1242

Vi este fin de semana el documental “Superhuman, The Invisible Made Visible” que Amazon Prime tiene aún en su parrilla, por recomendación cercana. La pieza, basada en investigaciones científicas en el campo de la bioquímica, de la fisiología y las ciencias médicas, de la física y la metafísica, (como una prolongación de las indagaciones de Wilhelm Wundt) llega a una conclusión que yo comparto desde hace mucho: La conciencia prima sobre el universo físico.

La conclusión no es sencilla en lo absoluto, y da pie a que teorías como el “matrixmo” e incluso la reencarnación puedan estar sobre el tapete de cualquier discusión existencial. Pero ninguna, a mi entender (aunque en la obra de marras no se haga demasiado hincapié) cobra más relevancia que la de la vida tras la vida, lo que terminaría por dilucidar el misterio que rodea al fenómeno de la “muerte”.

El individuo trasciende el espacio físico… estamos todos conectados por una energía que trasciende las reglas de la comprensión común… Hay mucho del positivismo fisiológico de los libros de autoayuda en afirmaciones como estas. Y es que, más allá de certezas o errores, eso que podríamos llamar como voluntad colectiva tiende a ser siempre optimista y poco recelosa del destino. (Para un escéptico como yo, tal realidad es desafortunada). Al final, eso sí, nos queda la certeza de que nada es maniqueo y de que la complejidad es el sine qua non de cada momento y cada vida.

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El psicólogo Steven Pinker vuelve a refrendar, en entrevista concedida a Karen Weintraub, del New York Times, su visión optimista de la historia sobre el presente y el futuro. Tengo varios amigos que son fieles deudores de estas teorías. Yo mismo comparto muchos de los puntos de Pinker. Sobre todo, aquello de que la ilustración terminó imponiendo al mundo occidental una serie de valores que aún persisten. No lo afirma exactamente de esta forma, claro, pero es lo que trasmite al decir: “The most overarching explanation would be that the Enlightenment worked. The idea that if we — we being humanity — set ourselves the goal of improving well-being, if we try to figure out how the world works using reason and science, every once in a while we can succeed”.

En pocas palabras y para que se entienda, la Ilustración ha sido la apoteosis en el proceso de doma del animal que somos. Sin látigo y bozal, todavía moraríamos en feudos. El problema está en si se completa la elipsis de la historia y terminamos varados en la visión retraída del primer Fukuyama. Si las acciones de los hombres posee un comportamiento redondo, entonces ¿cuándo será el momento en que regresemos al punto inicial del que escapamos hace ya varios siglos? Para algunos, el desarrollo exacerbado de la tecnología tendría la respuesta…

1025

Anoche escuché en un programa de Mark Levin al venerable Thomas Sowell, una de las mentes más brillantes de la nación durante el último medio siglo. Ha envejecido Sowell; acaba de cumplir noventa años, pero aún así continúa escribiendo y ejerciendo como un intelectual de primera línea.

En la conversación, Sowell dejó entrever, sobre todo, su temor a que los Estados Unidos comiencen a descender cuesta abajo de manera inexorable. Sowell dijo:

“Nunca soñé que llegaríamos a este punto. Es una locura. Y lo que más temor me causa es que gente que se encuentra en puestos de responsabilidad está cediendo a cada demanda que se les hace, está repitiendo cualquier frase estúpida que se supone tienen que repetir. Creo que nos estamos acercando demasiado al punto de no retorno”,

Luego, hacia el final, revelaría su preocupación más inmediata: «Un triunfo de Biden en las elecciones, ganando el partido demócrata Senado y Congreso, significaría un punto definitivo de no retorno».

Y yo, que pienso exactamente igual…

788.

Un diario español, el ABC, publica una especie de debate entre dos filósofos sobre el tema de la libertad, aprovechando la circunstancia del confinamiento pandémico.

Es notorio que alguien trate un tema fundamental como el de las libertades en una época en que la histeria, el temor y la falsa condescendencia han corroído todos los discursos. Sin embargo, leyendo el debate de marras, no puede llegarse a otra conclusión que esta: la filosofía se ha terminado convirtiendo en un lastre inservible que sólo se sigue ocupando del ser y sus contornos sin mirar más allá de dos palmos de narices.

El regodeo semántico no es otra cosa que un estorbo demodé, insustancial e impráctico. Los tiempos han cambiado de una forma drástica. Los últimos doce años nos han abocado a un futuro inminente que rompe con toda forma de pensamiento anterior. ¿Y quién se ocupará de hablar de estos temas? ¿Acaso esos dos tipos que balbucean intrascendencias en el debate de ABC? Espero que, si existe un Dios, en realidad nos pille confesados…

716.

Y ya anda por ahí Slavoj Zizek promoviendo lo que erróneamente le achacan al coreano Byung-Chul Hank: la apoteósis futura de los colectivismos autoritarios. Abran bien los ojos, amigos versados en filosofía e historia, y acaben de entender que no existen reglas que puedan aprisionar el pensamiento libre. La mayoría de las profesiones humanistas no poseen el grado de especificación de las carreras científicas. No ataquemos a unos por lo que obviamos en otros. Yo me entiendo.

711.

El filósofo Byung-Chul Han sobre los tiempos que vivimos: «Llenos de pánico, volvemos a erigir umbrales inmunológicos y a cerrar fronteras. El enemigo ha vuelto. Ya no guerreamos contra nosotros mismos, sino contra el enemigo invisible que viene de fuera. El pánico desmedido en vista del virus es una reacción inmunitaria social, e incluso global, al nuevo enemigo. La reacción inmunitaria es tan violenta porque hemos vivido durante mucho tiempo en una sociedad sin enemigos, en una sociedad de la positividad, y ahora el virus se percibe como un terror permanente».

591.

Ángel Velázquez Callejas tensa la cuerda de su estudio etiológico hasta sobrepasar las fronteras del nacionalismo. Pensando a Cuba y su intríngulis existencial, Callejas se vuelca hacia lo universal y descubre, espantado, que los límites de la cubanidad son el pesado lastre que carga desde siempre el concepto isleño de nación. En su compendio ensayístico critica el tradicionalismo pedagógico cubano, presente durante todo el pensamiento pre y republicano, desarmando incluso a Enrique José Varona, probablemente el más escéptico de nuestros filósofos de la post guerra. Velázquez es, definitivamente, un heredero criollo del pensamiento nietzscheano. Su búsqueda constante y permanente, toda su propedeútica especulativa, va en pos del hallazgo de un nuevo Friedrich, sin percatarse que él mismo es quien ocupa tal posición en el nuevo panteón de la intelectualidad cubana.

525.

El futuro pertenece a los totalitarismos. A los totalitarismos tecnológicos. Un Gran Hermano virtual vigilará a todos en la venidera civilización occidental. Eso, si es que el primitivismo religioso del medio oriente no hace antes su tarea y se apropia del mundo que conocemos. En China ya se ejecutan los avances de tal sociedad orwelliana; se controla a las personas por medio del reconocimiento facial y se les adjudican o se les restringen puntos en dependencia de cómo estas personas acatan las normas morales establecidas por el régimen comunista. El premio o el castigo se regodea en las libertades inherentes al individuo: si eres un buen tipo, según los cánones del gobernante de turno, podrás viajar y tendrás acceso a determinados beneficios. En cambio, si eres un rebelde que no sigue los requerimientos destinados a la masa, serás una especie de prisionero.

Es inquietante, pero abrumadoramente real. La inteligencia artificial, puesta al servicio de gobiernos y tiranías, controlará cada paso y cada acción de nosotros, los hombres comunes y corrientes. La natural tendencia humana a ser regidos por los más fuertes y hábiles, nos llevará irremediablemente al totalitarismo tecnológico. Una dictadura global es, quizás, el futuro que nos merecemos.  

501.

Texto de presentación de dos libros escritos por el maestro Juan Felipe Benemelis (“Marx el equivocado” y “Los Bolcheviques”), leído en el Pen Club de escritores de Miami, hace ya cuatro años. Creo que ahora atesora, incluso, más vigencia que nunca. Ojalá lo disfruten.

Buenas tardes.

Hoy tengo el placer de presentarles “Marx el equivocado” y “Los Bolcheviques”, los dos últimos libros publicados por el historiador cubano Juan Felipe Benemelis, el más prolífico, sin dudas, de nuestros eruditos contemporáneos.

Quizás a algunos de ustedes les podría parecer atemporal el paritorio de estas obras. Quizás algunos de ustedes podrían pensar que volver a tocar el tema del marxismo, e incluso de las ideologías, es algo distópico y poco pertinente. En un final de cuentas ya Francis Fukuyama había decretado, tras la muerte del socialismo europeo oriental, el deceso de la historia. Sin embargo, la realidad es otra y al ascenso al pedestal de los “impíos” del fundamentalismo musulmán, es consecuente agregar el resurgir de los comunitarismos despóticos y de la complicidad que estos generan.

Es por ello que este trabajo epistemológico de Juan Felipe Benemelis posee una vigencia indiscutible y una utilidad pragmática notable. Ambos libros atesoran el nexo de la continuidad, y si en uno se desmonta eficazmente la entelequia marxista, en el otro se narra la terrible historia de la implementación práctica del horror.

Es así que Benemelis recorre un larguísimo trayecto que va desde los tiempos de la utopía de Thomas Moore hasta la realidad de nuestros días. Su andar, a la usanza de los antiquísimos profetas, es paciente y cadencioso, objetivo y vital. Su crítica mirada a la ideología pura y a los filosofastros que la sobrevivieron, es despiadada y ambiciosa. Y en ella está contenida todo el orgullo de esta obra.

Benemelis relata, expone, sugiere ideas y establece sentencias. Su labor investigativa, su conocimiento de la filosofía, son notorios. Y gracias a ello es que su apreciación se extiende, pienso yo, más allá del tronco teórico central hasta llegar a la izquierda toda, a la cual identifica como un subproducto remanente del marxismo, idéntica en sus afanes colectivistas aunque difiera en la implementación política.

En este sentido quiero apuntar el interesantísimo hecho de que un pensador brillante pero notoriamente anti doctrinario como Friedrich Nietzsche, acotara en “Más allá del bien y el mal” una sentencia reveladora acerca de la izquierda que aún hoy sigue atesorando una monumental vigencia: “No quieren ser responsables de nada. Y aspiran, desde un desprecio íntimo, a poder echar su carga sobre cualquier cosa. Cuando escriben libros, suelen asumir hoy la defensa de los criminales, una especie de compasión socialista en su disfraz más agradable. Y de hecho, el fatalismo de los débiles de voluntad se embellece de modo sorprendente cuando suelen presentarse a sí mismos como la religión del sufrimiento humano”.

Es en esta cuerda que avanza la crítica de Benemelis, quien a la manera tradicional identifica al Carlos Marx ideólogo con el idealismo hegeliano, fuente de donde bebe con abundancia y sed. De allí parte la mayéutica colectivista que no concibe al hombre sin el Estado. De allí parte el concepto de hombre histórico al que Hegel ensalzaba y acunaba, tan distinto a aquel otro que esbozaría Victor Frankl en la época de la postguerra.

Nuestro erudito hace notar con suspicacia esa notoria contradicción que subyace en el entramado más profundo del marxismo, donde no es posible conceptualizar una visión netamente materialista de la historia y al mismo tiempo pretender, como apuntaba el propio Nietzsche, ser la ideología encargada de agitar la bandera del humanismo. Es esta una afirmación que seguramente encontrará un sinnúmero de detractores, pero que al contrastarla con la realidad de los hechos, no admite discusión alguna.

Por ejemplo, en un capítulo titulado “Las distorsiones de Marx”, Benemelis deslegitima el discurso del filósofo alemán aseverando que “Marx ni siquiera llega a examinar las relaciones de clases bajo el capitalismo”. “Esta anomalía – dice Benemelis – se palpa en la parte de su obra que ubica al obrero en la fábrica, conveniencia que transforma las relaciones sociales en relaciones de producción y que responsabiliza al capitalismo de todos los males. En esta trampa metodológica Marx no observa las causas del modo de producción que están representadas por “El Capital”.
También nos habla Benemelis de los antecedentes obstétricos del marxismo y asegura que la criatura de Marx es hija de la tradición filosófica europea y que por eso manifiesta una estructura teística y autoritaria, apelando a la creencia en la libertad humana, resultando en un sistema de opresión sin igual en la historia contemporánea.

Leyendo estas historias sobre la filosofía marxista y sus herederos, sobre la Rusia soviética de Lenin y Stalin, de Jrushov y Gorbachov, no pude menos que asociar la presencia terrible del comunismo al mito medieval del Ángel caído y se me hizo irresistible el apelar a la exhaustiva valoración que hace Carol Karlsen en su libro “The Devil in the Shape of the Woman” sobre aquello de que el mal obedece a un principio de circulación de bienes escasos con fuertes bases políticas. O a la acotación de Dennis Muchembled de que la génesis de la hegemonía conceptual del Diablo tuvo una razón política, la de permitir a la iglesia católica tener jurisdicción sobre feudos y ducados. Pudiera parecer escandaloso, pero una extrapolación del comunismo filosófico al “mefistosfelismo” medieval pareciera, por semejanza y resultados, un ejercicio obligatorio.

Y es que Benemelis no hace otra cosa que desenterrar al mal y exponerlo a todos con la sabiduría de quien sabe palpar los horrores y los miedos. Juan Felipe nos cuenta sobre el materialismo histórico y la economía planificada, sobre la dictadura del proletariado y los intelectuales orgánicos de Gramsci. Juan Felipe nos alerta sobre los neo marxistas, descubriendo las inexactitudes de la escuela de Frankfurt y las pobres justificaciones de los filósofos franceses.

Benemelis deja muy claramente establecido que el estalinismo, por ejemplo, no fue una excepcionalidad del comunismo, sino que es carne y sangre de su esencia, que los totalitarismos son afines al colectivismo, que no se puede rasar la pobreza sin el establecimiento del terror.

Por ello es necesario, imprescindible, revisar estos textos, tan oportunos, tan certeros, en tiempos en que el fundamentalismo marxista se reagrupa y organiza. Así que los animo a leer encarecidamente “Marx el equivocado” y “Los Bolcheviques”, libros contenedores de sapiencia y sentido común.

478

El filósofo exiliado cubano, que carga con la praxis del marxismo sobre sus espaldas como se cargan las patologías terribles, tarda en dilucidar, en percatarse, que filosofía e ideología van de la mano.

La negación de la heurística marxista aprehendida en los salones de conferencias de las universidades cubiches debiera ser una razón que explique tanta aversión a la figura del filósofo ideólogo.

Y es que no todo es Konstantinov y Habermas. También hay lugar para un Fukuyama y un Revel.

440.

Francis Fukuyama, a pesar del fiasco del fin de la historia, se ha constituido en el gurú del concepto de “Democracia Liberal”. Tomando como punto de partida el neoconservadurismo post comunista, Fukuyama personifica ese nuevo voluntarismo que se ha impuesto en el discurso intelectual de la izquierda del nuevo siglo: la corrección política como dictadura global. Por eso no es extraño que un teórico del bushismo se alíe con conceptos tan “internacionalistas” como la crítica a las derechas nacionalistas y la exculpación de los feminismos extremos, echando mano a un dudoso (y subjetivo) sistema de valores morales que le otorgan mayor importancia a unas posturas en detrimento de otras. Me parece que leer “Identidad” nos da una idea de la entelequia filosófica del anti trumpismo neo liberal que predomina en estos tiempos. Es decir, el concepto de globalismo también se ha impulsado desde la centro derecha.

423.

La Democracia tal y como la conocemos es, en fin de cuentas, una expresión mayoritaria del colectivismo más ramplón, es un reflejo de la tiranía de las mayorías. La democracia, aunque cueste reconocerlo, suele ser una patología dañina que termina por corroer la libertad de los hombres. Es necesario, entonces, situarla en su contexto verdadero. Para ello es necesario un nuevo pensamiento que la escudriñe y rete. Para ello es necesario una revolución de la filosofía y las ideologías.

412. Totalitarismo en Cuba: un libro necesario

Ángel Velázquez Callejas posee el don, como estudioso de la filosofía, de contar con un sólido background teórico que le permite desplegar su despiadada crítica en contra de muchos de los valores establecidos que conocemos, específicamente en relación al tema cubano, con la simpleza de quien lee un cuento para dormir en una plácida noche de verano. Cuba: El último hombre es un ejemplo fehaciente de esto que les digo. A veces, incluso, llegamos a preguntarnos si Callejas es consciente de la manera revolucionaria en que visiona muchos de los tópicos inherentes a nuestra nacionalidad o, incluso, de la que forma en que aborda temas más universales dentro del área del pensamiento.
No me caben dudas de que el espíritu de Nietzsche ronda la obra de Callejas. Esa vocación por escudriñar desde una vocación crítica, pero mesurada, ideales canónicos del pensamiento y de la literatura criolla, lo convierten, sin dudas, en un excelente ejemplo de autor comprometido con su tiempo, de pensador agudo y reflexivo. Sin embargo, quien pretenda encontrar, en esta obra que nos ocupa, respuestas definitivas sobre determinados asuntos, terminará por decepcionarse, pues en las páginas de Cuba: El último hombre se propone más que cualquier otra cosa, como si fuera tarea del lector completar cada imaginario desgranado por el autor a lo largo de sus más de 311 páginas.

Velázquez Callejas abarca en esta obra desde el Zaratrusta Nietzschiano (donde por cierto se anima a hacer una comparación entre las tres metáforas ascéticas del pensador alemán y los tipos morales intelectuales de la isla) hasta el eterno tema del nacionalismo criollo, donde llega a plantear que el peso de la isla continúa permeando la obra incluso de los creadores exiliados.
El creador cubano es huérfano de la perspectiva psicológica de la geografía insular. Existe una conciencia del espacio físico, más no del etéreo, del mental. Y esto ha llevado, según nos dice Ángel Velázquez Callejas en El último hombre a convertir el nacionalismo en una constante de la obra criolla. Nacionalismo que se ha alimentado del trabajo intelectual de filósofos, escritores e historiadores, por ejemplo.

Y es que literatura y nacionalismo son un tópico cardinal en las preocupaciones intelectuales del filósofo Ángel Velázquez Callejas. Y lo desarrolla a plenitud en su último libro Cuba: El último hombre, aportando una cuota de necesaria crítica desde una perspectiva nietzscheana. El gran valor, en este caso, de Callejas, es que se atreve a arremeter en contra de ciertos conceptos establecidos con meridiana claridad y mucha lógica. Un punto muy interesante desarrollado por Velázquez, por ejemplo, es el de la insularidad dentro del universo imaginario del creador cubano, como le comentaba al inicio, y en el remanente nacionalista que esto acarrea, ya sea en el análisis del ideario martiano, al que califica como el Zeus del panteón local, o en la propia creación de literatura per se. Para Velázquez este nacionalismo constituye una especie de refugio psicológico e identatario, al cual califica con muchísimo tino como el peso de la isla. Lo peor para Callejas sin embargo, ha sido el constatar que dicho peso sigue siendo soportable para el intelectual cubano, lo que impide erradicar ese maligno lastre e que se ha convertido la cubanidad.

También nos habla Velázquez Callejas en Cuba: El último hombre de la violencia como base del nacionalismo cubano y de cómo éste ha llegado a convertirse en condición inseparable del mecanismo defensivo del hombre, deviniendo así en una ideología socio cultural construida en base a la figura central de un líder o caudillo. “La cultura nacionalista produce y cultiva el fanatismo. Y por ese fanatismo de creer en la absurda idea de que la nación, la nacionalidad, el pueblo, son conceptos que encierran una verdad existencial, se han creado los estereotipos de nuestra cultura” dice Velázquez Callejas en La máscara nacionalista, uno de los excelentes mini ensayos que componen este ejercicio filosófico repleto de conceptos reveladores y nuevas aproximaciones al tema de Cuba y su intelectualidad.

Es por ello y por muchas otras cosas que ahora se quedan en el tintero que me atrevo a recomendarles nuevamente Cuba: El último hombre, libro necesario y probablemente imprescindible en el panorama actual de la literatura ensayística del exilio, sobre todo por esa invitación constante al análisis y al ejercicio de la crítica. Disfruten.

403.

La diferencia primordial, básica, entre eruditos y pensadores se sostiene en ese carácter mnemotécnico que es propio de los primeros y en la manera independiente de razonar, de analizar, (esa mayéutica socrática) de los segundos. Los eruditos estudian la obra ajena y la memorizan. Son las cotorras del intelecto. En cambio, los pensadores se lanzan al vacío de lo desconocido para generar sus propias ideas. Es la eterna confrontación entre repetidores y recreadores. Algunos escogidos, muy de vez en cuando, lanzan puentes entre las dos orillas. Estudian, memorizan y crean. Esos son los verdaderos genios.

370. El síndrome de Alejandría

El rencor de los intelectuales hacia los hombres de ciencias y de acción, un tema que como saben explica en gran medida la dinámica ideológica del mundo moderno, no se circunscribe a las brillantes indagaciones de los chicos de la escuela de Chicago, a los ejecutores de la escuela austriaca ni a las explicaciones de Robert Nozick. No es un tema que se limite en términos históricos a los últimos doscientos años. Ello, a pesar de que en el capitalismo es donde este resentimiento ha tenido una verdadera lectura política.

Yo pienso que viene desde mucho antes. Lo he llamado “El síndrome de Alejandría”, pues desde el imperio de los Ptolomeos, ya lo sabios atisbaban de manera oblicua a los hacedores de cosas, a los científicos y maestros de las manualidades que recibían por aquel entonces el agasajo y el apoyo preferencial de los gobernantes. Claro está, los hacedores de cosas se trastocaron en negociantes y emprendedores y se liberaron de la protección del estado benefactor, mientras los artistas, intelectuales y hacedores de palabras ocupaban el espacio dejado por astrónomos, físicos y botánicos.

El síndrome de Alejandría viene a ser, entonces, como un pequeño código genético impregnado en la memoria histórica de los intelectuales que, como una causa biológica, se suma a la otra gran explicación etiológica de las envidias de hoy en día: la disputa por el poder.

361. “Cuba, el problema y su solución”

Abundan los filosofastros en el tema cubano. Y si de honestidad se trata, siempre debemos de privilegiar a los escépticos sobre los positivistas. Debido a ello es que “Cuba, el problema y su solución” no es un ensayo más dentro del espectro de esa especie de sub género en que se ha convertido el pensar a la isla. Es un ensayo diferente.

Es cierto, es común que casi toda obra enmarcada dentro del tema criollo se caracterice por adormecer los sentidos, a la usanza de la filosofía alemana que tanto denostó nuestro estimado Nietzsche. Forma parte incluso, muchas veces, de esa propensión tan nacionalista de justificar o incluso defender a los culpables. Nuestro pesado legado de social democracia se disfraza de manera agradable aún en estos tiempos, más de medio siglo después de la instauración del horror, y arremete en la defensa del fatalismo de los débiles, vendiéndose a sí misma como la religión de los sufridos y dolientes.

No encontraremos ese tipo de condescendencia en “Cuba, el problema y su solución”. Todo lo contrario. Es esta una obra que apela al individualismo y a la voluntad de poder. Es este un ensayo nietzscheano en gran medida.

«El libro se divide en tres partes, en tres búsquedas de la verdad, para ser precisos. Su esfuerzo epistemológico es notable. Parte el historiador Enrique Collazo enarbolando una brillante tesis: el castrismo es una réplica de la España conquistadora. El totalitarismo implantado en la isla fue una sustitución del espíritu catolicista de la conquista. ¿Cómo poder sustraernos a tan vibrante postulado? Para Collazo, el anti modernismo social de la Cuba republicana y la herencia del discurso anti capitalista fueron productos de la herencia española.

El “descubrimiento” y la explotación de las tierras de América produjo la militarización de España y el “ennoblecimiento” de la sociedad, en detrimento del desarrollo de la economía y de la producción agrícola. Los cuarteles se impusieron a la guadaña y al machete. Collazo sitúa allí, precisamente, el germen de la “larga siesta española”. La península, afirma, determinaría el carácter político de las Américas. Y añade a ello la influencia del catolicismo hispano, que se encargó de nutrir a las nacientes sociedades de un paternalismo a ultranza donde en vez de responsabilidad se inculcaba obediencia.

Dice el historiador que en América, España realizó su “ideal imperecedero” de edificar una sociedad a imagen y semejanza de las misiones jesuitas. Y lanza aquí la genial tesis de que el llamado “Período Especial” en Cuba no fue más que una reproducción del esquema jesuita que Castro aprendió durante sus años de estudio en el Colegio de Belén».

En el segundo acápite de “Cuba: el problema y su solución”, el antropólogo Ángel Velázquez Callejas vuelca su espíritu iconoclasta sobre la problemática criolla, legando un ensayo brillante, osado e implacable, que termina por redondear esa categorización de maestro cubiche de la sospecha, que tanto se merece.

Callejas plantea en un inicio la inconsistencia del concepto de libertad orgánica que algunos tratan de asociar al discurrir histórico de la isla. Y desmiembra el concepto de identidad criolla con precisión quirúrgica: el mesianismo histórico, el colectivismo perpetuo y las revoluciones sin fin han sido el leit motiv de la existencia política cubana.

Y va más allá (o más acá) y afirma que la supervivencia de un régimen como el castrismo se debe a que su cotidianidad cultural es idéntica a la de la oposición, a la del anticastrismo. Ambos espectros, según Callejas, comparten igual sustrato religioso, iguales ansias nacionalistas, iguales ambiciones históricas y folclóricas.

El castrismo se extiende, también, más allá de los límites imaginables a consecuencia de que al igual que sus adversarios, vive entre dos inexistencias, el pasado y el futuro. Vive de la tradición cultural arraigada en la mentalidad colectiva del isleño. Callejas, en fin, sitúa a la Cuba de hoy en día en un escenario post comunista, donde todos los discursos y gestos validan y hacen tolerables el acontecer de esa nueva realidad.

«“Cuba, el problema y su solución” cierra con un ensayo luminoso y futurista, en cierta forma ucrónico, del pensador Armando Añel. Cuando leo los trabajos de Añel, lo confieso, suelo experimentar una especie de sensación atemporal que me coloca en medio de verdes islotes semejantes a los aparecidos en los juegos electrónicos de Súper Mario. Es una especie de versión verde limón de The Matrix, que cuando se asocia al tema de Cuba y el libertarismo (temas recurrentes en la obra de escritor) se torna de un púrpura intenso. ¿Cómo explicarlo?

El pensamiento de Añel es globalizado y liberal, en el sentido europeo del término. Su accionar intelectual es muy cercano a los postulados de Locke y es por ello que ante la realidad de una nación fallida, impone el optimismo cibernético (o quizás sea más certero decir “probabilismo”). Para Añel la libertad de la nación habita en cada hombre, en cada ser. La soberanía es un acto individual y no de colectivos. Si el isleño no comprende la importancia de este postulado, podría aventurarse a repetir el fallo de la cubanidad, nos dice.

Hay aquí una certerísima crítica en contra de la excepcionalidad criolla, cosa que se respira a lo largo de todo el libro. “Cuba: el problema y su solución” obliga a poner los pies sobre la tierra a nacionalistas y a sofistas, a comunistas y a “gusanos”. Una obra necesaria, sin dudas, en el proyecto intelectual de imaginar y crear una nueva Cuba tras los avatares del castrismo, una Cuba post nacional que resurja de sus cenizas fuera del alcance de los dañinos territorialismos y nacionalismos».

338.

El pensamiento objetivo de la ciencia cubana ha superado, por mucho, a nuestra literatura y a nuestro pensamiento intelectual. No tenemos el equivalente a un Joaquín Albarrán, por ejemplo, entre nuestros poetas y filósofos del pasado y mucho menos del presente. El gran José Martí vendría a ser un Carlos J Finlay pero jamás un Albarrán. ¿Y en nuestros últimos sesenta años? Pues Álvarez Cambras es Padura…