ideológicas ni han sido jaloneados por la extrema izquierda. Amas de casas, caricaturistas, pingueros, doctores y profesores, poetas y escritores, recogedores de basura, arquitectos y pintores, todos juntos en esta nueva cruzada por la salvación del alma nacional.

547. The Frankenstein Chronicles

William Blake, moribundo en su lecho, rodeado de fieles seguidores, advierte de monstruos horrendos que pululan en las infectas callejuelas de London al investigador John Marlott, un hombre sin futuro, un hombre condenado prematuramente a la locura y el dolor. El profético Prometeo del poeta, el nuevo Cristo irónico de Shelley, muy lejos se encuentra de aquel debate existencial de los tiempos de Aviñón, cuando los hombres sabios se preguntaban si Jesús había reído alguna vez. Ahora la discusión, a inicios del siglo XIX, es más orgánica y carnal. El debate de la modernidad versa sobre la vida y la muerte, desde una perspectiva clínica: cirujanos contra facultativos.

El hombre se ha empinado y pretende competir con Dios. Toma fuerza la teoría de la galvanización que crea vida. El nuevo Jesús crucificado estará compuesto de carnes putrefactas arrancadas de la misma muerte. El Frankenstein de Mary Shelley reinará en las tertulias especulativas de los tiempos modernos, aunque la peste siga asolando los palacios y barriadas. La ley de Anatomía traerá consigo a un mundo sin Dios… o quizás a un mundo con un nuevo Dios.

“The Frankenstein Chronicles”, la pieza de Barry Langford y Benjamin Ross, no está exenta de ambiciones. Cualquier obra que verse sobra las profundas e inescrutables raíces de la existencia humana lo estará . Y sirve en cierta forma para redimir la novela de Shelley, una profunda disquisición intelectual que luego Universal se encargaría de sepultar con la anuencia de John L. Balderston y James Whale. Echa un vistazo…

Post data: La segunda temporada es una mierda.

546.

Unos rápidos apuntes, unos bosquejos, sobre Big Little Lies, la mini serie de HBO…

“Big Little Lies” es, sin duda alguna, una de las series mejor escritas en los últimos años. La culpa recae en David E Kelley, gran conocedor de la psicología femenina (recuerden “Ally McBeal”), que hace aquí una soberbia adaptación de la novela de Liane Moriarty. Y el hecho de que haya sido Jean-Marc Vallée el responsable de dirigir los siete episodios de la mini serie de HBO, termina por redondear un proyecto perfecto.

La técnica narrativa empleada por Vallée, el mismo realizador de obras tan sólidas y bien contadas como “Dallas Buyers Club” y “Wild”, es extremadamente original, dejando que la trama transcurra a medida que desborda un hecho central desconocido, no revelado, que nos obliga a caminar a tientas, al filo de un profundo e inquietante abismo cuyo terrífico fondo no alcanzamos a ver.

Hay aquí una sensación de angustia permanente, que solo sabe ir en crescendo a medida que la trama avanza. Trama engañosa, he de decirles, que nos lleva de la mano, por momentos, a través de sitios falsamente apacibles, tapaderas finales (como aquella oreja de Lynch en “Blue Velvet”) del horror que transcurre bajo nuestras narices y que no somos capaces de atisbar.

El trabajo de edición es simplemente maravilloso. Cada escena ha sido pulida hasta la exactitud, cada toma y cada imagen. La complejidad argumental, que se reparte esplendorosamente entre sus múltiples personajes principales, no podría haber llegado a buen puerto de no haber sido por la labor minuciosa de post producción del equipo de Berman, Lebel y compañía.

¿Y las actuaciones? ¿Qué podemos decir de reparto tan profesional y talentoso? Reese Whiterspoon demuestra el por qué es una de las mejores actrices de los últimos años, capaz de doblegar, incluso, a una Nicole Kidman en estado de gracia, cosa que no veíamos desde los tiempos de “The Others”, probablemente. Jean-Marc Vallée, no me cabe la menor de las dudas, es hoy por hoy uno de los realizadores capaces de lograr más de sus actores. Esta pequeña mini serie es un ejemplo de ello.

545.

The Pope of Greenwich Village, a pesar de haber sido filmada en los ochenta, es estética y conceptualmente una obra de los setenta. Mucho tiene que ver Stuart Rosenberg en esa ecuación, pues para entonces el ya veterano realizador, un hijo de la producción televisiva de los sesenta, había construido su espíritu y su estilo con obras como Pocket Money, The Drowning Pool y la propia Brubaker una década después. The Pope of Greenwich Village es una cinta irregular, sin contención alguna, a la que le sobra metraje en demasía. Se recordará, eso sí, por el brillante perfomance de Mickey Rourke, que ya comenzaba a constituirse en el actor más promisorio y relevante de la época, hecho que concretaría con su magistral trabajo en Angel Heart, tres años después.

544.

El argumento anti maniqueísta de que no todo es malo, ha servido también, admitámoslo, para relativizar ciertos horrores. Lo utilizó Tzvetan Todorov durante toda su vida intelectual, y ahora el historiador cubano, radicado en México, Rafael Rojas, lo refrenda mediante la revisión de una obra del propio Todorov, “El triunfo del artista”, cuando nos dice que: “(el autor)… hace un apunte sobre las simplificaciones y escamoteos históricos que produce la criminalización del comunismo, que me parece válido no sólo para la historia de la URSS o los socialismos reales de Europa del Este sino para la historia china, vietnamita o cubana del siglo XX”.

Al pensamiento de izquierdas le acomoda en gran medida que la historia de los comunismos del siglo pasado no sea satanizada per se, a pesar de los horrores paridos por Lenin y los hijos putativos de la revolución soviética. Les molesta que un dedo acusador demonice al sistema político que más muertes ha causado en el mundo moderno. Lo vemos a diario. Por ejemplo, nuestra izquierda criolla de caviar gusta de justificar, de reinterpretar y analizar, siempre en nombre de la justicia y la decencia, al castrismo y a cualquier otro proceso que, en nombre de la equitatividad y el amor, asesinara a sus congéneres. (Aunque ellos por sí mismos sean muy anticastristas, eso sí)

Entonces, estos apuntes de Todorov probablemente sean el más fehaciente reflejo de la mentalidad miserable que suele animar a los conspiradores de salón. Enarbolarlos es cosa rutinaria entre muchísimos de nuestros conocidos. Sería como una de esas congas donde “olvidar, olvidar, que la cosa no fue mala” sonaría como el estribillo pegajoso de ocasión. Lo escuchamos a toda hora desde hace un tongonal de años. Y así seguirá siendo, que no les quepan dudas: “Como la doctrina y los regímenes que se inspiraron en ella generaron incalculables víctimas, los han denunciado como criminales y han quedado señalados por el oprobio. Ahora bien, aunque no podemos pasarla por alto, esta perspectiva criminológica, que a lo largo de toda la historia del comunismo se centra en las víctimas y en su sentimiento, no basta para describir todas las dimensiones del cambio radical que trajo consigo esta revolución. El sentido de un acontecimiento de tanto alcance no puede reducirse a una simple condena moral, política o jurídica”.

543.

Aleksey Nikolayevich Tolstoy primero fue un opositor al bolchevismo, pero como ya es usual entre los intelectuales burgueses, terminó rendido a los pies de la bestia roja. No obstante, su período de lucidez le alcanzó para escribir Road to Calgary, que narra los hechos de cómo se gestó la revolución de octubre, un episodio nacido de las entrañas de poetas vagos y escritores mediocres, de estudiantes de sociología y filosofía que irrespetaban a sus mayores y a la historia. La revolución bolchevique no fue una revolución gestada por obreros ni campesinos, sino por esa pequeña crápula elitista que florece a la sombra del dinero y el acomodo. Dejen ya de escuchar la trova de que los pueblos y las masas cambian el curso de los aconteceres de los hombres; siempre se ha tratado de los vividores amargados y de los “picos de oro”, esos que se reúnen en tertulias (y en Facebook) para demostrarle a sus congéneres que son más inteligentes y avispados.

542.

Tras el anuncio de la salida de las tropas norteamericanas de Siria, los aguerridos neo halcones de la política norteamericana, aquellos mismos que aseguraban que el presidente Trump sería un peligro para la paz y la estabilidad mundial por sus presuntos afanes guerreristas (un tipo que siempre ha predicado el aislacionismo, dime tú), argumentan que los Estados Unidos han traicionado a los kurdos, luego de que estos derramaran su sangre por nosotros. El racionamiento del antitrumpismo histérico e insensato está basado en el dolo, en el engaño a priori. Los kurdos no han derramado su sangre por los Estados Unidos; han sido los norteamericanos quienes han derramado su sangre por los kurdos. La diferencia no es sutil.

541.

Ralph Nader ha entrevistado a Noam Chomsky, quien se queja amargamente de haber sido desplazado de los grandes medios. Y es cosa cierta. Eso, a pesar del predominio de la izquierda en el periodismo norteamericano actual. Eso, a pesar del predominio de la izquierda en las instituciones educativas y en las cátedras generadoras de ideas. Quizás aún no ha llegado el turno de los ideólogos más recalcitrantes. Pero cuidado. Un Bernie Sanders estuvo cerca de derrotar a la representante del establishment en las primarias. Chomsky podría perfectamente, si no anduviera entretenido defendiendo a regímenes indefendibles como los de Venezuela y Cuba, calzar y servir de intelectual “orgánico” en una campaña como la de Sanders.

La base numérica está ahí. Los millennials bien podrían decidirse a participar más activamente en la política y así intentar cambiar la morfología política de esta nación, que ya se apresura a trancos hacia la salida fácil del comunitarismo y el wellfare. La era de las democracias electorales, al decir de Fareed Zakaria, parece estar al doblar de la esquina para el desarrollado mundo occidental. Elecciones libres con restricciones de derechos y libertades, y ausencia de una estructura constitucional que ponga límites al gobierno y garantice la supremacía del poder judicial. Una deconstrucción de la democracia tradicional desde los estamentos de la propia democracia.

Estuve revisando unas estadísticas inquietantes, confeccionadas, investigadas por The Victims of Communism Memorial Foundation. Casi un setenta por ciento de la generación del milenio estaría dispuesto a favorecer a un candidato socialista o comunista. Casi un sesenta por ciento considera al capitalismo como una realidad desfavorable. La mayoría piensa que George W. Bush asesinó a más personas que Stalin. En el momento que un líder o un político sea capaz de aglutinar a toda esa masa rebelde y airada, moldeada bajo la égida de una administración mediocre como la George W. Bush, bajo la sombra de un gobierno titubeante y pueril como el de Obama, se hará del poder en los Estados Unidos de Norteamérica.

No faltará quien afirme que a lo largo de la historia siempre ha sido la juventud sediciosa e iconoclasta, pero es cierto que nunca antes las condiciones estuvieron dadas para que la democracia moderna norteamericana terminara corrompiéndose definitivamente. Peter Meir lo ha señalado, haciendo notar que los gobiernos se han desplazado desde la sociedad al Estado, de manera que estos han acabado por identificarse más como actores estatales que, tal y como se definían en sus orígenes, actores sociales. Ideólogos como Noah Chomsky podrían constituirse en los teóricos del nuevo status quo. Ellos ocuparían un lugar privilegiado en la apoteosis de la izquierda por venir. Entonces, las quejas del filósofo ante el Nader de turno no tendrían sentido.

540.

Netflix comienza a convertirse en un sitio peligroso, donde las ideas extremas encuentran su caldo de cultivo. Es como cuando una terrible bacteria crece en el medio idóneo, causando putrefacción, padecimientos y dolencias. Tales ideas doctrinarias provienen desde un sector ideológico que se ha ido adueñando de cátedras, medios periodísticos y streaming televisivos. La violencia en nombre del falso progresismo, la intolerancia como abanderada de una presumible tolerancia, se han convertido en el discurso oficial del neo comunitarismo occidental, ese que ha ido floreciendo paulatinamente y sin apuros tras el derrumbe del muro de Berlín.

Anoche vi una mediocre e inquietante pieza (In the Shadow of the Moon) que lanza loas a la fantasía zurda de eliminar cualquier vestigio de resistencia intelectual. Una mujer afroamericana, ataviada como cualquier militante terrorista de Antifa, regresa del futuro para ajusticiar de manera horrenda a una serie de blancos reaccionarios que serán los causantes de una guerra civil casi a mediados del presente siglo. Los asesinatos están justificados, pues responden a la justicia del bien. Las víctimas, que fenecen tras desangrarse por los ojos, las narices y la boca (como cualquier cuadro de diseminación intravascular diseminada) son el vestigio de un error que debe ser subsanado a cualquier costo. El antitrumpismo, en su denodado e insensato afán de acallar a sus rivales, apuesta por la propagandización de la muerte y la violencia. ¡Cuánto no darían estos representantes de la bondad y del amor por ver desangrarse al monstruoso presidente Trump en vivo y en directo! El sueño húmedo de la izquierda irracional comienza a encontrar eco en el Netflix de la familia Obama. Esperemos que tal cosa no pase de ser sólo una paja mental.

539. Sobre Breaking Bad

La exposición del ego en “Breaking Bad” no es asunto de poca monta. Ya hacia la tercera temporada, quizás la más sombría de la pieza, Walter White llega a sentir celos del producto fabricado por Jesse Pickman, estableciendo aquel axioma de “Respeto la química” del que luego se apropiaría el brillante Chuck McGill en “Better Call Saul” para cuestionar la licencia de abogado de su tarambana hermano. (“La ley es sagrada”, repetiría en más de una ocasión…) El celo profesional ha sido para Vince Gilligan un leit motiv que modela a los personajes a imagen y semejanza de sus complejos y desequilibrios. La sensación de superioridad de una de las partes, el temor a la pérdida de ciertas cuotas de poder ha propiciado toda la dinámica generadora de conflictos en ambas piezas maestras. Aunque al final todo el debate sobre la legitimidad termina resumiéndose al instinto más básico y animal. “La misión de un hombre es alimentar a su familia”, dice Gustavo Fring. Y no queda otra cosa que otorgarle la razón…


Oscurísima. Tan negra como la hiel más negra. La última temporada de la joya de Gilligan, “Breaking Bad”, es tan amarga y, sin embargo, brillante como la existencia misma. Volver a recorrer todo el fantástico trayecto hasta su culminación tremenda, es como atestiguar el genio de los hombres y sus obras. Regresaremos a vivir el luto de tan terrible pérdida, el sinsabor de que nada es igual tras la angustiosa ausencia de Walter White y Jesse Pinkman, de Gus Fring, Hank Schrader y Saul Goodman. Es la maldita provisión que nos legan las creaciones perfectas: la trivialización de cualquier otra cosa, la perversa sospecha de que nada llenará el vacío…


En el capítulo Thirty-Eight Snub, de la serie Breaking Bad, conversan Badger y Sknny Pete, mientras se disparan la metanfetamina azul de Jesse Pinkman, sobre juegos de videos y zombies. Llega un punto en que el primero pierde la paciencia y acusa al otro de analfabeto histórico, por aquello de no saber tasar las diferencias entre un zombie regular y un zombie nazi. “Estos no solo quieren comer tu proteína cerebral. Estos, estos tienen un extra que los hace temibles: odian a los americanos. Los zombies nazis, quiero decir, son los talibanes del universo zombie”. Y yo que me parto de la risa.


Breaking Bad es la mejor serie de televisión que se ha hecho hasta la fecha (al menos de las muchas que he visto). Comparto en ese sentido la opinión de la muy exigente Metacritic. Una verdadera obra maestra la pieza de Vince Gilligan, sin fracturas ni fallos. Un tour de force, a lo largo de sus cinco temporadas, que se resuelve magistralmente hacia el final de la narración. A pesar de estar matizada por un humor negro y mordaz que parece, por momentos, determinar la propia existencia de los personajes, lo cierto es que el espíritu trágico es quien define a la obra. Después de ser testigos de tan soberbia crónica, repleta de personajes tremendos, de historias magistrales, de increíble solidez y prestancia, solo puede sentirse una infinita sensación de luto y de orfandad. ¿Cómo poder sustituir tamaña hazaña? ¿Cómo llenar tan inmenso vacío?


La complejísima relación entre Walter White y Jesse Pinkman, repleta de antinomias y contradicciones, es el hilo vital que traza el recorrido de Breaking Bad, desde el inicio hasta el final. El manejo de ambos personajes por parte del talentoso Vince Gilligan, es una cátedra de cómo escribir, de cómo narrar con excelencia. En caso de que algún día, ahora que a la academia sueca le ha dado por agazajar a músicos y cantantes, el premio Nobel de literatura pueda ir a parar a manos de guionistas, sin dudas que Vince Gilligan debería de estar en la línea de arrancada. Bob Dylan ni Bob Dylan ni un carajo…

538.

A pesar de la prescindibilidad de “El Camino”, de la cual les hablaba, lo cierto es que la cinta de Vince Gilligan es muy superior a casi todo lo que se filma hoy en día. No podía ser de otra manera, tratándose de una heredera cultural de la única obra maestra que ha parido el siglo XX en el terreno de las artes visuales, Breaking Bad. Eso sí, el filme es solo para elegidos, es decir, para quienes hayan disfrutado de la serie. Así que, si aún no lo has hecho, esta es una oportunidad perfecta para que te subas al carro. La vida luego de las andanzas de Walter White y Jesse Pinkman ya no te será igual. Los testimonios sobran…