2064

“Entonces te toca medialuna”

Ani y yo fuimos anoche al teatro Trail para ver una obra muy simpática y muy cubana que se titula Zorras y que está protgonizada por cuatro excelentes actrices. Pero antes pasamos a comer por el mítico Versailles, que se encuentra a un par de cuadras de allí y lo que encontramos fue la pesadilla de la decadencia. La host, una centroamericana de no muy buen aspecto chateaba por FaceTime con alguna conocida mientras turistas “gringos”, asiáticos e hindúes hacían cola esperando que los ubicaran. No demoramos en entrar, pues si ustedes conocen el lugar sabrán que es inmenso y que acomoda a cientos de personas.

Una vez adentro nos atendió un cubano que debe de estar prácticamente acabado de llegar (el desinterés de la mano de obra disponible es cosa nueva y muy notoria en estos tiempos oscuros que vivimos). El tipo, sin haber traído la carta nos preguntó que qué queríamos ordenar. Sin una gota de educación, el personaje parecía haber salido de las páginas del manual de instrucción revolucionaria del comité central, un absoluto desparpajo y “obstine” lo guiaban como la luz divina a los apóstoles tras la muerte de Jesús.

Detrás nuestro un par de señoras peruanas, de visita en la ciudad, intentaron que el tipo les explicara el menú de sandwiches. Entre el hecho de que más de la mitad de lo requerido por la señora no estaba disponible y la otra mitad consistía de panes más duros, el intercambio se volvió insostenible. “Pero mijito, tengo dentadura postiza y sólo puedo morder pan suave”. “Entonces te toca medialuna!!” El tipo se dio media vuelta, “frió un huevo” bien sonoro, hizo un mohín de desdén y dio por terminada la charla y el pedido.

Una vez que Ani y yo nos hicimos de la carta, hicimos el pedido de la cena. Exactamente la mitad de lo que ordenamos, estaba en falta. “No tenemos, no tenemos, no tenemos” repetía el tipo con cierta compacencia. Eso sí, los precios continúan increíblemente bajos como en los buenos tiempos del malvado Trump, cuando cualquier “zarrapastroso“ podía darse el lujo de comer opíparamente por un precio más que razonable, algo prácticamente imposible en el Miami (y en el USA) de hoy.

Ya hacia el final de la comida cuando esperábamos para pagar la cuenta, a la señora peruana de nuestras espaldas se le ocurrió increpar al mesero por un café que había pedido. “Se le olvidó que le pedí un café cubano? Llevo mucho rato esperando”. A lo que el tipo respondió, dejándonos azorados y con la boca abierta a mí y a Ani “Señora, yo no me he olvidado de su café. Pero usté no es mi única cliente. Mira cuántas mesas yo atiendo. Cuando yo pueda se lo traigo”. Y chirrín chirrán, asunto concluido. A pesar de la pobre atención en algunos lugares regentados por cubanos en el sur de la Florida, jamás habíamos llegado a un punto tan bajo. El final, amigos míos, ya está aquí entre nosotros.

2048

Ayer en clases el “profesor” de historia y ciencias sociales de la escuela secundaria (middle school) donde estudia N., un abogado gringo al que se le retiró la licencia por corrupción y que ahora “enseña” a nuestros niños, se dedicó a intentar adoctrinar a la clase acerca de cómo la disforia de género no es una enfermedad o trastorno mental. Pues bien, no había avanzado mucho cuando mi hija levantó el brazo y le rebatió con fuerza. Varios de sus compañeros la apoyaron. Sobre el debate de las armas, igual. Mi N. piensa que quizás se pueda elevar la venta a mayores de 21 años y hacer un background psiquiátrico donde gente trastornada como Salvador Ramos, un producto de las políticas anticientíficas identitarias, no pueda acceder a ellas, por ejemplo. El tipo, que pretende que las armas se restrinjan, en realidad, no sabe donde se metió. Y yo, mientras tanto, orgulloso y tranquilo…

2009

El trabajo que más me ha enseñado sobre la naturaleza humana no ha sido el de la medicina ni el de repartidor de pizzas ni el de ayudante de mesero ni el de recogedor de muestras de laboratorio ni el de técnico de farmacia ni el de repartidor de periódicos ni el de case manager ni el de ser paupérrimamente pobre en Cuba…

El trabajo que más me ha enseñado sobre la naturaleza humana fue aquel que tuve en el Homestead más recóndito cuidando y alimentando monos rhesus en un centro de experimentación.

Me levantaba a las 5 de la mañana y llegaba aún de madrugada. Me ponía el uniforme que consistía en un scrub relavado y una botas inmensas de goma y atravesa un yerbazal repleto de sapos gigantes hasta llegar a la planicie donde unas 30 jaulas espléndidas (mini ciudades) me esperaban. Comenzaba a echar agua con mangueras especiales de presión antes de las 7 am, paraba unos 30 minutos a eso de las 10 y repartía comida en una carretilla a los animales (humanos?)

Retomaba el lavado hasta la 1 pm, que era el horario de almuerzo. Que clase de canina para entonces! Terminaba empapado de pies a cabeza y tenía que secarme con la brisa o con el sol. El resto de la jornada hasta las 4 consistía en volver a alimentar a los monos (al principio no alcanzaba el tiempo para terminar el lavado y palear la mierda, pero con los meses me volví un especialista), observarlos y aprender. Cada jaula era una comunidad distinta: simios casi acabados de nacer, adolescentes, hembras o machos jóvenes, familias, viejos, guapetones, cobardes…

Nada se parece más a un humano que un mono rhesus… o viceversa. Ya les hablaré más adelante un poco de esto.

2007

Un par de años después de llegar a los Estados Unidos conseguí mi primer trabajo de “oficina” (estuve unos meses de técnico de farmacia en las Navarro, pero eso no cuenta). Era en una agencia de enfermería donde me encargaba de hacer quality assessment y manejar casos clínicos. No sabía nada del tema, pero tuve un excelente profesor en Rafael Rosado, un negro portorriqueño que se sabía todas las triquiñuelas técnicas del oficio. Pues bien, recuerdo la primera tarde que salí de la oficina y manejaba por una atestada calle 8 a la altura de Little Havana. Iba en mi viejo Ford Taurus con la ventanilla baja, recibiendo el aire del ocaso, escuchando una vieja emisora clásica de aquel entonces (2007, antes de la apoteosis del smart phone) y por primera vez sentí que la vida se normalizaba y que podía camuflarme entre la gente y la cotidianidad de mi “nuevo” terruño sin problemas. Desde ese día, creo (y a pesar de haber vivido posteriormente en Texas por motivos profesionales) juro y perjuro que nací en Miami (la yuma), aquella tierra mítica y soñada que hoy apenas si existe.

(Ver morir, por partida doble, el lugar que amas, es una experiencia horrenda)

1587

En Universal también se puede comer a nivel de grandes ligas. Arroz de bambú, zanahorias arco iris con jengibre y guisantes, salsa de mantequilla de pimienta amarilla y hierba de limón, verduras de remolacha maridada con Pacific Rim Riesling. Y por supuesto, Mahi mahi ennegrecido al grill. De beber? Una draft de Sam Adams!

1586

Un tanque de 20 galones de gasolina costaba en época del tirano, payaso desagradable y peligroso Trump de 38 a 41 dólares. Ayer, en la estación del barrio, ese mismo tanque en tiempos de nuestro decente, íntegro y mesurado presidente actual, ese abuelito candoroso, Joe Biden, me costó 87 dólares con 80 centavos. 65 desde que asumió el poder. Lo gracioso es que a quienes siguen negando que un gobierno cualquiera tenga incidencia en el precio de los combustibles fósiles, también se las están metiendo con vidrio y arena. Enjoy!

1569

Ya habíamos cotizado para ampliar el piso del backyard y hacer unos pasillos laterales, pero resulta que la losa acordada está en falta en todo USA. Pedimos virtualmente en BJs unos pancakes que Rafe suele comer y no hay. La umbrella de patio de Home Depot? Inexistente. Todo ayer domingo.

Sigan creyendo que el chicharrón es carne!