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Seamos sinceros, Joe Biden es un presidente moralmente ilegítimo. Es decir, no ganó por las buenas, o lo que es lo mismo, su contrincante estaba perdido antes, incluso, de comenzar la elección misma. No se puede ser un bocón revolucionario en tiempos donde la corrección es la nueva religión. Todo aquel que se aparte del camino, será castigado severamente al costo que sea necesario.

Yo he vivido muchísimas elecciones a lo largo de mi vida. De hecho, la primera justa presidencial de la que fui testigo fue aquella que eligió, en Chile, a Ricardo Lagos a inicios de siglo. Con un recuento del 40% y una ventaja de unos 5 puntos ante su rival Joaquin Lavin, la suerte estaba echada y el Colegio electoral se pronunció. Luego de aquello, he visto proclamarse presidente a Barack Obama en dos ocasiones y al incumbente Trump en el 2016.

A diferencia de todas las anteriores, esta elección se ha caracterizado por su chambonería bananera y sus sospechosas tendencias. El conteo de votos se paralizó la noche del martes pasado para reanudarse durante la madrugada del miércoles. ¿Qué sucedió realmente? Pues que se hizo carne y espíritu aquella afirmación resbaladiza e inoportuna del candidato semi-senil Joe Biden, cuando chismorroteó ese 24 de octubre ante la prensa ““We have put together, I think, the most extensive and inclusive voter fraud organization in the history of American politics”. ¡Díganme si acaso eso no basta para cuestionar todo el sistema!

Los antitrumpistas furibundos y, también, los más cándidos e inocentes, exigen pruebas. Hay pruebas. La principal es que el presidente, ganando en la noche del martes todos los estados claves, con recuento de más del 50% de las boletas, mantenía ventaja sobre su oponente entre 8 y 14 puntos. Estadísticamente es imposible superar eso, a no ser que la inmensa totalidad de los nuevos votos vayan para el candidato en desventaja. Y eso fue precisamente lo que sucedió.

Ahora díganme si no es imprescindible arriscar la nariz y apretar el arma en la mano cuando vemos que un candidato con un historial corrupto anuncia imprudentemente 10 días antes de la elección que su partido ha logrado establecer un aparato perfecto de fraude electoral y luego ser testigos de cómo en tres horas, durante la madrugada, todo el tablero numérico se da vuelta de una forma irreversible.

Esto es fraude, señores, una conjura inmensa planificada milimétricamente por poderes que ni siquiera alcanzamos a imaginar. Se los repito una vez más: el sistema está podrido y el trumpismo es una corriente política que necesita ser extirpada. Y en eso estamos…

Publicado por

Rafael Piñeiro-López

Rafael Piñeiro-López, escritor, ensayista y Doctor en Medicina (1994). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Ha publicado los poemarios "Los Hombres Sabios" (Editorial NeoClub 2015) y "La Bala de Sansón" (Editorial Signum Nous, 2016). Fue fundador y editor general de la revista sobre Arte, Cultura y Pensamiento "Signum Nous". Reside en la ciudad de Miami.

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