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Ya estamos en el preludio de una nueva época. La cuarta revolución industrial, alentada por todos los grandes poderes políticos y económicos del mundo occidental, es percibida como el futuro justo que merecemos todos, como la consecuencia inevitable del progreso y el desarrollo.

Somos testigos de la muerte de las ideologías tradicionales, hecho que se irá materializando en el curso de los próximos años y que va de la mano con el arribo de la “nueva era”. El futuro, amigos míos, pertenece al post capitalismo (que, precisamente, no es más que una postura anticapitalista).

Al final, la apoteosis del poder del Estado, sueño dorado de las corrientes comunitaristas, no ha llegado de la mano de la teoría marxista y el poder airado del proletariado, sino de los grandes conglomerados monopolistas que surgieron a raíz de la tecnologización de las prósperas sociedades occidentales. El capitalismo ha sido la antesala del absolutismo estatal, y no el socialismo. ¡Que paradoja! Sí, Fukuyama erró solo a medias. El fin de la historia, a pesar de todo, no se encontraba demasiado lejos.

Lo cierto es que las reglas del juego ya han cambiado. El mañana se basará, según los que saben y no callan, en una economía de intangibles, de elementos no físicos, inmateriales. El estado estará (¡ya está!) subvencionado por los grandes capitales, a costa de las libertades individuales del hombre común.

Yo aún no estoy muy seguro de qué papel juega o pretende jugar el imperio chino en este advenimiento de un nuevo “futuro luminoso”. Se puede especular en torno a ello todo lo que queramos con mayor o menor base, pero lo que sí sé es que la elite burguesa occidental lo que pretende replicar (ya lo ha hecho exitosamente en el tema de la pandemia del Covid) es la implementación del totalitarismo tecnológico que Pekín ejerce de manera activa: Un control absoluto del Estado (junto a grandes compañías aliadas de gobiernos e instituciones) sobre la vida de cada uno de los sujetos vivientes.

Toda la política de la justicia social crítica y del cambio climático, tan entusiastamente aplaudida por quienes se denominan a a sí mismos como justos, humanos y progresistas, atenta contra las libertades individuales. Todo el programa político esbozado en el foro de Davos, o por los grandes magnates “benefactores” al estilo de Bill Gates, poseen un fin común: el predominio absoluto del Estado. Y en ello estamos.

Publicado por

Rafael Piñeiro-López

Rafael Piñeiro-López, escritor, ensayista y Doctor en Medicina (1994). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Ha publicado los poemarios "Los Hombres Sabios" (Editorial NeoClub 2015) y "La Bala de Sansón" (Editorial Signum Nous, 2016). Fue fundador y editor general de la revista sobre Arte, Cultura y Pensamiento "Signum Nous". Reside en la ciudad de Miami.

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