3018

Viendo una peliculilla de 1955, «I Died a Thousand Times», dirigida por Stuart Heisler, un discípulo de Samuel Goldwyn y John Ford. Una especie de mixture entre cine noir y gangsteril con un Jack Palance en su prime y los excelentes secundarios de Lon Chaney Jr (Sí, el mismo que viste y calza), Shelley Winters, Lori Nelson y el gran Lee Marvin.

¡Un vacilón!

3008

Aclaremos un punto: Ana de Armas es una actriz extremadamente mediocre en términos histriónicos. Su elección para representar a Marilyn Monroe puede haber estado determinada por cierta remembranza fisionómica, pero sobre todo por todo ese “amplio” concepto que carcome al Hollywood moderno: la inclusividad. Déjense de ese falso y ridículo sentimiento “patriótico”, que de no haber sido Ana la escogida, habría sido Camila Estela Huruapan, nunca una rubia platinada sajona.

2079

Tim Allen al fin ha hablado sobre Buzz Lightyear, luego de que Disney lo quitara del camino para colocar a un muy conveniente Chris Evans para la secuela “Lightyear”. Y resulta que la concreción de la idea seminal, surgida hace varios años ya, se hizo sin el equipo original responsable de las cuatro Toy Story. La purga fue absoluta, total. La dirección y la historia corren a cargo de Angus McLane, un tipo relacionado con algunos de los productos residuales de la franquicia (nunca con los filmes, que son en fin de cuentas las grandes obras). Lo mismo aplica para el ptro guionista, Jason Headley, y para el resto del reparto y equipo técnico. El resultado? Una pieza woke que está siendo vapuleada por el público, en la taquilla y en la crítica. De hecho, no recuerdo nada que haya punteado tan bajo (5.3) en la franquicia de Pixar anteriormente. Aunque como todos sabemos , ya ni siquiera se trata del viejo esquema de arte y dinero; ahora todo es ideología, como en aquellos estados totalitarios a los que la “democracia occidental “ pensó alguna vez que había derrotado. Una vez que aparentemente el reservorio había muerto, el Alien incubado salió para despedazarnos a todos…

2078

He visto esta noche “Cold in July” (2014), una pequeña pieza negra premiada en numerosos festivales independientes, dirigida por el prometedor Jim Mickle. Amén de algunas concesiones en post de una buena venta, la cinta de Mickle puede catalogarse de decente, a la par de muchas de su estilo que fueron rodadas en la prolífica década de los ochenta, de las cuales esta parece ser una especie de homemade. Manejada desde la perspectiva del hombre común enfrentado a retos extraordinarios, el metraje se disfruta, a pesar de cierta disonancia en la estructuración de los personajes y el acontecer de la historia.

Lo mejor reside, sin duda alguna, en el pulseo (a veces algo soso debido a las limitaciones del guión) entre los veteranos Sam Shepard y Don Johnson, dos tipos que todavía son capaces de hacer palidecer a Jason Statham y toda esa caterva de actorcillos que presumen de tipos duros.

Si no tienen mucho que hacer y quieren entretenerse un rato, no desaprovechen la oportunidad de paladear esta pequeña muestra de cine B que, aunque a veces nos parezca increíble, sigue existiendo en los contornos de la modernidad en que habitamos. Después quizás se animen a repasar trabajos memorables como The Hot Spot o la soberbia Blue Velvet, que tanto hicieron por el subgénero en aquellos años donde la guerra fría seguía haciendo de las suyas.

(Escrito en Junio del 2016)

2074

“The Mist” (2007) es una cinta prescindible en la obra de Frank Darabont, por supuesto. Excesivamente amarga, poco creíble, “paquetera”, se regodea en una de las peores noveletas salidas del ingenio de Stephen King y procrea, como resultado, una peliculilla menor. Sus méritos no son artísticos, sino especulativos.

El morbo yace en reconocer a esta “The Mist” como la predecesora visual, y sobre todo conceptual, de esa obra maestra que le sucedería en forma de episodios en la cadena AMC, “The Walking Dead”, cumbre del escepticismo existencialista; aspecto no trivial si tenemos en cuenta que el mismo carácter eidético anima al espíritu del filme.

Darabont experimenta con el concepto de la libertad sitiada, pero en vez de zombies en las sombras, criaturas fantásticas en la niebla. Y aprovecha el espacio cercado para echar a pelear a los hombres entre sí (el verdadero peligro proviene de nuestros semejantes y su naturaleza gregaria y animal) y para liberar los demonios de los fanatismos y las masas acarreadas como ganado inútil.

En ese sentido el personaje interpretado por la muy talentosa Marcia Gay Harden es remembranza de aquella madre de Carrie que, enarbolando la biblia con ceño fruncido y dedo acusador, empujaba hacia el límite los horrores y afianzaba el predominio del apocalipsis en la tierra.

A veces haber filmado “The Shawshank Redemption” puede constituirse en una pesada carga, incluso para un creador de la talla de Frank Darabont. La exigencia exagerada hacia “The Mist”, que en teoría siempre debió haber sido percibido como un proyecto menor, así lo corrobora.

(Escrito en 2016)

2069

A Tim Allen le robaron su personaje de Buzz Lightyear por su condición de conservador. Disney ya no tiene la paciencia ni la prudencia de lidiar con quienes no comulgan con su cruzada “progre”. Por eso terminaron contratando, para ponerle voz al personaje de marras, a Chris Evans, uno de los tantos miembros de la cofradía azul, un tipo dispuesto a ofender a sus potenciales clientes con todo el descaro que proporciona la impunidad de representar a una especie de nuevo moralismo que ya lo desborda todo.

Lo curioso es que la gente sigue jamándose el millo de la prevalencia de las leyes del mercado, donde lo que da dinero es lo que cuenta. Que inmensa candidez! A Disney, y sucedáneos, no les importa perder millones y millones con tal de llevar hacia adelante su sacro proceso de evangelización. Que todo sea en aras de un nuevo mundo y de una nueva historia!

Mientras, un mal real como el síndrome del espectro autista avanza sin cortapisas y nadie siquiera lo menciona. Millones y millones de personas afectadas por un padecimiento extraño del cual sigue sin saberse alguna cosa, gente que en su inmensa mayoría no procreará ni formará familias, se ahogan y sofocan entre la incertidumbre de la dejadez y la inconsecuencia de aquellos a quienes no les importan. Lo más jodido de todo? Que nada, absolutamente nada es casual.

2040

Veo una entrevista de Vanity Fair en su canal de youtube con Harrison Ford, quien revisa su carrera. El tipo se la pasa hablando de “los viejos tiempos”. La nostalgia lo aniquila. “En los viejos tiempos los tratos se sellaban con un apretón de manos”… “En los viejos tiempos filmábamos con el alma”… “En los viejos tiempos…”

Muchos de estos actores añoran el pasado, pero ayudan a cimentar el horrendo presente con declaraciones cobardes y gestos oportunistas. Todo el mundo trata de garantizar su pequeña cuota de regencia. Es el afán de la sobrevivencia y los que mandan lo saben; e incluso, cuentan con ello para “manichear” el ejercicio del poder.

2013

Sé que ya lo he dicho antes, pero acabo de ver nuevamente la magnífica The Road y quiero volver a recomendarla. Cómo no hacerlo si es una de las mejores historias que han sido narradas en lo que va de siglo!? La novela de Cormac McCarthy ha encontrado refugio seguro en esta pieza memorable, impresionante, dolorosa y hermosa de John Hillcoat. No sean tontos, si no la han visto corran a hacerlo. Si ya la vieron, repítanla con ganas. En fin de cuentas, la vida es una.

1588

La primera vez que recuerdo haber visto a William Hurt fue en Body Heat, en una época en que el cine noir me apasionaba. Luego Lawrence Kasdan y Kathleen Turner (o mejor dicho, desde ese mismo día), pasarían a engrosar mi lista de favoritos y a ser referentes modélicos (entre tantos otros) de mi formación personal y cinéfila. Hurt también, por supuesto. Yo era apenas un pre púber, pero la historia de esa Florida soñada y calurosa, de esa femme fatal que quería asesinar a su marido, y del abogado pueblerino dispuesto a arriesgarlo todo por amor (o por un buen palo) me parecía irresistible. Ver cine era escapar a otros mundos vedados por el recio dogmatismo castro-comunista y Body Heat, en ese sentido, era como una daga que aguijoneaba el grueso telón verdeolivo que intentaba mantenernos prisioneros en cuerpo, y sobre todo en alma.

Con el paso del tiempo otros filmes de Hurt, un actor sólido y preciso, pasaron a formar parte de mi “hemeroteca visual personal”. “Altered States”, aquel ejercicio psicótico de Ken Russell; “The Big Chill”,; la prohibida en Cuba “Gorky Park” que vi durante mi exilio en Chile; “Broadcast News”, al lado de la entonces imparable Holly Hunter; “The Accidental Tourist”; la malograda “The Village” de Shyamalan; “A History of Violence” y tantas otras antes de caer en el inevitable simplismo y mediocridad de Marvel, son piezas que a partir de hoy morirán también un poco tras la partida del maestro. La vida se nutre de interminables ausencias que, paso a paso, van conformando la memoria de los hombres. Hurt aportó su granito de arena. Guardemos un silencio respetuoso.

1553

Los campos verdes y dorados de Greenville, con sus polvorientos caminos de cieno y piedra, ay, tan parecidos a los de Colón, y su gente áspera y salvaje, son los constituyentes esenciales de esta pieza sensible, sobria y emotiva de Matthew Gordon. Hay algo acá quizás de aquel Francis Ford Coppola de inicios de la década de los ochenta, o del Gus Van Sant de dos lustros después.

“The Dynamiter” (2011), con toda su carga de honestidad y simpleza, fue una cinta pequeña que alcanzo merecido reconocimiento y que cosechó justísimas alabanzas en numerosos festivales cinematográficos durante el año 2012.

Es, en cierta medida, un regreso a la América profunda, poco glamorosa, recia, que sobrevive en la invisibilidad de lo cotidiano y de lo insulso, y que quizás ha alcanzado una cierta relevancia por los acontecimientos políticos de las últimas semanas. Vale la pena, les recomiendo, disfrutar de una pieza que no parece atesorar deudas de gratitud con nada ni con nadie y que evidentemente nace del espíritu libre de la creación. La pueden encontrar en Amazon Prime.

1435

Revolutionary Road es una de las cintas más intensas y profundas y descarnadas que se han filmado en la historia del cine. Sus personajes adorables y patéticos, tan humanos y reales, miserables y complejos, son reflejo de la indigencia que cargamos dentro. Estructurados en base a un formato prácticamente teatral, nos gritan, nos ofenden, nos causan un dolor profundísimo y letal, una pena insoslayable de la que recuperarse es imposible, incluso al paso de los años. Revolutionary Road no es más que una aguda narración acerca de cómo los sueños, etéreos, imprecisos, se hipertrofian bajo la égida del desequilibrio, de la inconformidad, del desarraigo. Nos enseña, con esa crueldad infinita que se agazapa tras la normalidad y el acomodo, la manera en que el pragmatismo y las circunstancias objetivas apisonan los delirios de una vida distinta.

Todo el leit motiv que nos anima, como observadores de esta obra magnífica y brutal, es descubrir si Sam Mendes toma partido por alguno de los decursares de la historia. Pero al final la respuesta parece ser clara y directa. El realizador inglés es un cronista, un cirujano que disecciona sin juzgar. Su afilada navaja solo expone para que seamos nosotros quienes enjuiciemos y decidamos. No es Mendes, como equivocadamente muchos piensan, un crítico implacable de la sociedad norteamericana, del sueño idílico del “imperio” todopoderoso. Es un crítico implacable de la humanidad completa, del animal que somos. No es otra cosa, Mendez, que un aniquilador de quimeras y utopías.

Sobre las inmensas actuaciones, subestimadas me parece, hay que acotar a una Kate Winslet, salvaje y hermosa, inquietante y turbada, potra de raza que finaliza esta carrera con ventaja sobre los otros. Y a un Michael Shannon, con un par de escenas brillantes, magistrales, que debió haber ganado el Oscar ese año. Su voz es la de la conciencia, demente, cínica, desolada y cruel, que habita muy dentro de nosotros. ¿Y De Caprio? Pues este Frank Wheeler surgido del talento de Richard Yates da vuelta y media al Hugh Glass de Iñárritu, que tanto reconocimiento recibiera. Y es que a veces no se trata del talento per se, sino de las circunstancias y su historia.

(Reseña escrita en el 2016)

1402

El gran mérito de González Iñárritu en The Revenant, consiste en mantener y acrecentar la tensión por medio de una cámara subjetiva que se arrastra, como reptil, cuasi a ras del suelo. Eso, y las largas secuencias montadas en escasos planos, le dan el tono a una cinta que quiere ser brutal y seca y escabrosa, y que a ratos lo logra. The Revenant no es más que la historia de una venganza, simple, lineal, sin ardides ni hojarascas. Y es esa misma simpleza la que la despoja de lecturas complejas sobre la existencia misma. Personajes vacuos y superficiales, conflictos burdos e imprecisos, ayudan a desdibujar la historia. Esta vez, hay que concedérselo a Iñárritu, el pragmatismo se impone.

1254

Iba a hablar del filme “Plantados”, pero todo el mundo ya lo ha hecho. No hay demasiado que aportar. Quizás, sólo, que más allá de cualquier análisis estético o cultural que quiera hacerse, para mí lo verdaderamente importante en este caso es el alto contenido testimonial que posee la obra. Hablar alto, fuerte y sin tapujos contra los horrores del castrismo, aparte de ser un ejercicio atípico y escaso en estos tiempos (contrariamente a lo que muchos piensan), merece admiración y respeto.

1227. La cité des enfants perdus

Jeunet está loco; es fácil sospecharlo. Desde su “Delicatessen” comprendimos que las malas juntas con su compatriota Marc Caro parirían obras estrambóticas y alucinantes. “La cité des enfants perdus” (1995) es el ejemplo perfecto. Dentro del imaginario distópico del filme, donde las almas de los niños son robadas en aras de un “bien mayor”, hay espacio para el ojo sauroriano del Grand Frère, mezcla perfecta de Tolkien y de Orwell. Aquí los cíclopes podridos son la continuación teórica y estética de los troglodytes del París postapocalíptico; los niños, el remanente de la resistencia al mal (que no se concibe a sí mismo de tal forma); los escasos héroes, lunáticos o sobrevivientes. Lástima que la genialidad visual (a la usanza de Terry Gillian) se resienta tras el relajo con que se concibe la historia: si sobrepasas la primera media hora de la pieza, entonces ya no podrás nunca pretender que la ignoras. Y es que Jeunet y Caro crean, a pesar de sus defectos, obras imperecederas y soberbias.

1226. High Noon

High Noon (1952) nació a la sombra del mayor encontronazo cultural que ha conocido la historia de la unión: el macartismo. Y su discurso, más allá de lo que podamos interpretar, se encuentra a la diestra de Kubrick y no a la siniestra de Carl Foreman. Por cierto, esa larga escena filmada por Zinnemann que antecede a la llegada del tren con el villano Frank Miller a bordo, al pueblo cobarde de Hadleyville, es una obra maestra de la narrativa. ¿Qué más se puede pedir? No mucho.

1222. Delicatessen

Hay algo dalístico en las cintas de Jeunet. Y es que toda aproximación artística o teórica al apocalipsis o a la muerte no deja de ser surreal, de ahí que el humor negro se acomode tan bien a la estética del fin del mundo. En este acápite Jean-Pierre Jeunet es un maestro. “Delicatessen” (1991), su ópera prima, lo refrenda. No en balde Alan Parker fue un entusiasta fan durante el estreno de la pieza y el excelso Terry Gillian la presentó personalmente en América.

En un vetusto edificio de una París moribunda, los despojos de la existencia de alguna vida pasada se alimentan de otros despojos, igual de miserables. La estética jeunetiana, reconocible a diez mundos de distancia, no sólo capta los colores brillantes del impresionismo del fin sino que, también, se regodea en los sonidos de la existencia. ¡Es grande Jeunet, qué duda cabe! Un Claude Monet, un Pierre-Auguste Renoir, un Édouard Manet…

Sin embargo, es necesario reconocer que la estrella de Jeunet fue más luminosa al lado de Marc Caro, con quien no sólo filmó esta Delicatessen amarga y divertida, sino también aquella “La cité des enfants perdus” que tanto diera que hablar antes del nuevo siglo. Tras la separación artística, ya casi nada sería igual. Aún así, al realizador galo le adeudamos varias horas de entretenimiento y emoción. Y esta “Delicatessen” es, en buena medida, responsable de tal cosa.

1219

En tiempos de absoluta mediocridad creativa, “The Dig” (2021) es una especie de consuelo. El filme de Simon Stone, que parte de la máxima de que “excavamos para conocer a los muertos”, no es más que una aproximación delicada y sensible al afán de los hombres por prevalecer y ser eternos. Ralph Fiennes, subvalorado pero excelso, y la muy talentosa Carey Mulligan, son la dupla que, a la usanza de Minghella, ponen el rostro de la Inglaterra que sobrevive al pre apocalipsis de la guerra, sin caer en la modernidad reaccionaria del nuevo discurso cultural que se cocina a estas alturas del siglo XXI. Demos un “hurra” a la adaptación de la novela de John Preston por parte de la experimentada Buffini. Lo merece.

1213

Cuando Russell Rouse y Clarence Greene escribieron el guión de DOA, probablemente no sospechaban que la era de oro del cine noir norteamericano llegaba al final, quedando su peculiar narrativa como una de las historias más brillantes del género, a pesar de lo poco pretencioso del filme armado por Rudolph Maté. El advenimiento de los “jóvenes furiosos”, dibujados a la usanza de Lee Strasberg, clavaría el último estacazo en el corazón atribulado del antiguo cine norteamericano, para dar paso a la etapa brillante de los Brando y los Kazan de turno. DOA ha sobrevivido, a pesar de sus múltiples falencias, la etapa del cine estadounidense de la post guerra, y con el andar del tiempo se ha convertido, incluso, en una pequeña pieza de culto a la que vale la pena volver de vez en cuando.

1203. La vida es ágil y se larga con presteza.

La apoteosis creativa de Peter Weir vino de la mano de «Dead Poets Society» (1989), luego de veinte años de una carrera ilustre que incluyó piezas imprescindibles como Picnic at Hanging Rock, Gallipoli, The Year of Living Danngerously y Witness. (Ya luego no sería igual, a pesar de la sobrevalorada The Truman Show).

La máxima de la historia de Tom Schulman, un veterano guionista de obras menores, parte de un verso de Keats: «Sólo en sus sueños el hombre es libre». Y también, por supuesto, del viejo Whitman, aquel a quien Bolaño apuntaba como «culpable de muchos males». Y es que el Carpe Diem poético no es otra cosa que la aseveración de que la vida es ágil y se larga con presteza.

Dead Poets Society es una pieza estremecedora que linda con las fronteras de la maestría, así como los arenales de Chichuahua se extienden sobre el norte del México irrascible y el sur de la América decente. Y aunque las apetencias de Keats son apreciables, no dejan, sin embargo, de ser también fútiles y desesperanzadoras. Weir, en el espacio reducido (y al mismo tiempo infinito) de una escuela privada para jóvenes pre universitarios nos canta ese sueño libertario que se ha ido volviendo mustio en el arte occidental, nos muestra la heroicidad utópica de la libertad contra la opresión cotidiana del poder. En ese sentido, toda obra que apele al espíritu de la emancipación desde una perspectiva individual es admirable y atendible, aunque no por ello deja de ser naïve.

Weir y Schulman son también, en cierta forma, proféticos y sabios, quizás por la propia auto conciencia que los anima acerca de que la historia es cíclica y la naturaleza de los hombres siempre idéntica y repetitiva. Mr. Keating es, no hay que decirlo, el cordero sacrificado por las hordas. “Ustedes no pueden salvar a Keating… pero se pueden salvar a sí mismos», nos dice el chivatón de turno, como si morara en estos tiempos.

Dead Poets Society, como todas las grandes obras, también nos pertenece a todos, no desde la perspectiva comunitaria sino desde la razón ilustrada del individualismo. Hasta yo, un tipo criado en el barrio de La Creche, becado en uno de las inmisericordes (y al mismo tiempo memorables y nostálgicas) escuelas de Jaguey, donde no había espacio para la poesía, donde todo se trataba de la sobrevivencia y el carpe diem brutal de la existencia, me estremezco con aquel «Oh, captain my captain» con que los muchachos despidieron a su héroe sublime y redentor. O quizás me equivoco y sí era, efectivamente, poesía aquello que deambulaba entre pasillos, salones de clases y naranjales. Y es que el señor Keating nos acompañará por siempre, como el recordatorio eterno de que la vida pasa sin pausas ni descansos.