3003

A los cinéfilos que estén subscritos a Amazon Prime les recomiendo una película de mitad de los cincuenta dirigida por el maestro Joseph L. Mankiewicz que se llama Guys And Dolls y que tiene en su roster a un Marlon Brando en el pináculo de su carrera, a Frank Sinatra, Jean Simmons y Vivian Blaine. Es un musical colorido, simpático, ligero… un fiel reflejo de la maravillosa década de los cincuenta. Y posee varias curiosidades: la enemistad entre los dos actores protagónicos, la negativa de Mankiewicz de contratar a Marylin Monroe para el rol de la Blaine, el hecho de que las escenas en “La Habana” fueran filmadas en una falsa ciudad de cartón (aunque Brando pasaría por Cuba en una muy promocionada visita)… El filme es una adaptación de una obra de teatro escrita por Jo Swerling, la misma que adaptaría a su vez una novela de Ben Ames William para el filme de John Stahl “Leave Her To Heaven” del cual les hablé hace muy poco en el ensayito sobre cine noir atípico que se publicó en Ego de Kaska. La cinta es buena y entretenida y cuenta con un ramillete de muy buenas canciones. Si tienes tiempo, échale un vistazo. Será rato bien empleado.

3000

He escrito un lbro sobre, básicamente, Cine. Pero cuando hablas sobre una manifestación artística tan amplia como la cinematografía, que se nutre de cualquier aspecto de la vida, entonces es inevitable hablar también sobre literatura, sociedad y cultura. Y casi sobre cualquier cosa. Estos textos, cercanos a las 400 páginas, indagan sobre muchos temas desde una perspectiva totalmente ajena a la crítica tradicional (de nuestros compatriotas). Afortunadamento quienes han estado a cargo de todo el andamiaje de la producción del libro han sido Angel Velzquez Callejas, director de Ego de Kaska, y el formidable Roger Castillejo Olán, editor de Exodus que a pesar de estar vacacionando en Francia, se encargó de estos menesteres con una voluntad envidiable. También he tenido la suerte de que el narrador Leopoldo Luis García se haya dignado a escribir un prólogo soberbio y que el propio Angel me haya obsequiado un formidable epílogo. Espero, por lo tanto, que disfruten estos textos y me hagan saber si les parecieron interesantes.

2097

Qué sentido tiene cualquier crítica cinematográfica donde la mitad del texto o más se compone de un relato del filme, hecho casi siempre de forma burda y llana, a la usanza de un chisme de estación, por el escribidor de marras? Qué sentido el de disfrazarse de un falso psiquiatra de pacotilla y colocar a la película en el diván del escrutinador para llegar a conclusiones de pseudo psicología? Eso, amigos míos, es lo que abunda en el 99 por ciento de la crítica que se ha ejercido y se sigue ejerciendo allá afuera, desde compatriotas a extranjeros. Y la reseña cinematográfica es sólo un ejemplo del resto que nos rodea. Navegamos en aguas donde la mediocridad es la norma.

2095

A propósito de Padura, estoy escribiendo una reseñita sobre cine noir hollywoodense, específicamente sobre unos cuantos filmes que a pesar de ser considerados ”cine negro”, rompieron de una forma u otra con el legado estético y argumental del movimiento. Tendré que remitirme, por supuesto, a los ídolos de mi adolescencia Raymond Chandler, Dashiell Hammett y James Mallahan Cain. De ahí la mención a nuestro pálido Padura. Ah, también estoy a punto de terminar algo sobre una obra maestra de la cinematografía soviética de la posguerra, “Balada De Un Soldado”. ¿Que no la han visto? ¡Imperdonable error! ¡Échenle, si pueden, un vistazo lo antes posible!

2094

Por regla general la crítica cinematográfica suele ser academicista en extremo. Eso, o farandulera. Y últimamente panfletaria. La muerte de las ideologías tradicionales ha traído consigo el paritorio de una nueva cultura: la de la propaganda del nuevo poder que se construye. En el caso de la crítica literaria es diferente. Encuentras cualquier cosa, por supuesto, pero hay ciertas vacas sagradas que pueden ensalzar o hundir la “carrera” de cualquiera. Poniendo esto en contexto y volviendo al otro lado, yo no sería capaz de enviarle un manuscrito al propio Roger Ebert si resucitara y vanagloriarme cuando me respondiera diciéndome que mis reseñas son una mierda, que tienen erratas y repeticiones y nada más! Hay que ser muy tonto, y yo puedo pecar casi de cualquier cosa menos de zanaco. (El caso, en realidad, me da pena)

Bueno, como les decía, la crítica cinematográfica suele ser academicista en extremo…

2082

“Todos somos muy extraños, solo que algunos de nosotros lo ocultamos mejor”.

Si bien “Ferris Bueller’s Day Off” puede ser considerada la obra maestra de John Hughes, sin duda alguna “The Breakfast Club” (1985) fue su pieza más ambiciosa. Estructurada en torno a un formato puramente teatral, el filme es un intento seriecísimo por profundizar en el alma de los adolescentes de la década de los ochenta a través de un trabajo estrictamente oral, por lo que el guión, los diálogos y las actuaciones sostienen el peso dramatúrgico principal durante todo el recorrido del metraje.

Hughes, trabajando sobre ciertos estereotipos que luego serían replicados e imitados una y otra vez por otras películas y por otros guionistas y directores, entregaría con una simpleza apabullante la tesis final y definitiva de lo que significaba ser un pre adulto en aquellos tiempos donde la incertidumbre y la certeza eran más predecibles y comunes.

Un sábado de marzo de 1984 cinco estudiantes de la Shermer High School son citados para cumplir una detención (o castigo) bajo la supervisión del subdirector Richard Vernon, personaje secundario pero importantísimo porque establece el contrapunteo generacional tan importante para el discurso que Hughes enarbola en la cinta.

Los cinco estudiantes, hoy célebres arquetipos de cada grupo social que pueda imaginarse, terminan demostrándose a sí mismos que las diferencias son similitudes, y viceversa, porque cada compendio humano está hecho de infinidad de retazos compuestos por memorias, experiencias, anhelos y falencias que en algún momento inevitable terminarán por coincidir o alejarse o explosionar o aletargarse, incluso. Hughes sabe que la vida es compleja y dota a sus personajes de ese dolor implícito (y de la alegría) que significa respirar y sufrir, amar y reír.

No recuerdo otra cinta sobre adolescentes (si acaso aquella mítica “Rebel Without a Cause” de Ray y Dean o las adaptaciones de Coppola de las novelas de S. E. Hinton) que posea la profundidad de esta imperfecta pero entrañable pieza ochentera de Hughes, ese realizador que entre 1984 y 1987 remeció al mundillo cinematográfico norteamericano con sus historias simples pero inolvidables de perdedores que se redimen a una edad en la que aún no son mujeres ni hombres.

De hecho, la grandeza de Hughes reside precisamente en convertir a su obra en una especie de argumento referencial de una época entrañable que suele ser añorada y venerada cada vez con más fuerza a medida que arriban estos nuevos tiempos. The Breakfast Club es parte principalísima de la leyenda y por ello, pieza esencial en el engranaje de todas nuestras nostalgias. Démosle las gracias a Hughes por ello.

2065

“Top Gun: Maverick” es una hija putativa del trumpismo. Joseph Kosinski reescribió un viejo guión en el 2017 que había caído en el olvido tras el suicidio de Tony Scott y cinco años después remecería al mundo (y a los progres) con una historia testosterónica y simple donde apenas si hay lugar para la corrección y la comemierduría tan típica de estos tiempos. Es decir, basta que una obra cualquiera se abstenga de poner sobre el tapete los tópicos que hoy interesan a las elites que mesiánicamente imaginan un futuro “perfecto” para que califiquen inmediatamente como obras cuestionadoras del poder.

“Top Gun: Maverick” es, esencialmente, un ejercicio nostálgico que nos recuerda cuán fabuloso fue cualquier tiempo pasado. Desde el arranque de la pieza, cuando el tema original de Kenny Loggins resuena en el teatro, la era reaganistica se hace carne y alma en el imaginario personal. Es puro entretenimiento donde una cuota de nacionalismo perdido florece entre la mierda más atroz y donde las ideologías no tienen peso, tal y como siempre debiera ser. Pero hoy en día no pronunciarse es, ya de por sí, una clara declaración de intereses.

Kosinski a lo largo de su obra ha sido una especie de ingenuo propagador del concepto del moribundo excepcionalismo norteamericano. “Oblivion” y “Only the Brave” navegan esa cuerda. Su Top Gun es la apoteosis. El capitán Pete Mitchell, un rebelde ‘con/sin causa’, es llamado a entrenar a un grupo de pilotos de elite que han sido escogidos para desarrollar una misión imposible en territorio enemigo, oportunidad ideal para enfrentarse a sus fantasmas del pasado y renacer, dentro de lo posible, como un hombre mejor. El wokismo está, no hay que decirlo, desterrado de la historia, aunque siempre hay espacio para la “inclusividad”: la única mujer de la cofradía, el latino y el negro son los elegidos por la mano de Dios para salir triunfantes y poner el nombre de una América que ya no existe en el pináculo del orgullo nacionalista; utópico pero estimable. Y es que si a las compañías cinematográficas les interesara en realidad ganar billetes dirigirían gran parte de su producción hacia esa masa desencantada y ávida de la incorrección política (que no es más que la corrección de siempre, o de antes si se prefiere) que llenaría sin lugar a dudas las salas para rendir pleitesía a cualquier ejercicio que se desentienda del agobiante status quo que parece regirlo todo.

Por ahora “Top Gun: Maverick” es un pequeño ejemplo de cuán exitoso se puede ser al renegar del discurso imperante. Aunque la gran pregunta que nos hacemos todos es… ¿hasta cuándo se podrá? ¿Hasta cuándo lo permitirán? Y la respuesta es sumamente simple: hasta que ellos quieran.

2050

Top Gun (1986) es básicamente un filme sobre la amistad. De un espíritu reaganista notable, la pieza de Tony Scott no solo fue una plataforma para vender a Tom Cruise como el símbolo sexual superlativo de la década de los ochenta sino también para apuntalar el discurso del excepcionalismo norteamericano como un concepto básico cultural y político de la época.

En aquel entonces el debutante Jim Cash y el muy poco experimentado Jack Epps, inspirados por un artículo de Ehud Yonay en alguna revista, escribieron un guión a cuatro manos que el productor Jerry Bruckheimer, un republicano conservador, avalaría y financiaría sin remilgos.

El resultado es un ejercicio estético precursor del resto de las obras venideras de Scott, donde la música pop, una edición agilísima y caracteres notablemente alfas son el sostén principal de la historia. Como anécdota curiosa, recalcar que Mathew Modine rechazaría el personaje principal de Maverick por considerar que el filme era pro bélico (lo que significa que en realidad era pro norteamericano, algo inadmisible desde aquel entonces para muchos integrantes del show business), al igual que Bryan Adams negándose a cantar uno de los temas principales de la banda sonora por idéntica razón. Que Cruise y Kenny Logins hayan suplido tal desaire es algo que agradeceremos, los amantes del buen cine, hasta la eternidad.

2047

El último filme que miró mi viejo, moribundo ya, fue el “Goodfellas” de Scorsese. No pudo, atosigado por el fantasma de la muerte, disfrutarlo como disfrutaba todo. Casualmente mi padre no recordaba haberlo visto y le propuse hacerlo para aliviar ese tramo final que yo sabía (y él intuía) que se acercaba sin sigilos. Ray Liotta, estaba allí riendo a carcajadas con Joe Pesci… ¡y el mundo que se le gastaba al viejo!

Hoy se ha muerto, sin embargo, Liotta. Sobrevivió a mi padre la escasa cantidad de 15 meses. Quizás falleció, entre otras cosas, por el dolor de saber que mi viejo no pudo atesorar, en sus recuerdos finales, la grandeza de aquella historia amarga de asesinos y ladrones que no intentaban redimirse. Y es que la vida, al final, se trata de prioridades. Este lunes pasado vi por GQ a Liotta hablando sobre su espléndida carrera. Lucía árido y sobrio. Y humilde y serio. Lo despedí sin saberlo, unas 60 horas antes de que siguiera la misma senda que todos desandaremos algún día.

Aunque comenzó su carrera en los ochenta (recuerdo haberlo visto por primera vez en “Something Wild” haciendo de un exconvicto psicópata que atormentaba a Melanie Griffith y a Jeff Daniels) lo cierto es que Liotta es un distinguido miembro de la generación de los noventa, década en la que nos legó sus dos papeles, para mí, más memorables: Goodfellas, del maestro Scorsese que lo lanzó a la fama y le granjeó un inmenso éxito que jamás volvería a repetir, y “Cop Land”, la muy menospreciada pieza de James Mangold donde interpreta a un policía corrupto que se burla y abusa del bonachón y entrado en carnes Stallone.

Liotta fue un actor soberbio y de carácter que no tuvo, increíblemente, el reconocimiento que merecía. Aun así, y pésele a quien le pese, su Henry Hill quedará en la historia del arte como uno de los caracteres más poderosos, humanos y reales que se hayan visto alguna vez. Von Voyage, maestro!

2025

Viendo en Hulu “Back in Time”, un documental acerca de la trilogía genial de Bob Zemeckis “Back to the Future”, me percato, en pleno estado de conciencia, que la segunda parte se adelantó con exactitud milimétrica al porvenir que es hoy. Hace tiempo que no veo esa pieza y no tenia, por lo tanto, punto de comparación alguno. Ahora estoy asombrado; asombrado por partida doble: por el carácter profético del filme y por el hecho de que nadie le dé el crédito que se merece en tal sentido.

2024

El amigo Leyser Martinez me recomendó Metal Lords (2022), un filme estrenado por Netflix que nos cuenta la historia de un par de muchachos de high school que quieren armar una banda de metal para participar en una competencia musical de la escuela, pero también para “batallar junto a los dioses e ir al infierno (de ser necesario) y regresar” a la usanza del Ulises de Itaca.

La pieza es un grito de nostalgia ideado por D.B Weiss, uno de los inventores de aquel exitazo que fue Game of Thrones, y que juega con el imaginario estético y estructural de las cintas ochenteras de John Hughes.

Se repiten ciertos esquemas narrativos y ciertos posicionamientos de los personajes, pero la frescura de no contener ningún discurso woke convierte automáticamente a Metal Lords en una cinta disfrutable, relajante y, sobre todo, en una entrañable y válida declaración de amor por aquellos otros tiempos en que aún la mediocridad absoluta no se atrevía a coparlo todo.

2018

La apoteosis “Bruce Lee” y su muy temprana desaparición dejó, como ya les había comentado antes, una secuela de imitadores incalculable. De hecho, se creó una especie de sub género al que se le llamo “bruceexplotation” y que ha parido hasta la fecha centenares de filmes. Hasta el propio Jackie Chan, en sus inicios, se montó en la rueda de la estela del Bruce al filmar una de las tantas secuelas de Fist of Fury, aunque no recuerdo exactamente a quién se vengaba en esta ocasión, pues si en la pieza original se luchaba por el honor de una escuela y la memoria de un maestro asesinado, en todo lo que vino después se vengaba o al propio Chen tras haber sido ejecutado por los japoneses en prisión, o a la muerte de una hermana, o de un padre de a una madre.

Los tres “dobles” más relevantes de la era post Bruce fueron Bruce Li, Bruce Le y Dragon Lee, éste último el más parecido pero el más mediocre según los que saben. A todo este caos de confusión añadan la ecuación de que en la Cuba ochentera la información era imposible y la mesa ya está servida para el más absoluto caos y anonadamiento acerca de la obra del real Lee.

En la foto, Dragon Lee, que se ganaba los frijoles engañando a los pobres niños aficionados del maestro.

Post data: Fist of Fury fue titulada en Canadá como The Chinese Conection, por lo que el fime fue traducido al español tanto como Puños de Furia, así como también como La Conexión China. Y cuando te tiraban el currículum de Lee muchas veces estas cintas aparecían dobles. De allí que mucha gente pensara que el chino había protagonizado al menos 6 o 8 películas de artes marciales cuando la realidad es que sólo filmó cuatro.

2017

El mito fundacional de Bruce Lee se sustenta en cuatro filmes, rodados todos entre 1971 y 1973. Tras haber interpretado un par de roles televisivos secundarios en los Estados Unidos, Lee regresó a Hong Kong para firmar contrato con Raymond Show y su productora Golden Harvest, poniéndose a las órdenes de Wei Lo en “Tang Shan Da Xiong” (The Big Boss) primero y luego en “Jing Wu Men” (Fist of Fury) donde dio vida a personajes que establecían el equilibrio moral a través de la venganza. Para la tercera pieza “Meng Long Guo Jiang” (The Way of The Dragon), Lee se hizo del control total de la producción y dirección del filme debido al gran éxito alcanzado con sus obras previas. La temática seguía (y seguiría) siendo exactamente la misma.

La occidentalización de su “triunfo” vino de la mano de “Enter The Dragon” donde Robert Clouse se encargaría de universalizar la figura icónica de Lee entre el público de Europa y los Estados Unidos, aunque ya antes “el Bruce” había dejado un proyecto inconcluso, titulado tentativamente “Game Of Death”, que sería posteriormente armado y remendado chapuceramente como una especie de Frankenstein oportunista, con material residual y escenas no oficiales, para lanzárselo a las masas tras la muerte de Lee y mantener el negocio de alguna forma vivo.

Bruce murió misteriosamente seis días antes de que Enter The Dragon fuera estrenada en las salas de cine y debido a lo fugaz del Lee victorioso del Jeet Kune Do y a la infinidad de imitadores que arribaron tras el vacío dejado por su ausencia, la confusión que se formó, por ejemplo, en la Cuba de mi niñez sobre la verdadera obra del peleador y actor chino-norteamericano, fue de espanto. A ello sumemos el hecho de que la inconclusa Game of Death jamás se vería en predios criollos y que una tal Game of Death 2, protagonizada por un artista marcial coreano muy parecido a Lee y que haría el papel de su hermano menor (un recorte de Lee de 5 minutos en pantalla añadió teorías grotescas y escabrosas a los muy pocos informados aficionados cubiches) se pasaría en los cines a bomba y platillo, atolondrando más a todos.

Mi afición por las películas de Bruce Lee era tal que dejé de asistir a la graduación de noveno grado porque esa noche (1984) pasaban en la tele Fist of Fury y no podía permitirme el lujo de no verla. Hoy, en homenaje a aquellos años de inocencia, he vuelto a repasarla. Y sigo pensando que es probablemente la mejor de las cintas que filmó el Bruce. Su ritmo es excelente, las peleas fabulosas y crueles y sangrientas, el final, ideal y exacto para un héroe trágico como el Chen Zhen de marras. No importa que no haya estado un Chuck Norris peleando en el Coliseo romano o la icónica secuela de un zarpazo en un torso desnudo para vender remeras. Las cosas son como son y nada supera al arte de una historia bien contada. Si acaso Wei Lo va a ser recordado por algunos por cosas como estas.

2012

Shao Lin San Shi Liu Fan (La cámara 36 de Shaolín) fue un acontecimiento cultural en la Cuba de mi niñez. Recuerdo haberla visto un sinfín de veces en las rotaciones cinematográficas de Colón (primero el cine Venus y luego El Canal y el Jigüey) y haber intentado replicar en el patio de mi casa las técnicas milenarias y simples del entrenamiento por el que San Te tuvo que pasar para convertirse en maestro y liberar a su pueblo.

Pues bien, he vuelto a repetir el filme luego de un montón de décadas y por primera vez desde que soy un hombre hecho y derecho. Me asombró recordar gestos, escenas y acrobacias casi al dedillo. La impronta del orientalismo budista, posiblemente inadvertida en aquellos años de tanta inocencia, ahora es notable e indisimulada. La premisa de que sólo el esfuerzo rinde frutos reales es un hecho. La idea de que la violencia es necesaria cuando de defenderte se trata, es imperecedera y eterna. La naturaleza animal no entiende de reglas ni prejuicios

1595

Cuando en 1987 el casi novato Steve Rash filmó un guión del debutante Michael Swerdlick titulado Boy Rents Girl, pero que luego saldría a la luz como “Can’t Buy Me Love” (tema homónimo de The Beatles incluido al inicio y cierre), no se estaba haciendo otra cosa que parir, inadvertidamente quizás, una pieza emblemática y sustancial de aquella maravillosa década de los ochenta. La obra, presentada en Cuba no mucho tiempo después, pasaría a engrosar mi panteón personal de cintas representativas de una época en la que compartía con personajes e historias un mismo elemento coincidente: edad y herencia generacional. Can’t Buy Me Love, además, ayudaría a engrosar ese sentimiento irredimible de rebeldía ante una realidad que impedía a toda costa llevar una misma vida que los caracteres presentados en la pantalla. Era una cinta gusana, resumiendo.

Ronald Miller, un nerd invisible ante los ojos de quienes no conformaban su grupo, decide alquilar (“Novia se alquila” fue el título con que la conocimos en la isla) a una hermosa chica senior, capitana del equipo de cheerleader’s, para volverse popular y poder sentarse en el lado del comedor donde almorzaban los exitosos. Ronald también amaba a la muchacha inalcanzable, claro, pero luego de cumplir su objetivo se convertiría en algo que no era: un aborrecible, pretencioso, insensible y falso conquistador capaz incluso de rechazar a la muchacha generadora de su “éxito” en aras de calzar en ese nuevo mundo que se había fabricado a la fuerza. Ya casi hacia el final, humillado y descubierto frente a todos, luego de haber descendido a los infiernos, es capaz de redimirse por mediación de una gesta heroica que aún hoy, 35 años después, logra emocionar a un espectador cualquiera.

“Can’t Buy Me Love” es testimonio de aquellos tiempos gloriosos, la etapa reaganista, donde cualquier manifestación artística valía sobre todo por lo que era y no por lo que representaba, donde los creadores no soportaban sobre sus cabezas la espada de Dámocles de la censura moderna, jalonada hoy en día por una teoría buenista de inclusión forzada en la que todos pueden sentirse humillados o agredidos casi por cualquier cosa y donde la representatividad a cojones es un requisito imprescindible para ser considerado confiable desde una perspectiva humana, ética y moral. Es, en resumidas cuentas esta pieza de Rash, una obra libre y sin complejos que sigue apelando a la nostalgia soberbia de una generación y a las lagrimas de todos quienes hoy somos conscientes de que la vida se ha escurrido y de que somos más viejos y vulnerables. Amen por eso.

Post data: en paz descanses, Amanda Peterson, donde quiera que estés. Fuiste parte importante del pasado de todos.

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Bob Reiner es un miserable ser humano pero fue un gran realizador. Su prime, corto y relevante, puede localizarse fácilmente entre 1986 y 1990, con los filmes Stand By Me, The Princess Bride, When Harry Met Sally… y Misery.

The Princess Bride (1987) específicamente, fue una brillante adaptación de la novela de William Goldman y su grandeza radica en cómo la simpleza, el humor y el espíritu (de una época ya perdida) apuntalaron la historia de una venganza con la precisión quirúrgica de esa afilada espada que atraviesa un corazón cualquiera.

“My name is Inigo Montoya. You killed my father. Prepare to die”, especie de afirmación moral que apuntalada toda la narrativa de la pieza, no es más que un posicionamiento estoico que nos hace grandes ante la muerte, fin inexorable que todos alguna vez enfrentaremos. También de eso se trata…

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Guillermo del Toro es probablemente, a estas alturas, el realizador más aburrido, mediocre, llano y superficial que puede encontrarse entre los bendecidos por la crítica cinematográfica de hoy en día, tan aburrida, mediocre, superficial y llana como el propio gordo mexicano. Es una especie de complemento; además de ser del Toro el reflejo exacto de cómo la mediocridad se ha adueñado de todo.

Comencé a ver la tan anunciada “Nightmare Alleys” y como ya debía haber imaginado, no pude siquiera terminarla. Me había sucedido antes con aquella inmetible “El Laberinto del Fauno” y con esa copia pobre y descarada de “Chelovek Amfibiya” del ya fallecido director ruso Vladimir Chebotaryov y que titularon “The Shape of Water” para regalar el Oscar más vergonzoso de la historia del certamen.

El último filme de del Toro es un verdadero bodrio. Mal escrito, petulante, soporífero, no es más que un palidísimo reflejo de aquella formidable Carnivale, la serie de Daniel Knauf, que tan cruelmente fuera eliminada de HBO tras su segunda temporada. Nada que buscar aquí excepto la certeza de comprobar nuevamente como el séptimo arte se bambolea de un lado a otro, herido desconsoladamente de muerte…

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Probablemente hay pocas cosas tan hermosas como un coro de niños de Guadalcanal cantando frente a la playa más azul, justo antes de que algún bote de guerra surque las aguas. Terrence Malick nos regala esa idea estética de una manera espléndida al comienzo de su poema bélico.

Veinte años demoró Terrence Malick para volver al ruedo. Bastó aquella novela de James Jones. Y su The Thin Red Line (1998), esa gesta coral que estremeció la llegada del nuevo siglo. Y es que en la obra de marras Malick nos habla sobre la muerte, el paso previo de la vida, el futuro improbable, la niñez ocre de tu madre haciendo el desayuno, el heno cayendo disperso desde el cielo en los campos remotos de la memoria… todo unido como un acto vívido y constante de heroicidad perpetua.

Al final subsiste una belleza terrible en el acto de temer la muerte; y todos lo intuimos…

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La gente es tan ilusa, tan crédula, que me he tropezado con muchos que hablan de que la cinta “Don’t Look Up” es una crítica a los grandes conglomerados tecnológicos y a la presidencia de Joe Biden por la irresponsabilidad de no atender a las necesidades de la gente. ¡Cuanta tontería, señores! La pieza de Adam McCay fue escrita estando Donald Trump en el poder y ya desde noviembre del año 2019 se había decidido que fuera Paramount quien la distribuyera. El dichoso meteorito no es más que una referencia simbólica al mega fraude del cambio climático como generador de un apocalipsis futuro, una de las principales puntas de lanza del neo colectivismo que modela el (presente) porvenir Lo que sucede es que en el afán de mantener viva la “llama de la esperanza” la gente se atraca a más no poder. ¡Disfruten!

POSTDATA: entre eso… y la otra parte que cree a pie juntillas en el «mensaje» real del filme, tenemos a una mayoría de espectadores que se dividen entre ilusos conservadores, y liberales utópicos y reaccionarios. Y así nos va…

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En “The Crazies” (2010) el ejército no sólo trata de contener a los infectados de una especie de virus en una localidad rural de Iowa, sino que se encarga de asesinar y luego carbonizar a cualquier sospechoso de portar la enfermedad. La histeria los lleva, incluso, a portar máscaras permanentes ante el temor de ser víctimas de su propio horror. Lo triste es que en una situación aproximada cualquiera, ese sería realmente el proceder de los uniformados en los Estados Unidos y en cualquier otra nación. Y es que el ejército jamás ha sido un aliado de la gente común, sino un testaferro de burócratas y gobernantes. Por cierto, la adaptación del muy modesto Breck Eisner es definitivamente mejor que la original de George A Romero…