655. Homeland

*Escrito en Septiembre, 2016

Terminada la primera temporada de Homeland, singularizada por una mitad inicial brillante y un postrero aliento más difuso y endeble, casi podría asegurar que más allá de los lugares comunes y las míseras compensaciones políticas y argumentales otorgadas por los creadores, el tema cardinal de la historia reposa allí, en la fragilidad despreciable de las almas, en la falsa heroicidad de los mortales, en la mendicidad que nos lleva a vendernos a la bestia que amansa nuestras ansias y que pasa la mano, presurosa y brutal, sobre las mentiras y los miedos que cargamos. Traspasarnos al mejor postor, al que nos alimenta y nos “protege”. Síndrome de Estocolmo. Adorar la patada en el trasero y sentirnos liberados, seguros en nuestra indigencia. Es el clamor de la supervivencia a cómo de lugar. Y la predestinación de que, a pesar de todo, cargamos con la razón y el fundamento. ¡Pamplinas! Héroes, escasos, inusuales, son aquellos que únicamente logran obviar el instinto natural y animal, aquellos que logran doblegar el horror consciente de la muerte. En Homeland, claro está, solo abundan los sujetos más banales.


Toda la primera temporada y la mitad de la segunda, evidenciaron la solidez de Homeland, su prestancia y competencia para crear entretenimiento duradero. Emergía como una de esas series que, sin desniveles argumentales, te entretiene a rabiar y te obliga a anhelar el comienzo de un nuevo capítulo. Que no se percibiera, para entonces, intención alguna de relativizar los horrores del Islam, a pesar de ese obligado balance conque Hollywood intenta cubrir cualquier territorio de lo medianamente correcto en términos políticos, se agradecía sobre todo por los tiempos que corren. Pero la daga del “enamoramiento” casual ha asomado, amenazando con deslegitimizar la historia, acartonando y simplificando a los personajes principales, tiñendo de un ligero rosa una narración que debiera ser azul oscura y negra por naturaleza. Aún no ha acontecido una regresión notoria. No lo percibo. Pero Homeland desanda el borde del precipicio y un pequeño paso en falso puede hacerla caer. No necesita aún reivindicarse, quizás sea tarea pendiente para la tercera temporada.


La tercera temporada de Homeland no fue más que la materialización de una doble redención, la de la propia serie y la de su tristísimo y ambiguo personaje, el sargento Nicholas Brody. Pocas veces una obra de tan largo aliento se ha regenerado, reinventado de tal manera. De quedarse varada en esta instancia, Homeland clasificaría como una de las más brillantes obras concretadas para la televisión. Pero su defunción, a estas alturas, parece inevitable pues, aunque quizás ni los propios creadores se percataran, esta historia no se trata sobre la neurótica y desequilibrada analista de la CIA Carrie Matheson, sino sobre el oscuro e indeterminado Brody, tan equívoco y dudoso como la vida misma, como los personajes que la pueblan, como el amargo que desborda cada trozo de existencia. Después de todo, Homeland merece un réquiem por tamaño logro.

Publicado por

Rafael Piñeiro-López

Rafael Piñeiro-López, escritor, ensayista y Doctor en Medicina (1994). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Ha publicado los poemarios "Los Hombres Sabios" (Editorial NeoClub 2015) y "La Bala de Sansón" (Editorial Signum Nous, 2016). Fue fundador y editor general de la revista sobre Arte, Cultura y Pensamiento "Signum Nous". Reside en la ciudad de Miami.

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