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La participación de votantes en las pasadas elecciones presidenciales del 3 de noviembre, allí en los estados claves donde el candidato Joe Biden necesitaba una ayuda providencial para poder vencer al presidente Trump, fue inusualmente altísima. Steve Cortes hace un excelente análisis sobre el tema, lo que arroja evidencias circunstanciales de fraude. Por ejemplo, en Wisconsin la participación fue de un 90 %, mientras que curiosamente en la ciudad de Cleveland, bastión demócrata, fue de un 51 %. ¿Qué significa esto? Que el voto por correo sirvió para que todos aquellos que nunca votan, aparecieran esta vez “ejerciendo su derecho ciudadano” por obra y gracia de los operativos del partido demócrata. Como siempre les he dicho, la gran mayoría de boletas fraudulentas pertenecen a personas reales.

Otro factor que refleja la claridad y magnitud del fraude es el hecho de que Joe Biden superó por mucho la cantidad de votos que alcanzó Obama en tiempos de su apoteosis política, pero no en todos los lugares sino, casualmente, en aquellos condados donde era imprescindible que ganara, como en el Montgomery county de Pennsylvania, por ejemplo. Con 22 mil nuevos residentes en el área, el vejete Joe sacó cien mil votos más que Barack Hussein en la misma área. ¡Ni siquiera la naturaleza del voto anti-trump puede justificar una “turca” como esta!

Otra evidencia innegable (pero escasamente demostrable) es el hecho de que miles y miles de boletas procedentes de regiones donde la disputa partidista por las cámaras era brutal, llegaran sólo con el circulito negro favoreciendo a Biden, sin tomar partido en ninguna otra de las contiendas. ¡Aleluya! En toda la nación la nación la friolera de 430 mil boletas cumplen con esta característica: favorece simplemente al candidato del burro. En zonas “calientes” como Georgia la diferencia de boletas en la carrera senatorial favorece al presidente Trump en número de 818 votos. Pero allí mismo, 95.801 papeletas se saltaron al candidato demócrata del senado para privilegiar única y exclusivamente a Sleepy Joe. Si, por supuesto, se vale arrugar el entrecejo.

Sigamos con la lógica estadística irrebatible de Steve Cortes. Hablemos ahora de la revisión y chequeo de votos. En NY, un estado seguro donde no había que implementar medidas apresuradas y extremas para favorecer a Biden, un 21 % de las boletas no pasaron la prueba de la legitimidad: firmas adulteradas, papeletas con errores de llenado y un sustancioso etcétera. ¿Y en Pennsylvania? Pues bien, en el estado de la Independencia… ¡sólo fueron rechazados un 0.03 % de los votos emitidos! ¿Qué significa esto en castellano común? Que miles y miles de boletas por correo emitidas en Pennsylvania probablemente sean falsas e ilegítimas.

El punto preocupante en todo esto (preocupante para quienes velamos por la limpieza y claridad de las instituciones) es que prácticamente ningunas de las evidencias estadísticas mencionadas con anterioridad serían relevantes en un reconteo de los votos. Incluso, en una investigación certera, poco podría dilucidarse. El fraude, aunque precipitado y chapucero, refleja la principal falencia sobre la que se basa todo el sistema jurídico norteamericano: la confianza en el individuo. Y como ya sabemos, la naturaleza animal es implacable.

Publicado por

Rafael Piñeiro-López

Rafael Piñeiro-López, escritor, ensayista y Doctor en Medicina (1994). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Ha publicado los poemarios "Los Hombres Sabios" (Editorial NeoClub 2015) y "La Bala de Sansón" (Editorial Signum Nous, 2016). Fue fundador y editor general de la revista sobre Arte, Cultura y Pensamiento "Signum Nous". Reside en la ciudad de Miami.

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