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La histeria por la propagación del coronavirus no es sólo el reflejo del apendejamiento que nos provoca, como sociedad, la idea de la muerte, sino también un claro ejemplo de cuán propensos somos a dejarnos cautivar por los cantos de sirenas sobre el apocalipsis. La idea de ser testigos excepcionales, sobrevivientes singulares del colapso de la sociedad moderna, es una masturbación intelectual que causa satisfacción, qué duda cabe.

Vivir con la angustia de un futuro siempre al borde del abismo, siempre al borde de la existencia misma, ser sobrevivientes de un aktion colectivo, ver joderse al de al lado y mantener las esperanzas de superar a todos quienes conocemos, ha sido siempre una característica sine qua non del ser humano, sean científicos ganadores del Nobel, actores del pútrido Hollywood o trabajadores de una fábrica de lapiceros en Hangzhou.

Aquella máxima de Séneca de que toda la vida hay que estar aprendiendo a morir, produce menos consuelo que imaginar que el mundo se va a la mierda y nosotros seremos espectadores en primera fila. No deja de ser un ejercicio estoico, en fin de cuentas: el mal es necesario para que exista el bien, lo que llevado a términos individuales no es otra cosa que la justificación de nuestro propio fin: han de joderse todos para justificar mi muerte.

Los actos de heroicidad son ejercicios modélicos pero fortuitos. Actuamos en consecuencia con nuestros temores, de allí que el apocalipsis sea tan cómodo para justificar nuestras miserias y tan certero para hilvanar nuestros anhelos. No en vano Jesús, que no fue el fundador de iglesia alguna sino un judío que predicaba el fin de los tiempos por abandono de la virtud, ha calado tan hondo en el imaginario del mundo occidental, lo que ya antes había conseguido el mito de Oniris en el Egipto antiguo o la ascensión de Mahoma en el islamismo militante.

Pero cada ejercicio de histeria puede verse coronado por la fuerza del bien. No olvidemos que en Florencia ya surgió el apocalipsis a mediados del siglo catorce cuando los marinos genoveses provenientes de Crimea trajeron la peste negra a la Europa culta. Y fue entonces cuando se eliminaron estructuras de poder que frenaban cualquier atisbo de avance; el fin de la Edad Media fue también (y sobre todo) un ejercicio médico.

¿Dará, sin embargo, este catarro asiático para sacudir el mundo que conocemos? Lo dudo. Al lado de la Influenza o de los totalitarismos comunitarios (desde los reyes medievales hasta la norcorea esquizofrénica) el moco chino (un término del Guicho Crónico) es un simple estornudo en medio de la nada. Así que por favor, lávense las manos, eviten las multitudes y resígnense al hecho de que la vida seguirá, al menos por ahora.

Publicado por

Rafael Piñeiro-López

Rafael Piñeiro-López, escritor, ensayista y Doctor en Medicina (1994). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Ha publicado los poemarios "Los Hombres Sabios" (Editorial NeoClub 2015) y "La Bala de Sansón" (Editorial Signum Nous, 2016). Fue fundador y editor general de la revista sobre Arte, Cultura y Pensamiento "Signum Nous". Reside en la ciudad de Miami.

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