533. Deadwood

Tras la primera ‘season’, Deadwood deja por sentado el hecho de que no es una pieza fácil: predomina el verbo, campea la oralidad por sus respetos. Sus múltiples y complejos personajes no son hacedores de cosas superlativas o asombrosas, si excluimos el hecho de que matar a un hombre era cosa usual en aquellos tiempos de barbarie. La mezcla de acentos, el uso de un idioma brutal pero aún con vestigios de cierta elegancia primitiva, no facilitan siempre la comprensión del diálogo. Los giros fastuosos y los golpes de efecto son cosa escasa a lo largo de la historia. Y, sin embargo, no hay forma de poder escapar al encanto que ejerce esta narrativa de “pioneros”, ejemplarmente ilustrada, soberbiamente actuada. Una de las mejores que HBO contó cuando se iniciaba el siglo.


De entre los múltiples y brillantes personajes que pueblan el imaginario de David Milch en su Deadwood, sin dudas que el reverendo H.W. Smith es de los más notables. Hombre de profunda fe, en medio de la reciedumbre de una nación que se construía sobre los cimientos de la naturaleza animal que caracteriza al hombre, apela a las escrituras y a un carácter cuasi borreguil para, si acaso, intentar enrumbar el camino de sus presuntos feligreses. Smith sufre de una epilepsia que lo hace alucinar, en su fase prodrómica, con olores a carnes que se pudren en vida, otorgando así esa tenue conexión, tan necesaria a la fe, entre realidad y misticismo. El reverendo Smith piensa que su sufrimiento es una prueba impuesta por el señor Jesucristo. Y la caracterización del gran Ray McKinnon solo nos hace condolecernos por su mala suerte y por su perseverancia existencial. Por cierto, McKinnon es el brillante creador de Rectify, esa singular serie de Sundance que ya va por su cuarta temporada.


He terminado Deadwood y queda el dolor y el sinsabor de los entes amados que no vuelven. ¡Pero Al Swearengen es inmortal! Lancemos un réquiem por esta maravilla inacabada. Coloquémosla en el pedestal de las cosas hermosas e imprescindibles. Que descanse en paz la obra maestra de David Milch.

Publicado por

Rafael Piñeiro-López

Rafael Piñeiro-López, escritor, ensayista y Doctor en Medicina (1994). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Ha publicado los poemarios "Los Hombres Sabios" (Editorial NeoClub 2015) y "La Bala de Sansón" (Editorial Signum Nous, 2016). Fue fundador y editor general de la revista sobre Arte, Cultura y Pensamiento "Signum Nous". Reside en la ciudad de Miami.

Comentarios

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .