Anoche volví a soñar con mi padre. Fue un gran alivio, porque a pesar de estar muerto, podíamos comunicarnos. Yo vivía en una casa grande, vieja, irreconocible, oscura. Fueron a visitarme dos antiguos amigos de Cuba, los hermanos Gilberto y Vladimir Caballero. Conversábamos alrededor de una mesa, parados, junto a otras personas que ahora mismo no recuerdo. Mi viejo estaba entre nosotros, sonriendo, hablando. Yo estaba muy feliz porque comprobaba de esa forma que existía otra vida y que su muerte no había sido definitiva. Nadie más lo veía, sólo yo, pero el resto lo intuía… hasta el final de la conversación en que mi padre, de manera absolutamente inusual en él, agarró a Gilberto caballero de su moña y lo sacudió hacia un lado y otro como para que nosotros supiéramos que su aparición era real. Vladimir y yo y el resto reíamos a carcajadas.
Ya hacia el final de la noche una pesadilla volvió a mostrar a mi padre enfermo. Para entonces vivíamos en el tope de una inmensa ciudad, en las alturas, en una especie de casucha de papel. Mi padre yacía en una camilla, le había dado un accidente vascular encefálico y estaba molesto porque no podía comunicarse… un helicóptero vino a trasladarlo hacia algún lugar…
Y es curioso, porque soñar a mi padre airado responde a esos tres o cuatro últimos días de su vida, cuando batallaba contra la muerte. El viejo, siempre fue, a lo largo de su prolongada vida, un hombre dulce y afectuoso que jamás se molestaba por cosa alguna. Pero la imagen de esa última semana aún me tortura y me angustia. Quizás tampoco pueda dejar de sentirme culpable por el hecho de saber que mi padre moriría aquí, sin jamás poder regresar con vida a Matanzas, esa ciudad espectral. Se lo oculté… le di vanas esperanzas… no quería que sufriera en vida, aunque morir de un linfoma agonizando los últimos días es ya de por sí, sufrir…
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