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Sé que habrán notado en los últimos días, tras los disturbios provocados por la infausta muerte de George Floyd a manos de un policía, que una ingente cantidad de intelectuales cubanos, blancos, amarillos, carmelitas y negros, han dejado constancia de cuán dolidos y ofendidos se encuentran por el “racismo sistémico” que, dicen, corroe a la sociedad norteamericana; y hasta proclaman con un entusiasmo inusitado que las reglas de juego deben de ser cambiadas, es decir, que la sociedad debe de ser transformada para que hechos como estos dejen ya de producirse.

La identificación de la intelectualidad cubana, tanto de adentro como de afuera, con la América negra, podría aparentemente alimentarse de las tradiciones de internacionalismo y “antirracismo” que pernoctan en la izquierda socialdemócrata europea y latinoamericana, pero también podría trascender tales fronteras existenciales para ubicarse muy confortablemente en el terreno del oportunismo intelectual.

Es moda hablar sobre una presunta entelequia organizacional de racismo que simplemente no existe, ya sea para ganar algo de relevancia pública o para confirmar ciertos afanes ideológicos, obviando dos realidades incontrastables: en los Estados Unidos existe la igualdad ante la ley, y el racismo imperante es cultural y no institucional.

El manejo del concepto de racismo es, para estos comprometidos luchadores por las libertades civiles, selectivo. Y es selectivo porque responde a un esfuerzo por probar un determinado punto, sea este válido o no. Es así como jamás veremos en sus panfletos y alocuciones análisis profundos y concretos que estén basados en evidencias empíricas. No hablan de la multiplicidad del racismo cultural ni identifican a cada una de las víctimas comprometidas. No se refieren a la prevalencia de variables humanas, estrictamente fisiológicas, en el componente de las miserias aprehendidas. Jamás se referirán a las causales sociales generales que expliquen el fenómeno por completo. Siempre les interesará mucho más el George Floyd de ocasión que el negrito asesinado por pandillas en Chicago o que el blanco robado y apaleado en las barriadas de Baltimore por ladrones. Para estos intelectuales cubanos que se suman a la fiesta del desastre, justificando desde el racismo a la inversa hasta los desmanes sociales, las estadísticas no poseen validez alguna.

Es así como atisbamos con profundo pesar como el viejo profesor comunista reciclado, o como la catedrática negra cubana de una universidad de la costa Este o como el mediocre pretendiente miamense a poeta de salón salen prestos a encender a las masas posesas por las redes sociales, aunque no tengan bajo la manga ni siquiera una modesta propuesta para poner coto a los excesos. Y hablo de propuestas realistas y no de esas pajas mentales con las que aspiran a derrotar al cruel capitalismo.

En fin, así como infinidad de colegas médicos se montaron entusiastamente en el carro de la propagación del terror cuando los sucesos de la pandemia, ahora muchos de estos intelectuales se aprovechan de la muerte de Floyd para aparecer ante todos como cultos, responsables y compasivos, aunque para ello tengan meter sus teorías de injusticia social a la cañona.

Publicado por

Rafael Piñeiro-López

Rafael Piñeiro-López, escritor, ensayista y Doctor en Medicina (1994). Ha sido articulista en diarios como Periodista Digital (España) y La Razón (Argentina). Ha publicado los poemarios "Los Hombres Sabios" (Editorial NeoClub 2015) y "La Bala de Sansón" (Editorial Signum Nous, 2016). Fue fundador y editor general de la revista sobre Arte, Cultura y Pensamiento "Signum Nous". Reside en la ciudad de Miami.

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