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De los cientos de pacientes positivos al Covid-19 (la inmensa mayoría asintomáticos o con manifestaciones muy leves de la enfermedad) que me ha tocado atender, diagnosticar, examinar y tratar a lo largo de estos meses, todos usaban regularmente mascarillas faciales para “presuntamente” escapar de la ira de un virus. Todos!

El malévolo enanillo doctor Fauci siempre lo supo. Le acaban de descubrir unos emails secretos de enero del 2020 en el que afirmaba que las máscaras pueden ser muy buenas para limpiarse el culo en ausencia de papel, pero que para proteger del germen… nananina jabón candáo.

Ya han salido los medios oficialistas del NWO a tratar de protegerlo a cómo dé lugar (aunque me pregunto: “a protegerlo de qué, si ellos son amos y señores?”) lo que no es más que la constatación de que la mierda apesta.

El enanillo reaccionario y malvado, aupado por la burocracia dominante y tolerado incomprensiblemente por un débil y dubitativo Trump, no es más que el reflejo prístino y exacto de los tiempos que corren.

Pero… se los dije! Siempre se los dije!

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No quiero pecar de atravesáo o aguafiestas, pero ya he tenido tres pacientes vacunados (Pfizer y Moderna) que han salido positivos al Covid SARS-2 con el Rapid Test Ag de Abbot (99 % de precisión). Eso sí, dos con síntomas muy leves y uno de ellos con un catarro molesto, como es lo usual. Y decir que el mundo se ha paralizado por esto, y que se han cambiado las costumbres, y que han ganado poder los gobiernos y las grandes corporaciones, y que se han perdido las libertades individuales, y que el mito fundacional de la democracia se ha derrumbado! Es decir, el autoritarismo global ya es un hecho, gracias al temor de enfermarnos por un catarro común. Disfruten!

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Dos amplísimos estudios presentados el 17 de abril de este año, durante el meeting anual de la American Academy of Neurology, muestran concluyentemente que “las complicaciones trombóticas no son comunes en pacientes con Covid, y de estar presentes, no incrementan el riesgo de muerte”.

Esta conclusión echa por tierra aquel discurso alarmante y terrorífico de que el Covid es una causal de cuadros variados de tromboembolismos, accidentes hemorrágicos y coagulaciones intravasculares diseminadas. Yo en varias ocasiones he cuestionado, desde la fisiología, estas afirmaciones sin basamento alguno. Y ahora el resultado de ambos estudios demuestran que NUNCA estuve equivocado.

La primera de estas investigaciones (2.699 pacientes) llevada a cabo en 52 diferentes naciones, muestra un stroke rate de 2.2 % entre pacientes positivos hospitalizados. La segunda investigación (119.967 pacientes) revela un rate de 1.4%, cifra aún menor, hecho relevante teniendo en cuenta que este estudio fue realizado entre casos de hospitalización en 70 países.

Ninguno de los dos estudios mostró asociación entre accidentes isquémicos y mortalidad.

Otras investigaciones anteriores, con universos de pacientes más reducidos, llegaron a la misma conclusión: el stroke rate es bajísimo y poco significativo en índices de mortalidad entre pacientes hospitalizados por Covid. En Korea el valor reportado de stroke rate fue de un 1.2 % y en los Estados Unidos (American Heart Association) un 0.7%.

Los accidentes vasculares hemorrágicos predominan sobre los isquémicos, y una probable causa etiológica se debe a errores de tratamiento, pues en los protocolos hospitalarios de casi cualquier nación el uso indiscriminado de anticoagulantes con LMWH/heparinoids es una regla ineludible entre pacientes hospitalizados por Covid.

Ojalá la ciencia pueda librarse de discursos ideológicos e intereses monetarios y pueda terminar echando abajo la farsa que ella misma ha ayudado a implementar.

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Fuera de las complicaciones respiratorias usuales causadas por cualquier virus en pacientes de riesgo, la singularidad clínica del Covid que ha causado un terror exacerbado (apuntalado por la media y los profesionales cobardes) ha sido esa respuesta inmunológica soberbia que termina estableciendo un fallo multi orgánico casi siempre en pacientes jóvenes y sanos.

Si fuéramos a precisar un porcentaje específico de estos casos en el universo general de pacientes positivos, las cifras serían prácticamente insignificantes. La propia etiología apunta más a una condición genética previa que a la propia virulencia del Covid-19.

Ah, pero ese discurso no le cuadra a los propagadores del terror, por supuesto! En las teorías apologéticas del apocalipsis, la satanización del virus es fundamental para tupir a neófitos e incautos.

Por cierto, ese minúsculo porcentaje de tormentas citoquínicas, tan bien promocionado por los ejecutores del futuro luminoso, parece tener solución con el desarrollo de inhibidores de la Topoisomerasa 1, que ya investigan numerosos centros norteamericanos como el Icahn School of Medicine at Mount Sinai en New York y el College of Medicine de la Universidad de Cincinnati.

No sé si a tan relevante descubrimiento se le permitirá arribar a buen puerto. La lucha por el “bien común” es implacable y no admite “inconsistencias”…

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Replicar la narrativa de la histeria es un mal que aqueja a tirios y troyanos. El último año ha sido un ejemplo prístino en ese sentido. Y es que el miedo a la peste y a la muerte nos supera. Por eso es curioso, divertido e indignante (si es que tal combinación es posible) ser testigos de tipos “recios y acaballadores” gemir como mozuelas cuando esa misma prensa de la que desconfían en otros temas, o esos mismos políticos a quienes desprecian con furia irredenta, o esas instituciones a las que han acusado (y acusan) de corruptas y miserables, anuncian las cifras de contaminados por el Covid con un placer indescriptible. Mañana, cuando la recopilación de casos se subscriba a los enfermos por catarro común (adenovirus y sucedáneos) el llantico pendejístico será el mismo, se los aseguro.

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Un estudio del National Institute of Health del mes de enero pasado, titulado “Mapping a pandemic: SARS-CoV-2 seropisivity in USA”, realizado por Kalish, Klumpp-Thomas, Hunsberger y asociados, con una amplísima muestra de 11 382 pacientes, llega a sólidas conclusiones que, sin embargo, son ignoradas por instituciones y profesionales de la salud de manera absolutamente incomprensible.

¿Qué cuáles son esas conclusiones?

Pues que los pacientes expuestos al Covid-19 desarrollan una robusta respuesta inmunológica donde los anticuerpos anti-S persisten por meses y neutralizan la infección; y que 5 de cada 6 personas positivas nunca llegan a desarrollar síntoma alguno.

Esto desbarata dos mitos de la anti-ciencia echados a rodar por los Faucci (y replicados por los tontos de las redes) de este mundo: que no se desarrollan defensas autoinmunes contra el Covid y que la enfermedad es letal. Al final, no es ni una cosa ni la otra, pues ante este virus el sistema inmunológico funciona igual que frente a cualquier otro… y se corrobora la escasa morbilidad o capacidad de hacer daño del sobrestimado germen.

Curiosamente, el The New England Journal of Medicine publicó un estudio titulado “Susceptibility of Circulating SARS-CoV-2 Variants of Neutralization” que asegura que ante la “cepa sudafricana” no hay esperanza posible, pues las vacunas son incapaces de sobreponerse a la resistencia creada por la “mutación “ viral. Pero lo realmente llamativo de esto es que la investigación fue desarrollada por… el Beijing Institute of Microbiology y por el Center for Disease Control and Prevention de Dezhou…

Algunos de ustedes quizás recuerden cuando yo les advertía, hace ya un año atrás, acerca de cómo el mundo occidental había replicado el terror promulgado por China (los desmayados en las calles, las cuarentenas totalitarias, las mascarillas obligatorias…) con entusiasmo denodado. Y a la China imperial le cuadró muchísimo la mongolería de la “culta” Europa y de la “irredimible” norteamerica. Y así estamos…

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Me resulta curioso (e inquietante) la manera en que la histeria y el tremendismo del affaire Covid han permeado a las ciencias médicas y biológicas en general. En mis tiempos libres suelo ponerme a revisar temas académicos sobre las diferentes especialidades de la medicina, y lo que he encontrado a lo largo de los últimos meses en relación con la pandemia no puede calificarse de otra forma que aterrador. No deja de llamarme la atención, tampoco, como un sinnúmero de colegas se han sumado alegremente al sentimiento apocalíptico y totalitario que ha emanado desde las instituciones epidemiológicas y “científicas”, contaminando cualquier atisbo de evidencia empírica a niveles jamás imaginados. Es por ello que frecuentemente hablo de un regreso a la “edad media” cuando me refiero a estos temas.

La ofensiva “científica” del terror que ha impulsado a las políticas de confinamientos absurdos y de autoritarismos estatales de las que hemos sido testigos durante el último año posee varias banderas publicitarias. Una de ellas ha sido la de las complicaciones fisiológicas del virus; y entre estas el tema de los episodios de hipercoagulabilidad ha sido punta de lanza. De más está decir que no existe evidencia concluyente, en lo absoluto, que corrobore el hecho de que el Covid-19 provoque coagulación intravascular diseminada. La mayoría de los casos narrados se han basado en observación clínica sin estudios definitorios de carga viral, cultivos sanguíneos o utilización de pruebas super específicas que puedan atestiguar cualquier etiología. Ya yo escribí hace tiempo atrás que los episodios de CID promocionados como hijos putativos del Covid por parte de “investigaciones científicas” adolecen de seriedad, y que la mayoría de estos cuadros podrían ser achacados (con evidencia empírica tradicional) a bacterias oportunistas que suelen afectar a pacientes hospitalizados y no al virus de moda.

Pues bien, revisando un par de estudios de la CPCEM magazine encuentro la repetición de las mismas falsedades dichas antes una y mil veces por los adalides del apocalipsis covidiano. Por ejemplo, Lafree, Lenz, Tomaszewski y Quenzec, de la Universidad de California, narran como un paciente hombre, de 57 años de edad, con antecedentes de hipertensión arterial y diabetes mellitus tipo 2, arriba a Emergencias con un cuadro de trombosis de la Aorta distal con oclusión de las arterias iliacas. Al momento del ingreso al hospital el paciente (sin síntoma respiratorio alguno) da positivo al PCR para Covid-19 (un test absolutamente inespecífico que lo que hace no es más que identificar trazas de una proteína RNA en la superficie de cualquier virus) de manera circunstancial… ¿y a quién se le termina achacando la responsabilidad del cuadro trombótico? Al Covid-19, por supuesto. Los investigadores obviaron el hecho de que la diabetes tipo 2 es una causal primaria y fundamental en el desarrollo de cuadros de hipercoagulabilidad, al causar el aumento de los ácidos grasos libres a nivel circulatorio, lo que termina activando la proteína C kinasa y produciéndose inflamación (por la acción de las citokinas, por ejemplo), vasoconstricción y activación plaquetaria con formación de trombos. En este caso, señores, el virus no fue el causante de ningún cuadro de obstrucción de la arteria Aorta.

Estudios como los de Creager, Lusher, Beckman y Cosentias en el 2003 establecieron que la diabetes mellitus aumenta sustancialmente el riesgo de accidentes vasculares de tipo isquémicos. Y Stalkey y Towler lo corroboraron en el 2016. Por otro lado, la hipertensión arterial es la PRINCIPAL causa conocida de trombosis aórtica debido al cuadro de aterosclerosis que suele producir. ¡El paciente de marras era hipertenso y diabético, nunca desarrolló síntomas relacionados al Covid y, sin embargo, se le achaca al virus la responsabilidad de la trombosis, aún cuando no se estudió la carga viral del individuo! Es la apoteosis del oscurantismo científico en aras de intereses políticos e ideológicos.

Por otro lado, Logan, Leonard y Girzadas, del Advocate Christ Medical Center, narran un cuadro de trombosis venosa cerebral en un paciente de 34 años sin antecedentes de Patología alguna. El individuo llegó al servicio de Emergencias con manifestaciones clínicas del cuadro diagnosticado posteriormente: cefalea frontal, mareos, parestesia en el brazo derecho y ambas piernas y, por último, visión borrosa. Al paciente se le realiza un Rapid Test a la hora del ingreso hospitalario y este da positivo, aunque el señor jamás presentó manifestaciones de una infección viral previa. Hay que refrendar el hecho de que las trombosis venosas cerebrales son rarísimas, infrecuentes y que suelen verse en pacientes jóvenes que pueden o no tener condiciones preexistentes como cuadros infecciosos de Sinusitis, o enfermedades malignas, o traumas y cirugías, etcétera… Entonces la pregunta real es ¿Bajo qué evidencia empírica real se puede afirmar que este episodio se debió al SARS CoV-2? Por supuesto, bajo ninguna. Al paciente de marras no se le realizó estudio de carga viral, los hemocultivos fueron negativos, jamás se estableció la presencia real del Covid en su organismo.

Otro estudio permeado de inexactitudes y hasta ridiculeces corresponde a Gregnan, Barrett y Perera, del Royal Free Hospital de Londres, que describen cuadros de tromboembolismo pulmonar en cuatro pacientes Covid-19 positivos, pero de los cuales dos poseen antecedentes (una mujer de 72 años y un hombre de 78) de … ¡Fibrilación Auricular! Esta condición de base, para los neófitos en el tema, es la causa número uno de episodios de tromboembolismo. ¿Y entonces?

El fraude científico en el tema Covid está a la orden del día. Es una lástima que las ideologías, los intereses económicos y políticos hayan terminado por doblegar, con la casi unanimidad de los implicados, a las ciencias médicas. Vivimos tiempos oscurísimos, inquietantes, terribles, donde sólo el escepticismo podrá salvarnos de convertirnos en manada. ¡Amigos míos, duden absolutamente de todo! La ciencia de hoy en día no es, ni siquiera, ciencia.

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El ethical standard que se utiliza en la medicina norteamericana actual se basa en la premisa de que el paciente es quien determina qué es lo mejor para su seguridad. Esa regla de oro se ha violado consecutivamente desde marzo del año pasado, a raíz del affaire Covid-19. Las libertades individuales se han pasado a llevar. (Y a casi nadie le importa)

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Una de las hipótesis primarias derivadas del campo médico que ayudaron a acrecentar el terror pro Covid-19 y que, por ende, generaron las cuarentenas alrededor del mundo, provinieron de un estudio realizado en Italia que aseguraba que el síndrome de distress respiratorio causado por el virus era fisiológicamente diferente al de otros gérmenes y que por ello se requería de una intubación temprana para evitar grandes cambios de presión transpulmonar. Esto porque, según los investigadores, el Covid causaba una anomalía significativa en el intercambio de gases sin el efecto típico sobre la elastancia.

Sin embargo, Tobin, Slutsky y Ferguson demostraron el pasado noviembre que el síndrome de distress respiratorio causado por el Covid no difiere de las lesiones pulmonares relacionadas a otras causas infecciosas. Dos estudios más recientes, uno prospectivo y otro retrospectivo, mostraron también que el ARDS causado por el Covid es fisiológicamente idéntico al de otros virus tradicionales. Es decir, el excepcionalismo del Covid siempre se trató de una gran farsa, avalada por instituciones y burócratas.

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Buena parte del discurso “científico” sobre el Covid-19, destinado a causar terror (no puede decirse de otra forma) estaba basado en casos falsamente reportados de DIC (recordemos aquel actor al que se le amputó una pierna) y en “estudios” previos que mostraban una incidencia de accidentes vasculares isquémicos (trombóticos) de hasta un 2 %. Pues bien, los hallazgos de una amplísima investigación desarrollada por el American Heart Association’s, donde se estudiaron los casos de más de 20 mil pacientes hospitalizados y positivos al Covid-19, mostraron que el índice real de casos relacionados a accidentes vasculares trombóticos es de un 0.75 % (diferencia tres veces inferior a las cifras previamente reportadas) y que “los pacientes que sufrieron un accidente cerebrovascular también fueron más propensos a tener comorbilidades que se sabe que aumentan el riesgo, como hipertensión, fibrilación auricular, diabetes y antecedentes de accidente cerebrovascular”.

Y aunque la conclusión del estudio trata de seguir creando alarma exagerada, lo cierto es que cualquiera de los pacientes que sufrieron estos cuadros de trombosis y que se enmarcan en el 0.75 % de afectados, habrían seguido igual decursar debido a sus patologías crónicas de base, o lo que es lo mismo: un hombre de 70 años, diabético y con fibrilación auricular, va a sufrir una isquemia cerebral o periférica o un tromboembolismo pulmonar estando hospitalizado por Covid positivo o jugando con su nieto en el parque del barrio. Aún no entienden cómo se distorcionan los hechos empíricos? Amigos, vivimos tiempos muy oscuros… vivimos la apoteosis de la pseudo ciencia…

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Todos sabíamos que la “crisis” del Covid sería utilizada para intentar enlodar a la administración de turno. Y el peor error del presidente Trump fue caer en el juego. Sus errores pavimentaron el camino para el más grande fraude electoral perpetrado en la historia del mundo occidental. No despidió al burócrata Fauci, validó el discurso del miedo, estimuló la histeria y no promovió a las voces que desde la ciencia llamaban a la cordura. Las consecuencias de tanta banalidad han sido terribles. Y es que el discurso político de moda es el del iluso sacrificio por las masas; cualquier acto de “redención sin par”, por ridículo que parezca, es alabado y aplaudido hasta el cansancio. Vivimos una era donde la “corrección absurda” ha ganado el estatus de providad moral.

1220

Intuimos todos hacia donde se dirige el mundo que conocemos. Las señales son claras y la masa obedece. El presidente ilegítimo habla de usar máscaras, al menos, hasta el 2022, y afirma que “con suerte” el virus desaparecerá hacia esa fecha. Y hoy dan la “noticia” de que un tipo vacunado con las dos dosis (de Pfizer?) acaba de dar positivo al Covid-19.

Jajajajajaja… permítanme carcajearme.

(Al menos me queda la satisfacción de siempre haber dudado y advertido… de siempre haber estado al lado de la ciencia y del sentido común)

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¿El índice de letalidad del Covid al día de hoy en los Estados Unidos?

1.75 %.

¿Que qué quiere decir esto?

Que de cada cien personas contaminadas, mueren ampliamente menos de dos. ¡Menos de dos!

Espero que comprendan (se los repito una vez más) que han vendido sus libertades por cobardes y, sobre todo, por ignorantes.No vengan ahora quejándose de que si el mundo ha cambiado, de que si los poderosos, de que si bla bla bla…

Shut up y enfréntenlo.¡Se lo merecen con creces!

1207

Mi opinión profesional, desde un principio, ha sido que el uso obligatorio de la mascarilla no sólo es anticientífico, sino que es autoritario e impositivo. El objetivo no puede ser otro que el de suprimir las libertades individuales, el de rasarnos a todos para prepararnos para el “futuro luminoso”. La máscara, en fin de cuentas, al igual que la censura o el fraude, sería por nuestro bien y debemos estar agradecidos.

El tiempo ha pasado y me ha dado, a pesar de todo, la razón. Que las personas que han recibido la vacuna tengan que seguir comportándose como propagadores potenciales de la “muerte y el horror”, no es más que la constatación práctica de que el virus es lo menos importante. Lo verdaderamente significativo y trascendental es aprender a ser acarreados por el omnipotente padre Estado. Y el resto es bobería, Sarría.

Sigan, sigan pensando que el chicharrón es carne…