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Es probable que el Covid-19 se haya filtrado a través de los recios protocolos de investigación del régimen orwelliano chino cuando estudiaban a esta nueva variación viral (si es que en realidad es nueva), proveniente de algunos animales portadores del área.

Los laboratorios de virología, tenemos que entender, estudian sobre todo gérmenes que han desarrollado una determinada respuesta de sobrevivencia, modificando pequeñas porciones de su material genético para poder tener capacidad patógena. De no ser por estos centros de investigación, poco o nada sabríamos sobre el tema. Aquella imagen de un doctor malvado creando una terrible arma biológica para derrotar a sus adversarios y dominar así el mundo, legada al imaginario colectivo por los muñequitos de la guerra fría y la brutal visión distópica de Gilliam, es sin dudas real pero no predominante.

Al escapar presuntamente de uno de estos laboratorios de investigación, la probabilidad de que el gobierno de Xinping se asustara, imaginando las críticas que esto podría generar entre sus principales clientes y las consecuencias económicas que traería consigo, le hizo tomar medidas draconianas de estrictas cuarentenas y vigilancias rigurosas, para mejorar su imagen de nación responsable y civilizada. Y el temeroso Occidente, que ya para ese entonces no perdía ni pie ni pisada a lo que acontecía en China, no hizo otra cosa que replicar el estado de excepción tomado por las autoridades comunistas de Pekín.

Mientras más civilizadas las naciones, más propensas a caer en la trampa de la corrección sin límites y de la demagogia absurda. El terror ha corroído a nuestras sociedades y el síndrome del Coronavirus es el más vívido ejemplo. De la generación del pánico se han aprovechado muchos: la prensa que añora levantar sus índices de audiencia, los políticos que aspiran a ganancias partidistas de índoles diversas, las instituciones que pretenden medrar con el dinero de los contribuyentes. También los egos personales han jugado su rol. Que una epidemia que atesora una tasa de morbilidad de un 0.038% haya logrado el hecho inédito de paralizar al mundo moderno es un signo de los oscuros tiempos que vivimos. Tras la pifia de China, la nación alfa que se yergue orgullosa y cruel sobre el destino de los hombres, la cagazón de excretas del resto del mundo…

Vivimos el resultado de un error que ha causado, primero, la sobre reacción de China con el objetivo de proteger sus intereses económicos y la imagen ante sus mercados y, segundo, el resultado del extremismo occidental por el temor a la muerte o, incluso, a la ira de las masas, siempre propensas a dejarse guiar por la histeria y la desazón. Surge el problema, y mientras la bola de nieve echa a andar cuesta abajo como un pesado fardo, todos tratan de aprovecharse de alguna forma. El virus ni fue inventado en un laboratorio para crear una guerra biológica (el Covid-19 no cumple con los requisitos de un germen destructor que pueda arrodillar a imperios y naciones) ni fue tampoco el concienzudo plan de unos millonarios ricachones que intentan implantar un gobierno global o enriquecerse aún más vendiéndonos la vacuna salvadora. (Si acaso algunos de ellos estén ahora improvisando sobre la marcha el cómo sacar mejores dividendos del desastre).

El Covid-19 está allá afuera, como una gripe cualquiera. Infestará a millones y matará a los miles de siempre. Afirmé esto desde el primer día y lo mantengo. Pero el efecto devastador no proviene de su capacidad patógena, sino de la histeria y del oportunismo de los hombres. ¿Recuerdan aquellas películas de la Pantera Rosa donde todos creían que el inspector Clouseau era un genio del espionaje? Pues entonces yo y algunos otros somos el Herbert Lom que se opone al bulo.

Por cierto, he preguntado a muchos de mis colegas que trabajan en España, en Italia y en Latinoamérica por la incidencia del Covid en sus regiones. Todos me han respondido lo mismo, a pesar de creer a pie juntillas en la singular malignidad del germen: “ninguna”.

Publicado por

Rafael Piñeiro-López

Rafael Piñeiro-López, escritor, ensayista y Doctor en Medicina (1994). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Ha publicado los poemarios "Los Hombres Sabios" (Editorial NeoClub 2015) y "La Bala de Sansón" (Editorial Signum Nous, 2016). Fue fundador y editor general de la revista sobre Arte, Cultura y Pensamiento "Signum Nous". Reside en la ciudad de Miami.

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