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Durante la primavera del año 2009, el Oxomixuvirus H1N1 (una cepa de la Influenza, tatara-tatara nieta a su vez de aquella infausta gripe española que asesinó a más de cuarenta millones de seres humanos en 1918) contaminó en tres meses a 59 millones de norteamericanos, de los cuales 265 mil fueron hospitalizados y doce mil murieron, según cifras oficiales de la CDC. Aún no puede afirmarse que el COVID-19 se vaya a acercar en el futuro a aquellas cifras, pero es bastante poco probable que así sea. En aquel entonces los niveles de pánico no rebasaron los contornos de la lógica y los medios no vociferaron himnos de horror y espanto que desencadenaran el pánico insensato como ahora. Gobernaba la nación un joven Barack Obama que acababa de derrotar, con una facilidad pasmosa, al senador republicano John McCain. (La prensa lo adoraba, las Academias lo reverenciaban).¿Cuál es la diferencia ahora, doce años después, en términos clínicos, epidemiológicos, políticos y sociales? ¿Qué ha cambiado realmente para que el mundo se paralice ante una amenaza de malignidad menor a muchos episodios previos? Sospecho que buena parte del esfuerzo de pensadores, líderes y científicos sensatos en los próximos años sea el de tratar de esclarecer el por qué de tanta histeria desmedida, de tanto miedo exacerbado. Las gripes continuarán su decursar por este mundo, las pandemias nos asolarán en el futuro nuevamente. Será inevitable que millones se contagien y que miles mueran: es también parte de ese ciclo irreversible de la madre naturaleza. La comunidad científica internacional, los médicos y biólogos, las autoridades sanitarias tienen la responsabilidad de proteger a las poblaciones de mayor riesgo, específicamente niños, ancianos y portadores de enfermedades crónicas, pero no tienen el derecho de claudicar ante los alarmistas y los talibanes del Apocalipsis para sembrar el terror. ¿Cuáles serán las consecuencias futuras de estas medidas draconianas para millones de personas en el planeta? ¿Acaso estamos dispuestos a que, a partir de ahora, cada cuatro o cinco años paralicemos el decursar de la vida por el miedo a morir? Yo no tengo respuestas. Confieso que casi no entiendo nada. Ojalá y no tengamos que arrepentirnos de tanta insensatez.

Publicado por

Rafael Piñeiro-López

Rafael Piñeiro-López, escritor, ensayista y Doctor en Medicina (1994). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Ha publicado los poemarios "Los Hombres Sabios" (Editorial NeoClub 2015) y "La Bala de Sansón" (Editorial Signum Nous, 2016). Fue fundador y editor general de la revista sobre Arte, Cultura y Pensamiento "Signum Nous". Reside en la ciudad de Miami.

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