Diario sobre mi padre 10

El recuerdo más viejo que tengo sobre mi padre fue cuando tenía quizás unos tres años, y estábamos en el patio de cemento de la calle Agramonte, y él me arreglaba algún juguete casero… un palo de escoba que servía como caballo o algo por el estilo. Estábamos en el fondo de lo que entonces me parecía un patio inmenso. Era yo tan pequeño que las cosas que me rodeaban se me antojaban infinitas, interminables. Y el viejo estaba allí, en esea memoria vetusta que se achica (o se agranda) a medida que envejezco. Es mi recuerdo más antiguo también, detrás probablemente de aquel episodio brumoso de un pequeñísimo infante que apenas si gatea en medio de una sala de losas en Santa Clara.

¡Ay, viejuco querido! Aquellas sesiones de boxeo en las que yo siempre te noqueaba (de mentiritas), aquellas aventuras en tu trabajo, tú impulsando la bicicleta en la que aprendí a pedalear, tú aconsejándome con toda la sapiencia y la dulzura de la que sólo un Dios puede ser capaz… ¡Ay, viejuco! Ya nos encontraremos nuevamente. Y esta vez será para siempre…

Diario sobre mi padre 9

Sueño a mi padre muerto. También lo soñé vivo y pleno hace tan sólo un par de meses; una única vez. No sé por qué. Ayer fue el aniversario de su muerte. De más está decir que fue una jornada triste, apuntalada quizás por la esperanza de que nos estuviera viendo a todos desde arriba, desde ese lugar maravilloso donde habita, si es que…

A las 9:10 PM de la noche, hora de su muerte, me senté solo en el cuarto donde ocurrió la partida, ahora oficina, buscando un aviso, un guiño cómplice, una señal que me devolviera la esperanza. No estoy seguro de que haya ocurrido. El estremecimiento usual de los recuerdos tristes, quizás no mucho más… ah, y el recuerdo, siempre el recuerdo.

Aún no he publicado los cuentos que escribió mi padre ni sus memorias. Tampoco mis reseñas de cine. La vida va pasando, rauda e irredimible, y apenas si nos damos cuenta. ¡Ya nos arrepentiremos alguna vez!

Hay un app en el teléfono donde podemos vernos cuandos seamos viejos. Y soy la viva imagen de mi padre. Una prolongación física de su presencia. Mientras yo viva mi viejo también lo hará. Es una certeza que me ha asaltado durantes los últimos días. Una certeza que persistirá hasta el fin de mis días.

Diario sobre mi padre 8

Veo «The Way Back», una cinta del maestro Peter Weir, y recuerdo inexorablemente a mi padre. La lucha por la vida, por la sobrevivencia… la existencia tan frágil… aquella muerte por agotamiento tras haber batallado a sangre y fuego durante toda una semana… ¡Ay , viejuco querido! ¡Que dolor que ya no estés! Hay lutos que no cesan.

Diario SObre mi Padre

Mi padre, a pesar de sus casi 87 años, se fue a destiempo. Aún sentía que le quedaban cosas por hacer: publicar sus cuentos y memorias, ver graduarse de la universidad a Victor Manuel, que Anita le diera un bisnieto y que Nicole y Rafe fueran prósperos y virtuosos en la vida adulta, que la vieja no se quedara sola… terminar el Quijote…El viejo se pensaba inmortal, con ese afán con que los hombres buenos intuyen que serán recordados. Y esa inmortalidad es, a su vez, mortal, pues radica en nosotros, que también moriremos. Su memoria, mientras nos quede vida, será infinita y perdurable. Luego, como cenizas en el viento, seremos olvidados y arribará el descanso.Feliz día, mi viejo. Ya nos abrazaremos algún día nuevamente. Para entonces, no nos hará falta el recuerdo constante ni la indestructibilidad perenne. Nos tendremos todos, los unos a los otros. Para siempre…

Diario sobre mi padre 6

Recuerdo la última vez que fui a recoger a la escuela a mis hijos, Nicole y Rafe, en compañía de mi padre. Debe haber sido un martes 9 o un jueves 11 de febrero. No puedo precisarlo. Ya el viejo había estado hospitalizado en el Baptist Hospital de Homestead y había sido dado de alta el 9 de enero. Fue antes del segundo ingreso en el Kendall Regional Hospital el 17 de febrero. Lo recuerdo. Intentábamos retomar esa especie de tradición que repetíamos en sus viajes anteriores una y otra vez. Papi estaba sentado en el sofá de la sala viendo algo en la televisión y le dije: “Vamos, viejuco”. Como siempre, aceptó de buena gana. Se había recuperado mejor de lo esperado de su primer ingreso. A esas alturas comenzaba a comer mejor y a sentirme un poco más fuerte. Bajaba y subía las escaleras desde hacía días y hasta podía caminar sin asistencia, aunque usaba el roller Walker por razones de seguridad. Sin embargo, aquel viaje a la escuela de los niños fue un aviso del comienzo del fin. Lo noté en su mirada tristísima y confusa, en su semblante gris que avizoraba lo que se venía. Es como si mi padre, en ese viaje de cincuenta minutos de ida y vuelta se hubiera percatado que su herida era de muerte y que jamás podría volver a recoger a sus nietos a la salida de la escuela, y que no volvería a atisbar las barriadas vecinas ni el camino donde mataron al zorro rojo ni a la nichelandia periférica. Creo haberle comentado a mi esposa aquella terrible y oscura impresión que tuve. Aún sigo viendo, a menudo y entre todos los otros recuerdos angustiosos, aquella perplejidad en el rostro de mi padre. Y es muy duro.

Diario sobre mi padre 5

Aún me sobrecojo cuando por cualquier razón entro al cuarto donde falleció mi padre. Se vivió mucho dolor entre esas cuatro paredes y ese techo. Suelo quedar mirando la lámpara, por donde a veces quiero pensar que el alma del viejo se trasladó a esa otra dimensión a la que desconocemos y tememos, cada vez que entro allí. El sábado 27 de febrero, a las 9:10 de la noche, cuando mi padre falleció, yo quise imaginar que nos miraba a los que allí estábamos, flanqueando la cama de Vitas, desde arriba, desde ese punto central donde la lámpara está situada. Quizás lo haga todavía, cuando entramos. Ojalá así fuera…

Diario sobre mi padre 4

Estaba en un hospital inmenso, en una de sus salas, acompañando a parir a alguien que presuntamente conocía. Nunca vi el nacimiento del niño; sólo estaba al lado de la camilla de alguien que iba a parir y que esperaba a ser trasladada hacia el salón de partos. De allí salí a un inmenso pasillo bajo el sol, sin techo ni paredes, una especie de boulevard inmenso, por donde caminaban miles de personas en dirección contraria. Llegué a una curiosa entrada y allí encontré a mi sobrita Anita en compañía de mi padre, que vestía un hermoso pullover de rayas y lucía lozano y formidable. ¡Era tan real! Y sabía, para mis adentros, que resultaba imposible. Ahora no estoy seguro si fue Anita quien me clarificó que se trataba del espíritu del viejo, Nunca puede hablar con él. Al menos no lo recuerdo. En el sueño mi padre estaba muerto pero quizás feliz. Jamás podría asegurarlo.

Diario sobre mi padre 3

Anoche volví a soñar con mi padre. Fue un gran alivio, porque a pesar de estar muerto, podíamos comunicarnos. Yo vivía en una casa grande, vieja, irreconocible, oscura. Fueron a visitarme dos antiguos amigos de Cuba, los hermanos Gilberto y Vladimir Caballero. Conversábamos alrededor de una mesa, parados, junto a otras personas que ahora mismo no recuerdo. Mi viejo estaba entre nosotros, sonriendo, hablando. Yo estaba muy feliz porque comprobaba de esa forma que existía otra vida y que su muerte no había sido definitiva. Nadie más lo veía, sólo yo, pero el resto lo intuía… hasta el final de la conversación en que mi padre, de manera absolutamente inusual en él, agarró a Gilberto caballero de su moña y lo sacudió hacia un lado y otro como para que nosotros supiéramos que su aparición era real. Vladimir y yo y el resto reíamos a carcajadas.

Ya hacia el final de la noche una pesadilla volvió a mostrar a mi padre enfermo. Para entonces vivíamos en el tope de una inmensa ciudad, en las alturas, en una especie de casucha de papel. Mi padre yacía en una camilla, le había dado un accidente vascular encefálico y estaba molesto porque no podía comunicarse… un helicóptero vino a trasladarlo hacia algún lugar…

Y es curioso, porque soñar a mi padre airado responde a esos tres o cuatro últimos días de su vida, cuando batallaba contra la muerte. El viejo, siempre fue, a lo largo de su prolongada vida, un hombre dulce y afectuoso que jamás se molestaba por cosa alguna. Pero la imagen de esa última semana aún me tortura y me angustia. Quizás tampoco pueda dejar de sentirme culpable por el hecho de saber que mi padre moriría aquí, sin jamás poder regresar con vida a Matanzas, esa ciudad espectral. Se lo oculté… le di vanas esperanzas… no quería que sufriera en vida, aunque morir de un linfoma agonizando los últimos días es ya de por sí, sufrir…

Diario sobre mi padre 2

He vuelto a soñar con mi padre. Se ha convertido en algo usual. Estaba enfermo, como ya es costumbre en las últimas noches. Pero yo estaba feliz de que se mantuviera con vida. Sin embargo, ay, moriría nuevamente antes del amanecer. Hoy se cumple exactamente un mes de su partida. A las 9: 10 PM, exactamente. Hoy regresa mi madre de Cape Coral…

Diario sobre mi padre 1

Hoy recogí las cenizas de mi padre… 24 días después de su muerte. Funeraria La Paz en la Pequeña Habana. Llegué al lugar y el trámite fue rápido. Firmé algunos papeles y me entrgaron una caja que contenía dentro una urna. De regreso al auto, en el estacionamiento, abracé al cartón como si fuera mi viejo. Recordé cuando en su lecho de muerte, aquel 27 de febrero, horas antes del fin, lo apretujara con dolor y amor.

Aún ni me atrevo a escribir sobre estos tiempos. La tristeza ha sido horrenda, interminable, brutal. Veo a mi padre en todas partes. Le hablo en ocasiones… Coloqué el ánfora encima del mueblecito blanco que ahora está en el closet transitorio de mi madre. Allí descansan sus antiguos restos. ¡Cuánto dolor!