1283

Replicar la narrativa de la histeria es un mal que aqueja a tirios y troyanos. El último año ha sido un ejemplo prístino en ese sentido. Y es que el miedo a la peste y a la muerte nos supera. Por eso es curioso, divertido e indignante (si es que tal combinación es posible) ser testigos de tipos “recios y acaballadores” gemir como mozuelas cuando esa misma prensa de la que desconfían en otros temas, o esos mismos políticos a quienes desprecian con furia irredenta, o esas instituciones a las que han acusado (y acusan) de corruptas y miserables, anuncian las cifras de contaminados por el Covid con un placer indescriptible. Mañana, cuando la recopilación de casos se subscriba a los enfermos por catarro común (adenovirus y sucedáneos) el llantico pendejístico será el mismo, se los aseguro.

1282

Los hermanos Coen son, en buena medida, cronistas de la vida americana, de sus nimiedades y grandezas, de sus absurdos y certezas. Hacedores de grandes obras de la cinematografía mundial como Blood Simple, Miller’s Crossing, Barton Fink, Fargo, The Big Lebowsky, No Country for Old Men, True Grit y The Ballad of Buster Scruggs, Joel y Ethan Coen trascenderán en la historia del arte como los arquitectos de un legado que es reflejo de la figura imaginaria (y real) de la América mítica. Poco puede hablarse, como ya he escrito alguna que otra vez, del cine norteamericano en los últimos treinta años sin mencionarlos con devoción y con respeto.

Con “Inside Llewyn Davis” (2013) la historia se repite. Un fracasado cantante y compositor de música folk (fracasado en lo profesional y lo personal), un gato amarillo omnipresente, un sinfín de relaciones rotas, se acomodan dentro de las fronteras de los patrones estéticos típicos de los Coen (música country como background fundamental de cada escena, personajes desolados y típicamente americanos, situaciones que bordean el absurdo desde la cotidianidad más simple) para legarnos una pieza simple, conmovedora, intensa, donde reina la quietud de la desesperanza y de la dureza de la vida.

Lo peor es que, a trancos, “Inside Llewyn Davis” no nos recuerda a los hermanos Coen. Se echa de menos por momentos el humor cáustico y el filo de la locura atosigando el pescuezo de sus antihéroes, aunque el propio personaje principal (encarnado con presteza por Oscar Isaac) pertenezca a la misma raza de desadaptados que pueblan el universo coeniano. A favor, sin embargo, debemos apuntar la profundísima tristeza, hermosa como todos los temores, que emana del metraje desde un inicio; y el fugaz y trascendente personaje interpretado por John Goodman (uno de los varios actores fetiches del dúo creador), insoportable músico de jazz que estudió santería con Chano Pozo en New York, y que se nos revela como un verdadero vacilón, carácter formidable allí donde los haya.

Para los amantes de la pureza del cine, de la América profunda, del estilo inconfundible de los hermanos Coen, esta “Inside Llewyn Davis” es una pieza vital e imprescindible que ayuda a redondear el universo soberbio de sus realizadores. Terminarás perdonando sus errores y flaquezas porque, después de todo, las buenas obras ya no abundan.

Diario sobre mi padre 5

Aún me sobrecojo cuando por cualquier razón entro al cuarto donde falleció mi padre. Se vivió mucho dolor entre esas cuatro paredes y ese techo. Suelo quedar mirando la lámpara, por donde a veces quiero pensar que el alma del viejo se trasladó a esa otra dimensión a la que desconocemos y tememos, cada vez que entro allí. El sábado 27 de febrero, a las 9:10 de la noche, cuando mi padre falleció, yo quise imaginar que nos miraba a los que allí estábamos, flanqueando la cama de Vitas, desde arriba, desde ese punto central donde la lámpara está situada. Quizás lo haga todavía, cuando entramos. Ojalá así fuera…

1281

Un estudio del National Institute of Health del mes de enero pasado, titulado “Mapping a pandemic: SARS-CoV-2 seropisivity in USA”, realizado por Kalish, Klumpp-Thomas, Hunsberger y asociados, con una amplísima muestra de 11 382 pacientes, llega a sólidas conclusiones que, sin embargo, son ignoradas por instituciones y profesionales de la salud de manera absolutamente incomprensible.

¿Qué cuáles son esas conclusiones?

Pues que los pacientes expuestos al Covid-19 desarrollan una robusta respuesta inmunológica donde los anticuerpos anti-S persisten por meses y neutralizan la infección; y que 5 de cada 6 personas positivas nunca llegan a desarrollar síntoma alguno.

Esto desbarata dos mitos de la anti-ciencia echados a rodar por los Faucci (y replicados por los tontos de las redes) de este mundo: que no se desarrollan defensas autoinmunes contra el Covid y que la enfermedad es letal. Al final, no es ni una cosa ni la otra, pues ante este virus el sistema inmunológico funciona igual que frente a cualquier otro… y se corrobora la escasa morbilidad o capacidad de hacer daño del sobrestimado germen.

Curiosamente, el The New England Journal of Medicine publicó un estudio titulado “Susceptibility of Circulating SARS-CoV-2 Variants of Neutralization” que asegura que ante la “cepa sudafricana” no hay esperanza posible, pues las vacunas son incapaces de sobreponerse a la resistencia creada por la “mutación “ viral. Pero lo realmente llamativo de esto es que la investigación fue desarrollada por… el Beijing Institute of Microbiology y por el Center for Disease Control and Prevention de Dezhou…

Algunos de ustedes quizás recuerden cuando yo les advertía, hace ya un año atrás, acerca de cómo el mundo occidental había replicado el terror promulgado por China (los desmayados en las calles, las cuarentenas totalitarias, las mascarillas obligatorias…) con entusiasmo denodado. Y a la China imperial le cuadró muchísimo la mongolería de la “culta” Europa y de la “irredimible” norteamerica. Y así estamos…

1280

The Misfits (1961) es una curiosidad cinematográfica, amén de un sólido ejercicio artístico. Curiosidad, porque fue el último filme rodado por Marilyn Monroe antes de su suicidio, y por Clark Gable antes de aquel infarto mortal. Sólida pieza, porque la historia escrita por Arthur Miller está repleta de personajes rotos que se redimen a sí mismos a medida que la vida prosigue; y porque John Huston, aquel geniecillo nacido al amparo de la Warner Bros, da clases de realización a un nivel jamás imaginado (y alcanzado) por ejemplo, por cualquier director proveniente del islote castrista. Es The Misfits, de hecho, la obra que en mi opinión mejor recoge el paradigma Monroe en toda su extensión, lo cual de por sí basta para recitar la misa.

1279

Me resulta curioso (e inquietante) la manera en que la histeria y el tremendismo del affaire Covid han permeado a las ciencias médicas y biológicas en general. En mis tiempos libres suelo ponerme a revisar temas académicos sobre las diferentes especialidades de la medicina, y lo que he encontrado a lo largo de los últimos meses en relación con la pandemia no puede calificarse de otra forma que aterrador. No deja de llamarme la atención, tampoco, como un sinnúmero de colegas se han sumado alegremente al sentimiento apocalíptico y totalitario que ha emanado desde las instituciones epidemiológicas y “científicas”, contaminando cualquier atisbo de evidencia empírica a niveles jamás imaginados. Es por ello que frecuentemente hablo de un regreso a la “edad media” cuando me refiero a estos temas.

La ofensiva “científica” del terror que ha impulsado a las políticas de confinamientos absurdos y de autoritarismos estatales de las que hemos sido testigos durante el último año posee varias banderas publicitarias. Una de ellas ha sido la de las complicaciones fisiológicas del virus; y entre estas el tema de los episodios de hipercoagulabilidad ha sido punta de lanza. De más está decir que no existe evidencia concluyente, en lo absoluto, que corrobore el hecho de que el Covid-19 provoque coagulación intravascular diseminada. La mayoría de los casos narrados se han basado en observación clínica sin estudios definitorios de carga viral, cultivos sanguíneos o utilización de pruebas super específicas que puedan atestiguar cualquier etiología. Ya yo escribí hace tiempo atrás que los episodios de CID promocionados como hijos putativos del Covid por parte de “investigaciones científicas” adolecen de seriedad, y que la mayoría de estos cuadros podrían ser achacados (con evidencia empírica tradicional) a bacterias oportunistas que suelen afectar a pacientes hospitalizados y no al virus de moda.

Pues bien, revisando un par de estudios de la CPCEM magazine encuentro la repetición de las mismas falsedades dichas antes una y mil veces por los adalides del apocalipsis covidiano. Por ejemplo, Lafree, Lenz, Tomaszewski y Quenzec, de la Universidad de California, narran como un paciente hombre, de 57 años de edad, con antecedentes de hipertensión arterial y diabetes mellitus tipo 2, arriba a Emergencias con un cuadro de trombosis de la Aorta distal con oclusión de las arterias iliacas. Al momento del ingreso al hospital el paciente (sin síntoma respiratorio alguno) da positivo al PCR para Covid-19 (un test absolutamente inespecífico que lo que hace no es más que identificar trazas de una proteína RNA en la superficie de cualquier virus) de manera circunstancial… ¿y a quién se le termina achacando la responsabilidad del cuadro trombótico? Al Covid-19, por supuesto. Los investigadores obviaron el hecho de que la diabetes tipo 2 es una causal primaria y fundamental en el desarrollo de cuadros de hipercoagulabilidad, al causar el aumento de los ácidos grasos libres a nivel circulatorio, lo que termina activando la proteína C kinasa y produciéndose inflamación (por la acción de las citokinas, por ejemplo), vasoconstricción y activación plaquetaria con formación de trombos. En este caso, señores, el virus no fue el causante de ningún cuadro de obstrucción de la arteria Aorta.

Estudios como los de Creager, Lusher, Beckman y Cosentias en el 2003 establecieron que la diabetes mellitus aumenta sustancialmente el riesgo de accidentes vasculares de tipo isquémicos. Y Stalkey y Towler lo corroboraron en el 2016. Por otro lado, la hipertensión arterial es la PRINCIPAL causa conocida de trombosis aórtica debido al cuadro de aterosclerosis que suele producir. ¡El paciente de marras era hipertenso y diabético, nunca desarrolló síntomas relacionados al Covid y, sin embargo, se le achaca al virus la responsabilidad de la trombosis, aún cuando no se estudió la carga viral del individuo! Es la apoteosis del oscurantismo científico en aras de intereses políticos e ideológicos.

Por otro lado, Logan, Leonard y Girzadas, del Advocate Christ Medical Center, narran un cuadro de trombosis venosa cerebral en un paciente de 34 años sin antecedentes de Patología alguna. El individuo llegó al servicio de Emergencias con manifestaciones clínicas del cuadro diagnosticado posteriormente: cefalea frontal, mareos, parestesia en el brazo derecho y ambas piernas y, por último, visión borrosa. Al paciente se le realiza un Rapid Test a la hora del ingreso hospitalario y este da positivo, aunque el señor jamás presentó manifestaciones de una infección viral previa. Hay que refrendar el hecho de que las trombosis venosas cerebrales son rarísimas, infrecuentes y que suelen verse en pacientes jóvenes que pueden o no tener condiciones preexistentes como cuadros infecciosos de Sinusitis, o enfermedades malignas, o traumas y cirugías, etcétera… Entonces la pregunta real es ¿Bajo qué evidencia empírica real se puede afirmar que este episodio se debió al SARS CoV-2? Por supuesto, bajo ninguna. Al paciente de marras no se le realizó estudio de carga viral, los hemocultivos fueron negativos, jamás se estableció la presencia real del Covid en su organismo.

Otro estudio permeado de inexactitudes y hasta ridiculeces corresponde a Gregnan, Barrett y Perera, del Royal Free Hospital de Londres, que describen cuadros de tromboembolismo pulmonar en cuatro pacientes Covid-19 positivos, pero de los cuales dos poseen antecedentes (una mujer de 72 años y un hombre de 78) de … ¡Fibrilación Auricular! Esta condición de base, para los neófitos en el tema, es la causa número uno de episodios de tromboembolismo. ¿Y entonces?

El fraude científico en el tema Covid está a la orden del día. Es una lástima que las ideologías, los intereses económicos y políticos hayan terminado por doblegar, con la casi unanimidad de los implicados, a las ciencias médicas. Vivimos tiempos oscurísimos, inquietantes, terribles, donde sólo el escepticismo podrá salvarnos de convertirnos en manada. ¡Amigos míos, duden absolutamente de todo! La ciencia de hoy en día no es, ni siquiera, ciencia.

1278

Marty (1955) se me antoja como una especie de antecedente de Moonstruck, aquella cinta dramática, colorida, vociferante y escandalosa filmada por Norman Jewinson en los ochenta, y que terminó valiéndole un Oscar a la entonces formidable Cher. La semejanza es estética, conceptual e, incluso, social; es un reflejo cándido y también brutal de los barrios italoamericanos de la costa Este. La Loretta Castorini y el Ronny Cammameri de marras son la continuación cultural y hasta antropológica del Marty Piletti de Borgnine, lo cual nos confirma que la historia y el arte suelen ser cíclicos per se…

La obra de Delber Mann se apega a la lógica irrebatible de que siempre hay un roto para un descocido. Y es por ello que termina colocando a Marty, un noble y tímido carnicero de un barrio italoamericano, en medio de una época ruda y también maravillosa en que las mujeres, como siempre, establecían las reglas del juego y los caballeros se comportaban como tipos de ley la mayoría de las veces (la maldad también es genérica, además de circunstancial).

Marty, en resumen, es una obra sobre los sentimientos, una pieza afable, simpática, tierna y bondadosa; una bofetada al rostro del ‘superficialismo’, una oda a los perdedores que somos todos, en algún punto de nuestras vidas. El filme de Mann es, entonces, un ejercicio necesario de entretenimiento y validez ética que en nada ha envejecido, a pesar de haber sido construida hace casi siete décadas atrás, lo cual no es poco.

Diario sobre mi padre 4

Estaba en un hospital inmenso, en una de sus salas, acompañando a parir a alguien que presuntamente conocía. Nunca vi el nacimiento del niño; sólo estaba al lado de la camilla de alguien que iba a parir y que esperaba a ser trasladada hacia el salón de partos. De allí salí a un inmenso pasillo bajo el sol, sin techo ni paredes, una especie de boulevard inmenso, por donde caminaban miles de personas en dirección contraria. Llegué a una curiosa entrada y allí encontré a mi sobrita Anita en compañía de mi padre, que vestía un hermoso pullover de rayas y lucía lozano y formidable. ¡Era tan real! Y sabía, para mis adentros, que resultaba imposible. Ahora no estoy seguro si fue Anita quien me clarificó que se trataba del espíritu del viejo, Nunca puede hablar con él. Al menos no lo recuerdo. En el sueño mi padre estaba muerto pero quizás feliz. Jamás podría asegurarlo.

1276

A «The Defiant Ones» (1958) no recuerdo exactamente como la titularon en español (¿Fuga en Cadenas podría haber sido?), pero en Cuba fue uno de los filmes más populares de siempre. Lo pasaban por la televisión con cierta regularidad, a pesar de sus años, en mi época de escolar primario.

Lo cierto es que la cinta de Stanley Kramer es entretenida a rabiar, cuenta con un ritmo formidable y unas actuaciones excelentes. Posee ese espíritu de modernidad tan difícil de mantener por cualquier obra. (Algunos dicen que de eso, precisamente, se trata la perdurabilidad y la trascendencia). También, el filme atesora la curiosidad de haber sido el primero donde se nominó a un actor hombre negro para el Oscar de actuación principal (nominación más que merecida, por cierto. En aquel entonces el color de la piel no era sinónimo de construcción social que conllevara a la adquisicisión de derechos basados en la biología).

Filmada en una época en que el racismo cultural (con trazas de institucionalidad, sobre todo en regiones del sur) poseía aún un peso notable en los Estados Unidos, la cinta es una especie de llamado a la unidad entre los hombres, siempre con ese tono discursivo tan común a los colectivismos, (uno de los guionistas, Nedrick Young, fue presunto militante del partido comunista, como tantos en aquellos días) que, sin embargo, retrata un problema factual incuestionable en la década de los cincuenta. En todo caso, la obra de Kramer evita el panfleto político y nos narra una poderosa historia.

De haberse rodado “The Defiant Ones” en los tiempos que corren, el personaje de Poitier habría sido un rapero misógino y ‘heroico’, el de Curtis un milennial barbudo y afeminado… y al final ambos se habrían empatado para, al salir de prisión, tras la cacería descarnada, adoptar un par de hijos y dedicarse a luchar denodadamente por las ‘causas sociales’.

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Un simple comentario (no da para más)…Sayonara (1957) es un dramón romántico, una telenovela mexicana filmada en cinemascope con yumas y japoneses y una actuación de Marlon Brando que, ciertamente, no es la mejor de su carrera. La pieza de Joshep Logan, muy sobrestimada en su tiempo, ha envejecido de manera lamentable.