2025

Viendo en Hulu “Back in Time”, un documental acerca de la trilogía genial de Bob Zemeckis “Back to the Future”, me percato, en pleno estado de conciencia, que la segunda parte se adelantó con exactitud milimétrica al porvenir que es hoy. Hace tiempo que no veo esa pieza y no tenia, por lo tanto, punto de comparación alguno. Ahora estoy asombrado; asombrado por partida doble: por el carácter profético del filme y por el hecho de que nadie le dé el crédito que se merece en tal sentido.

2024

El amigo Leyser Martinez me recomendó Metal Lords (2022), un filme estrenado por Netflix que nos cuenta la historia de un par de muchachos de high school que quieren armar una banda de metal para participar en una competencia musical de la escuela, pero también para “batallar junto a los dioses e ir al infierno (de ser necesario) y regresar” a la usanza del Ulises de Itaca.

La pieza es un grito de nostalgia ideado por D.B Weiss, uno de los inventores de aquel exitazo que fue Game of Thrones, y que juega con el imaginario estético y estructural de las cintas ochenteras de John Hughes.

Se repiten ciertos esquemas narrativos y ciertos posicionamientos de los personajes, pero la frescura de no contener ningún discurso woke convierte automáticamente a Metal Lords en una cinta disfrutable, relajante y, sobre todo, en una entrañable y válida declaración de amor por aquellos otros tiempos en que aún la mediocridad absoluta no se atrevía a coparlo todo.

2018

La apoteosis “Bruce Lee” y su muy temprana desaparición dejó, como ya les había comentado antes, una secuela de imitadores incalculable. De hecho, se creó una especie de sub género al que se le llamo “bruceexplotation” y que ha parido hasta la fecha centenares de filmes. Hasta el propio Jackie Chan, en sus inicios, se montó en la rueda de la estela del Bruce al filmar una de las tantas secuelas de Fist of Fury, aunque no recuerdo exactamente a quién se vengaba en esta ocasión, pues si en la pieza original se luchaba por el honor de una escuela y la memoria de un maestro asesinado, en todo lo que vino después se vengaba o al propio Chen tras haber sido ejecutado por los japoneses en prisión, o a la muerte de una hermana, o de un padre de a una madre.

Los tres “dobles” más relevantes de la era post Bruce fueron Bruce Li, Bruce Le y Dragon Lee, éste último el más parecido pero el más mediocre según los que saben. A todo este caos de confusión añadan la ecuación de que en la Cuba ochentera la información era imposible y la mesa ya está servida para el más absoluto caos y anonadamiento acerca de la obra del real Lee.

En la foto, Dragon Lee, que se ganaba los frijoles engañando a los pobres niños aficionados del maestro.

Post data: Fist of Fury fue titulada en Canadá como The Chinese Conection, por lo que el fime fue traducido al español tanto como Puños de Furia, así como también como La Conexión China. Y cuando te tiraban el currículum de Lee muchas veces estas cintas aparecían dobles. De allí que mucha gente pensara que el chino había protagonizado al menos 6 o 8 películas de artes marciales cuando la realidad es que sólo filmó cuatro.

2017

El mito fundacional de Bruce Lee se sustenta en cuatro filmes, rodados todos entre 1971 y 1973. Tras haber interpretado un par de roles televisivos secundarios en los Estados Unidos, Lee regresó a Hong Kong para firmar contrato con Raymond Show y su productora Golden Harvest, poniéndose a las órdenes de Wei Lo en “Tang Shan Da Xiong” (The Big Boss) primero y luego en “Jing Wu Men” (Fist of Fury) donde dio vida a personajes que establecían el equilibrio moral a través de la venganza. Para la tercera pieza “Meng Long Guo Jiang” (The Way of The Dragon), Lee se hizo del control total de la producción y dirección del filme debido al gran éxito alcanzado con sus obras previas. La temática seguía (y seguiría) siendo exactamente la misma.

La occidentalización de su “triunfo” vino de la mano de “Enter The Dragon” donde Robert Clouse se encargaría de universalizar la figura icónica de Lee entre el público de Europa y los Estados Unidos, aunque ya antes “el Bruce” había dejado un proyecto inconcluso, titulado tentativamente “Game Of Death”, que sería posteriormente armado y remendado chapuceramente como una especie de Frankenstein oportunista, con material residual y escenas no oficiales, para lanzárselo a las masas tras la muerte de Lee y mantener el negocio de alguna forma vivo.

Bruce murió misteriosamente seis días antes de que Enter The Dragon fuera estrenada en las salas de cine y debido a lo fugaz del Lee victorioso del Jeet Kune Do y a la infinidad de imitadores que arribaron tras el vacío dejado por su ausencia, la confusión que se formó, por ejemplo, en la Cuba de mi niñez sobre la verdadera obra del peleador y actor chino-norteamericano, fue de espanto. A ello sumemos el hecho de que la inconclusa Game of Death jamás se vería en predios criollos y que una tal Game of Death 2, protagonizada por un artista marcial coreano muy parecido a Lee y que haría el papel de su hermano menor (un recorte de Lee de 5 minutos en pantalla añadió teorías grotescas y escabrosas a los muy pocos informados aficionados cubiches) se pasaría en los cines a bomba y platillo, atolondrando más a todos.

Mi afición por las películas de Bruce Lee era tal que dejé de asistir a la graduación de noveno grado porque esa noche (1984) pasaban en la tele Fist of Fury y no podía permitirme el lujo de no verla. Hoy, en homenaje a aquellos años de inocencia, he vuelto a repasarla. Y sigo pensando que es probablemente la mejor de las cintas que filmó el Bruce. Su ritmo es excelente, las peleas fabulosas y crueles y sangrientas, el final, ideal y exacto para un héroe trágico como el Chen Zhen de marras. No importa que no haya estado un Chuck Norris peleando en el Coliseo romano o la icónica secuela de un zarpazo en un torso desnudo para vender remeras. Las cosas son como son y nada supera al arte de una historia bien contada. Si acaso Wei Lo va a ser recordado por algunos por cosas como estas.

2012

Shao Lin San Shi Liu Fan (La cámara 36 de Shaolín) fue un acontecimiento cultural en la Cuba de mi niñez. Recuerdo haberla visto un sinfín de veces en las rotaciones cinematográficas de Colón (primero el cine Venus y luego El Canal y el Jigüey) y haber intentado replicar en el patio de mi casa las técnicas milenarias y simples del entrenamiento por el que San Te tuvo que pasar para convertirse en maestro y liberar a su pueblo.

Pues bien, he vuelto a repetir el filme luego de un montón de décadas y por primera vez desde que soy un hombre hecho y derecho. Me asombró recordar gestos, escenas y acrobacias casi al dedillo. La impronta del orientalismo budista, posiblemente inadvertida en aquellos años de tanta inocencia, ahora es notable e indisimulada. La premisa de que sólo el esfuerzo rinde frutos reales es un hecho. La idea de que la violencia es necesaria cuando de defenderte se trata, es imperecedera y eterna. La naturaleza animal no entiende de reglas ni prejuicios

1595

Cuando en 1987 el casi novato Steve Rash filmó un guión del debutante Michael Swerdlick titulado Boy Rents Girl, pero que luego saldría a la luz como “Can’t Buy Me Love” (tema homónimo de The Beatles incluido al inicio y cierre), no se estaba haciendo otra cosa que parir, inadvertidamente quizás, una pieza emblemática y sustancial de aquella maravillosa década de los ochenta. La obra, presentada en Cuba no mucho tiempo después, pasaría a engrosar mi panteón personal de cintas representativas de una época en la que compartía con personajes e historias un mismo elemento coincidente: edad y herencia generacional. Can’t Buy Me Love, además, ayudaría a engrosar ese sentimiento irredimible de rebeldía ante una realidad que impedía a toda costa llevar una misma vida que los caracteres presentados en la pantalla. Era una cinta gusana, resumiendo.

Ronald Miller, un nerd invisible ante los ojos de quienes no conformaban su grupo, decide alquilar (“Novia se alquila” fue el título con que la conocimos en la isla) a una hermosa chica senior, capitana del equipo de cheerleader’s, para volverse popular y poder sentarse en el lado del comedor donde almorzaban los exitosos. Ronald también amaba a la muchacha inalcanzable, claro, pero luego de cumplir su objetivo se convertiría en algo que no era: un aborrecible, pretencioso, insensible y falso conquistador capaz incluso de rechazar a la muchacha generadora de su “éxito” en aras de calzar en ese nuevo mundo que se había fabricado a la fuerza. Ya casi hacia el final, humillado y descubierto frente a todos, luego de haber descendido a los infiernos, es capaz de redimirse por mediación de una gesta heroica que aún hoy, 35 años después, logra emocionar a un espectador cualquiera.

“Can’t Buy Me Love” es testimonio de aquellos tiempos gloriosos, la etapa reaganista, donde cualquier manifestación artística valía sobre todo por lo que era y no por lo que representaba, donde los creadores no soportaban sobre sus cabezas la espada de Dámocles de la censura moderna, jalonada hoy en día por una teoría buenista de inclusión forzada en la que todos pueden sentirse humillados o agredidos casi por cualquier cosa y donde la representatividad a cojones es un requisito imprescindible para ser considerado confiable desde una perspectiva humana, ética y moral. Es, en resumidas cuentas esta pieza de Rash, una obra libre y sin complejos que sigue apelando a la nostalgia soberbia de una generación y a las lagrimas de todos quienes hoy somos conscientes de que la vida se ha escurrido y de que somos más viejos y vulnerables. Amen por eso.

Post data: en paz descanses, Amanda Peterson, donde quiera que estés. Fuiste parte importante del pasado de todos.

1561

Bob Reiner es un miserable ser humano pero fue un gran realizador. Su prime, corto y relevante, puede localizarse fácilmente entre 1986 y 1990, con los filmes Stand By Me, The Princess Bride, When Harry Met Sally… y Misery.

The Princess Bride (1987) específicamente, fue una brillante adaptación de la novela de William Goldman y su grandeza radica en cómo la simpleza, el humor y el espíritu (de una época ya perdida) apuntalaron la historia de una venganza con la precisión quirúrgica de esa afilada espada que atraviesa un corazón cualquiera.

“My name is Inigo Montoya. You killed my father. Prepare to die”, especie de afirmación moral que apuntalada toda la narrativa de la pieza, no es más que un posicionamiento estoico que nos hace grandes ante la muerte, fin inexorable que todos alguna vez enfrentaremos. También de eso se trata…

1546

Guillermo del Toro es probablemente, a estas alturas, el realizador más aburrido, mediocre, llano y superficial que puede encontrarse entre los bendecidos por la crítica cinematográfica de hoy en día, tan aburrida, mediocre, superficial y llana como el propio gordo mexicano. Es una especie de complemento; además de ser del Toro el reflejo exacto de cómo la mediocridad se ha adueñado de todo.

Comencé a ver la tan anunciada “Nightmare Alleys” y como ya debía haber imaginado, no pude siquiera terminarla. Me había sucedido antes con aquella inmetible “El Laberinto del Fauno” y con esa copia pobre y descarada de “Chelovek Amfibiya” del ya fallecido director ruso Vladimir Chebotaryov y que titularon “The Shape of Water” para regalar el Oscar más vergonzoso de la historia del certamen.

El último filme de del Toro es un verdadero bodrio. Mal escrito, petulante, soporífero, no es más que un palidísimo reflejo de aquella formidable Carnivale, la serie de Daniel Knauf, que tan cruelmente fuera eliminada de HBO tras su segunda temporada. Nada que buscar aquí excepto la certeza de comprobar nuevamente como el séptimo arte se bambolea de un lado a otro, herido desconsoladamente de muerte…

1524

Probablemente hay pocas cosas tan hermosas como un coro de niños de Guadalcanal cantando frente a la playa más azul, justo antes de que algún bote de guerra surque las aguas. Terrence Malick nos regala esa idea estética de una manera espléndida al comienzo de su poema bélico.

Veinte años demoró Terrence Malick para volver al ruedo. Bastó aquella novela de James Jones. Y su The Thin Red Line (1998), esa gesta coral que estremeció la llegada del nuevo siglo. Y es que en la obra de marras Malick nos habla sobre la muerte, el paso previo de la vida, el futuro improbable, la niñez ocre de tu madre haciendo el desayuno, el heno cayendo disperso desde el cielo en los campos remotos de la memoria… todo unido como un acto vívido y constante de heroicidad perpetua.

Al final subsiste una belleza terrible en el acto de temer la muerte; y todos lo intuimos…

1496

La gente es tan ilusa, tan crédula, que me he tropezado con muchos que hablan de que la cinta “Don’t Look Up” es una crítica a los grandes conglomerados tecnológicos y a la presidencia de Joe Biden por la irresponsabilidad de no atender a las necesidades de la gente. ¡Cuanta tontería, señores! La pieza de Adam McCay fue escrita estando Donald Trump en el poder y ya desde noviembre del año 2019 se había decidido que fuera Paramount quien la distribuyera. El dichoso meteorito no es más que una referencia simbólica al mega fraude del cambio climático como generador de un apocalipsis futuro, una de las principales puntas de lanza del neo colectivismo que modela el (presente) porvenir Lo que sucede es que en el afán de mantener viva la “llama de la esperanza” la gente se atraca a más no poder. ¡Disfruten!

POSTDATA: entre eso… y la otra parte que cree a pie juntillas en el «mensaje» real del filme, tenemos a una mayoría de espectadores que se dividen entre ilusos conservadores, y liberales utópicos y reaccionarios. Y así nos va…

1489

En “The Crazies” (2010) el ejército no sólo trata de contener a los infectados de una especie de virus en una localidad rural de Iowa, sino que se encarga de asesinar y luego carbonizar a cualquier sospechoso de portar la enfermedad. La histeria los lleva, incluso, a portar máscaras permanentes ante el temor de ser víctimas de su propio horror. Lo triste es que en una situación aproximada cualquiera, ese sería realmente el proceder de los uniformados en los Estados Unidos y en cualquier otra nación. Y es que el ejército jamás ha sido un aliado de la gente común, sino un testaferro de burócratas y gobernantes. Por cierto, la adaptación del muy modesto Breck Eisner es definitivamente mejor que la original de George A Romero…

1485

A Luis Hartman le asiste toda la razón cuando afirma, con determinación testosterónica, que el veterano Ridley Scott parió un tronco de película con “The Last Duel” (2021). De hecho, la adaptación de la novela de Eric Jager es lo mejor que ha hecho el otrora recio realizador, probablemente, desde aquella Black Hawk Down de inicios de siglo o, incluso, desde su clásica Thelma and Louise, pieza cardinal del feminismo fronterizo entra la vieja ola de la pasada centuria y la agresividad posterior de una Rebecca Walker.

Scott narra con una grandiosidad espeluznante. Al manejo perfecto del contenido estético, a la puesta en escena soberbia y majestuosa, hemos de agregar ese tono presuroso y certero, ese ritmo vertiginoso y escueto, tan a tono con los tiempos que corren. En tal sentido, The Last Duel es una pieza más cercana a los postulados de Jeff Dorsey que a la literatura de Conrad (The Duellists fue el primer largometraje filmado por Scott, no lo olvidemos).

The Last Duel es una obra kurosáwica, con las sombras de Rashomon planeando sobre su cabeza. Es también la teatralización de un choque existencial entre pragmatismo y poesía, entre tosquedad y finura, con la cuña terrible de la incertidumbre jaloneando a la historia hacia el abismo. Para el envejecido Scott, un revival de su carrera; para el alicaído cine, un rara avis en vía de extinción. Ello, a pesar de las manos “justicieras” de Damon y de Affleck en la historia, esos dos burguesillos rosados…

1465

Pig (2021), del debutante Michael Sarnoski, es, sobre cualquier otra cosa, una sorpresa. Cuando todos esperábamos ver a un rudo, barbudo y desaseado Nicolas Cage vengar horripilantemente el secuestro de su cerdo caza setas (sí, no hablamos de su hija ni de su esposa o su sobrina) al final terminamos tropezándonos con un poema de sensibilidad exquisita (ya muchos bardos-mermelada del patio quisieran acercarse al espíritu de Sarnoski) que nos habla sobre el pasado, sobre los errores y la muerte; sobre la cocina, los vinos y el dolor.

A la originalidad del texto de Vanessa Block y del propio Sarnoski, debemos de sumar ese espíritu estético notable de Patrick Scola que termina por redondear una pieza fresca, formidable, astuta, y que a pesar de su sencillez extrema y de algunos remiendos apresurados, puede ya contarse, desde ahora, entre lo mejor y más auténtico que se ha hecho en los últimos años en el mundillo del cine. Dicen que en el país de los ciegos el tuerto es rey… y aquí aplica esa máxima como anillo al dedo.

PD: El Pulp Fiction de Cage pareciera ser esta Pig. Ojalá le llegara nuevamente la buena fortuna, pero en los tiempos que vivimos, eso es cosa muy poco probable. El cine, como todo lo demás, ya desciende hacia el infierno.

1460

Mientras Orwell apostaba por un futuro donde primarían las dictaduras de las ideologías, Philip K. Dick imaginaba al ejercicio de la tecnología como el innuendo más certero de nuestra perdición. Ambos, en realidad, erraban. Los últimos tiempos han sido muy claros y precisos en relación al porvenir que nos aguarda. El estado policiaco del (cuasi presente) futuro, regido por las “infalibles” ciencias, nos acarrearán como ganado por entre los imperturbables y rígidos tabiques del panopticon de Bentham.

Pero el error de Orwell y de Dick no es absoluto. Amén de la prostitución de las ciencias, ya se forjarán nuevas ideologías que, amparadas por el irreversible y magnánimo poder de las tecnologías, nos dominarán y guiarán hacia un futuro donde la imperturbable mirada de Saurón acaso si dará respiro. Así lo intuyó, de cierta forma, hacia finales del siglo pasado Andrew Niccol con su Gattaca (1997) distópica y amarescente. Y tan preclaro fue el neozelandés que se percató, quizás antes que nadie, que la rebeldía distópica ya no consistirá en intentar ser libres por naturaleza, sino en hacer todo lo posible por sumarnos a la masa totalitaria que prevalece por doquier.

Gattaca es la historia de una segregación a la usanza de los postulados eugenésicos de Galton, aquel primo olvidado de Charles Darwin. Una eugenesia microbiológica y no sólo anatómica, vale decir. La clasificación futura de las clases humanas y del éxito social estará estipulado por la información genética, nos dice un Niccol que filma con soltura esta, su ópera prima, y que le otorga emoción a lo que cuenta y que se inspira en grandes clásicos del cine para mostrarnos a Hawke y a la Thurman en ciertas primeras tomas donde lo que prevalece es el estado de gracia… per se…

La historia de Niccol es la de la Australia del presente, la de la Europa que se enfila hacia el abismo, la de los cincuenta estados que fenecen… La solución que nos ofrece no es disfrutable ni dulce y no alimentará el optimismo de la plebe. Aún así reconoce el esfuerzo del humano por reacomodarse y ser rebelde para sobrevivir, aunque tal rebeldía, como ya les comentaba antes, signifique intentar compaginar, como buen militante del partido, con el mundo que te rodea y te consume. Y es que a Niccol no se le escapa lo primordial: la naturaleza humana se caracteriza fundamentalmente por su capacidad de adaptación, donde lo malo nos parece bueno y lo terrible, aceptable.

1454

En plena apoteosis del género chambara, “Kakushi-Toride No San-Akunin”, de Kurosawa, se constituyó en una pieza referencial para el cine posterior a la década de los cincuenta. La narrativa samurái se beneficiaría de ello, al igual que el paritorio del western spaguetti de Leone, y la estética pop de las obras de George Lucas.

La historia, precisa, simple y lineal, es una anteposición eidética entre la masa iletrada e inescrupulosa y los señores altivos y morales. Kurosawa parece explorar la visión escéptica de Kierkegaard, en donde la multitud es la mentira y la verdad siempre está en minoría. Su lectura, a la luz de estos tiempos, se antoja polémica y provocadora, a pesar de ese compasivo final donde presumiblemente la amistad se impone a la avaricia.

Escoger un tono cómico y festivo al decursar de la historia, donde los personajes Matashichi y Tahei sirven de guías narrativos y de testigos activos, le otorga a “Kakushi-Toride…” un carácter regocijante y triunfal. La comedia es aquí el desencadenante de un epifenómeno mayor: el triunfo de la voluntad sobre las miserias que alimentan el mal. De más está decir que Kurosawa sabía lo que hacía.

  • Escrito en el 2016

1442

Si a Buñuel se le ha reconocido su incisivo talento para enjuiciar a las clases altas de la sociedad, en “Viridiana” su genio se desperdiga, hasta alcanzar a la baja ralea, con sus miserias, egoísmos y maledicencias. Lo execrable de la naturaleza humana no reconoce de niveles ni sacrificios. La victimización de los menos favorecidos no pasa de ser un maniqueísmo, una falacia, nos dice el genio de Calanda. Y no los narra con su humor cruel y despiadado; un humor que no solo amenaza, sino que se lo traga todo, como quien se zampa una galleta en Navidades y luego la eructa frente a sus invitados.

En ese sentido, “Viridiana”, se constituye en una especie de contraparte, pero al mismo tiempo en complemento, del “El ángel exterminador”, aquella otra obra donde Buñuel construye una fábula existencial basada en la asfixia de la claustrofobia, y en la anteposición al temor a los espacios abiertos, a la agorafobia de la sobrevivencia. Pero si en esta el creador se toma todo el tiempo del mundo para construir personajes y diálogos, en “Viridiana” todo irrumpe en un tono “in crescendo”, que acomete de forma inesperada y nos deja colgados a un final tremendamente cínico y oscuro. Una es cerrada y paciente. La otra, abierta y presurosa. Pero las dos convergen en el tronco común que interesaba a Buñuel, las eternas preguntas que desde siempre nos rondan: ¿cuál es la naturaleza que nos anima, el instinto que nos caracteriza? “Viridiana” intenta explicarlo, desde la visión más arriesgada y menos condescendiente. Su honestidad intelectual nos sobrepasa.

1420

Giú la Testa (1971) es la menos conocida de las cintas western de Sergio Leone, fundamentalmente por tres razones: vino después de su obra maestra The Bad, The God and the Ugly y de la muy notable Once Upon a Time in the West; el personaje sin nombre de Clint Easwood no forma parte del roster y la acción no está localizada en el salvaje Oeste norteamericano; y la más importante de todas, la pieza no está a la altura de sus predecesoras.

El filme comienza con una cita de Mao Tse Tung y una de las meadas más realistas del cine, anunciando el hecho indefectible de que Giú la Testa es la más política de las cintas del realizador italiano. La glorificación de la revolución, desde una perspectiva izquierdista (la que ha predominado después de las pescaderas de París, de Robespierre y Marat) es aquí un hecho. Pero Leone, de cierta manera un entusiasta descreído, nos embaraja el mensaje con ironía y sarcasmo.

Por otro lado, el personaje de Rod Steiger es una imitación del feo de Wallach, lo cual es absolutamente comprensible si entendemos que el papel escrito por Leone estaba específicamente destinado para el gran Eli. Cualquier cosa posterior al Tuco, estemos claros, no es más que un burdo calco aunque este venga de la mano de Steiger. Y es que Giú la Testa es una pieza construida sobre despojos: un Leone que no quería dirigir, un Eastwood que rechazó el papel de terrorista irlandés (luego retomado por Coburn), un Wallach que abandonó la barca…

No se me malentienda: la cinta es ambiciosa, y nunca fue esbozada como una obra menor, aunque Leone no tuviera planes de dirigirla en primera instancia. Pero el resultado es fallido. Nos trae el déjà vu terrible y majestuoso de otros tiempos mejores, cuando el genio del vástago de Roma aún sobresalía superlativamente. Y es que después de la trilogía (¿o quizás cuatrilogía?), amigos míos, Leone nunca más volvería a ser el mismo, a pesar de las partituras avasalladoras de Morricone, a pesar de aquellos primeros planos, de su inocencia viril… Ni la belleza incomparable de la Connelly bañada por la nostalgia de Ennio es capaz de redimir su arte. Giú la Testa es el despido de Leone, por mucho que nos pese…

1414

Recuerdo la primera vez que vi “The Silence of the Lambs” (1991). Fue en Cuba, alguna noche de jueves de 1992, en pleno “período especial”, cuando el hambre y los apagones nos torturaban inmisericordemente. Antonio Mazón Robeau la estrenó en su espacio de “Toma Uno” y mi madre y yo la contemplamos sentados en nuestros sillones de caoba en la sala, mientras matábamos los mosquitos que el aire del ventilador no podía neutralizar.

Jonathan Demme había sido hasta entonces, durante los setenta y los ochenta, un realizador mediocre de filmes menores, series de televisión y videos musicales que, si acaso, era ligeramente reconocible por su “Married with the Mob”, cinta donde había empatado a la bellísima Michelle Pfeiffer con el enano Dean Stockwell para legarnos una comedia regular y simpática que fue bastante popular en la isla. Por eso cuando Mazón nos presentó The Silence of the Lambs me pareció estar en presencia de un Ben Johnson del celuloide, en este caso Demme, un tipo aupado por los esteroides anabólicos que, en vez de músculos y velocidad, le habían otorgado el raro don de la genialidad creativa.

La película es casi perfecta, como muchos de ustedes ya lo saben. Posee el aura indescifrable y mística de las obras maestras. La historia de Thomas Harris no sólo se narra de una manera excepcional en términos estéticos y estilísticos, sino que los componentes que la configuran son superlativos y asombrosos: las actuaciones todas (el talentoso Hopkins en el papel de su vida y la Foster regalándonos el performance femenino más relevante, en mi opinión, de toda la historia del cine); el trabajo técnico de edición; la fotografía pragmática y, sin embargo, voluptuosa y aguda; la banda sonora extraordinaria de Howard Shore…

Tras The Silence of the Lambs, Demme volvió al redil y continuó filmando malas cintas y mediocres capítulos de series televisivas. La buena crítica de la posterior y poca afortunada Philadelphia no fue más que un efecto residual de los corderos. En fin de cuentas, aquella obra que se comenzó a filmar un 15 de noviembre de 1989 y que finalizaría sus tomas tres meses y medio después no fue más que un pequeño milagro que iluminó el tramo final de un siglo tempestuoso que comenzaba a largarse. Ello solo merece que cantemos loas al ya fallecido Demme, y que lo citemos siempre que podamos con afecto y agradecimiento.

1409

“Black Phillip, Black Phillip, a crown grows out his head. Black Phillip, Black Phillip, to nanny queen is wed. Jump to the fence post. Running in the stall. Black Phillip, Black Phillip, king of all”.

Bastó “The Witch” (2015) para que Roger Eggers se nos revelara como un genio incomprendido y loco que venía a sacudir el rutinario mundo en que vivimos. Y así fue, porque su magistral “The Lighthouse” lo corroboró con creces. Y es que como les he dicho alguna vez, Eggers es sobre todo un esteta. “The Witch”, su ópera prima, es una historia amarga, que se adentra en el recóndito pasado de la nación americana, atribulada de dolor y de pastores, donde la religión, con todo el misterio inmenso que conlleva tal cosa, pendía como una pesadísima aldaba encima del alma moral de todos.

Una familia de pioneros se abre camino entre el salvajismo del pretérito oscuro, asidos a la fe de las viejas escrituras y al fervor por sobrevivir a cómo de lugar. ¡Y de que espléndida manera lo cuenta Eggers! Sus actores son formidables y su historia, rala, seca, espantosamente cruel.

(El propio Egger, por cierto, Ari Sister, Luca Guadanigno… pertenecen a una especie de nueva ola del cine de horror, donde no solo basta el miedo por el miedo, sino que adentrarse en las raíces más insondables del misterio de la propia existencia parece ser el trofeo mayor, el magnífico Dorado creativo).

Como les decía, esta familia de pioneros termina por asentarse en los contornos de un bosque tan oscuro como la conciencia podrida de los hombres, para dar de comer a sus numerosos hijos. Pero la cena está servida en otra parte… Es tanta la profundidad de Eggers, es tanto su perfeccionismo, manifestados entre trazos simples, silencios aterradores, lenguas antiguas que farfullan los colonos, y en ese ocre gélido y espantoso de la América de los pilgrims, que terminada la pieza no podremos apartarla de nosotros; la sostendremos para siempre, sin remilgos, como las brujas descarnadas su aliento al elevarse por los aires.

1407

Tim Hunter nunca fue un gran realizador, a pesar de haber sido el primero en dirigir una adaptación de las novelas de S. E. Hutton, “Tex”, en 1982, antes de que el propio Francis Ford Coppola estrenara un año después las míticas “The Outsiders” y “Rumble Fish”. Pues bien, Hunter insistió en el gran tema de los jóvenes rebeldes (aquella secuela estética y filosófica de la cinematografía de los cincuenta vinculada a la aparición de la generación del Actor’s Studio) con su River Edge (1986), una pieza que a pesar de que en su momento adquirió cierta relevancia por el tratamiento oscuro de la psicología humana, hoy en día no es más que un filme desfasado y mediocre, debido en buena medida al pésimo guión escrito por Neal Jimenez y a las terribles actuaciones de Crispin Glober (de lo peor que he visto en toda mi vida) y un muy joven y deslavado Keanu Reeves.

Hunter sobreviviría luego como un muy decente realizador de televisión que dirigiría en grandísimas series como “Homicide: Life on the Streets”, “Deadwood” y “Breaking Bad” (logrando entre medio concretar un sólido filme escrito por Lyle Kessler, “The Saint of Fort Washington”), pero el fantasma de la mediocre River Edge, a pesar de ser el debut de Ione Skye (luego constituida en un ícono del cine juvenil de los 80 con aquella “Say Anything”) lo perseguiría por siempre, recordándole continuamente que los Coppola sólo nacen una vez de tanto en tanto.