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Anoche un familiar cercano, un hombre próximo a los setenta años, obeso, hipertenso, con una historia previa de coágulos en miembros inferiores, que vive absolutamente sólo en Miramar Beach, en el condado de Palm Beach, tuvo que ser llevado por los paramédicos (tras una llamada al 911) a la emergencia del John F. Kennedy Hospital, North Campus, a unos minutos de su casa. Había dejado de caminar dos días atrás por dolores en sus piernas. Lo recibieron en ER, le hicieron pruebas que fueron negativas a la presencia de un nuevo coágulo y le diagnosticaron una crisis aguda de artritis gotosa. Por ello le administraron un Percocet oral y le dieron un alta inmediata. El proceso fue inusualmente presuroso, de apenas un par de horas. No lo dejaron en observación y mucho menos lo ingresaron. Cuando me comuniqué con la enfermera a cargo, le comenté mi preocupación de que el paciente, quien no tiene a nadie allí, volviera sólo a su casa y el ciclo se repitiera, teniendo en cuenta su imposibilidad de deambular. Me puso a la doctora de Emergencias, una señora histérica y grosera, que me gritó que el paciente había llegado desplazándose por sus propios pies y que tenía que irse para su casa porque “estamos en una crisis de pandemia y no dejamos en observación a nadie”. Era una afroamericana.A pesar de identificarme como un colega, la señora de marras terminó colgándome el teléfono. La realidad es que el paciente jamás llegó a Emergencias caminando, sino en una camilla proporcionada por los paramédicos del 911. AL darle el alta a mi familiar, no sólo nos trataron de forma irrespetuosa y escasamente profesional, sino que nos mintieron y jamás siguieron las normas de “Safe Discharge” que están establecidas por el CMS. Es decir, se cometieron graves violaciones del protocolo. Lo dejaron tirado un total de seis horas en la sala de espera de la Emergencia, imposibilitado de movilizarse por sí mismo y con los efectos de una droga opiácea causando mareos y fatigas.No pude comunicarme con ningún social worker porque no había ninguno disponible, y mucho menos con un physical therapy que certificara un safe discharge. La administración del hospital estaba cerrada por completo. Las ambulancias privadas de Emergencia, que nosotros pagaríamos para regresar al paciente a su vivienda, nos exigían que un enfermero del hospital se comunicara con ellos, pero en la sala de ER exigían que fuera la compañía de transportación quien los llamara. Al final, luego de tanto tiempo, el hospital accedió a pagar un taxi que trasladara a nuestro familiar hasta su edificio, pero lo dejarían en los bajos, sin wheelchair ni ningún otro aditamento que le permitiera alcanzar el lobby y el elevador. Dos horas esperando y la promesa del dichoso taxi jamás se concretó. Terminamos localizando a un Uber para que lo llevara, pero el chofer nunca lo recogió. Tuvimos mejor suerte con el segundo, que lo dejó tirado en la acera del condominio. Una señora conocida logró bajar un Walker de esos que tiene asientos y a duras penas pudo trasladar a nuestro familiar hasta su apartamento.Para nosotros hacer el viaje de casi tres horas, a las 10:30 de la noche, y con dos niños, en tiempos de histeria y de toque de queda en algunos condados, era imposible. Intentamos localizar a un conocido que maneja su taxi para que fuera desde Miami al John F. Kennedy, pero nos dijo que estaba aterrado con la pandemia. Ha sido, en general, una experiencia aterradora. En el condado de Palm Beach hasta ayer en la noche se habían reportado 514 casos en una población de 8,900 personas. Los fallecidos han sido 11 y las hospitalizaciones 57, alrededor de un 11% sobre el total de pacientes positivos. ¿Son esas cifras que justifican el abandono y desamparo del resto de los pacientes? Nos estamos volviendo locos, literalmente por gusto. Las consecuencias remanentes y catastróficas de la histeria viral no sólo se visualizarán en la economía, sino en cada estamento de la vida. Nos estamos colocando, en todo orden de cosas, la soga al cuello.

Publicado por

Rafael Piñeiro-López

Rafael Piñeiro-López, escritor, ensayista y Doctor en Medicina (1994). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Ha publicado los poemarios "Los Hombres Sabios" (Editorial NeoClub 2015) y "La Bala de Sansón" (Editorial Signum Nous, 2016). Fue fundador y editor general de la revista sobre Arte, Cultura y Pensamiento "Signum Nous". Reside en la ciudad de Miami.

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