1293

Mucha de la filmografía norteamericana de la post guerra ha envejecido mal. “In A Lonely Place” (1950), aunque nos resistamos, es un ejemplo palpable, lo cual nos lleva a cuestionarnos, desde el sentido común, qué lugar ocupa la libertad de creación en las sociedades libres. ¿Acaso el arte emancipado es naif? Me hago la pregunta tras la inevitable comparación entre el cine hollywoodense de la post guerra y el soviético, por ejemplo. La ingenuidad de las obras producidas en California, para ese entonces, contrasta enormemente con el realismo voluntarista de los rusos. De allí la diferencia inmensa entre una Scarlet Street o una The Stranger o esta propia In A Lonely Place, con la soberbia Balada de un Soldado, pienso.

En todo caso, para inicios de los cincuenta, Nicholas Ray comenzaba su carrera como artesano para la Columbia Pictures. “In A Lovely Place” fue su primera gran obra, a pesar del fracaso comercial en que se constituyó. Allí va directo al hueso, como avezado carnicero. No pierde tiempo en imágenes superfluas ni en oraciones baldías. Su estilo, heredado de los maestros del cine noir, es notable desde la primera imagen. Hay que dar crédito, claro está, a Andrew Solt y Edmund North, quienes adaptaron brillantemente una historia original de Dorothy B. Hughes. Humphrey Bogart, la estrella de la Columbia para aquel entonces, dibuja con soberbia a un Dix Steel violento e inseguro sobre el cual gira la historia y su leitmotiv principal: el miedo y la sospecha. Ray, realizador irregular que, sin embargo, siempre fue un excelente director de actores (pregúntenle a James Dean cuando se lo tropiecen en el paraíso o el infierno) se da banquete con el gran Bogart al frente de la cartelera.

Sin embargo, la pieza de Ray, a pesar de sus áridos diálogos y su realismo narrativo, termina convirtiéndose en un drama pasional que a la luz de estos tiempos peca de una inocencia extrema, como ya les esbozaba anteriormente. La arremetida de los outsiders de Lee Strasberg se encontraba a la vuelta de la esquina para sacudir el universo conocido, y el propio Ray colaboraría en la muerte del sistema de estudios que terminaría dando paso, a la larga, a una nueva forma de hacer cine. “In A Lonely Place”… a duras penas sobrevive.

Diario sobre mi padre 6

Recuerdo la última vez que fui a recoger a la escuela a mis hijos, Nicole y Rafe, en compañía de mi padre. Debe haber sido un martes 9 o un jueves 11 de febrero. No puedo precisarlo. Ya el viejo había estado hospitalizado en el Baptist Hospital de Homestead y había sido dado de alta el 9 de enero. Fue antes del segundo ingreso en el Kendall Regional Hospital el 17 de febrero. Lo recuerdo. Intentábamos retomar esa especie de tradición que repetíamos en sus viajes anteriores una y otra vez. Papi estaba sentado en el sofá de la sala viendo algo en la televisión y le dije: “Vamos, viejuco”. Como siempre, aceptó de buena gana. Se había recuperado mejor de lo esperado de su primer ingreso. A esas alturas comenzaba a comer mejor y a sentirme un poco más fuerte. Bajaba y subía las escaleras desde hacía días y hasta podía caminar sin asistencia, aunque usaba el roller Walker por razones de seguridad. Sin embargo, aquel viaje a la escuela de los niños fue un aviso del comienzo del fin. Lo noté en su mirada tristísima y confusa, en su semblante gris que avizoraba lo que se venía. Es como si mi padre, en ese viaje de cincuenta minutos de ida y vuelta se hubiera percatado que su herida era de muerte y que jamás podría volver a recoger a sus nietos a la salida de la escuela, y que no volvería a atisbar las barriadas vecinas ni el camino donde mataron al zorro rojo ni a la nichelandia periférica. Creo haberle comentado a mi esposa aquella terrible y oscura impresión que tuve. Aún sigo viendo, a menudo y entre todos los otros recuerdos angustiosos, aquella perplejidad en el rostro de mi padre. Y es muy duro.

1292

Dos amplísimos estudios presentados el 17 de abril de este año, durante el meeting anual de la American Academy of Neurology, muestran concluyentemente que “las complicaciones trombóticas no son comunes en pacientes con Covid, y de estar presentes, no incrementan el riesgo de muerte”.

Esta conclusión echa por tierra aquel discurso alarmante y terrorífico de que el Covid es una causal de cuadros variados de tromboembolismos, accidentes hemorrágicos y coagulaciones intravasculares diseminadas. Yo en varias ocasiones he cuestionado, desde la fisiología, estas afirmaciones sin basamento alguno. Y ahora el resultado de ambos estudios demuestran que NUNCA estuve equivocado.

La primera de estas investigaciones (2.699 pacientes) llevada a cabo en 52 diferentes naciones, muestra un stroke rate de 2.2 % entre pacientes positivos hospitalizados. La segunda investigación (119.967 pacientes) revela un rate de 1.4%, cifra aún menor, hecho relevante teniendo en cuenta que este estudio fue realizado entre casos de hospitalización en 70 países.

Ninguno de los dos estudios mostró asociación entre accidentes isquémicos y mortalidad.

Otras investigaciones anteriores, con universos de pacientes más reducidos, llegaron a la misma conclusión: el stroke rate es bajísimo y poco significativo en índices de mortalidad entre pacientes hospitalizados por Covid. En Korea el valor reportado de stroke rate fue de un 1.2 % y en los Estados Unidos (American Heart Association) un 0.7%.

Los accidentes vasculares hemorrágicos predominan sobre los isquémicos, y una probable causa etiológica se debe a errores de tratamiento, pues en los protocolos hospitalarios de casi cualquier nación el uso indiscriminado de anticoagulantes con LMWH/heparinoids es una regla ineludible entre pacientes hospitalizados por Covid.

Ojalá la ciencia pueda librarse de discursos ideológicos e intereses monetarios y pueda terminar echando abajo la farsa que ella misma ha ayudado a implementar.

1291

El castrismo tiembla tras el folclórico y combativo Baile de los Cisnes ejecutado en plena calle, con el acompañamiento musical del muy pronto redimido silvio rodríguez (así, en minúsculas, claro). Eso, por un lado.

Y por otro, hay una seriecilla en Netflix sobre una “familia cubana” dueña de un Bakery en plena calle ocho, donde ninguno de los actores (absolutamente ninguno) es… cubano! Puertorriqueños, colombianos… y hasta peruanos! Pero ningún cubiche en una ciudad plagada de compatriotas. Eso les dice algo?

Y hasta aquí las noticias faranduleras de hoy domingo. Nos vemos en la próxima, muchachos.

1289

El mundo está más cerca de A.I. Artificial Intelligence (2001) que de los zombies de Romero. O lo que es lo mismo, la visión totalitaria de Orwell, Huxley y Dick se ha impuesto sobre el apocalipsis de Darabon y compañía. Spielberg heredó a fines del siglo pasado un proyecto largamente acariciado y organizado por Stanley Kubrick. No sabemos lo que nos habría legado el genio de 2001 de haberse concretado su visión sobre la historia de Brian Aldiss, pero Spielberg, quien quizás no posee la profundidad filosófica de Kubrick, termina regalándonos aquí una historia emotiva, trascendental e insondable que puede equipararse, por momentos, al mismísimo misterio de la vida y de la muerte.

A.I. hereda el desafío argumental (y filosófico) de Blade Runner, al confrontar la existencia y la muerte a niveles que traspasan las leyes complejas de la física y de la vida que tradicionalmente conocemos como “verdad”. Para ello se recurre, como hiciera Philip K Dick en su narración primaria, al arquetipo del androide como recreación de la singularidad humana. Se recrea la leyenda de Pinocho, el niño madera convertido en humano. La escena del encuentro de David con el profesor Hobby, especie de apoteosis argumental de la obra, recuerda en gran medida, al acercamiento previo de Roy Batty con su padre, el Dr. Tyrell, lo que me parece que viene a ser una especie de recreación de aquel versículo bíblico, el Mateo 10:21, donde se nos dice que “Y el hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y los hijos se levantarán contra los padres, y les causarán la muerte”.

La historia de Aldiss, al final, es una búsqueda de la trascendencia, del sentido de la vida y una salutación al Carpe Diem de Horacio. Técnicamente no es la mejor pieza de Spielberg, eso está claro. Hay inconsistencias en el ritmo, fruto de una edición algo descuidada por momentos. Pero la humanidad de la historia y su hermosísimo final (sí, la tristeza es parte también de la belleza) compensan cualquier debilidad posible.

Aquella etapa de positivismo exagerado por la que navegó Spielberg en sus inicios, con obras excelentes pero extremadamente naives (ET, Close Encounters of the Third Kind) daría paso hacia comienzos de este nuevo milenio a una nueva visión terrible y pesimista sobre el futuro. A. I. es parte vital de esa triada desesperanzadora que completan Minority Report y War of the Worlds, obras quizás menores pero que cargan consigo la fuerza arrolladora del sentido común.

1287

THE SHOOTIST (1976) fue la última película filmada por John Wayne. Don Siegel y Dino De Laurentis, la imaginaron para brindarle un homenaje en vida al gran Duke quien, como en esos misterios insolubles de la existencia , aparecería por última vez en la gran pantalla antes de que el cáncer de estómago le disparara a traición y lo abatiera en el polvoriento camino de la existencia.

“Soy un hombre moribundo, asustado de la oscuridad” confiesa el avejentado y recio J. B. Books en el final de sus días. En un guiño del destino, Wayne interpreta a un viejo pistolero aquejado de un cáncer terminal, hado que le esperaría tan solo tres años después en la vida real.

El personaje cansado y enfermo de Wayne representa el final de una era. Curiosamente la muerte del western clásico norteamericano había acontecido en la década anterior y ya en plenos setenta sólo el revisionismo, del cual The Shootist es un ejemplo paradigmático, tenía espacios en el género. Es decir, Wayne despedía una era desde las entrañas de un nuevo paritorio letal.

The Shootist es una pieza vital, un canto de cisne, una despedida necesaria y cruel… un testimonio irrebatible de que la ausencia de John Wayne dejaría un vacío irremplazable. No te la pierdas.

1286

La tristeza (que emerge de los rumores de la memoria perdida de Nicholson) siempre vuelve cuando revisamos su obra. Con “The Two Jakes” (1990) el fenómeno se da por partida doble. Por ser actor y director.

Por cierto, se requiere de mucha valentía para imaginar una secuela del Chinatown de Polanski, pero Towne volvió a la carga con un sólido guión y Nicholson se dedicó a dirigir con austeridad, apartándose de artificios y petulancias. La principal falencia de la historia es su falta de balance entre humor y drama, cuestión relevante que el inexperto Nicholson es incapaz de resolver.

En todo caso, un Harvey Keitel formidable, como casi siempre, y una Madeleine Stowe encantadora antes de su apoteosis en el siempre inmisericorde Hollywood, evitan que la pieza sea olvidada. A ello hay que agregar al bueno de Jake Gittes… o al malvado de Jack…

1285

Fuera de las complicaciones respiratorias usuales causadas por cualquier virus en pacientes de riesgo, la singularidad clínica del Covid que ha causado un terror exacerbado (apuntalado por la media y los profesionales cobardes) ha sido esa respuesta inmunológica soberbia que termina estableciendo un fallo multi orgánico casi siempre en pacientes jóvenes y sanos.

Si fuéramos a precisar un porcentaje específico de estos casos en el universo general de pacientes positivos, las cifras serían prácticamente insignificantes. La propia etiología apunta más a una condición genética previa que a la propia virulencia del Covid-19.

Ah, pero ese discurso no le cuadra a los propagadores del terror, por supuesto! En las teorías apologéticas del apocalipsis, la satanización del virus es fundamental para tupir a neófitos e incautos.

Por cierto, ese minúsculo porcentaje de tormentas citoquínicas, tan bien promocionado por los ejecutores del futuro luminoso, parece tener solución con el desarrollo de inhibidores de la Topoisomerasa 1, que ya investigan numerosos centros norteamericanos como el Icahn School of Medicine at Mount Sinai en New York y el College of Medicine de la Universidad de Cincinnati.

No sé si a tan relevante descubrimiento se le permitirá arribar a buen puerto. La lucha por el “bien común” es implacable y no admite “inconsistencias”…

1284

THE PROPOSITION (2005) es un western australiano filmado por el talentoso John Hillcoat, y que en términos geográficos más precisos vendría a ser en realidad un Southern. Hillcoat, por cierto, al igual que muchos otros talentosos realizadores como David Fincher y Spike Jonze, proviene de las filas del video musical.

Su “The Proposition” es una pieza que contribuye a la mitología histórica de la humanización de Australia, tal y como el género cowboy lo hizo con el oeste norteamericano. Su visión de la Queensland profunda, salvaje e inmisericorde es poesía pura. Y es que también hay una especie de mística macabra en la manera de narrar de Hillcoat, una tensión insoslayable y acuciante que intranquiliza el alma y provoca temores.

Las vastas planicies amarillas por donde cabalga Charlie Burns son el remedo de la terracota de las colinas del Midwest; los aborígenes koorie, apaches pieles rojas… La historia desquiciada de Nick Cave se desborda de caracteres complejos, muy humanos, en lo absoluto maniqueos, frutos de aquellos tiempos violentos pero honestos. Y entre una constelación de formidables actores (Guy Pearce, Emily Watson, John Hurt), se destaca un Ray Livingston soberbio que da vida al capitán Stanley, ese hombre atrapado por las circunstancias y un estricto sentido del deber.

El amor y el desamor entre hermanos ha sido desde los tiempos bíblicos una constante de la literatura y de la historia. Para Hillcoat, no es más que el leitmotiv de esta pieza montuosa, inconmensurablemente cruel, aterradoramente triste, que nos susurra al oído que la vida no es fácil y que el dolor se impone. Cualquier narrativa perpicaz y sensible sobre el misterio de la muerte es ya de por sí una obra atendible. The Proposition cuenta con el plus del talento de Hillcoat. No te la pierdas.

1283

Replicar la narrativa de la histeria es un mal que aqueja a tirios y troyanos. El último año ha sido un ejemplo prístino en ese sentido. Y es que el miedo a la peste y a la muerte nos supera. Por eso es curioso, divertido e indignante (si es que tal combinación es posible) ser testigos de tipos “recios y acaballadores” gemir como mozuelas cuando esa misma prensa de la que desconfían en otros temas, o esos mismos políticos a quienes desprecian con furia irredenta, o esas instituciones a las que han acusado (y acusan) de corruptas y miserables, anuncian las cifras de contaminados por el Covid con un placer indescriptible. Mañana, cuando la recopilación de casos se subscriba a los enfermos por catarro común (adenovirus y sucedáneos) el llantico pendejístico será el mismo, se los aseguro.

1282

Los hermanos Coen son, en buena medida, cronistas de la vida americana, de sus nimiedades y grandezas, de sus absurdos y certezas. Hacedores de grandes obras de la cinematografía mundial como Blood Simple, Miller’s Crossing, Barton Fink, Fargo, The Big Lebowsky, No Country for Old Men, True Grit y The Ballad of Buster Scruggs, Joel y Ethan Coen trascenderán en la historia del arte como los arquitectos de un legado que es reflejo de la figura imaginaria (y real) de la América mítica. Poco puede hablarse, como ya he escrito alguna que otra vez, del cine norteamericano en los últimos treinta años sin mencionarlos con devoción y con respeto.

Con “Inside Llewyn Davis” (2013) la historia se repite. Un fracasado cantante y compositor de música folk (fracasado en lo profesional y lo personal), un gato amarillo omnipresente, un sinfín de relaciones rotas, se acomodan dentro de las fronteras de los patrones estéticos típicos de los Coen (música country como background fundamental de cada escena, personajes desolados y típicamente americanos, situaciones que bordean el absurdo desde la cotidianidad más simple) para legarnos una pieza simple, conmovedora, intensa, donde reina la quietud de la desesperanza y de la dureza de la vida.

Lo peor es que, a trancos, “Inside Llewyn Davis” no nos recuerda a los hermanos Coen. Se echa de menos por momentos el humor cáustico y el filo de la locura atosigando el pescuezo de sus antihéroes, aunque el propio personaje principal (encarnado con presteza por Oscar Isaac) pertenezca a la misma raza de desadaptados que pueblan el universo coeniano. A favor, sin embargo, debemos apuntar la profundísima tristeza, hermosa como todos los temores, que emana del metraje desde un inicio; y el fugaz y trascendente personaje interpretado por John Goodman (uno de los varios actores fetiches del dúo creador), insoportable músico de jazz que estudió santería con Chano Pozo en New York, y que se nos revela como un verdadero vacilón, carácter formidable allí donde los haya.

Para los amantes de la pureza del cine, de la América profunda, del estilo inconfundible de los hermanos Coen, esta “Inside Llewyn Davis” es una pieza vital e imprescindible que ayuda a redondear el universo soberbio de sus realizadores. Terminarás perdonando sus errores y flaquezas porque, después de todo, las buenas obras ya no abundan.

Diario sobre mi padre 5

Aún me sobrecojo cuando por cualquier razón entro al cuarto donde falleció mi padre. Se vivió mucho dolor entre esas cuatro paredes y ese techo. Suelo quedar mirando la lámpara, por donde a veces quiero pensar que el alma del viejo se trasladó a esa otra dimensión a la que desconocemos y tememos, cada vez que entro allí. El sábado 27 de febrero, a las 9:10 de la noche, cuando mi padre falleció, yo quise imaginar que nos miraba a los que allí estábamos, flanqueando la cama de Vitas, desde arriba, desde ese punto central donde la lámpara está situada. Quizás lo haga todavía, cuando entramos. Ojalá así fuera…

1281

Un estudio del National Institute of Health del mes de enero pasado, titulado “Mapping a pandemic: SARS-CoV-2 seropisivity in USA”, realizado por Kalish, Klumpp-Thomas, Hunsberger y asociados, con una amplísima muestra de 11 382 pacientes, llega a sólidas conclusiones que, sin embargo, son ignoradas por instituciones y profesionales de la salud de manera absolutamente incomprensible.

¿Qué cuáles son esas conclusiones?

Pues que los pacientes expuestos al Covid-19 desarrollan una robusta respuesta inmunológica donde los anticuerpos anti-S persisten por meses y neutralizan la infección; y que 5 de cada 6 personas positivas nunca llegan a desarrollar síntoma alguno.

Esto desbarata dos mitos de la anti-ciencia echados a rodar por los Faucci (y replicados por los tontos de las redes) de este mundo: que no se desarrollan defensas autoinmunes contra el Covid y que la enfermedad es letal. Al final, no es ni una cosa ni la otra, pues ante este virus el sistema inmunológico funciona igual que frente a cualquier otro… y se corrobora la escasa morbilidad o capacidad de hacer daño del sobrestimado germen.

Curiosamente, el The New England Journal of Medicine publicó un estudio titulado “Susceptibility of Circulating SARS-CoV-2 Variants of Neutralization” que asegura que ante la “cepa sudafricana” no hay esperanza posible, pues las vacunas son incapaces de sobreponerse a la resistencia creada por la “mutación “ viral. Pero lo realmente llamativo de esto es que la investigación fue desarrollada por… el Beijing Institute of Microbiology y por el Center for Disease Control and Prevention de Dezhou…

Algunos de ustedes quizás recuerden cuando yo les advertía, hace ya un año atrás, acerca de cómo el mundo occidental había replicado el terror promulgado por China (los desmayados en las calles, las cuarentenas totalitarias, las mascarillas obligatorias…) con entusiasmo denodado. Y a la China imperial le cuadró muchísimo la mongolería de la “culta” Europa y de la “irredimible” norteamerica. Y así estamos…

1280

The Misfits (1961) es una curiosidad cinematográfica, amén de un sólido ejercicio artístico. Curiosidad, porque fue el último filme rodado por Marilyn Monroe antes de su suicidio, y por Clark Gable antes de aquel infarto mortal. Sólida pieza, porque la historia escrita por Arthur Miller está repleta de personajes rotos que se redimen a sí mismos a medida que la vida prosigue; y porque John Huston, aquel geniecillo nacido al amparo de la Warner Bros, da clases de realización a un nivel jamás imaginado (y alcanzado) por ejemplo, por cualquier director proveniente del islote castrista. Es The Misfits, de hecho, la obra que en mi opinión mejor recoge el paradigma Monroe en toda su extensión, lo cual de por sí basta para recitar la misa.

1279

Me resulta curioso (e inquietante) la manera en que la histeria y el tremendismo del affaire Covid han permeado a las ciencias médicas y biológicas en general. En mis tiempos libres suelo ponerme a revisar temas académicos sobre las diferentes especialidades de la medicina, y lo que he encontrado a lo largo de los últimos meses en relación con la pandemia no puede calificarse de otra forma que aterrador. No deja de llamarme la atención, tampoco, como un sinnúmero de colegas se han sumado alegremente al sentimiento apocalíptico y totalitario que ha emanado desde las instituciones epidemiológicas y “científicas”, contaminando cualquier atisbo de evidencia empírica a niveles jamás imaginados. Es por ello que frecuentemente hablo de un regreso a la “edad media” cuando me refiero a estos temas.

La ofensiva “científica” del terror que ha impulsado a las políticas de confinamientos absurdos y de autoritarismos estatales de las que hemos sido testigos durante el último año posee varias banderas publicitarias. Una de ellas ha sido la de las complicaciones fisiológicas del virus; y entre estas el tema de los episodios de hipercoagulabilidad ha sido punta de lanza. De más está decir que no existe evidencia concluyente, en lo absoluto, que corrobore el hecho de que el Covid-19 provoque coagulación intravascular diseminada. La mayoría de los casos narrados se han basado en observación clínica sin estudios definitorios de carga viral, cultivos sanguíneos o utilización de pruebas super específicas que puedan atestiguar cualquier etiología. Ya yo escribí hace tiempo atrás que los episodios de CID promocionados como hijos putativos del Covid por parte de “investigaciones científicas” adolecen de seriedad, y que la mayoría de estos cuadros podrían ser achacados (con evidencia empírica tradicional) a bacterias oportunistas que suelen afectar a pacientes hospitalizados y no al virus de moda.

Pues bien, revisando un par de estudios de la CPCEM magazine encuentro la repetición de las mismas falsedades dichas antes una y mil veces por los adalides del apocalipsis covidiano. Por ejemplo, Lafree, Lenz, Tomaszewski y Quenzec, de la Universidad de California, narran como un paciente hombre, de 57 años de edad, con antecedentes de hipertensión arterial y diabetes mellitus tipo 2, arriba a Emergencias con un cuadro de trombosis de la Aorta distal con oclusión de las arterias iliacas. Al momento del ingreso al hospital el paciente (sin síntoma respiratorio alguno) da positivo al PCR para Covid-19 (un test absolutamente inespecífico que lo que hace no es más que identificar trazas de una proteína RNA en la superficie de cualquier virus) de manera circunstancial… ¿y a quién se le termina achacando la responsabilidad del cuadro trombótico? Al Covid-19, por supuesto. Los investigadores obviaron el hecho de que la diabetes tipo 2 es una causal primaria y fundamental en el desarrollo de cuadros de hipercoagulabilidad, al causar el aumento de los ácidos grasos libres a nivel circulatorio, lo que termina activando la proteína C kinasa y produciéndose inflamación (por la acción de las citokinas, por ejemplo), vasoconstricción y activación plaquetaria con formación de trombos. En este caso, señores, el virus no fue el causante de ningún cuadro de obstrucción de la arteria Aorta.

Estudios como los de Creager, Lusher, Beckman y Cosentias en el 2003 establecieron que la diabetes mellitus aumenta sustancialmente el riesgo de accidentes vasculares de tipo isquémicos. Y Stalkey y Towler lo corroboraron en el 2016. Por otro lado, la hipertensión arterial es la PRINCIPAL causa conocida de trombosis aórtica debido al cuadro de aterosclerosis que suele producir. ¡El paciente de marras era hipertenso y diabético, nunca desarrolló síntomas relacionados al Covid y, sin embargo, se le achaca al virus la responsabilidad de la trombosis, aún cuando no se estudió la carga viral del individuo! Es la apoteosis del oscurantismo científico en aras de intereses políticos e ideológicos.

Por otro lado, Logan, Leonard y Girzadas, del Advocate Christ Medical Center, narran un cuadro de trombosis venosa cerebral en un paciente de 34 años sin antecedentes de Patología alguna. El individuo llegó al servicio de Emergencias con manifestaciones clínicas del cuadro diagnosticado posteriormente: cefalea frontal, mareos, parestesia en el brazo derecho y ambas piernas y, por último, visión borrosa. Al paciente se le realiza un Rapid Test a la hora del ingreso hospitalario y este da positivo, aunque el señor jamás presentó manifestaciones de una infección viral previa. Hay que refrendar el hecho de que las trombosis venosas cerebrales son rarísimas, infrecuentes y que suelen verse en pacientes jóvenes que pueden o no tener condiciones preexistentes como cuadros infecciosos de Sinusitis, o enfermedades malignas, o traumas y cirugías, etcétera… Entonces la pregunta real es ¿Bajo qué evidencia empírica real se puede afirmar que este episodio se debió al SARS CoV-2? Por supuesto, bajo ninguna. Al paciente de marras no se le realizó estudio de carga viral, los hemocultivos fueron negativos, jamás se estableció la presencia real del Covid en su organismo.

Otro estudio permeado de inexactitudes y hasta ridiculeces corresponde a Gregnan, Barrett y Perera, del Royal Free Hospital de Londres, que describen cuadros de tromboembolismo pulmonar en cuatro pacientes Covid-19 positivos, pero de los cuales dos poseen antecedentes (una mujer de 72 años y un hombre de 78) de … ¡Fibrilación Auricular! Esta condición de base, para los neófitos en el tema, es la causa número uno de episodios de tromboembolismo. ¿Y entonces?

El fraude científico en el tema Covid está a la orden del día. Es una lástima que las ideologías, los intereses económicos y políticos hayan terminado por doblegar, con la casi unanimidad de los implicados, a las ciencias médicas. Vivimos tiempos oscurísimos, inquietantes, terribles, donde sólo el escepticismo podrá salvarnos de convertirnos en manada. ¡Amigos míos, duden absolutamente de todo! La ciencia de hoy en día no es, ni siquiera, ciencia.

1278

Marty (1955) se me antoja como una especie de antecedente de Moonstruck, aquella cinta dramática, colorida, vociferante y escandalosa filmada por Norman Jewinson en los ochenta, y que terminó valiéndole un Oscar a la entonces formidable Cher. La semejanza es estética, conceptual e, incluso, social; es un reflejo cándido y también brutal de los barrios italoamericanos de la costa Este. La Loretta Castorini y el Ronny Cammameri de marras son la continuación cultural y hasta antropológica del Marty Piletti de Borgnine, lo cual nos confirma que la historia y el arte suelen ser cíclicos per se…

La obra de Delber Mann se apega a la lógica irrebatible de que siempre hay un roto para un descocido. Y es por ello que termina colocando a Marty, un noble y tímido carnicero de un barrio italoamericano, en medio de una época ruda y también maravillosa en que las mujeres, como siempre, establecían las reglas del juego y los caballeros se comportaban como tipos de ley la mayoría de las veces (la maldad también es genérica, además de circunstancial).

Marty, en resumen, es una obra sobre los sentimientos, una pieza afable, simpática, tierna y bondadosa; una bofetada al rostro del ‘superficialismo’, una oda a los perdedores que somos todos, en algún punto de nuestras vidas. El filme de Mann es, entonces, un ejercicio necesario de entretenimiento y validez ética que en nada ha envejecido, a pesar de haber sido construida hace casi siete décadas atrás, lo cual no es poco.

Diario sobre mi padre 4

Estaba en un hospital inmenso, en una de sus salas, acompañando a parir a alguien que presuntamente conocía. Nunca vi el nacimiento del niño; sólo estaba al lado de la camilla de alguien que iba a parir y que esperaba a ser trasladada hacia el salón de partos. De allí salí a un inmenso pasillo bajo el sol, sin techo ni paredes, una especie de boulevard inmenso, por donde caminaban miles de personas en dirección contraria. Llegué a una curiosa entrada y allí encontré a mi sobrita Anita en compañía de mi padre, que vestía un hermoso pullover de rayas y lucía lozano y formidable. ¡Era tan real! Y sabía, para mis adentros, que resultaba imposible. Ahora no estoy seguro si fue Anita quien me clarificó que se trataba del espíritu del viejo, Nunca puede hablar con él. Al menos no lo recuerdo. En el sueño mi padre estaba muerto pero quizás feliz. Jamás podría asegurarlo.