3102

La entelequia del castrismo también fue construida por la cultura militante, tal y como además acaeció en otros regímenes totalitarios. Dirigentes partidistas que planificaron y ejecutaron una política de la “cultura del pueblo” no hacían otra cosa que, bajo la propia y burda justificación del arte por el arte, validar y estructurar el horror. Muchos de esos “programadores ideológicos” moran por estos lares disfrazados de titanes de la tolerancia, de vetustos defensores de la democracia occidental. Y venden la imagen idílica de una cultura descontaminada (cuando todos sabemos la imposibilidad de tal premisa en un lugar como la Cuba post 59) para resarcirse a sí mismos, para edulcorar un pasado represivo (siempre desde la propia cultura, por supuesto).

Pues resulta que andan por ahí esas auras poniendo la cura antes que salga el grano, para que la gestualidad insomne, la fraseología revolucionaria, el discurso apasionado y febril de viejas cintas documentales, se suavicen, se maticen y parezcan así pues… simples ejercicios culturales… Lo que hay que ver en estos tiempos! Los verdugos y los defensores de los verdugos renaciendo como el ave fenix e, incluso, dando lecciones de civilidad y justicia.

3101

– Stone: ¿Qué vas a hacer con los documentos del caso JFK?

– Trump: ¿De qué hablas?

– Stone: Bueno, según dicta la ley de archivos, la documentación será pública en unas semanas, a menos que decidas lo contrario.

– Trump: Tienes razón. Se acerca la fecha de desclasificación. Pero ellos no quieren que los documentos sean desclasificados.

Varias semanas después, tras liberarse un 80% del 100 que debía haber sido desclasificado:

– Stone: ¿Por qué no liberaste todos los documentos?

– Trump: No puedo decirte. Es tan horrible que no lo creerías.

(Entre los archivos desclasificados se pudo conocer que Lee Harvey Oswald trabajó como informante para el FBI y recibió entrenamiento por parte de la CIA. Y también que Lyndon Johnson había sido miembro del KKK)

3100

Ayer, seis de enero, lo pasé trabajando, por supuesto. Lo único que he hecho a lo largo de mi vida es, precisamente, trabajar. Trabajar por mi familia, claro está, no por un gobierno ni por institución alguna. Pues bien, ayer viernes trabajé de manera usual. Es decir, pasé todo el segundo aniversario de la muerte oficial de la Unión (de los Estados Unidos) viendo pacientes en una consulta de una clínica en la ciudad de Kendall. Antes del funesto deceso de la nación ejercí un montón de otros oficios, como repartidor de pizzas para una cadena luego caída en desgracia, técnico de farmacia en Navarro, ayudante de mesero en un antiguo restaurant cubano ya desaparecido, repartidor de periódicos, cuidador de monos en un centro de experimentación en Homestead… y tantas otras cosas. Todo eso aconteció cuando aún la esperanza de una República funcional palpitaba en cada gesto y cada soplo. No se había despeñado aún la historia por el barranco de la “modernidad”. Hoy las cosas son distintas. Ayer se cumplieron, como ya les comentaba, dos años de la muerte oficial de los Estados Unidos, el que alguna vez fuera el imperio más influyente de la existencia de los hombres. Hoy seguimos acomodándonos a tratar de vivir en la mediocridad. Y lo justificamos.

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Dicen que la mafia organizada está discutiendo sus asuntos sobre el poder y sobre el dinero allá en la cloaca pestilente de Washington. Y como siempre, la masa de tomtos crédulos y ensimismados aplauden o lloran, según sea la circunstancia. La camada de lobos se dentellea entre ella, pero siempre seguirá siendo una camada. Expulsará, quizás, a algún animal inconveniente, que no se pliegue, que esté enfermo o que sea debil, pero el resto seguirá, como siempre, ocupándose de los mismos asuntos, es decir, de como obtener más poder, de cuál legado atesorar o de cuánto dinero manichar. Esta camada de mafiosos, hay que decirlo, aún no alcanza las cuotas de maldad y de miseria que algunas otras allende los mares y montañas, pero se dirige con presteza hacia allí, hacia esa especie de Dorado apestoso donde la gloria será eterna. Pero, siempre hay un pero, entonces aparecen los guerreros del teclado para reafirmar cuán pesimista y oscuro eres por decir estas cosas y que hay que luchar y no rendirse y bla bla bla… y luego, en un acto irreprochable de valentía y civismo, se sientan frente al televisor o se ponen a leer las noticias en facebook y vociferan y le dan su apoyo a alguno de los mafiosos, y gritan y lloran como abnegados miembros de la masa de tontos crédulos y ensimismados. Y mientras tal hazaña acontece, yo me dedico a intentar vivir bajo mis propias reglas, lo cual es absolutamente ilusorio pero menos fatuo y pueril. Y en eso estamos.

3098

Echándome una entrevista en alguna escuela de cine de Toronto al ya difunto George A. Romero a propósito de su mítica Night of the Living Dead (1968), el realizador aclaraba que toda la connotación de reivindicación racial que se le había dado al filme, a punto de partida de una crítica inicial muy favorable de Cahiers du Cinéma, era simplemente errada. El guión que él mismo escribió a cuatro manos junto a James Russo trataba sobre personajes caucásicos. El hecho de que el papel principal fuera luego a manos de Duane Jones se debió simplemente a que el nativo de New York fue el mejor actor disponible a mano. Es decir, la historia no fue escrita para un personaje negro. Y Romero remató afirmando que en realidad el filme trataba sobre la ruptura de la familia tradicional que ya desde aquellos tiempos asomaba su rostro en la vida diaria de la Unión.

Boom!

3097

Anoche puse por Amazon Prime una peliculilla extremadamente divertida y de la cual se han rodado algunas versiones más modernas, “House on Haunted Hill” (1959), que a pesar de haber sido promocionada durante toda su larga vida (tiene la misma edad del castrismo “triunfante”, por lo que se me antoja como una pieza “matusalénica”, inacabable, milenaria) como una obra emblemática de horror, lo cierto es que al igual que el hijo de Dios, se encuentra a la diestra del padre creador, es decir, Hitchcock. Las malas lenguas, incluso, afirman que la obra del siempre esforzado William Castle sirvió como referente inspiracional para la génesis y paritorio de “Psicosis”, aquella “obrilla” maestra que partiría al siglo XX en dos.

“House on Haunted Hill” está repleta de triquiñuelas sorpresivas, de intenciones torcidas y malignas y de seres grisáceos y cobardes que, bajo la égida de una probablemente falsa historia de fantasmas, se vigilan y se matan entre sí, como para dejar sentada la misma máxima de Robert Kirkman de que nada es peor (o mejor) que el propio ser humano. Todo muy hitchkoniano, por supuesto. Pero la duda sembrada por Castle acerca de la verdadera naturaleza del mal en los contornos de la mansión “embrujada”, ese hálito cuasi imperceptible de materialismo existencial, es el que convierte a “Haunted…” en una notable pieza de cinematografía artesanal.

3096

Vi en Criterion el filme «Lola» (1960), primer largometraje de Jacques Demy. La cinta original fue destruida en un incendio, por lo que tuvo que ser restaurada en el año 2000 a punto de partida de negativos que escena a escena, fueron trabajados por un equipo de producción supervisado por Agnes Varda con el apoyo del director de fotografía Raoul Coutard. El proceso se concluyó en el 2012 con una restauración digital completa de la imagen y el sonido.

La cinta, repleta de inocencia y humanidad, es un fiel reflejo de la época de la post guerra, donde las relaciones humanas rebozaban de una sinceridad que no ha resistido el paso del tiempo ni el advenimiento de la corrección política: Una niña de 14 años fumando en la mesa de la cena, una cabaretera enamorada del desaparecido padre de su pequeño hijo (la ingenua y vulnerable Anouk Aimeé), un joven entrampado por la rutina localista de su entorno que es rechazado por el “amor de su vida”, un perdedor que regresa a casa tras triunfar en la vida para recuperar el amor de su familia…

Lemy atisba con ojo de voyeur un fresco de la vida común de hace más de medio siglo. Lola es el compendio de pequeñas historias humanas que se suscitan en torno a un mundo inmenso y sin fronteras, como aquel que atisbaban la pastora y el deshollinador desde los tejados de la ciudad inmensa.

En «La Baie» (1963), por cierto, Lemy hace la misma cosa. Pero en vez de Anouk, la gélida y, sin embargo, apasionada Jeanne Moreau. Para el realizador galo, el amor por el juego es el amor por la vida y no por las consecuencias de la derrota o del triunfo. Aún en circunstancias tan extremas, el amor para Demy termina por imponerse. Una visión menos brutal y pragmática que en el clásico «Les parapluies de Cherbourg» (1964), que terminaría siendo el batacazo conceptual de Lemy (lo cual en buena medida se debe también a la música de Michel Legrand). Los Paraguas… es una pieza absolutamente melódica, con diálogos cantados a la usanza del más puro y vetusto y ortodoxo teatro musical, donde la inocencia y la dulzura de Deneuve, esa especie de Sissy Spacek parisina e imberbe, nos regala nostalgia y muchísimo dolor. El Roland Cassard de «Lola» se repite aquí, por cierto, creando un universo particular y cíclico donde la heterotopía de Lemy es un poco la de todos nosotros.

El mejor Lemy fue probablemente el inicial, el de estos tres ejercicios de exquisito escrutinio del alma, el de estos tres ejemplos de abogacía sobre el desencuentro y el amor (o desamor). La pasión de Lemy por el cine clásico norteamericano, tal y como acontecía con contemporáneos como Melville y Godard, es más que notoria. No hay que olvidar que toda la génesis de la nueva ola francesa, con la cual Lemy tiene muchas coincidencias temporales y estéticas, fue jaloneada por el sentimiento de admiración hacia el cine hollywoodense.