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Cada norteamericano, ahora mismo, tiene un 0.0912 % de probabilidades de adquirir el Coronavirus (en realidad, y para ser justos, si acaso un par de milésimas más teniendo en cuenta que puede jamás desarrollar síntomas o en cambio presentar una leve secreción nasal, razones por las cuales alguien nunca se sometería a un test) y una posibilidad de 0.0023 % de morir por igual causa. Una vez contagiado, atesoras un 90% de posibilidades de presentar un catarro leve y un 2.5% (menos, teniendo en cuenta los casos no diagnosticados) de morir.

Pero no cesamos, sin embargo, de ver a la prensa cada día nombrando a todos los famosos que se han contaminado (si se ponen a publicar a todos aquellos que pescaron un adenovirus durante el último invierno, las cifras serían infinitas), enumerando el caos que se vive en los hospitales (todos los que conozco no enfrentan ni de lejos el vestigio de una emergencia sanitaria; los números no mienten, las matemáticas son una ciencia exacta), dando tribuna a un tal Dr. Fauci que nos asegura que atesoraremos entre 200 mil y dos millones de muertos… entonces no puedes evitar el cuestionarte todo el show mediático que nos rodea.

Lo terrible es que en la vida cada acto acarrea consecuencias. Vivimos en una sociedad donde si las fuerzas productivas no funcionan a plenitud el futuro se vuelve impredecible. Jamás pensamos ser testigos de la paralización de casi cada estamento de la vida que conocemos. Si antes dejábamos de trabajar porque estábamos enfermos, parafraseando a un amigo, hoy lo dejamos de hacer para evitar enfermarnos. Somos testigos de un error, de un mayúsculo bulo, de una estafa.

Y lo peor es que cada cual arrima la brasa hacia sus propios intereses: que si los chinos y las conspiraciones, que si los rusos y su hermetismo, que si el no uso de la represión o la censura, que si la imperiosa necesidad del chivatazo, que si el fascista Trump o el comunista Sánchez…

Estamos hipotecando nuestro futuro y también el de nuestros hijos. Nos ha conquistado la sinrazón, el histerismo gratis, la irracionalidad extrema. Es la apoteosis estatal, la libertad cercenada de los hombres. Si, vivimos una crisis de la civilización occidental. Alguien saldrá beneficiado, excepto alguno de nosotros. Ya la historia se encargará de juzgarnos como nos merecemos.

Publicado por

Rafael Piñeiro-López

Rafael Piñeiro-López, escritor, ensayista y Doctor en Medicina (1994). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Ha publicado los poemarios "Los Hombres Sabios" (Editorial NeoClub 2015) y "La Bala de Sansón" (Editorial Signum Nous, 2016). Fue fundador y editor general de la revista sobre Arte, Cultura y Pensamiento "Signum Nous". Reside en la ciudad de Miami.

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