2038

El primer pecado que atosiga hoy en día al conservadurismo como corriente ideológica es su persistente creencia (o conveniencia) en la falacia de la democracia occidental. Los jacksonianos, por ejemplo, lidereados por Donald J Trump, a pesar de haber sido robados impunemente en noviembre del 2020 cuando en una madrugada, en los cinco estados claves que decidían la elección presidencial y en contra de toda ciencia matemática y estadística se volcó el resultado electoral (Trump ganaba con una ventaja entre 8 y 16 puntos porcentuales con más de la mitad de las boletas contadas en cada uno de estos sitios) siguen afirmando que en el 2024 las cosas serán distintas y podrán derrotar al status quo. ¡Cuánta “inocencia”! Desde William Jennings Bryan, pasando por Huey Long, Joseph McCarthy, George Wallace y Ronald Reagan y llegando hasta Sarah Palin, el Tea Party, y el propio Trump hubieran avalado y avalarán y persistirán una y otra vez en el error vicioso de que Estados Unidos no está gobernado desde arriba, sino impulsado desde abajo por un pueblo viril que es realmente quien se encarga de tomar todas las decisiones. Sí, está bien. Permítanme carcajearme.

De los reformocons no vale la pena ni siquiera hablar. Ellos son parte del problema. Los Bush y sus hijos putativos, imbuidos de esa premisa oportunista de que “hay que adaptarse a las cambiantes condiciones sociales y económicas” son impulsores de la decadencia americana y, por ende, de todo el mundo occidental. Ideólogos como Yuval Levin, Ross Douthat y Reihan Salam, y políticos como Marco Rubio no son en realidad conservadores. Por cierto, de las huestes de los reformocons llegará el próximo presidente republicano a la Casa Blanca, como para continuar validando la falacia de la democracia. Se los he dicho varias veces. No lo olviden.

Los paleo conservadores de John Burtka, ahogados en sus ideas utópicas de libre mercado ni siquiera juegan un rol en el intento de debate conceptual que tanto se necesita en estos tiempos. No importa que Tucker Carlson hago ruido desde su programa en Fox (una cadena controlada por quienes controlan todo y que solo hace el juego a la mentira mayor) o que la influencia del aislacionismo y el proteccionismo nacionalista haya permeado a gente que va desde el ciudadano común hasta políticos de peso (el senador Mike Lee es un ejemplo) si sigues validando el juego sucio e hipócrita de la política occidental. No olvidemos que el propio Carlson se rehusó a admitir en un inicio la posibilidad de un fraude electoral tras el descalabro de Trump.

Los tipos más claros del conservadurismo, por cierto, son los post-liberales. Y aún así de pecan de una fe incomprensible por el aparato democrático norteamericano. Aunque afirman que la “modernidad liberal” se ha convertido en enemiga del florecimiento humano y de las libertades individuales. Y saben que ese propio concepto occidental de “libertad” se ha trastocado en un fin en sí mismo destructivo y que la distinción entre el estado y la sociedad es ilusoria. La idea principal de los más brillantes ideólogos de hoy en día (si algo merece ser leído es la obra ensayística de estos tipos) donde encontramos a gente como Patrick J. Deneen, Yoram Hazony, Rod Dreher, Gladden Pappin y hasta el propio Sohrab Ahmari es que a pesar de que los conservadores defendieron la independencia de la sociedad civil del poder estatal, la izquierda sin embargo se hizo cargo de Hollywood, la academia, los medios de comunicación, y los tribunales. El gran problema es que los post-liberales sólo atisban un cambio desde el Estado como única solución posible, lo cual no es práctico ni realista, por supuesto. Entonces ¿Cuál es la solución, preguntarán ustedes? En mi opinión, la única es la guerraguerra, que es ninguna.

Aunque intentemos obviarla, la realidad es una: el excepcionalismo norteamericano ha muerto y, con él, el futuro del mundo occidental. La muestra clarísima y objetiva está frente a nosotros: el conservadurismo yuma se ha dejado abofetear una y otra vez desde noviembre del 2020 y, en vez de encojonarse y responder en consonancia, se ha dedicado a lloriquear y a murmurar en las esquinas. Si imagináramos una situación igual en el pretérito, donde la censura, la persecución y el acoso fueran diarios como ahora, resultaría imposible sacar de la ecuación el advenimiento de una guerra armada. Pero no va a pasar. Y todos sabemos el por qué.

Publicado por

Rafael Piñeiro-López

Rafael Piñeiro-López, escritor, ensayista y Doctor en Medicina (1994). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Ha publicado los poemarios "Los Hombres Sabios" (Editorial NeoClub 2015) y "La Bala de Sansón" (Editorial Signum Nous, 2016). Fue fundador y editor general de la revista sobre Arte, Cultura y Pensamiento "Signum Nous". Reside en la ciudad de Miami.

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