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ER, la serie creada por Michael Crichton, sirve como una especie de tracking circunstancial que permite hacer un seguimiento preciso de la inserción y evolución de los conceptos de la llamada justicia social crítica en el alma de la nación norteamericana. Ambientada en una sala de emergencia de un hospital financiado con dinero público en la ciudad de Chicago, sus primeras seis temporadas (1994-2000) reflejan todo debate social desde una perspectiva donde prima el sentido común y la civilidad del discurso de las ciencias. Pero ya entrando directamente en la séptima temporada (2000-2001) cualquier atisbo de prudencia y seriedad termina largándose por la taza del baño.

Así, como quien no quiere las cosas, aquellos temas que antes se habían manejado con sapiencia y prudencia, con la llegada del nuevo siglo y el Bushismo corporativo entran de súbito a la palestra del debate de la mano de los complejos, el racismo victimista, la teoría anticientífica del género y todo tipo de concepciones retrógradas, medievales y contrarias a la bilogía más básica y sustancial. Es decir, de manera soberbia, como un tumor que se metastiza a velocidad vertiginosa, comenzaba a imponerse la visión de un “progresismo” reaccionario que hoy, a la vuelta de dos décadas, se ha constituido en un nuevo acápite moral que tasa y regula cada acción de las instituciones y los hombres.

En tiempos en que la distopia del colectivismo tecnológico se ha vuelto una realidad reconocida abiertamente por sus propios propulsores (ONU y su apéndice el foro de Davos, el status quo bipartidista norteamericano, burócratas y administradores de naciones dependientes como Ucrania y sucedáneos) y la acusación de “conspiranoia” ha dado paso a la “necesidad” de reconocer la apoteosis de los Estados como un sine qua non de la evolución positivista de las sociedades y los hombres, ER ya no es la mierda que debería ser tras su rendición temprana al buenismo horrendo, sino un parámetro cultural que establece pautas y otorga méritos. Sí, luego de decenas de siglos de “evolución “, tan bajo hemos caído. Y es que todo parece ser producto de un estado natural del hombre hacia el tumulto cavernario del humano simio de Darwin.

Fó, que peste!

Publicado por

Rafael Piñeiro-López

Rafael Piñeiro-López, escritor, ensayista y Doctor en Medicina (1994). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Ha publicado los poemarios "Los Hombres Sabios" (Editorial NeoClub 2015) y "La Bala de Sansón" (Editorial Signum Nous, 2016). Fue fundador y editor general de la revista sobre Arte, Cultura y Pensamiento "Signum Nous". Reside en la ciudad de Miami.

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