1203. La vida es ágil y se larga con presteza.

La apoteosis creativa de Peter Weir vino de la mano de «Dead Poets Society» (1989), luego de veinte años de una carrera ilustre que incluyó piezas imprescindibles como Picnic at Hanging Rock, Gallipoli, The Year of Living Danngerously y Witness. (Ya luego no sería igual, a pesar de la sobrevalorada The Truman Show).

La máxima de la historia de Tom Schulman, un veterano guionista de obras menores, parte de un verso de Keats: «Sólo en sus sueños el hombre es libre». Y también, por supuesto, del viejo Whitman, aquel a quien Bolaño apuntaba como «culpable de muchos males». Y es que el Carpe Diem poético no es otra cosa que la aseveración de que la vida es ágil y se larga con presteza.

Dead Poets Society es una pieza estremecedora que linda con las fronteras de la maestría, así como los arenales de Chichuahua se extienden sobre el norte del México irrascible y el sur de la América decente. Y aunque las apetencias de Keats son apreciables, no dejan, sin embargo, de ser también fútiles y desesperanzadoras. Weir, en el espacio reducido (y al mismo tiempo infinito) de una escuela privada para jóvenes pre universitarios nos canta ese sueño libertario que se ha ido volviendo mustio en el arte occidental, nos muestra la heroicidad utópica de la libertad contra la opresión cotidiana del poder. En ese sentido, toda obra que apele al espíritu de la emancipación desde una perspectiva individual es admirable y atendible, aunque no por ello deja de ser naïve.

Weir y Schulman son también, en cierta forma, proféticos y sabios, quizás por la propia auto conciencia que los anima acerca de que la historia es cíclica y la naturaleza de los hombres siempre idéntica y repetitiva. Mr. Keating es, no hay que decirlo, el cordero sacrificado por las hordas. “Ustedes no pueden salvar a Keating… pero se pueden salvar a sí mismos», nos dice el chivatón de turno, como si morara en estos tiempos.

Dead Poets Society, como todas las grandes obras, también nos pertenece a todos, no desde la perspectiva comunitaria sino desde la razón ilustrada del individualismo. Hasta yo, un tipo criado en el barrio de La Creche, becado en uno de las inmisericordes (y al mismo tiempo memorables y nostálgicas) escuelas de Jaguey, donde no había espacio para la poesía, donde todo se trataba de la sobrevivencia y el carpe diem brutal de la existencia, me estremezco con aquel «Oh, captain my captain» con que los muchachos despidieron a su héroe sublime y redentor. O quizás me equivoco y sí era, efectivamente, poesía aquello que deambulaba entre pasillos, salones de clases y naranjales. Y es que el señor Keating nos acompañará por siempre, como el recordatorio eterno de que la vida pasa sin pausas ni descansos.

1191. Los pecados inocentes

Hay pocas cosas tan presentes en nuestro imaginario como aquella gasa taponeando la nariz de Jack, asida a un paper tape que le cubría parte del rostro. Y es que Chinatown (1974) es un apéndice podrido. O al menos el reflejo de tal cosa. La obra soberbia de Polanski y Towne se nos convirtió de pronto en un clásico noir de ascendencia polaca, en un crossroad de los áridos arrabales desérticos de Los Angeles y el jazz universal de Goldsmith. Corrían otros tiempos en aquellos setenta. El excepcionalismo yuma era aún una realidad soberbia. A estas alturas, en pleno siglo nuevo, hasta los pecados de Polanski nos parecen inocentes… hasta la indecencia ficcional de Huston. Lancemos un réquiem por la pieza de Roman y por aquellos años, en que la simpleza era tanta como la vida misma.

1182

The Next Three Days (2010) es un thriller decente, dirigido por el algo amelcochado, pero casi siempre efectivo Paul Haggis, un tipo con buena mano y adecuado pulso para el suspense y el drama. Es un remake de la cinta francesa Pour Elle, imaginada por Fred Cavayé y Guillaume Lemans, adaptada por el propio Haggis, quien suele escribir el guión de sus piezas. De hecho, es como escritor que creo que Haggis brilla con luz propia, al legarnos cosas como Crash, Million Dollar Baby y algunas películas de la serie James Bond. El tipo tiene oficio. El tipo sabe. Y al ser poco pretencioso y extremadamente honesto, pues termina cayéndonos mejor. Ya lo sabes, The Next Three Days acaba de aparecer por Netflix y ayuda a despejarnos en tiempos tan oscuros. Enjoy!

1153

Aquella América inocente e indomable de Cool Hand Luke, que ya boqueaba, acaba de estirar la pata en estos días. Aquella América que todos añorábamos en la Cuba mierdera y opresiva está muerta y enterrada… Paul Newman y Stuart Rosenberg son dinosaurios de un pasado decente y bueno que ya no conviene. En todo caso, la nación entera está siendo empujada hacia la violencia más extrema, pero intuimos que cualquier cosa que resurja de ello, pase lo que pase, será un animal distinto, una hiedra venenosa de mil ramas secas. La nueva era ya está aquí… y somos testigos excepcionales de primera fila. ¡Abran bien los ojos! No se pierdan el show.


No hay obra más pertinenente en estos tiempos que Cool Hand Luke. Aquel que nunca la haya visto, que trate de hacerlo. Aquel que ya la vió, que la repita. En esos 127 minutos de metraje se encuentra todo lo que consideramos relevante. Incluso, es una pieza profética, si lo pensamos bien.

1119. Bill Conti y su tema de cierre

Coppola revivió el subgénero de ‘rebeldes sin causa’ a inicios de los años ochenta con un par de formidables piezas, The Outsiders y Rumble Fish, dejando servida la mesa para que otros realizadores, a lo largo del resto de la década, continuaran invocando los apesadumbrados espíritus de Nicholas Ray y Laslo Benedek.

Lo curioso del caso es que 1983, fecha en que el genio de Detroit lanzó aquellas obras, un semi novato Rick Rosenthal casi que se le adelantaba al dirigir un guión de Richard Di Lello, “Bad Boys”, donde gangas de muchachos rebeldes trasladan sus contiendas desde las calles de Chicago hacia los contornos de las prisiones juveniles. La cinta es buena, posee garra y entretiene, además de legarnos excelentes actuaciones de los entonces muy jóvenes Sean Penn, Esai Morales y Clancy Brown. Por cierto, los fantasmas de Di Lello sobrevivirían la narrativa de Rosenthal y parirían a Colors, la muy polémica obra que dirigiera Dennis Hopper en 1988 en un guión adaptado que tomara a la novela de Michael Schiffer como modelo.

Bad Boys, hay que decirlo, contiene más de una escena memorable en su metraje, pero si acaso tuviéramos que apostar por una cualidad imprescindible, tendríamos que decantarnos por la música de Bill Conti y su maravilloso tema de cierre que, a ciencia cierta, marcó toda una era a la usanza del Morricone de los sesenta. Créanme, no es poca cosa.

1109. El asesinato del espíritu

One Flew Over the Cuckoo’s Nest es una lectura sobre el poder y los dirigidos desde una perspectiva tan libertaria como naif, lo cual es una misma cosa, por supuesto. Demasiado iluso, el naturalismo “lockeano” cree desmedidamente y sin sentido en la bondad de los hombres. Forman lo intuye, y por eso nos habla de cómo se asesina al espíritu en nombre de la corrección y el orden.

Su discurso también es estoico: el mal es necesario para que exista el bien. Acá, en fin de cuentas, la influencia anárquica del ambiguo R. P. McMurphy refuerza, incluso, el carácter irreal de la historia.

Milos Forman parió una obra monumental y hermosa, que prevalecerá en la memoria de los hombres, siempre que la libertad sea un imperativo idílico de la existencia. Al provenir de una nación donde el comunismo malsano pudrió cada estamento de la vida, supo plasmar el fantasma impenitente de la delación como respuesta ante la pesada sombra del arrepentimiento.

1063

Imaginen una escena como esta hoy en día: la mujer grita en medio de una céntrica calle de New Orleans mientras dos tipos negros corren con su bolso en la mano. Una rubia (Ellen Barkin) derriba a uno de los cacos de un carterazo en las “zonas pudendas” (que denominación tan chea) mientras un policía de civil (Dennis Quaid) le lanza el auto encima a los ladrones, los derriba hacia el duro asfalto y los esposa. ¿Se imaginan? ¿Se imaginan una escena como esa en los tiempos mierderos que vivimos? ¿Un policía blanco encima de dos delincuentes negros, ejerciendo la violencia redentora de la ley?

The Big Easy (1986) es una comedia romántica con tintes de cine noir, o lo que es lo mismo, un compendio de vago condicionalismo moral, lo cual sería más que escandaloso en estos días, por supuesto. Una piececilla de Jim McBride polémica y “reaccionaria”, divertida y ligera, como aquellos tiempos.

La redención final, inevitable, necesaria, “moral”, es fácil, simple, sin nudos complejos que desatar, como Alejandro Magno cortando la atadura frigia al borde del Helesponto con su espada… de un sablazo, zas…. En la actual cultura de la cancelación, The Big Easy clasifica para estar entre las primeras eliminadas. ¿Apostamos?

1054. Rushmore

Wes Anderson es un narrador sui generis. Su obra, exquisita, está repleta de un humor sutil y algo rococó que siempre, de manera invariable, nos traslada a esos momentos de remanso que trae la evocación del pasado. Anderson es levemente descuidado, engañosamente surrealista… una especie de Terry Gillian de las postrimerías del siglo XX y primeras décadas del XXI.

Rushmore (1998), su segunda obra, es una pieza que navega las aguas de la incorrección social más profunda con una especie de candidez engañosa. Max Fisher es un nerd que roza la psicopatía y Herman Blume un millonario ingenuo e inseguro. La hermosa Rosemary Cross es el parteaguas que provoca la tragedia que no es tragedia y que genera una realidad absurda y divertidamente desalmada.

Tanto Jason Schwartzman como el mítico Bill Murray y Olivia Williams, bajo la tutela segura de Wes Anderson, nos legan tres personajes inolvidables y, sobre todo, sinceros, que nos sacudirán nuestra capacidad de compasión… como una bomba cualquiera aniquilando un poblado de inocentes.

1019. Heathers

Los años ochenta marcaron el triunfo del existencialismo adolescente. Ajeno a las complejidades de un Nicholas Ray (al que, por cierto, Francis Ford Coppola intentó retomar dentro del subgénero a inicios de la década), la cinematografía sobre teenagers obvió cualquier aproximación a las profundidades existenciales que, a manera de narrativa, podrían haber reflejado la vivencia angustiosa de la guerra fría, y se dedicó a contar con descaro y muchas veces una buena cuota de cinismo, las tribulaciones del grupo generacional. Si se realiza un compendio de todo lo hecho en la materia a lo largo de toda la década, podría entonces, a pesar de esa ausencia de “espíritu hermeneútico” del que les hablaba, obtenerse un vívido compendio de las preocupaciones y de las realizaciones de la época.

Heathers, una cinta del malogrado Michael Lehmann, contiene el pecado de tomarse demasiado en serio. Pero quizás sea esa propia arrogancia la que le permite intentar dar un paso más allá e intentar materializar la soberbia de la época, el nihilismo de sus personajes, y transformarlos en esa hipertrofiada maldad con que la obra se expande en cada escena. Las reglas del interior del high school son las mismas reglas de la vida, solo que exageradas por la mitología del guión. Lástima del tono moralista y de la forzada intención filosófica de la historia. Al menos nos queda la Winona Ryder, antes de robarse aquellas cosas de una tienda cualquiera.

(Escrito en el 2016)

1018. Closer Encounters of the third grade

¿Cuántos de ustedes no soñaron con que la inmensa nave extraterrestre, tras la musiquita de rigor, disparara y barriera con los científicos apilados al pie de la meseta del diablo, Wyoming, aniquilando así las risillas nerviosas y condescendientes de los testigos en “Closer Encounters of the third grade”? ¿O que a Dreyffus lo acuchillaran esos enanos cabezones tras instalarlo cómodamente en la nave nodriza? Vamos, admítanlo, aunque sea una vez. Nos place sobremanera… El sueño, en todo caso, nos lo cumpliría décadas después Tim Burton.

En realidad “Closer Encounters of the third grade” es más una precuela estilística de Indiana Jones que una antecesora intelectual de ET. Y podría decirse también que es una de las piezas más relevantes de la etapa dorada spielbergiana, esa que abarcó, en mi opinión, desde 1975 con Jaws (tras una larga jornada de ejercicios preparatorios televisivos) hasta la majestuosa Empire of the Sun de 1987.

Si quieres saborear la auténtica sazón de Spielberg, esta es una pieza esencialísima, vital, irremediable. La he vuelto a repetir después de más de treinta años y debo confesar que sigue siendo insuperable dentro de su espíritu y su estilo.

1005. Munich

¿Es la familia la patria y no la patria? ¿Es el núcleo de nuestros seres amados la única ideología más que la propia ideología? ¿Es el linaje de la casta el partido y no el partido? Spielberg nos escudriña, sin remilgos, con estos cuestionamientos universales en “Munich”, una pieza que tras un arranque promisorio termina doblegándose hasta convertirse en un ejercicio forzado de moralidad. Y aunque el realizador me parece que trata con justicia las complejidades del personaje principal, un tipo de carne y hueso como cualquiera de nosotros, al final no podemos dejar de pensar en la posibilidad real de que las dudas del propio Avner, acaso, sean las del propio Spielberg.

“Munich” nos cuenta la historia de cómo Israel, tras el asesinato y secuestro de los atletas judíos en las Olimpiadas del 72, salió a cobrar venganza ajusticiando a once terroristas árabes avecindados en Europa. Eran otros tiempos (cuando la pieza se filmaba), corría el año 2005 y todavía Hollywood se podía tomar la libertad de producir cintas de este corte.

La obra de Spielberg es, además de paranoica y bipolar (por aquello de lidiar con la incertidumbre del liberalismo del ejecutor y el espíritu conservador del propio ejercicio narrativo) una de las cintas más entretenidas de la década pasada. Y es que tras la crítica (quizás demasiado entusiasta y un poquitín hipócrita) a la rudeza judía en su afán como nación por la supervivencia subyace también la realidad incontrastable de cómo la sombra de la muerte, sea cual sea su naturaleza o su razón, termina por cambiarnos para siempre.

998. La Ragazza Della Nebbia

«La Ragazza Della Nebbia» no es un policiaco común. En lo absoluto. Está contada de una manera muy inteligente y sagaz, precisamente por Donato Carrisi, un tipo que adaptó y dirigió su propia novela, repleta de giros asombrosos y sobre todo subjetivos, lo cual en conjunto debe haber ayudado muchísimo en el resultado final. Lo cierto es que esta historia podrida se asemeja mucho más a un relato nórdico de Stieg Larsson que a un policiaco azurro. ¿Efecto de la globalización? ¿Quién sabe? Con tal de que no metan al mediocre Padura en este mismo saco…

997. St. Elmo’s Fire

St. Elmo’s Fire tiene la particularidad de ser una cinta ochentera con nostalgia por la década de los ochenta. Fue, en ese sentido, una especie de pieza premonitoria, un pequeño enclave reaganístico en la era de la social media… o viceversa. Anunció el comienzo del fin de una etapa, corroborando aquello de que luego de subir a la cúspide sólo queda rodar cuesta abajo. Y es que en un lustro ya no reinaría el glam sino el meteórico grunge, para luego dar paso al progresismo reaccionario que nos atosiga en el presente.

JoeSchumacher, como realizador, tiene la sensibilidad de un dinosaurio extinto y no es un narrador sagaz, nunca lo ha sido, por eso la irregularidad en el tratamiento del tiempo y las disgregaciones en la historia. En manos de otro quizás St. Elmo’s Fire podría haber llegado a ser un batacazo conceptual. No obstante, a la obra capitalizada por el brat pack (ese concepto horrendo imaginado por David Blum) se le capta la idea general y se le reconoce su carácter profético.

992. The English Patient

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El taciturno Almasy (ese terrible apellido que acarrea a la muerte) y Katharine Clinton, sentados en medio del agreste desierto norafricano donde los tanques del general Rommel habían sembrado el pavor más absoluto, son el reflejo de cuánto puede llegar a doler la vida.

“The English Patient” es la historia de una traición. Un filme doloroso y terrible, he de decirles; un hermosísimo relato porque en la tristeza y en las imperfecciones de los hombres también habita, en ocasiones, la belleza. Creo que, a diferencia de muchas otras, esta es una pieza que ha ganado con los años. Le ha valido a Minghella la sobrevivencia eterna, luego de aquella muerte tan prematura e injusta.

Y es que The English Patient es una de las piezas más monumentales jamás filmadas, repleta de innumerables escenas poéticas, de punta a rabo, y de paisajes increíbles que nos recuerdan cuán minúsculos somos ante el milagro de la creación. La cinta es un lienzo renacentista coloreado en los tiempos inciertos del fin de un siglo. ¿Qué más decir?

976. Deadwood, the Movie

No tenía idea de que los productores de “Deadwood” habían sacado una película el año pasado para darle fin a una de las más grandes series jamás filmadas. Ya lo había visto con la magnífica “Homicide: Life on the Streets”, la pieza de Paul Attanasio, David Simon y Tom Fontana que había, a su vez, supervisado Barry Levinson y que se convirtió en una especie de material predecesor de “The Wire”.

Pero no fue hasta que me tropecé en HBO con la versión cinematográfica escrita por el sempiterno David Milch y dirigida por el especialista televisivo Daniel Minahan, que caí en cuenta de la necesidad de redención que atesoraba la majestuosa historia de aquel poblado legendario del West regido por el sheriff Seth Bullock y el empresario Al Swearengen donde asesinaron a Wild Bill y donde Calamity Janes se emborrachaba en las esquinas.

Ubicada diez años después del cierre intempestivo de la serie, la cinta sabe a poco y no es el colofón preciso para tanta brillantez pasada, pero al menos te dibuja una sonrisa permanente a causa de tan entrañables e inolvidables personajes. Y es que toda gran historia necesita un cierre. Aunque sea esporádico y leve y escasamente abarcador.

Deadwood: The Movie, en fin, es como el café matutino que tras olerlo en la cocina al amanecer te trae recuerdos hermosos del pasado. Para los fanáticos de la pieza original, se hace imperioso ponerle fin al luto con la cinta de marras.

975

El neoyorkino-cubiche George A Romero era un perfeccionista. Esa fue la razón por la que estuvo detrás de la versión ochentera-noventera de su Night of the Living Dead, dirigida por Tom Savini. Dotar al remake de una profundidad existencial más actualizada y lógica acerca de la reacción humana ante la indecible oscuridad se constituyó en una razón fundamental para intentar el nuevo acercamiento a esa trágica y terrible historia de la resurrección de la muerte. La diferencia entre Romero y todos sus predecesores es bien simple: para el creador, el advenimiento del fin es causal de horror y desazón.

966. The Life of Pi

The Life of Pi es mucho más que la historia de un naufragio y de un tigre de bengala agazapado en un bote de rescate entre las tormentosas aguas del Pacífico. Tampoco es sólo la semblanza neo-bíblica de un Noe moderno. Y de ninguna manera es, como quizás podríamos pensar al comienzo del metraje, una especie de Amelie en versión hindú. No. Ang Lee, además de entregarnos un producto visual impresionante, nos narra una historia donde la cercanía fosforescente de un Dios cualquiera parece acecharnos a cada paso, con sus cielos espléndidos y sus mares como platos celestiales. The Life of Pi es, en definitivas, como atisbar el universo estrellado de Colón en los setenta: un milagro de vida.

963. The Lost Boys

“The Lost Boys” es un compendio de toda la parafernalia cultural de los ochenta, música, moda, nihilismo existencial… Y no podía ser otro que el recientemente fallecido Joel Schumacher quien pudiera lograr que funcionara el engranaje en una sola pieza.

El resultado del talento artesanal de Schumacher, (que ya desde “St Elmos Fire” entraba en su mejor época como realizador y que finalizaría en 1993 tras la magnífica “Falling Down”) es una especie de comedia negra-pop sumamente divertida y de gran carácter.

Sirvió, de paso, para ofrecer una visión distinta de la siempre seria y petulante cinematografía de vampiros. Lástima que sus ecos no sobrevivieran hasta estos días.

962. Basic Instinct

Lo mejor que filmó Paul Verhoeven en toda su carrera fue, sin duda alguna, Basic Instinct, aquella cinta de giros brillantes, ritmo preciso y excelentes actuaciones que terminó convirtiéndose en parte de la cultura popular debido a su arriesgado tratamiento del sexo como vehículo regenerador del sub género noir.

Para ello Verhoeven se apalancó en el siempre sólido Michael Douglas y en una, por aquel entonces, irresistible Sharon Stone, la rubia fatal que tenía al mundo a sus pies. Diálogos fantásticos y cortantes, una soberbia banda sonora perteneciente a James Goldwin y algunos de los mejores primeros planos de los cuales se pueda tener memoria han convertido a esta pieza en una obra que ha ganado con los años, y no sólo gracias al entrecruzado de piernas más famoso de la historia…

En resumen, Basic Instinct es una cinta brillante y entretenida, sabrosa y provocadora, algo que definitivamente ya no abunda en estos tiempos.