1180

Leo los comentarios en el post de uno de esos oportunistas “culturales” que abundan en el sur de la Florida, un vago que profita de grants y de prebendas. Conozco a muchos de los interlocutores. También conozco personalmente al susodicho. Me aterran sus palabras. Las de todos. Justifican la censura, vitorean la purga, califican a sus “oponentes” de racistas, supremacistas y fascistas al mismo tiempo que los disminuyen intelectualmente. Ellos son los incólumes superiores que desde un pedestal mierdero apuntan con el índice y aconsejan que todo aquel que piense diferente sea vigilado, sea coartado, sea reprimido. Y también se atreven a dar un sermón de falso buenismo redentor: “no los entiendo, son mis amigos, tipos inteligentes secuestrados por el fanatismo más atroz”, nos dicen. Ellos, precisamente ellos, los neofascistas que excusan que aplasten a los contrarios, que los tasen con el rasero de la intolerancia, que los jodan. Pero el horror también terminará por alcanzarlos. Tarde o temprano serán, como nosotros, víctimas despreciables, corderos dispuestos al sacrificio. Sólo es cuestión de tiempo antes de que Saturno se los meriende de un bocado.

1157

La madre de un pequeño de dos años me llama por teléfono, preocupada porque su hijo tiene fiebre muy alta por los últimos dos días. Me dice que le diagnosticaron una amigdalitis pero que su garganta se ve completamente normal. Le pregunto si le hicieron el strep test y asegura que no. Pero… el Covid-19 le ha dado positivo. En emergencias del Miami Children’s Hospital no quisieron hacerle una radiografía por el miedo al contagio. Le explican a la desesperada madre que la fiebre es producto del virus del momento. Arrisco mi nariz: el Covid es benévolo con los pequeños.

Al tercer día con fiebres altas le digo que vuelva a llevarlo al servicio de emergencias. Le suspenden el Augmentin previo porque, como ya intuíamos, no existía una amigdalitis bacteriana. Pero vuelven a negarse a examinar al niño más exhaustivamente. Sospecho una Influenza o una neumonía bacteriana, pero está esa cosa del Covid positivo. Me asombra que en el hospital pediátrico élite del sur de la Florida no hayan testeado al paciente ante la posibilidad de un flu, al menos. Bueno, es la histeria lo que me molesta más que todo.

Al cuarto día de fiebre sin remisión la madre le repite el test del Covid y… voilá… el resultado fue negativo, lo que me lleva a concluir que el niño nunca fue portador del virus. Un falso positivo. Aún no le hacen una radiografía ni tampoco el test del flu. Y es que gracias a la histeria de todos aquellos que son culpables, nos hemos ido convirtiendo en una nación irresponsable y bananera. ¿Cómo es que se dice? Ah, ya… shame of you!’

1071

La mitad de mi familia paterna está constituida por españoles (que ni siquiera conocen Cuba, por ejemplo). La razón es que mi viejo es hijo de dos emigrantes peninsulares que dejaron hermanos, primos, tíos allende a los mares.

La familia de mi madre, en cambio proviene, por un lado, de mi bisabuelo, un gallego que fue oficial del ejército español durante la guerra en la isla, y de mi bisabuela, prima del presidente Gerardo Machado. Eso sí, no hay realeza alguna entre mis genes, a no ser que nos remontemos al final de los tiempos, donde dicen que todo se reducía a un puñaíto de africanos que aún no salían a recorrer el mundo. De ser cierto, reyes, emperadores, faraones… todos son parientes y dolientes míos. Así que ya saben…

996

Cuando todo atisbo de esperanza parecía perdido, como una ola engendrada en el mismísimo infierno, azotando las costas pedregosas de la indefensa Hawai, el maremoto Kua Bay, una IPA terrible que sobrepasa con holgura los siete grados de alcohol, se hace presente entre la estulticia testaruda de unos cuantos y la impavidez de otros, para gritarnos con fiereza: “ yo soy quien soy y es mejor que desde ahora lo sepas”. Échate este laguer, mi consorte, esta Indian sabrosona y brutal, sólo cuando estés seguro de poder aguantar tanta espléndida magnificencia!

995

¿Quieren ver un tronco de documental? ¿Una pieza que los conmueva y les haga estremecerse ante el inexplicable e incomprensible sentido de la vida, sin apelar a falsedades o a la mentira del arte por el arte? Quizás sea yo, que quise ser psiquiatra hace ya mucho tiempo, pero aún creo que fue el propio Dios (sea quien sea) quien escribió con sus manos aquella elegía de los locos que caminan siempre entre las sombras, a un costado de nosotros, los “normales”, como si la verguenza resultara inaguantable… Hay un dolor muy intenso en todo eso. Compruebénlo por ustedes mismos.. “Unit of Difficult Patients”, por Amazon… no se lo pierdan.

994

Me he comprado toda la línea cervecera de la Kona Brewing, orgullo hawaiano. He comenzado probando dos: la ligera Longboard, una cepa simple y amistosa que resume el carácter de los locales con una parsimonia ancestral y antropológica que impresiona (hombre y cultura son un misma cosa); y la IPA Castaway, que es fácil de tomar y que la recomiendo a quienes comienzan a aventurarse en el maravilloso mundo de las Indian Pale, por ser esta versión isleña de amargor controlable y cómoda aproximación. ¡Anímense, metan pescáo con sus invitados presentándoles estas exóticas frías del Pacífico y siempre quedarán bien parados! (Proximamente les comento sobre las otras dos)

979

Las casas también mueren, como nosotros. Con ellas se entierran las historias. Los sonidos, aquellos momentos de luz y ruidos que construyen, a trazos, la existencia. Se hundirá la casa Rayburn bajo el agua y ese discurso terrible, estremecedor de Sissy Spaceck, se ocultará también bajo las piedras y guijarros. Y sólo quedará el eco adormecido de una fugaz historia.

Nada perdura, lo sabemos. Ni aquella mansión de Alea, enferma de soledad en medio del comunismo aterrador que invade cada resquicio y cada alma. Tampoco la casa de tía Mirta en el Vedado, con sus historias familiares, con sus visitas permanentes que han desaparecido tras la muerte. (Todos sabemos que avenida Boyeros ya no es igual sin ella). O Punta Alegre entero, ese lugar donde nació y creció mi madre, con sus casuchas sobre el mar y la memoria de festines y langostas asadas y guateques que a estas alturas parecen irreales y ficticios.

¿Cómo puede morir una ciudad entera? De igual forma que parten sus comensales, que fenecen sus tragedias y sus glorias. Las casas se derrumban… e incluso nuestras almas. El discurso de la Spaceck desgarrando a sus fetos, Mirta balanceándose en la sala frente al televisor y sus amigos, Pinelli quitando el polvo de los altos puntales, los pescadores en el muelle y mis primos riendo… Las casas también mueren, como nosotros todos…

946

He sido invitado a formar parte del staff de #90MilesTV, un canal Online de streaming, conservador y de corte anticolectivista que saldrá con todos los hierros el próximo mes de agosto. Hay pesos pesados del periodismo, de la televisión y del marketing detrás de este proyecto, que viene a llenar un vacío inmenso con argumentos serios y sólidos. En mi Postcast comenzaré hablando de la pandemia del Covid 19, por supuesto. Síguenos por #90MilesTV. Gracias.

892

Alexei el coloráo, nieto de la gallega; Abelito el indio y Manolito el cabezón; Luisito carne de presidio; Douglas el loco; Angelito el estafador de viejas; David el negro; Oniel el mulato; Vitico el gorila, hijo de Piti; Luisito el santero, Mederos el deportista… negros, blancos, mulatos, rubios, trigueños… a quién carajo le importan los colores? Al resentido de turno, al acomplejado, al pseudointelectual que entra a mi muro con despecho y del que solo recordamos aquel libro sobre un Martí racista… La Creche era un surtido de colores y todos nos criamos juntos para que venga ahora la vieja blanca cuica de turno o la novelista prieta y odiosa de Nueva York a estar etiquetando y promulgando qué cosa es buena o no o qué debemos de decir o callar. Váyanse a la mierda, hipócritas! La libertad me pertenece.

881.

Cuando yo vivía en Cuba, creía que me las sabía todas y que mi dolor era el más grande y que mi agudeza estaba dada por la experiencia de la vida ruda y dura. Pensaba que llevaba ventaja sobre los otros y que mis opiniones eran cuasi irrebatibles. ¡Que equivocado estaba! Cuando salí de Cuba supe, entonces, que mi sabiduría era ignorancia (de las más oscuras) y que mis dolores no me otogaban ningún predominio moral sobre alguien más y que la ventaja ante los otros era tan sólo una ilusión y que mis opiniones eran ciegas y mayormente erradas. Vivir en la isla es estar a espaldas del mundo real, aún en tiempos de la Etecsa internetera.

¿A qué viene esta trova de mediodía? A que en el muro de un amigo que aprecio suelen aparecerse intelectuales de los que viven en Cuba juzgando y pre juzgando como si sus “verdades” fueran absolutas… ¡Como si existieran las verdades absolutas! Quizás el principal daño que le ha hecho el castrismo a sus hijos putativos es el de inocularles una visión maniquea de los hechos y la historia. Esos pobres opinadores de ocasión me recuerdan a mí hace 25 años, llegando a una Santiago de Chile que pensé que me devoraría en un dos por tres. Señores, dejen la prepotencia a un lado y traten de escuchar a los que han visto muchísimo más que ustedes. Puede servirles de algo. Consejo sano.

738.

Ya lo habían denunciado profesionales de la medicina alemanes y austriacos, que allí practicamente todas las muertes por neumonías estaban siendo clasificadas como decesos a causa del Coronavirus. Ahora, en los Estados Unidos, parece ser que toda muerte de pacientes que sean positivos al Covid-19, sea cual sea la causa del deceso, un infarto agudo del miocadio o una insuficiencia renal aguda o cualquier otra cosa, también está siendo reportada por los patólogos de turno bajo la sombrilla del virus de la pandemia. ¿Se están inflando, realmente, las cifras de muertes a causa del Coronavirus? Y de ser así ¿por qué razón?


La pandemia del futuro es el hambre: Un virus que mata al 0.001% de norteamericanos hoy en día (la cifra subirá unas centésimas al final de la jornada) amenaza con instaurar el futuro económico más negro en la historia de los Estados Unidos (y del mundo moderno).


737.

La histeria es desmedida. Aparte de la manipulación tras bambalinas, aquí también se están dando otros factores más mundanos y banales que ayudan a propagar el terror. Casi los mayores culpables de la miseria que vendrá serán aquellos a quienes confiamos nuestras vidas: médicos, enfermeros, personal de salud, que han encontrado una oportunidad de oro para venderse como héroes, para dar salida a sus complejos más oscuros. Esto es horrendo.


 Estamos cerca de una ola de depresión de magnitudes incalculables. Ya veremos, si el paro de la sociedad no continúa, un alza en el número de alcoholismo, drogadicción, suicidios… Y lo peor, la sociedad quedará impregnada de un terror sin límites


Ani salió en el auto, ya cerca del ocaso, hacia la salida uno del Turnpike, a casa de Lucía. Llegó al frente, miró por la ventanilla. Lucía salió al portal y dejó allí, en el suelo, un pote repleto de arroz con leche, y luego volvió adentro. Ani se bajó del auto, agarró el pote y regresó con él a casa. El pánico irracional es la norma que impera. Tener raciocinio es un pecado.

735.

Mañana plácida de nubarrones blancos sobre un tapiz de cielo azul turquesa. La quietud extrema se palpa en el barrio. Hoy los Estados Unidos de Norteamérica han despertado con casi 7 millones de nuevos desempleados, una cifra siete veces mayor que el número total de contagiados por el virus en todo el mundo; una cifra mil cuatrocientas veces mayor que el número de fallecidos en el planeta…

730.

Anoche un familiar cercano, un hombre próximo a los setenta años, obeso, hipertenso, con una historia previa de coágulos en miembros inferiores, que vive absolutamente sólo en Miramar Beach, en el condado de Palm Beach, tuvo que ser llevado por los paramédicos (tras una llamada al 911) a la emergencia del John F. Kennedy Hospital, North Campus, a unos minutos de su casa. Había dejado de caminar dos días atrás por dolores en sus piernas. Lo recibieron en ER, le hicieron pruebas que fueron negativas a la presencia de un nuevo coágulo y le diagnosticaron una crisis aguda de artritis gotosa. Por ello le administraron un Percocet oral y le dieron un alta inmediata. El proceso fue inusualmente presuroso, de apenas un par de horas. No lo dejaron en observación y mucho menos lo ingresaron. Cuando me comuniqué con la enfermera a cargo, le comenté mi preocupación de que el paciente, quien no tiene a nadie allí, volviera sólo a su casa y el ciclo se repitiera, teniendo en cuenta su imposibilidad de deambular. Me puso a la doctora de Emergencias, una señora histérica y grosera, que me gritó que el paciente había llegado desplazándose por sus propios pies y que tenía que irse para su casa porque “estamos en una crisis de pandemia y no dejamos en observación a nadie”. Era una afroamericana.A pesar de identificarme como un colega, la señora de marras terminó colgándome el teléfono. La realidad es que el paciente jamás llegó a Emergencias caminando, sino en una camilla proporcionada por los paramédicos del 911. AL darle el alta a mi familiar, no sólo nos trataron de forma irrespetuosa y escasamente profesional, sino que nos mintieron y jamás siguieron las normas de “Safe Discharge” que están establecidas por el CMS. Es decir, se cometieron graves violaciones del protocolo. Lo dejaron tirado un total de seis horas en la sala de espera de la Emergencia, imposibilitado de movilizarse por sí mismo y con los efectos de una droga opiácea causando mareos y fatigas.No pude comunicarme con ningún social worker porque no había ninguno disponible, y mucho menos con un physical therapy que certificara un safe discharge. La administración del hospital estaba cerrada por completo. Las ambulancias privadas de Emergencia, que nosotros pagaríamos para regresar al paciente a su vivienda, nos exigían que un enfermero del hospital se comunicara con ellos, pero en la sala de ER exigían que fuera la compañía de transportación quien los llamara. Al final, luego de tanto tiempo, el hospital accedió a pagar un taxi que trasladara a nuestro familiar hasta su edificio, pero lo dejarían en los bajos, sin wheelchair ni ningún otro aditamento que le permitiera alcanzar el lobby y el elevador. Dos horas esperando y la promesa del dichoso taxi jamás se concretó. Terminamos localizando a un Uber para que lo llevara, pero el chofer nunca lo recogió. Tuvimos mejor suerte con el segundo, que lo dejó tirado en la acera del condominio. Una señora conocida logró bajar un Walker de esos que tiene asientos y a duras penas pudo trasladar a nuestro familiar hasta su apartamento.Para nosotros hacer el viaje de casi tres horas, a las 10:30 de la noche, y con dos niños, en tiempos de histeria y de toque de queda en algunos condados, era imposible. Intentamos localizar a un conocido que maneja su taxi para que fuera desde Miami al John F. Kennedy, pero nos dijo que estaba aterrado con la pandemia. Ha sido, en general, una experiencia aterradora. En el condado de Palm Beach hasta ayer en la noche se habían reportado 514 casos en una población de 8,900 personas. Los fallecidos han sido 11 y las hospitalizaciones 57, alrededor de un 11% sobre el total de pacientes positivos. ¿Son esas cifras que justifican el abandono y desamparo del resto de los pacientes? Nos estamos volviendo locos, literalmente por gusto. Las consecuencias remanentes y catastróficas de la histeria viral no sólo se visualizarán en la economía, sino en cada estamento de la vida. Nos estamos colocando, en todo orden de cosas, la soga al cuello.