
Mientras algunos sienten nostalgia de los tiempos pasados al escuchar un tema de “Pablito”, a mí me asalta la añoranza al atisbar el inicio “irlandés” de State of Grace (1990) con las imágenes imprecisas de una banda callejera del diario de Saint Patrick entre la niebla distorsionada y la música monumental de Morricone.
Este filme lo vi cuando estudiaba medicina en Cuba, en una de las aulas de la facultad de Colón, mientras me preparaba para algún examen. Era el horario de la tarde, seguramente en algún día entre semana y alguien había puesto el VHF en uno de los videos del salón de clases. La ponzoña de la miseria del “período especial” nos asfixiaba a todos.
Cada obra en el filo de un cambio de década cualquiera o es una reafirmación del período estético pasado o trae consigo el aliento de una nueva era. State of Grace probablemente se encuentra entre dos aguas. Mientras acarreaba consigo cierto “espíritu” del cine policiaco de los ochenta, echaba también mano al desarrollo estético que, procedente en buena medida del policiaco urbano de los setenta se desarrollaría con nuevos aires en la década que comenzaba.
La historia de Dennis McIntyre habla de lealtades y deberes, de la pugna moral que se establece entre el ejercicio del deber y la ética aprehendida por un lado, y los compromisos que le adeudamos al pasado por el otro, disyuntiva perenne que como fantasmas impenitentes planean sobre todos (y el mundo del exilio peri y post castrista es un ejemplo notorio que nos trae ejemplos a diario).
Phil Joanou, el director, proviene de la oleada de realizadores de videos musicales de la era MTV y éste es su mejor trabajo. State of Grace está filmada con paciencia y contundencia, es una sólida pieza policiaca fotografiada con esmero, impregnada de un realismo soberbio que nos regresa a la irrupción de los jovenes furiosos de la década de los cincuenta y está actuada magistralmente por grandísimos actores como el despreciable Sean Penn, Gary Oldman, Ed Harris, Robin Wright, John C. Reilly y el siempre inmenso John Turturro.
Pues bien, mientras algunos se emocionan hasta las lágrimas con el corillo de Yolanda en la voz de Milanés y compañía, mi corazón sentimental palpita al ritmo de aquella terrible balacera en ese bar-tugurio neoyorkino, muy cerca de donde se celebraba el día de Saint Patrick…
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