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Mi madre, ya en el ocaso de una larga y productiva vida, sigue adorando a la cocina como ese lugar que salva y que redime. Es una especie de refugio al cual asirse, en tiempos malos y buenos, miserables y mejores. Hay una especie de gozo en alimentar a los demás, en ver alimentarse al resto. Para Juzo Itami, el infausto realizador de Kyoto, como para mi madre, es una realidad sin cortapisas, un hecho consumado.

Su Tampopo (1985) es mágica y voyeurista, y posee ese aire malvadamente fantasioso que tanto nos recuerda a los futuros Gillian y Jeunet, aunque Ebert la compara con Jacques Tati. Lo cierto es que esta pieza es alegre, inolvidable, sensual. Es un tratado apoteósico sobre el Ramen, o sobre el Japón, o sobre el cine, o sobre las artes y las gentes. No es una indagación sobre el choteo, sino sobre el Ramen, pero con el descaro de Juzo Itami y no el gesto adusto de Mañach.

Acá tenemos al Ken Watanabe de Black Rain y a la Nobuko Miyamoto del propio Itami celebrando el esfuerzo y el trabajo de la gente común y emprendedora en una oda al capitalismo más básico y primario donde se premia el sacrificio propio y no a las regalías de cualquier gobierno. Y es cierto, no es una película redonda. Juzo Itami pierde el ritmo de la narración más de una vez y devanea entre escenas que poco o nada aportan al tronco de la historia. Pero aun así su locura es notable y entrañable, como aquel coro de homeless entonando canciones o narrando la experiencia de beberse un tinto de Burdeos. Lo que les decía antes, un pre Jeunet asiático.

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No subestimen a los cabezas de trapo. La fe los imbuye y les hace realizar cosas notables. La ambición mística los lleva al auto sacrificio más brutal. Hace unos dias, por ejemplo, en la UFC, Islam Makhachev, un fanático religioso que pelea en las 154 libras, derrotó al inmenso Charles Oliveira así, como quien chasquea los dedos. A estos tipos no se les puede sacar de la ecuación en esta nueva era de la historia que vivimos.

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El Redemption es uno de los mejores bourbons de centeno que pueden encontrarse por ahí. Bastante dulce en nariz, con notas de caramelo, cacao, miel, castañas y sorbeto de vainilla. Perfecta integración del alcohol (son 46 grados). Menos dulce en boca, pero el caramelo picante, los frutos secos y el maíz americano se equilibran muy bien con el bouquet levemente agrio del rye. De larga persistencia y consistencia mantequillosa, este whiskey posee muchísimo carácter y es extremadamente sabroso y contundente. Si se lo tropiezan, échenle mano!

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El brillante teorico del post liberalismo Sohrab Ahmari lo dice fuerte y claro. Escuchen:

«Los estadounidenses vivimos bajo un régimen. En un sentido técnico, todos los pueblos viven bajo regímenes, cada nación tiene un orden político organizado. Pero uso el término “régimen” en el sentido amenazador que los liberales estadounidenses suelen aplicar a lugares como, bueno, la Rusia de Putin. Solo que nuestro régimen es mucho más sofisticado que la burda autocracia de Putin. Ejerce su tiranía a través de actores privados: trabajadores de Silicon Valley, reporteros del Times. El régimen se ha absuelto».

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El cine francés de acción era muy popular en Cuba durante los años de mi infancia. Las películas de Jean Paul Belmondo, Alain Delon y Lino Ventura como aporreadores de los delincuentes o la ley, según fuera el caso, deambulaban en los cines como fantasmas estoicos que nos animaban a ser más valientes y decididos y felices. Los filmes, desfazados en tiempo gracias a ese espíritu ladrón del castrismo que prefería hurtar antes que pagar, se repetían en tandas corridas ya fuera en el Venus o en el cine Canal, alimentando nuestros sueños de vida. À Bout De Soufflé (1960) y Le Samourai (1967) fueron referentes del muy prolífico cine de acción francés de los venideros setenta, y los personajes de Costello y Poiccard, desde entonces, alter egos cuasi inseparables de Delon y Belmondo. Uno de cejo adusto y parquedad soberbia. Otro estentóreo y payaso. Ambos salvajes.

En Francia se salvó el noir así como en Italia el western. Godard lanzó su canto de amor y odio al cine gansteril norteamericano con esta A Bout De Soufflé donde Poicccard contempla en los inicios los carteles de un cine. Más dura será la caída con el rostro de Bogart en primer plano sobresale. Belmondo musita un cariñoso: «Boggie». Y Goddard se recrea con un primer plano del actor. Y luego pasa hacia Belmondo, que lo mira extasiado y trata de imitar sus gestos. Goddard refleja con un simple corto de menos de un par de minutos, todo el significado de la nueva ola francesa: darle a la fantasía del arte un baño de realidad común. En A Bout De Soufflé Belmondo es el Bogart callejero y vulgar y Jean Seberg la Bacal sin el glamour de Huston.

Es curioso como Godard pone a actuar al propio Melville. Lo incita a hacer el papel del escritor Parvulesco, un discípulo de Evola, y quien a una pregunta de algún periodista, responde «Rilke era un gran poeta, así que probablemente tiene la razón». La «entrevista” a Parvulesco» recreada por Godard traería consigo esa especie de rescate del «escritor» como un elemento de la vida diaria y que se replicaría en obras influenciadas por la nueva ola como el Memorias del Subdesarrollo de Alea y su «reunión de intelectuales». Y otra cosa a destacar, A Bout De Soufflé es también una obra revolucionaria no sólo por el tratamiento de los personajes y la semblanza de Goddard acerca del ser humano, sino también por la manera en que el realizador francés trabaja la edición y corta centésimas de segundos de las escenas, dándole a la obra un carácter pop que era inédito hasta ese entonces.

En Le Samourai (1967), en cambio, un asesino a sueldo necesita sobrevivir a toda costa tras la ejecución de un crimen. Jean-Pierre Melville narra meticulosamente una de las películas más influyentes de la historia. Martin Scorsese, Quentin Tarantino, Francis Ford Coppola, Jim Jarmusch , Luc Besson , los hermanos Coen y muchos otros han hecho filmes fuertemente inspirados en esta obra suprema .La cinta, de más está decirlo, es hosca y rala como el Jeff Costello, de rictus cruel y despiadado, de Delon. Melville, el más hollywodense de los realizadores de la nueva ola, soberbio, eficaz, pragmático y modesto, un narrador nato, un Faulkner del celuloide, era también un guionista soberbio. Por lo tanto, todo el mérito de Le Samourai también recae en su escritura, amén de aquellas otras cosas, como la música memorable de François de Roubaix y la cinematografía de Henri Decaë.

A mí me gusta situar a Melville como un realizador de la nueva ola francesa y no como un precursor, como algunos críticos insisten. La nouvelle vague, crecida al amparo del proteccionismo gubernamental impulsado por el entonces ministro de cultura André Malraux, permitió que el empuje de nuevos realizadores, casi todos previamente escritores y guionistas, dieran rienda suelta a sus apetencias de libertades creativas, rindiendo sentido homenaje al Hollywood de Hawks, Ford, Huston y Fuller, entre tantos otros. Y Melville formó parte de esto desde un inicio, pero desde la perspectiva de un realizador más y no de un padrecito protector. Su pérdida temprana ha engrandecido su obra, de la cual Le Samourai es la más inolvidable y soberbia.

Godard y Melville dibujaron un poco también toda nuestra infancia, a destiempo, pero con la fuerza del anhelo que nosotros, chiquillos de una nación pobre y colectivista, poseíamos de ser parte de ese mundo que nos estaba vedado. Gracias al amago de la magia del cine, recorrimos las calles de Paris atrapando a los malos o esquilmando a los buenos… gracias a A Bout De Soufflé y Le Samourai…

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Anoche un grupo de amigos nos juntamos en la casa del ser, también conocida como la residencia del Doctor Angel Callejas de Velazquez para beber whisky y cervezas, para comer chuletas ahumadas y garbanzos fritos y tostones y para conversar sobre un montón de temas; es decir, nos reunimos para joder un rato. Entre los temas que se trajeron a colación estuvo el de la guerra de Rusia con Ucrania; también hablamos sobre ciertos “intelectuales orgánicos” del castrismo que hoy forman parte del “antineocastrismo” oportunista; sobre poesía del siglo XX y hasta se suscitó un debate sobre cuál ha sido la mejor novela escrita en Cuba (no faltaron los jodedores que citaron ciertos bodrios actuales para azuzar a los otros). Pero como siempre, la mayor profundidad intelectual se concentró en la cata y en el tema consabido del whisky, por supuesto, pues no hay obra mayor que un caldo escocés destilado en barriles especiales, a la sombra del invierno norteño, durante un retongonal de años.

El Doctor Callejas nos recibió con una serie de elixires de primera: el consabido y clásico y popular Johnnie Walker black label; su hermano mayor y trago de acaudalados banqueros, el Johnnie Walker blue label; y un single malt Genlivet 18 years de las tierras altas. El escritor Armando de Armas se apareció con su ya clásico The Sexton, esa maravilla irlandesa que no sólo es single malt sino que se destla tres veces, como todo buen “whiskey” de aquellos lares. Y yo cargué con un Islay Gold Orla procedente de las islas donde los tipos recios se lanzan a las aguas a ganarse el sustento diario, mientras la turba cocina sus ingentes caldos. Los escritores Leopoldo Luis García, Tino Diaz y Eduardo Rene Casanova Ealo aportaron desde su paladar opiniones y razonamientos irrebatibles, pues cada “testor” que apele a sus gustos individuales es sabio y respetable.

Yo primero descorché y probé el Glenlivet de 18 años, que posee una botella clásica de pico alto con etiqueta transparente y una faja negra que apunta al Batch Reserve. Su sello nos muestra el 1824 como fecha de fundación y en el cristal está grabado a relieve el “George & J. G. Smith ltd” tan tradicional que todos conocemos. De color ámbar intermedio, el elixir está añejado en barricas dobles, primero cedro americano y luego cedro europeo que aportan olor y sabor al destilado. Y cómo huele éste Genglivet soberbio? Pues a yerbas frescas y manzanas verdes con algo de vainilla. Y al paladar se repiten las manzanas y la orquídea, además de las flores y madera. Su persistencia es media. El Johnnie Walker Blue Label, por su parte, creado con una mezcla de rarísimos y caros elixires escoceses, nos llega contenido en la clásica botella de la marca donde sobresalen sus dos escudos, en el tronco y en el pie, una etiqueta azul cruzada y la faja crema con la firma del maestro destilador y el número de la botella. También de color ámbar mediano, esta maravilla huele a pera, flores y algo de malta. El líquido es aterciopelado, como butterscotch, mantequilloso, y sabe a gloria, con el recuerdo de flores y un bouquet de pimienta y levísima menta que antecede, trago tras trago, a toda la vainilla que se va liberando exponencialmente.

El The Sexton, por su parte, nunca defrauda. Este elixir es, sin duda alguna, uno de los mejores que existen allá afuera en cuanto a relación de precio y calidad. Su botella es monárquica; hexagonal, negra como la noche, con relieve de moneda en sus hombros y su base, posee una única e impresionante etiqueta oscura donde se destacan la silueta de la calavera con sombrero de frac, que es el signo patognomónico del caldo, y el contraste del dorado de las letras. Su corcho es de primera, dorado también. Y a la naríz nos llega la miel, el jerez, el caramelo y la melaza. El sabor nos trae frutos dulces y tofu o quizás chocolate, madera y también jengibre. Su persistencia es larga y su gozo infinito. Se nota la maduración en barricas de jerez durante 4 años. Y por último el Orla, destilado en las islas salvajes, de botella clásica y etiqueta simple y ancha. Este Island, un peated recio y sin embargo noble, huele naturalmente a mar y a algas, y la integración del alcohol es cuasi perfecta a la nariz. Su sabor no es para todos, a mí fue el menos que me gustó. Es extremadamente aceitoso en lengua y mucosas, grueso y mantequilloso. El humo es notable, y hay sal y quizás hasta frutos verdes. El final es largo pero sin pimienta, lo que lo convierte en un trago de difícil carácter.

Y hasta aquí mis modestas opiniones alcohólicas. Del resto hablaremos luego.

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Cata de domingo:

Hoy degusté un Strathcolm Single Grain Scotch Whisky 12 years de la destilaría Angus Dundee, procesado en tradicionales columnas de alambique en la región de Speyside Glenlivet. Es un licor equilibrado y sabroso, sin sabores arriesgados ni complejidades estentóreas. El color es de un ámbar intermedio y a la nariz lo primero que percibí fueron notas moderadas de nueces y frutos secos con un fondo levemente floral que fue intensificándose a medida que corría el tiempo. Luego aparecerían quizás notas de almizcle combinadas con cierta imposición de alcohol que, lejos de molestar, termina agradeciéndose. Todo el aroma es ligero y limpio.

Al sorber el contenido noté un fondo de madera y una textura persistente, muy sabrosa, que invadió el paladar y todas las áreas aledañas. El sabor es a madera fresca, que no ahumada, como si caminara en mi niñez entre los árboles del bosquecito frente a la Enrique Hart y la carretera central, un sábado en la mañana. Las tonalidades florales comienzan a adueñarse de cada sorbo; y hay reminiscencias de mar y viento, además de un toque de caramelo que es en realidad vainilla y ése spicy de pimienta negra en cada bouquet postrero sin la intensidad de los bourbones coloniales campesinos, eso sí.

Este Strathcolm, como les comentaba antes, es un elixir elegante, casi ligero, refinado, con notas exquisitas de yerbas simples y hasta café, algo de piña, arándanos y, nuevamente, flores. Ideal para beberse sólo y con frecuencia. Su precio es comedido pero su disponibilidad, escasa. Suele volar de licorerías y almacenes a la velocidad del rayo. Y es que la gente es tonta tan sólo para algunas cosas.

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El Oscar. Y qué diablos significa, desde hace varios años para acá ganar el Oscar? Absolutamente nada mínimamente elogiable. El Oscar, en todo caso, es el triunfo subjetivo del “buenismo” y la inclusividad que ya no es futuro, sino presente. Me divierten aquellos recios paladines de la “libertad “ y el “capitalismo“ que hoy lloriquean por un Oscar para Ana de Armas (y no me refiero a amigos que han escrito sobre el tema sin tomárselo a pecho) como si tal cosa poseyera u otorgara algún aval de fiabilidad profesional. El Oscar es desde hace ya tiempo, desde la apoteosis de la ilusión de la igualdad a ultranza, un simple premio político e, incluso, ideológico. Y casi les aseguro algo: la de Armas de la red avispa estará nominada por esta Blonde casi sin dudas, pues según los cánones del Hollywood podrido y liberal, la señorita de marras es latina y probablemente afro, es decir, una mujer no blanca, título que ya le endilgaron a Anya Taylor-Joy hace no mucho (esta última sí una excelente actriz, por cierto, a diferencia de la nacida en La Habana). Señores, el chovinismo fatuo apesta tanto como los otros pecados capitales del criollo.

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Quiero recomendarles este Woodford Reserve Kentucky Straight Bourbon Whiskey con muchísimo entusiasmo. Antes que nada déjenme advertirles que es una bebida intensa y de muchísimo carácter que refleja a plenitud sus 45.2 grados alcohólicos. Es decir, no es para débiles de espíritu. Como todo buen bourbon, al beberlo imaginamos la bandera confederada flotando sobre las tierras agrestes del sur, al ritmo de un blues implacable del poseído Robert Johnson o de una tonada country repicada en banjo. La botella es precisa y aerodinámicamente de una belleza estética notable. Contiene un elixir que al servirse en un vaso de sólidas paredes de cristal se nos revela como un ámbar cuasi profundo, como azúcar tostada, como oro italiano de joyerías finas.

El Woodford se añeja en barricas previamente carbonizadas de roble, ése proceso rápido para caramelizar los azúcares de la madera, lo que le otorga ciertas notas ahumadas que son perceptibles en la boca. Pero cuando olfateé el licor, percibí la melaza y los cañaverales de las afueras de Colón, la azúcar prieta y virgen de los silos del central Tingüaro. El alcohol apenas si se huele, su integración a una primera narizada es cuasi perfecta, aunque ya luego se note un poco más.

Y luego el primer sorbo, con sabor inmediato y tenue a manzana verde para ya más tarde aparecer predominancias de chocolate negro y algo de cítrico al final. Todo el bouquet postrero está teñido de pimienta, de un spicy tan típico del bourbon que sobrecoge y persiste. Un segundo sorbo revela taninos de caramelo y vainilla y entonces, en los recónditos finales del camino polvoriento y seco, es que aparece la madera, el roble calcinado. Y es que este Woodford no es dulce ni acaramelado. Su legado posee consistencia de mantequilla y un levísimo amargor en lengua. Si te animas a probarlo no lo mezcles con hielo ni le añadas agua. Al pelo es como se disfruta, aunque en vez del jarrito de aluminio del guajiro rural, un sofisticado vaso tulipán. Disfruten!

3042

Hoy Ani hizo bolas de fufú de plátano y queso mozarella rellanas de picadillo de res. Y yo probé, para acompañarlas, un merlot de Washington State de carácter complejo, con varias capas de sabores y remembranzas de moras, cerezas, ciruelas y frambuesas (en ese orden) al paladar. Equilibrado en el grosor y con cierta tendencia gruesa en el bouquet no es ni muy ligero ni muy tánico. Seco, como casi todo rojo del nuevo mundo, este vinito es noble y fácil de tomar…

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Varios cientos de personas que estuvieron presentes en el capitolio aquel 6 de enero del 2021 están siendo sometidos a procesos legales sin ser culpables de nada. Todos reclaman que no han recibido apoyo alguno ni de la administración saliente ni de los representantes locales del partido republicano. Han sido abandonados a su suerte. Y aún así andan por ahí los traedores de la buena nueva: “el voto nos salvará y salvará a la nación”. Y yo me pregunto: el voto por quién o quiénes? Por aquellos que no han movido un dedo en aras de mantener su status y su modo de vida? Por esos que apuñalaron por la espalda en cuento tuvieron ocasión al presidente saliente caído en desgracia? Por estos que apoyan las mismas políticas de sus rivales en el congreso y el senado? No jodan. Votar es validar este sistema podrido e ilusorio. Conmigo no cuenten en lo absoluto.

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Un tipo llamado Giulio Boccaletti, cofundador de una organización ambientalista llamada Chloris Geospatial, es citado por el sitio oficial del World Economic Forum en uno de sus videos propagandísticos acerca de cómo salvar el mundo, diciendo que en el 2010 ocurrió un monsón desvastador en Pakistán que dejaría a millones en la más profunda pobreza y que ese desastre natural volvería a repetirse en este 2022.

Boccaletti se pregunta el por qué en doce años no pudo hacerse algo que previniera tal cosa. Y la respuesta, en mi opinión, es muy simple. Giulio, consorte, no pudo hacerse nada simplemente porque nada ni nadie puede controlar a la naturaleza. Hay que ser o muy inocente o muy tonto o muy imbécil para creer que se puede andar por ahí evitando terremotos y ciclones. Cállate la boca de una vez y deja de intentar tupir a la gente más simple y llana e impresionable, que es la mayoría. El curso de la historia (y de la vida) es implacable.