670

Le recomendaba a un amigo la miniserie Band of Brothers, originalmente producida por HBO pero que puede encontrarse en Amazon Prime. Facturada a inicios de siglo, cuando mostrar el patriotismo norteamericano no era aún motivo de vergüenza, narra la historia verdadera de la compañía E (Easy Company), perteneciente al batallón Airbone 101 de los paratroopers, desde que desembarcan en Normandía hasta el final de la guerra. Spielberg y Tom Hanks, tras aquella Saving Private Ryan, se dieron a la tarea de continuar indagando en los avatares de la mayor conflagración de la que el mundo tiene memoria, siempre remarcando la nobleza de la hermandad de los hombres en combate; mostrando el horror de la contienda, pero también la hidalguía de otra era.Band of Brothers es el testimonio irrebatible de que los tiempos han cambiado, de que las ideologías importan y de que el cáncer de la corrección exagerada no debe de subestimarse. En fin de cuentas, la historia se ha construido en base a la furia animal de sus protagonistas.

669

Si tienes la paciencia de sobrevivir a los dos primeros tercios de la segunda temporada de Big Little Lies, quizás no te arrepientas al final cuando la serie (originalmente estructurada para ser una obra de tan solo una vuelta) esboce la posibilidad de continuar ad infinitum. David E Kelley, un mogul de la televisión especialista en desarrollar papeles femeninos fuertes y enrevesadas historias de juzgados, es lo suficientemente hábil para hacer concesiones al patrón moral regente (inclusividad, feminismo ramplón y todas esas cosas) sin enfangarse demasiado, manteniendo una sabia distancia con el discurso “progresista” más extremo, utilizando el sarcasmo y la ironía como factores de sobrevivencia y empatía con el espectador conservador. Las actuaciones son soberbias, desde la magnífica Reese Whiterspoon, pasando por la Kidman y compañía, hasta la siempre sólida Meryl Streep, tan desagradable en su papel de Mary Louise Wright frente a las cámaras como en la vida real. Big Little Lies, lenta en ocasiones, dispersa y densa, recobra el pulso narrativo hacia el ocaso, dejando sobre todo la satisfacción de la venganza legal como acto de justicia. Kelley, un “bisnero” que se las sabe todas en el negocio, sabe que el sprint final es más importante que el arranque.

668

El día en que los muertos por el coronavirus revivan a las pocas horas y se conviertan en zombies mordedores y arrasen con todo y todos a su paso, entonces (solo entonces) comenzaré a preocuparme por el advenimiento del fin del mundo. Mientras tanto, el engendro chino no pasará de ser otra infección respiratoria viral que puede causar desmanes (nunca tantos como la Influenza o como el comunismo, por cierto).

667

La alternativa estratégica del antitrumpismo acérrimo, histérico e irracional con relación a ese incómodo candidato que se llama Bernie Sanders, es la de equiparar en términos morales e ideológicos al vejete colectivista de Vermont con el actual inquilino de la Casa Blanca. Nada más contraproducente y traído por los pelos, pero es lo que hay. Desde el ignorante fanático que ha convertido su muro de Facebook en una trinchera antimperialista y antitrumpista, hasta el caricaturista del montón, pasando por los locutores liberales de la 1040 y los políticos del partido del burro, todos se han colgado con entusiasmo mortuorio a ese coro desesperado de plañideras amargadas. Es la prolongación del llanto insensato y oportunista. (Y no, el coronavirus no es por culpa del trumpismo. Seamos serios al menos esta vez).

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El cáncer del fascismo trumpiano se disemina por el mundo. Ahora ha sido el turno de la India, ese inmenso subcontinente donde 110 mil nazis de tez oscura han recibido con denodado (e incomprensible) entusiasmo al sicario naranja. Hindúes todos, arderán en las calderas del infierno!

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Mike “dirty mouth” Bloomberg y el vejete resabioso Sanders se disputan el alma del Hollywood ilusorio y reaccionario. Que si Kirk le confesó en el lecho de muerte a su hijo Michael que respaldaba al enanito neoyorkino y que Eastwood ya no soporta al tuitero Trump, que si Ruffalo y su pandilla de extremistas rojos le prenden velas al altar de la momia de Vermont y que las estrellas rutilantes del estercolero Netflix echan sus lagrimillas por el pasado inclusivista que se pierde entre las fauces del fascismo… ¡Ah, que tiempos!

661

*Escrito en Febrero del 2016

¿Intentará la tecnología en un futuro sustituir el vacío de la muerte, reemplazar lo amorfo del óbito insondable? ¿Podrá la nube etérea, adonde llegan nuestros textos y reminiscencias de la vida virtual que hemos tenido, constituirse en carne viva que simula savia allí donde no la hay? ¿Acaso esa creación, de ser posible, pretenderá adueñarse (como los replicantes de Philip K. Dick) de un espíritu real y terminar aferrándose a una vida que no es vida? Sí, he estado viendo Black Mirror, esa inquietante y concisa serie inglesa que nos reta y nos subvierte a cada paso. Traten de saborearla en cuanto puedan.

663

Si, claro. Better Call Saul no es Breaking Bad. No hay problemas con eso. Pero su alma y su carne son también una invención de Vince Gilligan. Y aunque la cuarta temporada de la serie no esté a la altura de las primeras tres, sigue siendo una pieza de excelencia. El personaje de Jimmy, inadaptado, complejista, levemente psicópata, es el reflejo de un mundo que siempre ha estado ahí, al acecho de todos, con sus luces y sus sombras, como un poema gris de Whitman, como un ramble on de Bonham y Page… “Got no time for spreadin’ roots / The time has come to be gone / And thoough our health we drank a thousand times / It’s time to ramble on…”

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A aquellos que afirmaban que con la llegada de Donald J. Trump a la casa blanca, por el hecho de pretender instaurar una política nacionalista (hecho más que lógico y plausible en una nación como los Estados Unidos) se reafirmaba el triunfo de la ira y el poder de los extremos, les tengo noticias frescas: Bernie Sanders, ese nostálgico del comunitarismo, está arrasando en las primarias…

660

*Escrito en Agosto del 2016

Game of Thrones, es cierto, no posee la profundidad existencial de The Walking Dead ni el espíritu heroico de Band of Brothers y ni siquiera la amenazadora negritud de Carnivale y, sin embargo, es hace cuasi imposible dejarla a un lado una vez que se empieza. ¿Las razones? Son muchas. La imprecisión de Martin, ese devenir por las sombras de la crueldad extrema, la inmisericorde puja por la ascensión sobre los otros…

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El Iron Throne es el anillo de Saurón. La mirada de soslayo de Daenerys Targaryen es la admiración de Gollum y la locura de Frodo. Las influencias de Tolkien sobre toda la literatura fantástica posterior son innegables, incluyendo la obra del vago George R. R. Martin, que debe gran parte de su éxito mediático a tipos como David Benioff y D.B Weiss, que adaptaron “A Song of Ice and Fire” a la televisión de manera brillante, estemos claros. Viendo nuevamente la última temporada de Game of Thrones, creo que fue una buena cosa, después de todo, que Martin no terminara nunca su relato. El final de la pieza, polémico por su carácter cínico y oscuro es lo mejor que pudo ocurrirle a esta loable serie. En definitivas ¿quién quiere lidiar solo con lo predecible o bueno, con lo correcto y lógico? El animal que somos es también aquel anillo forjado en las montañas de fuego. La hijeputancia nos persigue y los cautos somos pocos.

658

¿Existe capítulo más amargo y angustioso y desesperanzador que “The Long Night”, el tercero de la última temporada de “Game of Thrones”? Solo puede asimilarse tanto desconsuelo si lo observamos desde una óptica puramente metafórica: el mal, en forma de muerte (un concepto anticristiano, qué duda cabe) estará siempre acechando y nos alcanzará a todos. No obstante, el optimismo es una especie de lastre inevitable en nosotros, los humanos. Cualquier cosa que signifique un retraso del fin, nos insuflará esperanzas. De allí el triunfo casi improbable, hace ya la friolera de dos mil veinte años, de esa secta marianista y jesuita que, imitando el primitivo mito egipcio de la resucitación de Osiris, nos enseñó que creer en la vida tras el deceso es una cosa posible. A pesar de las escasas evidencias, no deja de ser un pensamiento placentero, un vacilón, vaya.

657

A la izquierda “naif”, esa versión light, rosada y femenina que cunde entre políticos e intelectuales de Occidente, y que con denuedo traza las pautas culturales que dibujan parte de la idiosincrasia del nuevo milenio, le encanta utilizar el concepto de “venganza” como parte del aparataje evasivo con el que estructuran su show business. Hollywood es el ejemplo más concreto. Gran parte de la producción “artística” del cine y de la televisión en los Estados Unidos (y, por ende, en esa prolongación imitadora que es Europa) se basa en los conceptos de redención y desquite. Pues bien, no puedo dejar de estremecerme cuando pienso en cómo reaccionará esa izquierda propagandista y vocinglera tras la reelección de un presidente como Trump, detallista y rencoroso. (¿Se acurrucarán en sus colchones cálidos y confortables, al amparo de la fogata empotrada en la pared de la suite imperial? ¿Se esconderán asustados en sus mansiones campestres, siempre vigilados por una legión de eficientes guardaespaldas? ¿Vociferarán más aún que en los últimos tiempos?) Tratar de sobrevivir a la “gran venganza” del monstruo de la Casa Blanca por tanto mal inferido, por tanta mala leche, sería el mayor karma cultural en lo que va de siglo. ¿Y por qué no? Las nuevas tendencias en política y en arte son siempre cosa del imperio regente. ¡Ah, me estremezco tan sólo de imaginarlo…!

654

*Escrito en Febrero del 2017

He visto nuevamente esta mañana, junto a Nicole y Rafe, y relegando otros asuntos que llegaron en un momento a parecer impostergables, “Indiana Jones and the Temple of Doom”, en mi opinión (seguramente huérfana y escasa), la mejor pieza de la serie y muy probablemente, la más excelsa entre todas las cintas de aventuras que alguna vez se hayan rodado. No posee esta obra, eso sí es cierto, el valor icónico de la primera, pero su ritmo, su divertimento extremo, el diálogo chispeante y ocurrente, suplen con margen el déficit de ‘memorabilia’ visual que le sobra a su antecesora, “Raiders of the Lost Ark”. En caso de que quieran descubrirla o repetirla, Hulu tiene una excelente copia disponible.

653

*Escrito en Febrero del 2016

Las dos cintas nominadas al Oscar que hasta ahora he visto, Mad Max: Fury Road y The Martian, navegan las aguas de las obras medias, sin nada especial que las distinga. Una muestra de los tiempos que corren.

The Martian, específicamente, es un verdadero globo. Una especie de Jorge Luis González, aupado por la plebe, pretendiendo ser Mike Tyson. Una historia preñada de lugares comunes, efectista y hasta pedagógica en más de una ocasión. Los aplausos y los vítores en los salones de la NASA en Houston, son una prístina muestra de cuán mediano es el nivel del guión escrito por Drew Goddard.

Además, no me gusta el tono que Scott le da al filme. Ese carácter cuasi festivo poco o nada tiene que ver con el espíritu del recio director inglés. Es cierto, el tiempo narrativo es impecable, pero hace mucho ya que Ridley perdió la garra. Del viejo hacedor de Alien y Blade Runner, poco queda.

Matt Damon, un actor monocorde por regla general, aquí se sale más allá de los contornos que usualmente desanda y nos entrega un Mark Watney que está bien. Pero tampoco lo pongamos al nivel de un Christian Bale o un Joaquin Phoenix. Estaríamos exagerando demasiado.

652

*Escrito en Febero del 2017.

Vivimos tiempos de pesadumbre, no me canso de repetirlo. Ahora sabemos que el poder de la izquierda no está solo en la inoculación de ideas y en el establecimiento de patrones, sino también en el castigo físico y en la violencia verbal. Un tipo como Stephen Curry le dice “culo” al actual presidente y todo el mundo lo aplaude y vitorea. Otro como el CEO de Under Armour elogia a Trump diciendo que es un hombre activo y hacedor de cosas, y lo acusan desde todas partes de ser divisivo y racista. Que no les quepan dudas, mis queridos amigos, se está llevando a cabo un linchamiento activo de la democracia norteamericana. Estamos a las puertas, si no acontece algún milagro, de la muerte de la libertad, tal y como la conocemos.

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Joaquin Phoenix es un excelente actor (el mejor de su generación, siempre lo he dicho) y probablemente una muy buena persona. Pero su discurso de aceptación del Oscar anoche, según veo en las noticias de esta mañana, sigue la tónica del devenir apocalíptico que tanto complace a esa izquierda naif (y al mismo tiempo intolerante y profundamente reaccionaria) que domina el discurso cultural desde hace décadas. Nada es más precioso que la vida humana. Cualquier relativización de ese concepto central no pasa de ser un ejercicio irracional y presumido.

651. SouthPaw

Southpaw es, desde los tiempos de Training Day, la pieza más auténtica de Anthony Fuqua, un realizador casi siempre interesante, a pesar de aquello de filmar para sobrevivir en esa jungla inmisericorde en que se ha convertido (¿o siempre fue?) Hollywood.
Probablemente la alianza con Kurt Sutter, uno de los guionistas principales de Sons of Anarchy, sea la principalísima razón del renacer de Fuqua, que ha sido el obstetra encargado del paritorio de una de las más entretenidas, amargas y mejores cintas deportivas de los últimos decenios. El descenso a los infiernos de Billy Hope, horrendo, acibarado, desesperanzador, narrado con disciplina quirúrgica por Fuqua, actuado con la maestría de Jake Gyllenhaal, quedará sin dudas en los fastos del mejor cine de pugilismo.
Lo de Gyllenhaal ya se ha vuelto asunto crónico. Ahora, en la piel de Hope, aprovecha para regalar un performance basado en la transformación del cuerpo y desde allí, despliega un arsenal impresionante de recursos histriónicos que llevan a su personaje desde la euforia a la ira incontrolable, desde la más primaria inocencia al abismo de la depresión brutal. La compañía del siempre intenso y dúctil Forrest Whitaker, la hermosísima y capaz Rachel McAdams (una de mis actrices favoritas) y sobre todo la de la asombrosa Oona Laurence, redondean una obra de caracteres fuertes y actuaciones admirables.

650

Que una empresa como Under Armour tenga que publicar una nota aclaratoria acerca de los dichos elogiosos que hizo su CEO Kevin Plank sobre el presidente Donald J Trump, es una prístina muestra de los tiempos que vivimos, donde la violencia y la intimidación de los “tolerantes” y de las “indefensas víctimas” del “fascismo”, establece las normas y rige las actitudes de las personas, empresas e instituciones.
Son tiempos oscuros, estos que corren, dejen que les diga. En nada ha cambiado la dinámica que prevalecía previo a las elecciones del 20 de noviembre, donde la gran mayoría de los simpatizantes de la candidatura de Trump se mantenían en silencio, por aquello de no ser crucificados, de no ser degollados por los impenitentes regidores de la moral y de la ética, esa izquierda peligrosa y violenta, reaccionaria y regresiva (este último un término acuñado por el disidente Dave Rubin) que ni siquiera muestra una mínima empatía con quienes piensan diferente.
El día que esa mayoría silenciosa despierte a las provocaciones y al extremismo de los compungidos y los buenos, entonces sí que se va a formar la de San Quintín, y creo yo que ese día de que les hablo se encuentra, como quien dice, al doblar de la esquina. Quizás se constituya en la apoteosis del animal que somos. Luego no digan que no se los advertí.

*Febrero, 2017