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Mientras manejo hacia y desde el trabajo cada día de la semana, en vez de perder mi tiempo escuchando noticias y desinformaciones, me dedico a revisar música. Las últimas dos semanas repasé toda la obra, de pé a pá, de la banda femenina sueca Thundermother (es muy buena!) y de los veteranos Tygers of the Pan Tang. Este lunes empecé con The Allman Brothers, probablemente la troupé más “bluesera” (y jazzista, y progresive, y country, y southern) que se haya escuchado alguna vez.

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Pocas cosas más estimulantes, cuando vas manejando hacia el trabajo en la mañana, que ir escuchando al gran David Lee Roth en el show de Joe Rogan. Tipo divertido, simpático, jodedor, positivo, chistoso, de carcajada estentórea y contagiosa, con un arsenal de historias increíbles en su repertorio de vida…

En una de esas Rogan le pregunta a David que cómo es posible que él fuera una superestrella de rock si era un tipo normal y extremadamente sencillo, a lo que Roth contestó: “No me ofendas, Joe”, para luego soltar una risotada que estremeció el lugar.

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Que Deep Purple haya sido inducido tardíamente al hall of fame del rock and roll en el año 2012 no sólo es una vergüenza intolerable sino una demostración palpable de que premios e instituciones en el ámbito cultural (y últimamente científico y social) no significan absolutamente nada y no atesoran validez alguna. (Dejemos el tema de los raperos y poperos dentro del hall para otro momento).La tríada de (en mi opinión) In Rock (1970), Fireball (1971) y Machine Head (1973) remodelaron la música popular de la época y lanzaron al género a su nivel musical más excelso. Y no olvidemos el Made in Japan (1972), que dejaría constancia de la genialidad de la banda en sus actuaciones en vivo. Por cierto, el Made in Japan habría sido simplemente Made in Switzerland de no haber sido por aquella bengala que quemó hasta sus cimientos al teatro casino de Montreaux mientras Frank Zappa interpretaba King Kong. (Burlar al fisco inglés fue un acto noble que sólo merece reconocimientos y alabanzas)

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Previo a un concierto en Newscastle, tras la salida de Ronnie James Dio, la gente de Rainbow, es decir, Ritchie Blacmore y compañía, habían tratado de convencer al nuevo vocalista Graham Bonnet, un tipo que usaba traje, lentes de aviador y pelo corto estilo militar, de que se dejara crecer el cabello. Habían logrado vigilarlo por un tiempo y una incipiente melena le llegaba casi a los hombros. El propio Blackmore decía que ya Bonnet mostraba una imagen «casi aceptable». Sin embargo, antes de ese concierto en Newscatle, los chicos de la banda le habían encargado a Colin Hart que vigilara a Grahan para que no cometiese una «locura». No obstante, una tarde cualquiera Bonnet saltó por la ventana de su habitación y fue directo hacia una barbería a cortarse todo el cabello sobrante. «Estuve a punto de darle un guitarrazo por la cabeza», cuenta el mítico Ritchie Blackmore, entre risas un par de décadas después. «¡Gracias a Dios que no lo hice!».

580.

¿Mi tema favorito de Asia? Una pregunta, como suele suceder en estos casos, de muy difícil respuesta. Asia es, quizás (y a pesar de ser considerada como una banda remanente de otras bandas, formada a retazos por genios, eso sí, como John Wetton, Geoff Downes, Steve Howe y Carl Palmer), uno de mis grupos preferidos. Desde su “Asia” con que se presentaron a inicios de los ochenta hasta su Gravitas del 2014, no mucho antes de la muerte de Wetton, toda su obra ha sido excelsa e incluso digerible para casi cualquier gusto. “Only Time Will Tell”, “Sole Survivor”, “Hard on Me”, Too Late”, “Valkyrie”, “The Closer I Get to You”, “I Would Die for You”, “Heat of the Moment”, “Don’t Cry”, “Never Again”, son canciones inolvidables. Pero mi favorita es una que no tuvo mucha repercusión en su momento y que pertenece al segundo álbum de la agrupación, el “Astra”, y que se titula “Go”

577.

Afrontando el riesgo de parecer predecible, he de decirles que mi tema favorito de la banda canadiense April Wine es la tan reverenciada “Sign of the Gipsy King”, del álbum “Nature of the Beast” (1981), a su vez uno de mis dos preferidos del grupo junto al noventero “Attitute”. Y como suele acontecer en estos casos, se percatarán de cuan subestimado ha sido un guitarrista como Brian Greenway, por ejemplo. (También Gary Moffet)

572.

Mi tema favorito de ZZ Top, la legendaria banda texana de Billy Gibbons, es La Grange, del disco “Tres Hombres” que el trío grabó allá por el lejano 1973. Y créanme que es difícil escoger una canción entre tantas buenas. Sobre todo, cuando “Eliminator” es uno de los álbumes imprescindibles en mi hemeroteca. Pero es que La Grange es sencillamente majestuosa, desde el fraseo inicial inspirado en el Boogie Chillen de John Lee Hocker hasta los acordes tremendos de la Gibson Les Paul “Miss Pearly Gates” del señor Gibbons. El tema es un homenaje al célebre prostíbulo de Chicken Ranch, el mismo de “The Best Little Whorehouse in Texas”, la obra de teatro de Broadway. Así que just let me know if you wanna go to that home out on the range. They gotta lotta nice girls.

512.

Fue durante aquel caluroso verano de 1984, estando de vacaciones en el poblado costero de Punta Alegre, un día cualquiera del mes de julio, en el comedor de la casa de mi tío Varitas (que en paz descanse) cuando escuché por primera vez el “Animals” de Pink Floyd. Quedé con la boca abierta, como nunca antes ni después. No podía comprender tanta genialidad, tanto talento. Aquel bajo acompasado y brutal del ahora despreciable Roger Waters, el modélico drum de Nick Mason, los acordes magistrales del gran Gilmour y sobre todo las teclas (¡Ah, las teclas!) del órgano, del piano, del sintetizador de Richard Wright. Era demasiado para un simple muchacho catorceañero. Desde entonces “Animals” me persigue como un perro fiel a su amo, o viceversa. Los perros, los puercos y las ovejas, esos animalillos del Dios Orwell, me han acompañado también en esta calurosísima tarde de Miami, junto a un café colado por la vieja y alguna que otra cosa, treinta y cinco años después. La música, a diferencia de los hombres, puede ser inmortal…

510.

Lynyrd Skynyrd es la mejor banda de rock norteamericana. La más emblemática, la más icónica, la más consistentemente prolífica. Toda su obra es un muestrario del inmenso talento de la agrupación floridana, emblema capital del southern rock y de un modo de vida que se aboca a la extinción ante el peligro de la nueva modernidad. No existe un solo material de Lynyrd Skynyrd que pueda ser calificado de mediocre o flojo o insustancial. Desde su “Pronounced ‘Lĕh-‘nérd ‘Skin-‘nérd” (1973) con aquel maravilloso himno generacional “Simple Man” que aún nos sigue conmoviendo, pasando por “Second Helping” (1974), una obra maestra (Sweet Home Alabama, I Need You, Don´t Ask Me No Questions, Workin’ for MCA, The Needle and the Spoon…), el “Nuthin’ Fancy” (1975) del Whisket Rock A Roller, y completando una década maravillosa con el “Gimme Back My Bullets” (1976) y el “Street Survivors (1977), dos obras supremas que nos legaron grandísimos temas como Every Mother’s Son, Double Troble, Searching, Cry for the Bad Man, All I Can Do is Write About It, What´s Your Name, That Smell, One More Time, I Know a Little y el Sweet Little Missy. (Les menciono mis temas favoritos con la esperanza de que quienes no conozcan a tan trascendental banda puedan al menos tener una pequeña guía introductoria).

Cuando Lynyrd Skynyrd se silenció en la década de los ochenta pocos imaginaron que regresarían con el “1991” y que a partir de aquel entonces se mantuvieran produciendo el mejor material de cualquier banda de rock setentera en las postrimerías de la centuria y luego en el nuevo siglo. Así lo atestiguan el maravilloso The Last Rebel (1993), el “Endangered Species” (1994), el “Twenty” (1997) y para terminar el siglo el “Edge of Forever” (1999). Los cuatro discos del siglo XXI son majestuosos, imprescindibles, recordatorios de que la mejor música sobrevive a pesar de los malos tiempos. En el “Then and Now (2000) los temas Workin’ y la hermosísima Tomorrows Goodbye así lo atestiguan. El “Vicious Cycle” (2003), el “God & Guns” (2009) y el tremendo “Last of a Dyin’ Breed” (2012) ( One Day at a Time, Ready to Fly, Life’s Twisted, Man’s Dream) completan la obra más importante de cualquier banda norteamericana. Un orgullo que estos muchachos sean de Jacksonville ¿no es cierto?

502.

Es casi inconcebible que el ELO de los primeros años haya sido borrado de la memoria de los hombres y que haya perdurado en nuestra historia aquella banda elegante, sofisticada, hacedora de un pop rock aristocrático y superior que, sin embargo, en poco igualaba a ese art-rock de los cinco discos iniciales, todos a la altura (incluso) del mejor Queen de la primera mitad de los setenta (un mérito extraordinario si tomamos en cuenta que ambas bandas fueron contemporáneas) y del Pink Floyd experimental que moriría años después con el “Animals” imperecedero, eterno.

Jazz, ópera, folklor de las islas sajonas, guitarra flamenca, violines y celos, el fantasma de The Beatles, acordes conceptuales, modelaron buena parte de la mejor música (fabricada por ELO) que legaría el rock and roll en los años posteriores. ¿O es que acaso el “Queen of the Hours” no fue la máxima influencia para la catarsis de temas aristocráticos y de batallas que enriquecerían los primeros álbumes del grupo de Mercury y de May? De 1971 a 1975 pocas bandas pudieron equiparársele a esta ELO formidable, en riqueza musical, en creatividad y, sobre todo, en talento. Y ya cuando el asalto comercial a las listas de éxitos se hizo impostergable, entonces fabricarían el aún maravilloso “A New World Record”, una obra maestra de la fusión de art-pop rock, que luego daría paso a otras grabaciones formidables como “Discovery”, “Times” y el irrepetible “Secret Messages”, disco del cual les cuelgo el video del tema principal. Enjoy!

Nota: Para aquellos que quieran disfrutar de la maravillosa etapa experimental de ELO, es recomendable escuchar sus primeros discos, es decir, el Electric Light Orchestra I y II, el “On the Third Day”, el posterior “Eldorado” y el “Face the Music”.

500.

El “Eagles” de 1972 fue tan bueno que hizo palidecer a excelentes obras posteriores como “Desperado” (1973), “On the Border” (1974), e incluso al magnífico “One of these Nights” (1975). Por lo tanto la gran pregunta es: ¿Pudo el consecutivo “Hotel California” (1976) superar a la ópera prima de la banda de Glenn Frey y Don Henley…?

498.

Una vez que Deep Purple se despojó de la inconsistencia y de la indeterminación de sus primeras obras, terminó convirtiéndose en una de las grandes bandas de todos los tiempos. El “Shades of Deep Purple” (1968), aún con ciertas resonancias de la primera mitad de los sesenta es, sin embargo, una obra soberbia en su ejecución instrumental, dando muestras ya de lo que sería el sello posterior de la sonoridad del grupo, con el órgano de John Lord y la guitarra de Ritchie Blackmore siempre contrapunteando y asistiéndose a la misma vez, con una fuerza poética que sólo otro par de agrupaciones alcanzarían a lo largo de la historia del rock. El “The Book of Taliesyn”, demasiado contaminado por la sonoridad hippie de fines de la década, es uno de los trabajos que menos me complacen de los Deep, a pesar de contener grandes temas como el soberbio y majestuoso “River Deep, Mountain High”. El “Deep Purple” (1969) fue poco más de lo mismo y no es hasta la llegada de “Deep Purple in Rock” (1970) que el grupo comienza a delinear sus sonoridad setentera, inimitable y propia, ya con un establecido e icónico Ian Gillan en sustitución de Rod Evans.

Los consecutivos “Fireball” y Machine Head” fueron par de obras maestras que parieron a su vez las versiones en vivo de “Made in Japan” y “Live in Denmark” a la que curiosa (y erradamente) algunos se refieren como discos originales. “Strange kind of woman”, “Fools”, “Highway Star”, “Somoke on the Water” y algunas otras, piezas modélicas del rock and roll de los setenta, salieron de ambos discos y perviven aún como suelen sobrevivir las grandes obras. Ya luego arribarían las eras de David Coverdale y Joe Lynn Turner, que marcarían la sobrevivencia y la longevidad de la banda de Hertford, una de las cinco más importantes del género, en mi opinión. ¿Cuál es tu tema preferido, tu álbum o tu etapa favorita? Yo, que soy demasiado fan a los Deep no puedo casi decantarme por una época en particular, sin embargo, la gran apoteósis creativa del grupo fue, creo, entre 1970 y 1973…

496.

Es muy fácil olvidarse de la carrera de Sammy Hagar como solista por lo que vino después con Van Halen. Pero he estado revisando lo que grabó desde el setenta y siete hacia arriba y la verdad es que lo que legó el rubio de Salinas fue coquito con mortadela. Estoy seguro de que el “Three Log Box” fue el que lo catapultó a la posición de solista de los hermanos holandeses. Pero el “Voa” y el “I Never Said Goodbye” posteriores fueron también monstruosos. Claro, y el “Street Machine” y el “Danger Zone” y el “Standing Hampton”… y así hasta el infinito… ¿Y entonces la etapa de Montrose? Coño, pues también.
Nota: Échense el videíto cold war style, jejeje

494.

Quizás desafortunadamente soy, en materia musical, un animal de los ochenta. Mi relación con el trío canadiense Triumph es uno de tantos ejemplos. La banda del muy talentoso Rick Emmett arrancó a mediados de los setenta con aquel “In the Beginning” (tan parecido al Rush de Gedy Lee), y luego continuaría con el “Rock and Roll Machine”, un disco que me gusta mucho más y donde uno de sus temas, New York City part 2, creo que fue de lo mejor que se grabó en 1977. El “Just a Game” y el “Progression of Power” cerrarían una etapa “rushiana”, venerada por la mayoría de los seguidores de Triumph, pero que yo no suelo preferir a los trabajos posteriores, cuando ya la banda entraba en una especie de período progressive, si es que tal término cabe.

Si me preguntan, a medida que Emmett, Levine y Moore se fueron adentrando en los ochenta, primero con “Allied Force” (el Ordinary Man está fuera de liga) y después con el excelente “Never Surrender” (ahí encontramos la exquisita triada de A World of Fantasy, All the Way y Writing on the Wall), fueron alcanzando paulatinamente el Dorado, la excelencia, la maestría total. Es por eso que, luego de “Thunder Seven” sus dos trabajos posteriores: “The Sport of Kings” y “Surveillance” los considero par de obras maestras. ¿Ah, que no me entienden? Escuchen cuando puedan esos discos y después me cuentan. Al menos quince de los temas de ambas placas son un verdadero vacilón.

485.

El desparpajo y el nihilismo del rock ochentero (alimentado por los años del gobierno de Reagan), su virtuosismo instrumental, su gozadera existencial, chocó con la pared de la amargura grunge a principios de la década de los noventa. No es coincidencia que una administración demócrata comenzara entonces a regir los destinos de la nación, y es que el moralismo progresista ha sido siempre subestimado por el discurso oficial. Si me dijeran que tratara de precisar el año exacto de la muerte del rock and roll yo diría que aconteció en 1992, con la apoteosis del club de los afligidos: Nirvana, Pearl Jam y Soundgarden, y con la posterior irrupción meses después de Alice in Chains y Stone Temple Pilots. Ya desde entonces se vislumbraba el arribo futuro de la generación MIllenial, la quejadera constante y la auto conmiseración como emblemas del nuevo llanto bitongo de los noveles «role models» de fines de siglo.

Los “Use Your Illusion” de Guns N’Roses fueron el canto de cisne. Luego casi nada sería igual. Que Warrant haya prácticamente claudicado con el “Ultraphobic” de 1995 ya era una señal. Bad English no sobrevivió a su Blacklash ni Cinderella a su Still Climbing. Lo mismo con Toto y su “Kingdom of Desire”, Dokken y “Dysfunctional” y Great White y su “Psycho City”, por citar otros ejemplos. Y ni hablar de la emblemática caída de Motley Crue o del “Adrenalyze” de Def Leppard. Si, amigos míos, desde entonces el mundo está jodido irremediablemente. EL Grunge no fue más que un giro reaccionario dentro de la diversión que debe acompañar a un ejercicio tan hedónico como la música popular. Quizás Kurt Cobain lo entendió así y por eso hoy arde entre las llamas del infierno.

505.

Concuerdo con mi padre, y luego de interminables audiciones, en que de los tres gallos mexicanos el mejor fue Pedro Infante, porque nadie como él supo reflejar la estampa del macho duro mexicano en aquella formidable primera mitad del siglo XX. Es cierto que la voz operática de Jorge Negrete superaba en varios decibeles (en los tonos altos) a todos sus contemporáneos y es cierto que la musicalidad de Javier Solís era simplemente incomparable, pero la reciedumbre y el profesionalismo de Infante no tuvieron parangón alguno en la época de oro de la música “charra”. Tampoco debemos de obviar que, quizás, la génesis de todo el boom latinoamericano se formó al amparo de José Mojica, aquel fraile y tenor sangrabielino al que el propio Caruso reconociera como uno de los grandes.

469.

Lo que de cierta manera nos reafirma “Above US Only Sky” es lo que ya sabíamos o al menos sospechábamos, que Yoko Ono se engulló de una zampada al bueno de John Lennon, inoculándole cada frase, cada idea, desde que ambos se juntaron y desandaron juntos el ancho mundo. Todas las otras cosas son predecibles: el talento, la pasión, el juego… era un buen tipo John, a pesar de Yoko…

452. Devil at the Crossroads

Si alguna vez nos vamos al infierno, allí estará Robert Johnson tocando su guitarra y cantando un blues. “Un sabueso del infierno en mi camino sigue mi pista…” Tiene sentido, no piensen que alucino, porque el negro Robert, pendenciero, mujeriego y borrachín, hizo un pacto con Satanás en algún cruce de caminos. Todos lo saben. Es un secreto a voces. No fue Ike Zimmerman quien lo enseñó a rasgar las cuerdas sentado encima de una tumba del cementerio de Hazlehurst. ¡No! Johnson le vendió su alma al diablo porque llegó tarde al entierro de Virginia Travis, entre otras cosas, y del hijo que llevaba en sus entrañas. La tristeza lo enloquececió. Se cansó de tocar a duras penas en las esquinas de los pueblos y murió a los 27 en el tugurio de Three Forks, luego de dedear una guitarra de 6 cuerdas antes que nadie en aquellos campos olvidados de Dios. Cada pacto con Satanás tiene un precio de devolución. “Para que mi espíritu maligno pueda subirse al autobús e irse…”. Es hecho comprobado. Todos murieron a los veintisiete porque el Diablo vino a recobrar las almas. Hendrix, Cobain, la Janis Joplin, Morrison, Brian Jones… “La tristeza caminaba como un hombre” …

John Fusco escribió para Walter Hill aquella “Crossroads” gloriosa con música de Ry Cooder y ejecución del inmenso Steve Vai (Satanás en este caso ha demorado el cumplimiento del contrato) inspirado en la historia del negro Johnson. El propio William Hjortsberg en su novela Falling Angel y Alan Parker adaptando el texto para parir la magnífica Angel Heart, tomaron a Robert Leroy de referencia. Ahora tienes la oportunidad de ver “Devil at the Crossroads”, un episodio de Remastered filmado por Brian Oakes para Netflix, que nos narra la historia de como un negrito algodonero torpe para la guitarra terminó convirtiéndose en el abuelo del rock and roll…

399. Favio

De la serie: «Todos somos cheos»

El negro David Vasconcelos, mi hermano, hijo del viejo Isaías, carnicero y masón, era mi cómplice de gustos musicales. Adorábamos a Queen, al Journey de Steve Perry, a Deep Purple; escuchábamos con boosters artesanales a las emisoras yumas de Miami (Matanzas siempre fue una provincia privilegiada para captar las ondas del enemigo), “quemábamos” en la grabadora doble casetera del gordo Chirino cualquier álbum “americano” que estuviera a mano, alguien le enviaba de vez en cuando estilizados long plays de Roberto Carlos y de Hall and Oates… y también nos deleitábamos con la chealdad de aquel cassetico de Leonardo Favio con que se apareció en casa una tarde cualquiera. Desde entonces, el cheo argentino ha sido parte de una parte de mi vida, con su tono de mendozino argüandentoso y sus canciones suicidas…

394.

En la sociedad de tipos duros donde nací y crecí, el Emmanuel baladista de los ochenta era un blanquito pelú y medio amaneráo. Hoy en día, cuando lo comparamos con la legión de reguetoneros y DJ´s que pululan por doquier con sus cejitas sacadas y sus torsos afeitados, el tipo crece y se presenta ante nosotros como un macho alfa indiscutible.