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El filósofo alemán Markus Gabriel, director del Centro Internacional de Filosofía de Bonn, es un fiel heredero de las teorías de Marcuse, un representante ignoto de la nueva izquierda, esa que sustituyó desde mediados del siglo pasado a obreros proletarios por indignados y “diferentes” y que hoy cobija afablemente entre sus sábanas rojas a los temerosos de la ira de Dios, es decir, a los nuevos talibanes del Apocalipsis.

¿Cuál es el futuro que nos espera, como sociedades modernas, tras este reclusorio medieval al que ha sido sometida media humanidad en nombre del siempre infaltable “bien común”? ¿Acaso la utopía de la sociedad Kantiana o el autoritarismo territorial de los colectivismos o el globalismo heredero de la ilustración francesa? Para Gabriel y muchos otros el presente es el futuro. Y no es que les incomode; todo lo contrario, les resulta propicio, justo, se les antoja como una cosa normal.

La siembra de tan nefasto precedente, me refiero a la histeria que ha desencadenado los múltiples estados de excepción, será la nueva normalidad. “Habrá más oleadas de coronavirus y habrá aperturas y luego más confinamientos y nos acostumbraremos”, asegura Markus Gabriel, a la par que nos anuncia la llegada de un nuevo y luminoso mundo verde, más condescendiente para todos, más igualitario, más correcto. “Sabemos que habrá más virus y ya se pueden escuchar en la UE las voces a favor de un nuevo Green Deal. Veremos un nuevo modelo de economía global”.

Y mientras tanto me pregunto, al observar con mucha preocupación como, sin importar ideologías o partidismos, abogamos por la protección irrebatible de los Estados mientras ponemos a su disposición nuestras no muy abundantes libertades ¿adónde se han ido las virtudes ciudadanas? Bueno, pues probablemente han sido secuestradas por el miedo. El Coronavirus ha desnudado la esencia de la era que vivimos; ha puesto al descubierto nuestras miserias y ha establecido, sobre todo, el papel predominante de los medios y las redes como moduladores de la opinión general, por tremendista y distorsionada que esta sea. En tiempos de tanta modernidad, estamos dispuestos a comprar cualquier desaguisado, desde absurdas y ridículas teorías conspirativas hasta la incapacidad adquirida de enfrentarnos a la vida corriente, esa donde las infecciones y pandemias seguirán persistiendo entre nosotros.

A ello hay que añadir el temor a ser señalados como culpables de propagar la enfermedad y la muerte. Ya les había advertido hace algún tiempo que llegaría el momento en que aquellos que intentaron llamar a la sensatez y la mesura en relación con el affaire del Coronavirus (y no me refiero a quienes se burlaron o sub dimensionaron el alcance de la pandemia) serían considerados apestados sociales, insensibles, retrógrados, malas personas, pésimos profesionales (en el caso que fueran médicos o biólogos o epidemiólogos) y que se constituirían, en fin, en el detrito apestoso que debe ser separado del bien y de la moralidad. Pues bien, ya hemos llegado a ese punto.

Para Gabriel Markus, por ejemplo, todos somos responsables por el sufrimiento de otros, por lo que no acatar las disposiciones estatales es un comportamiento “inmoral”, y “si haces lo incorrecto moralmente, haces que la realidad sea un lugar peor”. A mí, en cambio, los apologistas de la hecatombe Covidiana se me parecen a los apocalípticos del climate change. Poseen el voluntarismo de los testigos de Jehová y la determinación de los seguidores de la Shahadah. Y luego hay quienes se preguntan por qué florecen los totalitarismos o las intransigencias del ateísmo y de la fe. A mí, al menos, mientras me quede un poco de capacidad crítica, me seguirá molestando la estupidez humana.

En todo caso para tipos como Markus un estado de excepción perpetuo sería algo así como una especie de apostolado teológico. “Hay un aspecto de solidaridad, de estar protegiendo a los mayores, y eso genera un buen sentimiento, pero también estamos dejando de hacer cosas que son perjudiciales para otros y hay una conciencia subliminal de esto”, reza el filósofo alemán. Y asegura que para analizar la historia de la pandemia harán falta “sociólogos, feministas y especialistas en diversidad, economistas, periodistas, filósofos, historiadores y profesores de literatura que analicen la narrativa del desastre”. ¡Toda la ideología inclusivista en pos de un resultado venidero! Y lo peor, con la complacencia de quienes hasta ayer fueron rivales ideológicos y hoy son aliados en la causa del miedo. El Coronavirus se ha convertido para el imaginario de la izquierda actual, en el nuevo proletariado revolucionario, ése que nos traerá nuevas luces de esperanzas en un futuro distópico y totalitario, donde el bien común se imponga al individualismo irresponsable y reaccionario.

Por eso es que ayer les comentaba que se me ocurre que el discurso del apocalipsis covidiano es el mismo, exactamente el mismo que utilizan los propagandistas del cambio climático, por ejemplo. Y Markos Gabriel lo legitima al decir cosas como “Veo esta crisis como una preparación de la crisis ecológica.” La diferencia está en que, entre los defensores de la postura de castigar moralmente a quienes no se suman a la histeria viral, encontramos también a presuntos libertarios, a nacionalistas, conservadores y derechistas. Y no es que el peso de la mayoría les otorgue razón a los talibanes del Armagedón, porque si así fuera habría que citar todos aquellos horrores que se han cometido y se cometen en nombre de las multitudes, sino que es un hecho comprobado que el “martirio” en nombre del bien trasciende ideologías y partidismos.

Publicado por

Rafael Piñeiro-López

Rafael Piñeiro-López, escritor, ensayista y Doctor en Medicina (1994). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Ha publicado los poemarios "Los Hombres Sabios" (Editorial NeoClub 2015) y "La Bala de Sansón" (Editorial Signum Nous, 2016). Fue fundador y editor general de la revista sobre Arte, Cultura y Pensamiento "Signum Nous". Reside en la ciudad de Miami.

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